Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 21 — Entre muchos elefantes
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Capítulo 21 — Entre muchos elefantes

Thomas Bell fue escondido en una habitación sin ventanas.

Él dijo que eso no le parecía protección, sino práctica funeraria.

Pembroke le respondió que, si seguía quejándose, lo escondería en una habitación con ventanas y periodistas, para que aprendiera a valorar los matices.

Thomas no volvió a quejarse durante casi diez minutos.

La habitación pertenecía a Scotland Yard, aunque no figuraba en los recorridos que la institución enseñaba a visitantes respetables.

Tenía una mesa rectangular, seis sillas, un armario con expedientes antiguos y una lámpara de gas que producía más sombra que luz.

Era un sitio incómodo, discreto y feo. Por eso Delacroix lo encontró adecuado.

Allí reunieron lo que ya no cabía en las carpetas ordinarias.

Los informes de las cuatro muertes.

Las columnas de Morrow.

Las notas de Ashcombe.

La declaración de Thomas.

La galera sobre Harcourt.

Los horarios de imprenta.

Los mapas policiales.

Y, por último, varias hojas en blanco.

Estas últimas interesaban a Delacroix más que todo lo demás.

Blackthorne entró con rostro de hombre que había discutido con superiores, subordinados, periodistas, ministros, su propia conciencia y probablemente su cuello de camisa.

Detrás de él venía Pembroke.

Después Clara Fenwick, con el abrigo todavía húmedo.

Harcourt llegó el último, escoltado por un agente que no sabía si debía tratarlo como colega, sospechoso o maldición temporal.

—Me alegra ver que la justicia ha decidido ampliar su salón social —dijo el forense.

Blackthorne no lo miró.

—Está aquí porque el señor Kells confirmó lo del instrumento.

Harcourt se quitó los guantes.

—¿El afilador?

—Sí.

—Qué alivio. He pasado de asesino a hombre desordenado con recibos deficientes. Una caída social menor.

Pembroke señaló una silla.

—Siéntese, doctor.

—¿Como invitado o como decoración forense?

—Como hombre que puede ayudarnos.

Harcourt se sentó.

—Qué peligrosa es la esperanza policial.

Delacroix colocó cuatro tarjetas sobre la mesa.

En cada una había escrito un nombre.

Samuel Pritchard.

Beatrice Vane.

Gideon Frost.

Henry Ashcombe.

No las puso en forma de mapa.

Las puso en línea.

Blackthorne cruzó los brazos.

—¿Esto es una exposición?

—Una corrección —dijo Delacroix.

—¿De qué?

—De nuestra pregunta.

Clara se sentó sin apartar los ojos del nombre de Ashcombe.

Thomas Bell estaba en un rincón, con el brazo vendado y la gorra entre las manos. Parecía más pequeño dentro de Scotland Yard que en los patios del Herald. Quizá porque allí no tenía rutas que conocer ni carros detrás de los cuales esconderse.

Delacroix tomó una segunda serie de tarjetas.

Las colocó debajo de los nombres.

Bajo Pritchard escribió:

Azar.

Bajo Beatrice:

Compasión.

Bajo Frost:

Confusión.

Bajo Ashcombe:

Dejó la tarjeta en blanco.

Pembroke frunció el ceño.

—¿Y Ashcombe?

—Precisamente.

Blackthorne respiró hondo.

—Monsieur Delacroix, estamos cansados. Si tiene una conclusión, formule una conclusión.

—Aún no. Las conclusiones dichas antes de tiempo se parecen demasiado a los titulares.

Harcourt murmuró:

—Empiezo a tolerarlo.

Delacroix tomó el recorte del primer asesinato.

—Samuel Pritchard era un hombre común. Sin enemigos visibles. Sin deudas peligrosas. Sin vida pública. La prensa lo convirtió en prueba de que nadie estaba a salvo.

—Y quizá era cierto —dijo Blackthorne.

—Sí. Eso era lo útil.

Colocó el recorte junto a la tarjeta.

—Su función no fue revelar un motivo. Fue borrar la necesidad de motivo.

Pembroke apoyó los codos en la mesa.

—Azar.

—Exactamente.

Delacroix tomó el recorte de Beatrice Vane.

—Beatrice no era una actriz trágica ni una flor rota ni una criatura del escenario. Era una trabajadora. Cosedora, recadera, mujer con genio. Morrow la transformó en una imagen sentimental. Su muerte enseñó a Londres a sentir.

Clara bajó la mirada.

—Compasión.

—Sí. Una compasión dirigida.

El tercer recorte.

Gideon Frost.

—Frost era distinto. Demasiados enemigos.

Demasiada gente dispuesta a pensar que el muerto había cobrado alguna deuda con la muerte.

Su asesinato no produjo piedad ni simple miedo.

Produjo debate. ¿Era víctima? ¿Era castigo?

¿Era justicia? ¿Era venganza? Una ciudad que discute si debe llorar a un muerto se olvida de preguntar quién lo necesitaba muerto.

Harcourt inclinó la cabeza.

—Confusión.

—Sí.

Delacroix dejó los tres recortes alineados.

Luego tocó la tarjeta en blanco bajo Ashcombe.

—Henry Ashcombe no encaja.

Blackthorne soltó una risa seca.

—Por supuesto que encaja. Fue asesinado con el mismo método.

—Eso es lo que lo hace sospechoso.

—¿El mismo método?

—La misma apariencia de método.

Pembroke miró las tarjetas.

—Ashcombe sí tenía enemigo.

—Sí.

—Tenía documentos.

—Sí.

—Iba a hablar.

—Sí.

—Le robaron papeles aunque no le robaron dinero.

—Sí.

Clara levantó la vista.

—Y lo hicieron parecer otra víctima del Cuchillo.

Delacroix asintió.

