Capítulo 20 — El cochero de Fleet Street
Fleet Street no dormía.
Descansaba por partes, como los animales nerviosos.
Había horas en que los despachos cerraban, las plumas se quedaban quietas, los redactores desaparecían en tabernas o habitaciones alquiladas y las ventanas del Herald parecían al fin resignadas a la oscuridad.
Pero abajo, detrás, en los patios, en las caballerizas estrechas, en los talleres menores, en los callejones donde el papel se ataba con cuerda y la tinta se secaba mal, la calle seguía despierta.
Allí empezaba la verdadera circulación de Londres.
No en el Parlamento.
No en Scotland Yard.
No en los clubes de contribuyentes.
En los carros de madrugada.
Delacroix y Pembroke llegaron al patio trasero del Herald poco después de recibir la nota de Thomas Bell.
No entraron por la puerta principal. Clara les había indicado un pasaje lateral que olía a humedad, carbón y papel viejo.
El empedrado estaba resbaladizo. Las paredes, ennegrecidas por años de humo y lluvia.
En una esquina, varios paquetes de periódicos esperaban ser cargados.
En otra, un caballo flaco masticaba con la resignación filosófica de los animales explotados por la puntualidad humana.
Un hombre ancho, con gorra de lana y manos enormes, supervisaba a dos muchachos que ataban fajos del Herald con cuerda.
—Buscamos a Thomas Bell —dijo Pembroke.
El hombre no levantó la vista.
—La mitad de Londres busca a alguien, inspector.
Pembroke se quedó quieto.
—No he dicho que fuera inspector.
El hombre levantó la vista entonces.
Tenía barba corta, ojos pequeños y una cara tallada por el frío.
—No hacía falta. Tiene usted la forma de hombros de un hombre que espera obediencia y recibe molestias.
Delacroix lo miró con interés.
—Una descripción admirable. ¿La usa con todos los policías?
—Solo con los que vienen por la puerta de atrás.
—Entonces hoy hemos elegido bien.
Pembroke mostró su identificación.
—Su nombre.
—Jonah Pike.
—¿Trabaja para el Herald?
—Trabajo para quien pague el caballo, el papel y la espalda. Ahora, el Herald.
—Thomas Bell.
Pike escupió a un lado, con cuidado de no alcanzar sus propias botas.
—No ha venido.
—¿Desde cuándo?
—Desde media mañana.
—¿Es habitual?
—Thomas es muchas cosas. Tonto no. Si no vino, es porque decidió vivir más de lo previsto.
Delacroix se acercó a uno de los carros.
Era pequeño, cubierto por una lona oscura, con el nombre del Herald pintado en un costado. Las ruedas estaban manchadas de barro. En el interior había restos de cuerda, papeles sueltos y un olor penetrante a tinta húmeda.
—¿Bell conduce esto?
—A veces.
—¿A veces?
—Es muchacho de rutas. Sabe quién vende en qué esquina, qué taberna abre antes de lo permitido, qué policía mira para otro lado, qué calle se inunda con media lluvia y qué cochero cobra menos si le prometen café.
Cuando falta alguien, conduce. Cuando sobra alguien, manda.
Cuando nadie entiende nada, Thomas ya lo sabía ayer.
—Un joven valioso —dijo Delacroix.
Pike soltó una risa seca.
—Valioso hasta que se vuelve incómodo. Entonces solo es joven.
Pembroke miró alrededor.
—¿Por qué lo llaman el cochero de Fleet Street?
—Porque no hay caballo que conozca mejor esta calle que él, y no hay redactor que sepa menos de cómo sale su propio periódico.
Thomas puede llevar una edición hasta Holborn, girar por Ludgate, dejar paquetes en Drury Lane, pasar por el mercado y volver antes de que un señor con chaleco haya terminado de decidir si “pánico” es mejor palabra que “alarma”.
Delacroix tocó la lona del carro.
—¿Este coche salió el día de la muerte de Ashcombe?
Pike se quedó muy quieto.
No era una reacción grande.
Bastó.
Pembroke dio un paso.
—Señor Pike.
—Salen coches todos los días.
—Este.
—No recuerdo.
Delacroix dijo:
—Sí recuerda.
Pike lo miró.
—Usted no sabe lo que recuerdo.
—No. Pero sé cómo se ve un hombre cuando decide si una memoria merece el riesgo de pronunciarse.
El encargado de rutas apartó la vista.
Uno de los muchachos dejó de atar paquetes.
Pike le gritó:
—¡Sigue con eso, Alfie, o te ato a ti y te vendo en Westminster!
El muchacho siguió.
Pike bajó la voz.
—El coche salió.
—¿A qué hora? —preguntó Pembroke.
—Cerca de las cuatro.
—¿Quién lo llevaba?
Pike tardó demasiado.
—Thomas.
—La nota dice otra cosa —dijo Delacroix.
El hombre miró hacia él.
—¿Qué nota?
—La que Thomas nos dejó para que usted no tuviera que mentir solo.
Pike cerró los ojos un instante.
—Maldito crío.
—¿Quién lo llevaba? —repitió Pembroke.
—No lo vi subir.
—Pero lo vio volver.
Silencio.
—Señor Pike.
—Volvió a las cinco menos cuarto.
—¿Quién?
Pike miró hacia las ventanas traseras del Herald.
—Un hombre con gorra, abrigo viejo y la lona medio corrida.
—¿Reconoció al hombre?
—No de cara.
—¿Entonces?
—Las manos.
Delacroix inclinó apenas la cabeza.
—Continúe.
—Hay manos de cochero y manos de caballero. Las de cochero se agrietan. Las de caballero se ensucian como pidiendo disculpas. Aquel hombre llevaba guantes, pero se los quitó para bajar. Vi los puños. Limpios. Demasiado limpios para conducir bajo lluvia.
