Capítulo 20 — El cochero de Fleet Street #2
—No. Es una forma poco elegante de decir que aún no.
El muchacho cerró los ojos un instante.
Luego habló deprisa, como si temiera quedarse sin valor antes que sin aire.
—El día del señor Ashcombe, Morrow salió por atrás antes de las cuatro. No por la escalera principal. Por el patio. Llevaba un abrigo viejo de los de reparto y una gorra. No quería que lo vieran.
Pembroke se arrodilló frente a él.
—¿Estás seguro de que era Morrow?
—Sí.
—Pike dice que no le vio la cara.
—Yo sí. Él no sabía que estaba en el altillo. Me había mandado llevar una prueba a Ludgate, pero volví antes porque olvidé la bolsa. Lo vi cambiarse.
—¿Cambiarse dónde?
—En el cuarto de cuerdas. Hay ropa vieja. Abrigos, gorras, mantas para cubrir paquetes. Lo hizo como si ya supiera dónde estaba todo.
Delacroix preguntó:
—¿Tomó el coche?
—Sí. El pequeño. El que va por St. Bride y Ludgate cuando hay hojas extra.
—¿Iba solo?
—Al salir, sí.
—¿Al volver?
Thomas dudó.
—También.
—¿Qué hora era?
—Casi las cinco. Antes. No sé. Oí las campanas de cuarto antes de verlo entrar. Quizá cinco menos cuarto.
—Ashcombe fue atacado alrededor de las cuatro y media —dijo Pembroke.
Thomas cerró los ojos.
—Lo sé.
—¿Qué llevaba Morrow al volver?
—Nada.
—Piénsalo.
—Nada grande.
—Thomas.
El muchacho apretó los puños.
—Tenía papeles bajo el abrigo.
Delacroix no se movió.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque uno se cayó cuando bajó. Lo pisó. Luego lo recogió. Era una hoja doblada. Vi el borde rojo.
—¿Rojo? —preguntó Pembroke.
—De carpeta. O tinta. No sé. Pero era rojo.
La carpeta de Ashcombe.
O parte de ella.
Delacroix sintió que una pieza encontraba su lugar sin hacer ruido.
—¿Morrow te vio?
—No entonces.
—¿Después?
Thomas asintió.
—Más tarde. Me preguntó por qué había vuelto tan pronto. Le dije que por la bolsa. Me miró… —El muchacho se quedó sin voz un instante—. Me miró como si yo fuera una errata que aún no había decidido corregir.
Pembroke murmuró:
—Maldito sea.
Delacroix preguntó:
—¿Te amenazó?
—No con palabras. Al principio no. Luego, ayer, me dijo que los muchachos que conocen rutas también pueden perderse en ellas. Y que Londres está llena de accidentes para quien camina mirando hacia atrás.
—Por eso dejaste la nota.
—Sí.
—¿Y el golpe?
Thomas se tocó la mejilla.
—Anoche. Dos hombres. Cerca de la imprenta de Bell Yard. Dijeron que dejara de escuchar. Uno me llamó “cochero”. Nadie me llama así fuera de los patios.
Pembroke se puso de pie.
—Vendrás con nosotros.
Thomas palideció.
—No.
—Sí.
—Si entro en Scotland Yard, se sabrá.
—Entonces no entrarás por delante.
—Se sabrá igual.
Delacroix escuchó un ruido afuera.
Muy leve.
Una piedra movida por un zapato.
Levantó una mano.
Pembroke calló.
Los agentes, afuera, también.
Durante unos segundos, solo se oyó el agua goteando desde el techo y la respiración rápida de Thomas.
Luego una sombra cruzó la ventana rota.
Uno de los agentes gritó.
La puerta lateral del cobertizo se abrió de golpe.
Un hombre entró con la cabeza baja y el brazo extendido.
No hubo tiempo para pensar.
Pembroke se lanzó contra él y desvió el golpe.
Algo metálico brilló en la penumbra. Thomas gritó y cayó hacia atrás.