—Ahí empieza el caso.

Blackthorne golpeó la mesa con los dedos.

—¿Empieza? Tenemos cuatro cadáveres.

—No. Tenemos tres cadáveres utilizados para construir una habitación suficientemente grande como para esconder el cuarto.

El silencio fue completo.

Incluso Harcourt dejó de parecer irónico.

Delacroix tomó una hoja en blanco y dibujó un círculo alrededor de los cuatro nombres.

—La pregunta que hemos hecho desde el principio ha sido: ¿qué une a estas víctimas?

—Es la pregunta lógica —dijo Pembroke.

—No siempre lo lógico es lo correcto. A veces una pregunta parece lógica solo porque el asesino se ha tomado la molestia de escribirla por nosotros.

Blackthorne se inclinó.

—Entonces ¿cuál es la pregunta?

Delacroix escribió otra frase en la hoja:

¿Cuál de estos crímenes necesitaba parecerse a los otros?

Nadie habló.

Clara respiró despacio.

Thomas Bell levantó la cabeza.

Pembroke miró el nombre de Ashcombe.

—El suyo.

—Sí.

—Porque era el único con motivo claro.

—Sí.

—Porque la víctima estaba investigando a Morrow.

—Sí.

—Porque el asesino tomó papeles.

—Sí.

—Porque si Ashcombe hubiera muerto solo…

—Todos habrían mirado al Herald —terminó Clara.

Delacroix la miró.

—Exactamente.

Blackthorne permaneció en silencio.

No le gustaba.

Pero tampoco podía apartarse.

Delacroix tomó el bastón, no para caminar, sino para señalar los nombres.

—Un asesinato aislado de Henry Ashcombe habría sido una flecha. Habría señalado a sus investigaciones, a su carpeta, a sus discusiones con Morrow, a sus amenazas privadas, a la redacción. Habría obligado a preguntar: ¿quién temía a este hombre?

—Morrow —dijo Clara.

—Entre otros posibles, sí. Pero Morrow habría estado en el centro. En cambio, al convertirlo en cuarta víctima de una serie, la pregunta cambia: ¿quién es el Cuchillo de la Niebla? Y de pronto Ashcombe deja de ser Ashcombe. Pasa a ser un número.

Harcourt habló con voz baja:

—Cuatro.

—Sí.

—Un número cómodo.

—Todos los números son cómodos cuando sustituyen un nombre.

Blackthorne caminó hasta la ventana. La habitación no tenía vista, solo vidrio opaco y muro. Aun así, miró hacia allí.

—Está diciendo que tres personas fueron asesinadas para ocultar una.

Delacroix negó.

—No exactamente.

—No me haga esto.

—Estoy diciendo que tres muertes fueron convertidas en una explicación lo bastante grande para tragarse la cuarta.

Pembroke se pasó una mano por la nuca.

—¿Y si los tres primeros también tenían motivos que no conocemos?

—Entonces los encontraremos. Pero hasta ahora todos los esfuerzos por unirlos han producido líneas débiles, casualidades o símbolos añadidos después. En cambio, Ashcombe no necesita símbolo. Necesita silencio.

Clara susurró:

—Y por eso le dieron ruido.

Delacroix la miró.

—Sí.

La frase quedó en la sala.

A Henry Ashcombe lo habían escondido con ruido.

No con niebla.

No con oscuridad.

Con ruido.

Con titulares, patrullas, miedo, columnas, sospechas, médicos falsos, contribuyentes indignados, vendedores gritando en las esquinas, hojas extraordinarias, cartas al Ministerio, teorías, retratos de Harcourt, nombres provisionales, multitudes deseando una cabeza.

Un crimen puede ocultarse en silencio.

Ese, en cambio, había sido ocultado con ruido.

Delacroix no lo dijo aún.

Lo guardó.

Algunas frases deben madurar antes de merecer una habitación.

Blackthorne volvió hacia la mesa.

—¿Y el elefante?

Todos lo miraron.

—Usted tiene cara de estar a punto de decir algo francés sobre un elefante.

Delacroix lo observó con cierta sorpresa amable.

—Empieza a anticiparme, superintendent. Eso puede arruinar mi efecto.

—Hágame el favor de arruinarlo pronto.

Delacroix tomó otra hoja.

Dibujó un elefante.

El resultado fue tan pobre que Thomas Bell dejó escapar una risa antes de poder contenerla.

Harcourt miró el dibujo.

—Si eso es un elefante, yo soy arzobispo.

—La exactitud zoológica no es el punto central —dijo Delacroix.

—Por fortuna para el zoológico.

Delacroix colocó la hoja sobre la mesa.

—Si uno quiere esconder un elefante en una calle, fracasará. Todos mirarán. Todos señalarán. Todos preguntarán por qué hay un elefante en una calle.

Pembroke empezó a entender.

Delacroix dibujó otros tres elefantes, igualmente lamentables.

—Pero si uno quiere esconder un elefante…

Clara terminó, casi sin voz:

—Lo esconde entre muchos elefantes.

Delacroix asintió.

—Exactamente.

Blackthorne miró los dibujos con una expresión que oscilaba entre la irritación y la rendición.

—Eso es absurdo.

—Los buenos trucos suelen parecerlo cuando se explican con animales.

—Ashcombe era el elefante.

—Ashcombe era el crimen visible. Demasiado visible. Demasiado grande. Demasiado peligroso para dejarlo solo.

—Entonces Morrow creó otros elefantes.

—Creó una calle llena de ellos.

Pembroke se levantó.

—Pritchard, Beatrice y Frost no eran el objetivo. Eran tamaño.

—Eran volumen narrativo —dijo Delacroix—. Hicieron que Londres aceptara una categoría antes de que Ashcombe entrara en ella.

Clara cerró los ojos.