Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 18 — Una cabeza para la ciudad #2
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Capítulo 18 — Una cabeza para la ciudad #2

—Cinco minutos.

Salió.

La puerta se cerró.

Pembroke permaneció de pie.

Harcourt miró a Delacroix.

—¿Va a preguntarme si soy inocente de una forma más francesa?

—No.

—Lástima.

—Voy a preguntarle si tiene enemigos capaces de plantarle una hoja.

Harcourt no respondió de inmediato.

—Casi todos mis conocidos son capaces de desearme molestias. Plantar pruebas exige energía.

—Morrow.

—Morrow preferiría plantarme una frase.

—Ya lo hizo.

—Entonces quizá considere suficiente su jardinería.

Pembroke preguntó:

—¿Alguien pudo tomar ese bisturí antes de que se rompiera?

—Sí.

—¿Quién?

—Mi asistente, Harding. Kells, el afilador. Un auxiliar llamado Nokes. Cualquiera que hubiera entrado cuando yo no estaba.

—¿Lo denunció como perdido?

—No estaba perdido. Estaba roto.

Delacroix caminó hacia la ventana pequeña de la sala.

Desde allí no se veía la calle.

Solo un muro.

A veces las instituciones construyen ventanas para fingir que no son encierros.

—Doctor —dijo—, si quisiera culparlo, ¿qué buscaría en su casa?

Harcourt lo miró con interés.

—Qué pregunta tan práctica.

—A veces me descuido.

—Algo con sangre. Un trozo de tela. Una hoja que encaje con las heridas. Recortes. Cartas. Cualquier elemento que convierta mi carácter en confesión.

—¿Y si quisiera hacerlo con inteligencia?

—No pondría demasiado. La abundancia ofende.

Delacroix asintió.

—Bien.

Harcourt entrecerró los ojos.

—Cree que encontrarán algo.

—Creo que alguien necesita que encuentren algo.

Pembroke se tensó.

—¿En su casa?

—O en su sala. O en su pasado. O en una frase del Herald que haga innecesaria la prueba.

Harcourt guardó silencio.

Por primera vez, la ironía lo abandonó del todo.

—No lo hice —dijo.

No sonó a defensa.

Sonó a constatación.

Delacroix lo miró.

—No necesito que sea inocente, doctor.

—Qué reconfortante.

—Necesito que la verdad no llegue con etiqueta de regalo.

Pembroke abrió la puerta.

Blackthorne esperaba afuera.

—Terminamos.

—No —dijo el superintendent—. Lo retendremos hasta verificar su coartada y el asunto del instrumento.

Harcourt se levantó.

—Naturalmente.

—No será una detención formal.

El forense tomó su sombrero.

—Dígale eso a los vendedores de la puerta. Parecen hombres sensibles a los matices legales.

Lo condujeron fuera por un pasillo interior, esta vez sin público.

Pero el daño ya estaba hecho.

A media tarde, antes de que Kells, el afilador, pudiera ser localizado, antes de que los registros fueran revisados, antes de que el maletín de Harcourt terminara de inventariarse, la calle ya tenía su respuesta.

El Chronicle sacó una hoja extraordinaria:

MÉDICO DE SCOTLAND YARD BAJO SOSPECHA

El Gazette prefirió:

¿EL CUCHILLO ENTRE LOS PASILLOS DE LA POLICÍA?

El Herald, más elegante y por eso más peligroso, tituló:

UNA CABEZA PARA LONDRES

Delacroix leyó esa última hoja en silencio.

Pembroke estaba a su lado, en el despacho donde habían reunido los recortes. Blackthorne acababa de salir para responder a una llamada del Ministerio. Afuera, los murmullos de la multitud llegaban como oleaje contra piedra.

—Lo consiguió —dijo Pembroke.

Delacroix dobló el papel.

—¿Morrow?

—La ciudad.

—La ciudad no consigue nada sola cuando está asustada. Solo empuja donde le permiten empujar.

Pembroke se dejó caer en una silla.

—Si Harcourt es inocente, lo hemos entregado.

—No todavía.

—Mírelos.

Por la ventana se veía parte de la calle. Los vendedores agitaban hojas. Algunos hombres sonreían con alivio. No alegría exactamente. Alivio. Esa emoción más peligrosa que la justicia porque se parece a la paz sin necesitar verdad.

Delacroix observó los rostros.

—No celebran una detención —dijo.

—¿Entonces?

—Celebran que la historia pueda terminar.

—Pero no termina.

—Eso no les importa mientras alguien les prometa un último capítulo.

Pembroke cubrió el rostro con las manos.

—Dios.

Delacroix dejó el Herald sobre la mesa.

El titular era perfecto.

Demasiado.

Una cabeza para Londres.

No “un culpable”.

No “un sospechoso”.

No “un avance”.

Una cabeza.

Morrow no había escrito para informar.

Había escrito para nombrar lo que todos deseaban sin atreverse a pronunciarlo con tanta claridad.

La puerta se abrió.

Clara Fenwick entró sin pedir permiso.

Llevaba el rostro encendido por la prisa.

—Morrow va a publicar una semblanza de Harcourt.

Pembroke se puso de pie.

—¿Qué?

—No lo acusa. Lo describe. Su frialdad, su trabajo, su acceso a los cuerpos, su desprecio por la prensa. Dice que Londres merece conocer a los hombres que caminan entre sus muertos.

Delacroix cerró los ojos un instante.

—Un retrato.

—Sí.

—No de un hombre. De una jaula.

Clara apretó los labios.

—Lo escribirá aunque se lo impidan.

—No se lo impedirán —dijo Pembroke—. No pueden.

—Entonces hay que darle otra cosa.

Delacroix la miró.

Clara respiraba rápido.

—Otro titular. Otra dirección. Algo.

—Señorita Fenwick, cuando uno alimenta a un incendio con madera ajena, sigue ayudando al fuego.

—¿Y entonces qué hacemos?

Delacroix tomó el recorte del Herald y lo colocó junto al memorando de Ashcombe.

Pritchard.

Beatrice.

Frost.

Ashcombe.

Harcourt.

Muertos, casi muertos, sospechosos, símbolos.

La serie ya no se componía solo de cadáveres. También necesitaba culpables provisionales, frases, cabezas ofrecidas para calmar al público.

—Hacemos lo que Ashcombe empezó demasiado tarde —dijo.

Clara lo miró.

—¿Qué?

Delacroix apoyó un dedo sobre el titular.

—Dejamos de buscar al monstruo que Londres quiere ver y empezamos a buscar al hombre que decide cuándo Londres necesita verlo.

Pembroke se acercó.

—¿Por dónde?

Delacroix miró el nombre de Harcourt en los periódicos.

Luego el de Ashcombe.

Luego el de Morrow, firmado al pie de la columna.

—Por el único lugar donde todos los caminos de esta historia se cruzan sin parecer escena de crimen.

Clara entendió primero.

—El Herald.

Delacroix asintió.

Afuera, Londres gritaba.

Dentro, por primera vez, el ruido empezó a tener dirección.