Capítulo 21 — Entre muchos elefantes #2
—El Cuchillo de la Niebla.
—El nombre de la jaula.
Thomas Bell, desde su rincón, habló por primera vez en varios minutos.
—El señor Morrow decía que si una palabra se imprimía bastante, dejaba de necesitar pruebas.
Nadie respondió.
La frase parecía haber sido escrita para la sala.
Delacroix se volvió hacia él.
—Thomas, el coche que usó Morrow el día de Ashcombe. ¿Qué ruta habría tomado?
El muchacho se acercó a la mesa con cautela.
Pembroke extendió uno de los mapas policiales.
Thomas lo miró y negó.
—No sirve.
Blackthorne frunció el ceño.
—Es un mapa oficial de Londres.
—Sí, señor. Por eso no sirve.
Harcourt murmuró:
—Me cae bien el muchacho.
Thomas se sonrojó, pero siguió.
—Los coches no van por donde el mapa dice que conviene. Van por donde no los paran. Por donde los vendedores esperan. Por donde hay puertas traseras. Por donde una edición puede bajar sin pasar por demasiada gente. Algunas calles son malas para caballeros, buenas para periódicos.
Delacroix tomó una hoja en blanco.
—Dibuja.
Thomas dudó.
—No sé dibujar bien.
Delacroix miró su elefante.
—La exigencia artística en esta sala ha descendido considerablemente.
El muchacho sonrió apenas.
Luego tomó el lápiz.
Empezó con Fleet Street.
Marcó el patio del Herald.
Luego una línea hacia St. Bride.
Otra hacia Ludgate.
Una salida hacia Holborn.
Un desvío hacia la estación donde Pritchard compraba el periódico.
Una ruta hacia Drury Lane, cerca del teatro.
Otra hacia la zona de Frost.
No era un mapa bonito.
Era algo mejor.
Era útil.
Pembroke se inclinó.
—Dios.
Blackthorne se acercó.
—¿Qué?
Thomas señaló.
—Un carro del Herald podía pasar cerca de los cuatro lugares sin llamar la atención. No siempre la misma ruta. Pero sí con excusa. Hojas tempranas, ediciones extra, paquetes para vendedores. Nadie pregunta por un carro con periódicos cuando la ciudad está esperando noticias.
Delacroix miró el mapa.
—Y si el hombre que conduce o viaja en él conoce los horarios…
—Puede saber cuándo hay menos gente —dijo Thomas—. Cuándo los agentes cambian. Cuándo los vendedores se mueven. Cuándo una calle queda vacía porque todos corren a buscar una edición nueva.
Pembroke dijo:
—El asesino no se escondía de la prensa.
Delacroix levantó la vista.
—No.
Clara completó:
—Se escondía dentro de ella.
La frase hizo que la sala se quedara quieta.
No por sorpresa.
Por reconocimiento.
Blackthorne apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Esto sigue sin ser prueba.
—No —dijo Delacroix.
—Tenemos motivo, oportunidad posible, un testigo que vio a Morrow usar un coche, documentos de Ashcombe, artículos anticipados, manipulación pública. Pero no tenemos arma, confesión ni prueba directa de que matara a los tres primeros.
—Correcto.
—Entonces aún no podemos detenerlo.
—No.
Blackthorne pareció casi aliviado de tener algo sólido a lo que aferrarse, aunque fuera una limitación.
—¿Qué necesita?
Delacroix miró el mapa de Thomas.
—El mapa correcto.
—Lo tenemos.
—No. Tenemos su esqueleto. Ahora necesitamos horas, rutas exactas, quién conducía, qué coches salieron, qué ediciones se imprimieron, qué vendedores recibieron paquetes, quién vio a Morrow antes y después de cada muerte.
Pembroke asintió.
—Registros de distribución.
—Sí.
Clara dijo:
—Están en el Herald.
Todos la miraron.
—No todos —añadió—. Algunos se guardan en imprenta. Otros en los patios. Otros los tiene Pike. Pero las órdenes especiales, los cambios de ruta y las ediciones extraordinarias llevan autorización interna.
—¿De quién? —preguntó Pembroke.
Clara no respondió de inmediato.
No hacía falta.
Morrow.
Blackthorne se enderezó.
—Necesitaremos orden.
Clara soltó una risa sin alegría.
—Para cuando tengan una orden, esas hojas habrán sido útiles para envolver pescado.
Delacroix la miró.
—¿Puede conseguirlas?
—Algunas.
—No.
Ella frunció el ceño.
—¿No?
—Morrow ya sospecha de usted. Si vuelve a tocar papeles que no debe, dejará de ser periodista y pasará a ser personaje.
Clara sostuvo su mirada.
—Ya lo soy.
—Todavía no ha decidido él qué clase.
La frase la hizo callar.
Pembroke dijo:
—Entonces voy yo.
Blackthorne negó.
—Con orden.
—Señor…
—Con orden. No le daré a Morrow la satisfacción de acusarnos de asaltar una redacción y perseguir la libertad de prensa.
Harcourt murmuró:
—Curioso que la libertad de prensa dependa siempre del cajón que no quieren que uno abra.
Blackthorne lo ignoró con habilidad renovada.
Delacroix dobló el mapa de Thomas.
—No hace falta entrar todavía.
—¿No? —preguntó Pembroke.
—No. Si los registros existen, Morrow los protegerá o los destruirá. Ambas cosas nos dicen algo. Pero antes debemos mirar lo que no puede destruir.
—¿Qué?
Delacroix señaló a Thomas.
—Las calles.
Thomas tragó saliva.
—¿Las rutas?
—Sí. Mañana al amanecer, recorreremos el camino de las palabras.
Blackthorne miró el reloj.
—¿Por qué al amanecer?
—Porque es cuando el periódico deja de ser idea y se convierte en movimiento.
Clara se levantó.
—Voy con ustedes.
—No —dijo Delacroix.
—Sí.
—Señorita Fenwick…
—Conozco la redacción, los nombres, los turnos, los muchachos, las puertas. Thomas conoce las rutas. Yo conozco a Morrow. Usted necesita ambas cosas.
Delacroix la observó.
Tenía razón.
Eso era inconveniente.
La verdad suele serlo.
—De acuerdo —dijo al fin—. Pero hará exactamente lo que se le diga.
Clara casi sonrió.
—Eso sería una novedad para todos.
Pembroke recogió los papeles.
Blackthorne permaneció junto a la mesa, mirando los cuatro nombres alineados.
Durante muchas horas había querido una cabeza para la ciudad.
Ahora tenía algo peor: una arquitectura.
Una serie entera que quizá había sido construida no por un loco, sino por un hombre capaz de entender mejor que nadie cómo se alimenta el miedo público.
—Si tiene razón —dijo Blackthorne—, Morrow mató a tres personas para protegerse de Ashcombe.
Delacroix miró los nombres.
—Quizá.
—Otra vez quizá.
—Sí.
—¿Qué falta?
Delacroix tocó la tarjeta en blanco bajo Ashcombe.
—Demostrar que Ashcombe no fue añadido a la serie.
—¿Sino?
—Que la serie fue construida para recibirlo.
Nadie dijo nada.
Afuera, Londres seguía pidiendo certezas.
Dentro, al fin, la investigación había dejado de obedecer la pregunta equivocada.
Delacroix tomó la tarjeta en blanco y escribió una palabra debajo de Ashcombe:
Motivo.
La colocó de nuevo sobre la mesa.
Entonces los cuatro nombres dejaron de parecer una lista.
Empezaron a parecer una trampa vista desde arriba.