Capítulo 19 — Clara Fenwick duda
Clara Fenwick había aprendido a distinguir el ruido verdadero del periódico.
No era el de las prensas, aunque las prensas hicieran temblar el edificio como si en los sótanos respirara una bestia de hierro.
No era el de los redactores, con sus discusiones, sus risas súbitas, sus maldiciones contra la gramática, los políticos, la lluvia y los propietarios.
No era el de los vendedores que entraban y salían con paquetes de ejemplares bajo el brazo, ni el de los mensajeros que subían escaleras como si el destino de la ciudad dependiera de una nota doblada.
El ruido verdadero del periódico era otro.
Era el de una frase convirtiéndose en hecho.
Clara lo había amado alguna vez.
Eso era lo peor.
Había entrado en el Herald creyendo que un periódico podía obligar a los poderosos a bajar la mirada, hacer visible lo que otros escondían, darle nombre a una injusticia, poner luz en habitaciones donde la verdad envejecía encerrada.
Todavía creía en eso, o necesitaba creerlo.
Sin esa fe, la redacción no era más que una fábrica de urgencias vendidas al amanecer.
Pero desde la muerte de Ashcombe, cada mesa le parecía sospechosa. Cada pluma, un instrumento. Cada titular, una puerta mal cerrada.
Y Elias Morrow seguía escribiendo.
Eso, más que cualquier otra cosa, la hacía dudar.
No porque escribiera después de una muerte.
Todos escribían después de una muerte.
El problema era que Morrow escribía como si la muerte hubiera llegado a tiempo para completar una idea.
Clara lo observó desde su mesa.
Morrow estaba inclinado sobre una columna, con la manga perfectamente apartada del tintero y el rostro sereno.
No parecía feliz. Tampoco devastado. Parecía concentrado de una manera que ella había admirado durante meses y que ahora le resultaba casi insoportable.
De vez en cuando detenía la pluma, miraba hacia la sala, escuchaba una frase suelta, un murmullo, una orden de imprenta, y luego volvía a escribir como si todo aquello entrara en él convertido ya en material.
El dolor de la redacción.
La sospecha sobre Harcourt.
La presión de la calle.
El alivio sucio de Londres al tener una cabeza.
Todo le servía.
Clara bajó la mirada hacia la cuartilla que tenía delante.
No había escrito una línea útil en media hora.
El título provisional decía:
La ciudad que no duerme
Lo tachó.
Era demasiado suyo.
Demasiado de él.
—No se castigue —dijo una voz a su espalda.
Clara se volvió.
Morrow estaba de pie junto a su mesa.
No lo había oído acercarse.
Eso le molestó.
—No lo hago.
—Claro que sí. Tiene cara de estar juzgando una frase y a sí misma al mismo tiempo. Es agotador y rara vez mejora el estilo.
—Gracias por el consejo.
—No era consejo. Era compasión.
—Entonces gracias por hacerla tan desagradable.
Morrow sonrió.
—Ahí está. Creí que el duelo la había vuelto amable.
Clara sostuvo su mirada.
—El duelo no mejora tanto a nadie.
—Cierto.
Él miró la hoja tachada.
—¿“La ciudad que no duerme”? Es flojo.
—Lo sé.
—Demasiado general.
—Lo sé.
—La ciudad duerme. Mal, pero duerme. Lo que no duerme es el miedo.
—También lo sé.
Morrow apoyó una mano en el respaldo de la silla de Clara.
—Entonces escriba eso.
—No quiero escribir como usted.
La frase salió antes de que pudiera corregirla.
Durante un segundo, Morrow no se movió.
Luego su sonrisa se volvió más pequeña.
—Qué ambición tan triste.
—¿No querer parecerme a usted?
—Creer que puede evitarlo si mejora.
Clara sintió una punzada de rabia.
No porque la frase fuera cruel.
Porque había un tiempo, no muy lejano, en que habría sentido orgullo de que Morrow la considerara digna de heredar algo suyo.
—Usted no inventó el periodismo, Elias.
—No. Solo intento impedir que lo practiquen los mediocres.