—¿Morrow? —preguntó Pembroke.
Pike no respondió.
—¿Era Morrow?
El hombre apretó la mandíbula.
—No lo vi de cara.
—Eso ya lo dijo.
—Y lo repetiré ante cualquier juez.
Delacroix lo observó.
—¿Thomas lo vio?
Pike miró el caballo.
—Thomas ve demasiado.
—¿Dónde está?
—Si fuera listo, lejos.
—No pregunto dónde debería estar.
Pike se quitó la gorra, se rascó la cabeza y volvió a ponérsela.
—Hay un cobertizo viejo detrás de St. Bride’s Mews. Antes guardábamos ruedas. Ahora guardamos ratas y arrepentimientos. Si Thomas se esconde cerca, estará allí.
Pembroke hizo una seña a un agente de paisano que esperaba al final del pasaje.
Delacroix no se movió.
—Una pregunta más, señor Pike.
—Qué sorpresa.
—¿Morrow conocía estas rutas?
Pike soltó una risa breve.
—Morrow conoce lo que le conviene conocer.
—No es una respuesta.
—Sí lo es. Solo que no le gusta.
—Eso suele ocurrir.
Pike miró el carro.
—Venía a veces. Preguntaba por horas de salida, por retrasos, por qué vendedor cubría tal zona, por quién llevaba hojas extraordinarias. Decía que un periodista debía saber cómo viajaban sus palabras.
—Una frase bonita.
—A mí me pareció una frase de hombre que jamás ha cargado un paquete mojado.
Delacroix casi sonrió.
—Las mejores frases suelen ocultar la espalda de otros.
St. Bride’s Mews quedaba a pocos minutos, pero la niebla conseguía alargarlo todo. Pembroke llevó a dos agentes. Delacroix caminó en silencio, con la nota de Thomas Bell guardada en el bolsillo y una idea creciendo no como certeza, sino como incomodidad organizada.
El coche de Fleet Street.
No una calle.
Un sistema.
Los periódicos no solo llegaban a la ciudad.
La atravesaban antes de que la ciudad terminara de despertar.
Un carro del Herald podía aparecer cerca de una estación, un teatro, una casa de empeños o un pasaje sin llamar la atención.
Los muchachos de reparto eran invisibles porque siempre iban cargados de algo que nadie quería mirar hasta tenerlo en las manos.
Un hombre con la ropa adecuada podía moverse dentro de ese flujo como una gota de tinta en agua oscura.
—Está pensando —dijo Pembroke.
—A veces me ocurre.
—Dígame que no piensa algo peor que antes.
—No sería honesto.
—Entonces mienta con delicadeza.
—No tengo suficiente práctica.
El cobertizo estaba al fondo de un patio estrecho, detrás de una hilera de puertas de servicio y barriles vacíos. Una de las ventanas estaba rota. El techo se inclinaba hacia un lado con la obstinación de las cosas que ya deberían haberse caído, pero prefieren esperar testigos.
Pembroke hizo una seña.
Los agentes rodearon la entrada.
—Thomas Bell —llamó el inspector—. Scotland Yard. No venimos a arrestarte.
No hubo respuesta.
—Thomas —dijo Delacroix—, Clara Fenwick nos dio tu nota.
Algo se movió dentro.
Un roce.
Luego silencio.
—Si Morrow la hubiera encontrado —añadió Delacroix—, no estaríamos hablando tan tranquilamente desde la puerta.
Una voz joven respondió desde la oscuridad:
—Eso no me tranquiliza mucho, señor.
—Es razonable. La tranquilidad excesiva vuelve tontos a los hombres.
Pembroke abrió la puerta despacio.
Dentro olía a madera húmeda, paja vieja y miedo reciente. Thomas Bell estaba sentado detrás de una rueda rota, con las rodillas contra el pecho y una gorra hundida hasta las cejas. Tenía una mejilla golpeada y el labio partido. Sus manos temblaban.
Clara tenía razón.
Era pelirrojo.
Delacroix recordó de inmediato a Edith Pritchard hablando del muchacho que vendía periódicos cerca de la estación.
La memoria, a veces, deja migas.
—¿Quién te golpeó? —preguntó Pembroke.
Thomas miró a los agentes.
—Tropecé.
—Con varios nudillos —dijo Delacroix.
El muchacho tragó saliva.
—No lo vi.
—¿Morrow?
—No. Él no hace esas cosas.
—¿No mata? —preguntó Pembroke.
Thomas lo miró con horror.
—No he dicho eso.
El silencio que siguió fue casi más elocuente que una confesión.
Delacroix se agachó a cierta distancia, para no acorralarlo.
—Thomas, necesitamos saber qué viste el día de Ashcombe.
El muchacho negó con la cabeza.
—Si hablo, saldrá en el periódico antes de que me dé tiempo a cambiar de calle.
—No saldrá.
—Todo sale.
—No todo.
Thomas soltó una risa amarga, demasiado adulta para su cara.
—Trabaja usted poco en Fleet Street, señor.
Pembroke dijo:
—Podemos protegerte.
—¿Como protegieron al doctor? ¿Como protegieron al señor Ashcombe? ¿Como protegen a cualquiera que el Herald decide convertir en nombre?
Pembroke no respondió.
No había respuesta que no sonara pobre.
Delacroix sí.
—No podemos protegerte de todo. Pero Morrow ya sabe que sabes algo. La diferencia entre callar y hablar quizá no sea si estás en peligro, sino si tu peligro sirve para algo.
Thomas lo miró.
—Eso es una forma elegante de decir que estoy perdido.