Delacroix tomó una tabla apoyada contra la pared y la empujó contra las piernas del atacante.
El hombre tropezó, golpeó a Pembroke en el hombro y salió por la misma puerta antes de que los agentes consiguieran entrar.
—¡Alto! —gritó uno.
Los pasos huyeron por el patio.
Un silbato cortó la niebla.
Otro respondió desde lejos.
Pembroke salió tras él con un agente.
Delacroix se quedó con Thomas.
El muchacho estaba en el suelo, temblando. Tenía un corte superficial en la manga y una línea roja en el antebrazo, no profunda, pero suficiente para convertir el miedo en algo visible.
—Respira —dijo Delacroix.
Thomas obedeció mal.
—Iba a matarme.
—Todavía no.
—Eso no ayuda.
—Es una frase desagradable, pero exacta.
Pembroke regresó pocos minutos después, furioso y con barro en el abrigo.
—Lo perdimos.
—¿Descripción?
—Gorra, abrigo oscuro, común, rápido. La maldita descripción de siempre.
Thomas se tapó el rostro con la mano sana.
—No quiero morir por un periódico.
Delacroix lo miró.
—Nadie debería.
Pembroke se arrodilló junto a él.
—Ahora sí vienes con nosotros. No discutiré.
Thomas levantó la vista.
—¿Y si me encuentra?
Delacroix respondió:
—Entonces procuraremos que tenga que atravesar demasiada verdad para llegar a ti.
El muchacho no entendió del todo.
Pero se levantó.
A veces uno no necesita comprender una promesa para aceptar que es mejor que la alternativa.
Lo sacaron del cobertizo por una puerta trasera que daba a otro patio. Uno de los agentes fue delante. Otro detrás. Pembroke sostuvo a Thomas por el hombro. Delacroix caminó al final, mirando la niebla.
En la calle, Fleet Street seguía funcionando.
Un carro de periódicos pasó a pocos metros, con la lona oscura atada por una cuerda. El conductor no miró hacia ellos. Los paquetes iban perfectamente ordenados. La ciudad recibiría sus noticias aunque un muchacho acabara de estar a punto de morir en un cobertizo.
Esa puntualidad empezó a parecerle a Delacroix una forma de obscenidad.
—El coche —dijo Pembroke en voz baja.
—Sí.
—Si Morrow usó rutas de reparto, pudo moverse sin que nadie lo viera.
—No sin que nadie lo viera. Sin que nadie lo mirara.
Pembroke observó el carro alejarse.
—Pritchard compraba periódicos cerca de la estación.
—Sí.
—Beatrice trabajaba en una zona de reparto teatral.
—Sí.
—Frost tenía relación con papeles antiguos y quizás con Morrow.
—Sí.
—Ashcombe murió a pocos minutos del Herald, en una ruta de salida.
Delacroix asintió.
—Estamos mirando el mapa equivocado, Arthur.
—¿Cuál deberíamos mirar?
Delacroix señaló el carro que desaparecía entre la niebla.
—El de las palabras cuando salen a buscar lectores.
Thomas, que los había oído, murmuró:
—No son solo lectores.
Delacroix se volvió.
—¿Qué quieres decir?
El muchacho estaba pálido, pero sus ojos se habían vuelto más firmes ahora que el miedo tenía testigos.
—Morrow decía que un buen periódico no llega a la ciudad. La ocupa.
Pembroke apretó la mandíbula.
Delacroix miró hacia Fleet Street.
La frase era de Morrow, sin duda.
Elegante.
Venenosa.
Útil.
—Entonces —dijo— tendremos que liberar algunas calles.
A lo lejos, las prensas empezaron otra tirada.
El sonido viajó por los callejones, profundo, metálico, constante.
Thomas Bell tembló al oírlo.
No porque fuera ruido.
Porque por fin comprendía que, durante semanas, el monstruo que Londres temía no había caminado solo por la niebla.
También había viajado en los carros del amanecer.