—Henry no era mediocre.
La sonrisa desapareció.
—No he dicho que lo fuera.
—Pero lo pensó muchas veces.
Morrow apartó la mano del respaldo.
—Henry era prudente. La prudencia se parece a la mediocridad cuando uno la mira desde una mesa de redacción.
—Y a la decencia cuando se la mira desde una tumba.
La frase quedó entre los dos.
Algunas conversaciones no terminan con silencio.
Terminan con una frontera.
Morrow inclinó la cabeza.
—Tenga cuidado, Clara.
Ella sintió frío.
—Todos me dicen eso últimamente.
—Quizá porque últimamente lo necesita.
—¿Es una amenaza?
—Es una observación.
—Usted usa mucho esa palabra.
—Porque las amenazas son vulgares y las advertencias suelen desperdiciarse.
Se alejó sin esperar respuesta.
Clara lo vio volver a su mesa.
No llevaba prisa.
Los hombres seguros de que el edificio les pertenece no corren por sus pasillos.
A media mañana, Delacroix y Pembroke llegaron al Herald.
La redacción los recibió con esa mezcla de curiosidad y hostilidad que producen los policías en los lugares donde la verdad se considera competencia profesional. Algunos redactores fingieron no mirar. Otros miraron sin fingir nada. Morrow no levantó la cabeza.
Clara se puso de pie antes de que ellos la buscaran.
—Vengan —dijo.
Los llevó hasta una sala pequeña de archivo, detrás de la zona de correctores.
Allí se guardaban pruebas viejas, galeradas descartadas, rollos de papel, paquetes de ediciones anteriores y cajas con etiquetas escritas por hombres que seguramente ya habían muerto o sido trasladados a periódicos más tristes.
Pembroke cerró la puerta.
—¿Qué ocurre?
Clara dudó.
Miró a Delacroix.
—No lo sé.
—Una frase honesta —dijo él—. Y por tanto prometedora.
—Morrow está preparando una semblanza de Harcourt.
—Lo sabemos.
—No. No entienden. No la está preparando por si la necesita. La tenía empezada antes de que Harcourt fuera retenido.
Pembroke se enderezó.
—¿Está segura?
Clara fue hasta una caja de pruebas descartadas y sacó un pliego doblado.
—Esto estaba en el cesto de composición. No debería haberlo visto.
—Pero lo vio —dijo Delacroix.
—Sí.
Le entregó el papel.
Era una galera marcada con correcciones a mano. En la parte superior decía:
EL HOMbrE QUE TOCABA A LOS MUERTOS
Debajo, una descripción de Lionel Harcourt: su frialdad, su precisión, su desprecio por la prensa, su cercanía a los cadáveres, su “posición incómoda en el corazón de una institución herida”.
La columna no lo acusaba. No necesitaba hacerlo.
Cada frase era una lámpara encendida sobre una puerta cerrada.
Pembroke leyó con rapidez.
—Esto pudo escribirlo después de que empezaran las sospechas.
Clara señaló una marca en el margen.
—Mire la indicación de imprenta.
Delacroix observó la anotación.
—“Mantener para mañana si B. actúa.”
Pembroke frunció el ceño.
—¿B.?
—Blackthorne —dijo Clara.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque Morrow lo llama así en sus notas cuando cree que nadie las leerá. B. actúa. B. calla. B. se equivoca. B. niega. Tiene la manía de reducir a los hombres a iniciales cuando todavía no los ha convertido en titulares.
Delacroix leyó la frase marginal otra vez.
Mantener para mañana si B. actúa.
—Interesante.
Pembroke dejó escapar una risa breve, sin alegría.
—Delacroix, cada vez que dice interesante, alguien se acerca a la horca.
—O se aleja de ella.
Clara preguntó:
—¿Esto sirve?
—Sirve para demostrar que Morrow anticipó una posibilidad —dijo Delacroix—. No para demostrar que la provocó.
—Pero la provocó.
—Quizá.
—No diga quizá.
—Debo decirlo mientras sea verdad.
Clara apartó la mirada, frustrada.
Pembroke revisó el resto del papel.
—¿Quién más pudo escribir esto?
—Nadie.
—¿Está segura?
—Conozco su letra. Sus correcciones. Sus cambios. La forma en que sustituye palabras sencillas por palabras que parecen más inevitables. Esto es suyo.
Delacroix tomó el pliego con cuidado.
—¿Morrow sabe que lo tiene?
—No.
—¿Quién más?
—Nadie.
Un ruido en el pasillo los hizo callar.
Pasos.
Luego la voz de un muchacho:
—Señorita Fenwick.
Clara abrió la puerta apenas.
Thomas Bell estaba del otro lado.
Tenía diecisiete o dieciocho años, quizá menos.
Delgado, pelirrojo, con pecas, una chaqueta demasiado grande y las manos manchadas de tinta.
No era exactamente vendedor ni exactamente empleado.
En el Herald, esos muchachos pertenecían a una categoría flexible: llevaban mensajes, cargaban paquetes, conocían rutas, escuchaban más de lo que debían y envejecían deprisa si eran inteligentes.
Thomas miró hacia Pembroke y Delacroix.
Su rostro cambió.
—Perdón. No sabía que estaba…
—¿Qué ocurre, Thomas? —preguntó Clara.
El muchacho tragó saliva.
—El señor Morrow pregunta por usted.
—Que espere.
—Dijo que no.
Pembroke se acercó.
—¿Thomas Bell?
El muchacho pareció pensar en huir.
No lo hizo.
—Sí, señor.
—Usted coordina rutas de distribución.
—Algunas.
—¿Conoce a los vendedores cerca de Holborn? ¿Fleet Street? ¿El pasaje de St. Bride?
—Sí, señor.
—Necesitaremos hablar con usted.
Thomas miró a Clara.
—Ahora no.
La respuesta fue demasiado rápida.
Delacroix se acercó a la puerta.
—¿Por qué no?
Thomas se humedeció los labios.
—Trabajo.
—Una excelente excusa cuando no se tiene miedo.
El muchacho bajó la voz.
—Aquí no.
Clara lo miró con alarma.
—Thomas.
Él sacó un papel doblado del bolsillo y se lo puso en la mano con un movimiento torpe.
—No lo lea aquí.
Luego, antes de que Pembroke pudiera detenerlo, se marchó por el pasillo.
Pembroke abrió la puerta.
—¡Bell!
Thomas no corrió.
Eso habría llamado demasiado la atención.
Simplemente desapareció entre correctores, cajas y ruido.
Clara miró el papel en su mano.
Delacroix negó apenas.
—No aquí.
—Pero…
—Precisamente.
Guardó el papel en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Morrow la espera, ¿no?
Clara respiró hondo.
—Sí.
—Entonces no lo decepcione.
—¿Quiere que vaya a verlo?
—Quiero que haga lo que él espera mientras nosotros averiguamos qué no esperaba.
Pembroke guardó la galera doblada.
—Me llevo esto.
Clara asintió.
—No puede salir por la puerta principal con eso.
—¿Tiene otra puerta?
—Tres. Una de ellas huele a tinta y ratas.
Delacroix sonrió apenas.
—Las salidas honestas rara vez huelen a lavanda.
Salieron de la sala de archivo por caminos distintos.
Clara volvió a la redacción con el corazón demasiado rápido y el rostro tan tranquilo como pudo construirlo. Morrow estaba de pie junto a su mesa, leyendo una de sus hojas tachadas.
—No me gusta que lean mis borradores —dijo ella.
—A nadie le gusta que lo vean antes de decidir qué pretende ser.
—¿Me buscaba?
Morrow dejó la hoja.
—Sí.
—Aquí estoy.
—Qué milagro.
—Estaba en archivo.
—¿Buscando estilo?
—Papel.
—Ah. Más útil y menos frecuente.
Él la observó.
Clara sintió que la miraba no como se mira a una colega, sino como se mira una frase que tal vez ha cambiado de lugar en la página.
—¿Ha visto a Delacroix? —preguntó Morrow.
—Sí.
—¿Y?
—Sigue siendo francés.
Morrow sonrió.
—No subestime la evasión elegante. Yo la practico a diario.
—Lo sé.
—¿Qué quería?
—Preguntas.
—Siempre quiere preguntas. Es su manera de no comprometerse con respuestas.
—También es su manera de no inventarlas.
Otra frontera.
Morrow la vio.
Clara lo vio verla.
—Está cambiando, Clara.
—No. Estoy mirando mejor.
—Eso es lo que dice la gente antes de mirar lo que no entiende.
—¿Y usted qué dice antes?
Morrow se acercó un poco.
No demasiado.
Lo justo para que la conversación dejara de pertenecer a la redacción.
—Yo digo que la duda es útil si uno sabe cuándo abandonarla.
—¿Y si no?
—Se convierte en traición.
Clara sostuvo su mirada.
—¿A quién?
—Al periódico. A la historia. A los muertos. A quien usted prefiera esa mañana.
—Los muertos no le pertenecen.
Morrow no respondió enseguida.
Luego inclinó la cabeza.
—Qué frase tan noble. Tenga cuidado. La nobleza envejece mal en salas de redacción.
—Eso es otra advertencia.
—Empieza a reconocerlas.
—Usted empieza a necesitarlas.
La sonrisa de Morrow regresó.
No a los ojos.
—Henry también creyó eso.
La frase fue suave.
Cruel por su suavidad.
Clara se quedó quieta.
El impulso de abofetearlo le subió a la mano con una claridad casi cómica. No lo hizo. La redacción los miraba sin mirarlos. Morrow sabía elegir sus escenarios. Clara empezaba a saberlo también.
—¿Terminó su semblanza de Harcourt? —preguntó ella.
—Casi.
—¿Y si Harcourt es inocente?
—Entonces será una pieza sobre el peligro de juzgar demasiado deprisa.
—Qué cómodo.
—La comodidad es una virtud editorial cuando hay poco tiempo.
Clara se apartó.
—Tengo trabajo.
—Sí.
Morrow volvió a su mesa.
Pero antes de sentarse dijo:
—Clara.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
—No confíe demasiado en Thomas Bell.
El nombre le heló la espalda.
No se volvió de inmediato.
—¿Por qué?
—Los muchachos que escuchan detrás de demasiadas puertas terminan creyendo que cada secreto les pertenece.
—Tal vez han aprendido de sus mayores.
Morrow tomó la pluma.
—Tal vez.
Clara caminó hacia su mesa.
No miró hacia archivo.
No miró hacia la puerta trasera.
No miró hacia el lugar por donde Thomas había desaparecido.
Por primera vez desde que entró en el Herald, fingir indiferencia le costó más esfuerzo que escribir.
Una hora más tarde, en una calle lateral detrás del edificio, Delacroix y Pembroke abrieron el papel que Thomas Bell había entregado.
No era una nota larga.
Decía:
No fue a pie.
El día de Ashcombe, Morrow salió antes que él y volvió antes de las cinco.
Pregunten por el coche de Fleet Street.
No me busquen en el Herald.
Pembroke leyó la frase dos veces.
—El coche de Fleet Street.
Delacroix miró hacia la salida trasera del periódico.
Un carro de reparto pasaba en ese momento, cargado de paquetes atados con cuerda. El conductor llevaba gorra baja y las manos negras de tinta y frío.
—Arthur —dijo Delacroix—, creo que el señor Bell acaba de descubrir la diferencia entre saber algo y sobrevivir a saberlo.
Pembroke guardó la nota.
—Hay que encontrarlo.
—Sí.
—Antes que Morrow.
Delacroix miró la calle, los carros, los repartidores, los muchachos que corrían con periódicos bajo el brazo.
—No, inspector.
—¿No?
—Antes que la historia decida qué papel debe ocupar.
En Fleet Street, las prensas siguieron girando.
Y Clara Fenwick, desde su mesa, comprendió por fin que dudar no era una debilidad.
Era el primer acto de desobediencia.