Capítulo 18 — Una cabeza para la ciudad
A la mañana siguiente, Londres no pidió justicia.
Pidió una cabeza.
La diferencia era antigua, pero la ciudad la había olvidado con una rapidez admirable.
Los periódicos amanecieron más graves que de costumbre, lo cual no significaba más prudentes.
El Herald ocupaba la primera plana con la muerte de Henry Ashcombe y, debajo, con una columna de Elias Morrow que fingía duelo con tanta elegancia que algunos lectores debieron confundir la belleza de las frases con profundidad moral.
Delacroix leyó solo el primer párrafo.
Le bastó.
Morrow hablaba de “un hombre que había custodiado silencios”, de “papeles que quizá ardían demasiado en manos de un editor honesto”, de “una ciudad a la que ya no se le puede pedir paciencia sin ofrecerle un nombre”.
Esa última palabra estaba colocada al final de la frase como se coloca un cuchillo sobre una mesa: sin usarlo aún, pero asegurándose de que todos lo vean.
Un nombre.
La ciudad lo repitió.
Un nombre para los comerciantes.
Un nombre para las viudas.
Un nombre para los concejales.
Un nombre para los hombres que habían estado a punto de linchar a un médico inocente y necesitaban convencerse de que la vergüenza había sido previsión.
Un nombre para Scotland Yard.
Sobre todo, un nombre para Scotland Yard.
Blackthorne convocó una reunión antes de las nueve.
No pidió café.
Eso ya indicó a Pembroke que la mañana sería desagradable.
La sala principal estaba llena de papeles, mapas, periódicos, informes y hombres demasiado despiertos. Algunos agentes llevaban toda la noche trabajando. Otros habían dormido tan poco que parecían culpables de algo antes de abrir la boca.
Blackthorne estaba de pie junto a la mesa.
Tenía un telegrama en la mano.
—El Ministerio exige avances concretos —dijo.
Pembroke no respondió.
Delacroix, sentado junto a la ventana, observaba el hilo de niebla que se colaba por una rendija mal cerrada.
—Avances concretos —repitió Blackthorne—. No teorías sobre relatos. No análisis de columnas. No frases ingeniosas sobre la ciudad. Avances.
—Un cadáver también es concreto —dijo Delacroix—. Y sin embargo suele necesitar interpretación.
Blackthorne lo ignoró.
Eso requería práctica.
—Harcourt será interrogado de nuevo.
Pembroke levantó la cabeza.
—¿Por qué?
Blackthorne dejó el telegrama sobre la mesa y tomó otra carpeta.
—Revisión de instrumentos. Falta una hoja estrecha en uno de sus estuches.
El silencio cambió de densidad.
Delacroix no se movió.
Pembroke sí.
—¿Qué clase de hoja?
—Un bisturí de disección, según el inventario antiguo.
—¿Antiguo?
—De hace dos años.
—¿Y el actual?
—El doctor sostiene que el instrumento fue descartado hace meses por estar dañado.
—¿Hay registro?
—No.
Pembroke cerró los ojos.
—Por Dios.
Blackthorne golpeó la carpeta con los dedos.
—Tenemos un forense con acceso a información, conocimiento anatómico, frialdad suficiente, hostilidad pública hacia Morrow, presencia cercana a varias escenas y ahora un instrumento faltante.
Delacroix habló sin alzar la voz:
—Tiene también una magnífica envoltura.
Blackthorne se volvió hacia él.
—No empiece.
—Demasiado tarde. Ya empezó Morrow.
—Esto no viene de Morrow.
—No. Viene de una lista de instrumentos que nadie habría considerado urgente si Morrow no hubiera escrito durante tres días que el asesino podía estar familiarizado con los cuerpos.
—¡Porque podía estarlo!
—Por supuesto. También podía estar familiarizado con los paraguas. Londres está llena de ellos y todos tienen punta.
Pembroke apretó los labios.
No era momento para sonreír.
Blackthorne, desde luego, no lo hizo.
—Harcourt será retenido hasta aclarar sus movimientos.
—¿Retenido? —preguntó Pembroke.
—Interrogado.
—Eso no es lo mismo.
—Lo será si coopera.
Delacroix se levantó.
—Superintendent, un hombre retenido por falta de un bisturí viejo puede convertirse en culpable público antes de que encontremos el cajón donde lo dejó.
Blackthorne se acercó a él.
—Y un hombre culpable puede escapar porque todos tememos parecer injustos.
—No temo parecer injusto. Temo ser útil.
—A veces ser útil significa actuar.
—A veces significa negarse a representar el papel que otro ha escrito.
La frase quedó flotando.
Demasiado cerca de la verdad para gustarle a nadie.
Blackthorne tomó el telegrama y lo guardó en el bolsillo.
—Doctor Harcourt ya está en camino.
Pembroke miró a Delacroix.
—¿Ya lo mandó llamar?
—Sí.
—¿Y la prensa?
Blackthorne no respondió.
No hizo falta.
Desde la calle subió un murmullo.
Delacroix se acercó a la ventana.
Abajo, frente a la entrada de Scotland Yard, se agrupaban periodistas, curiosos y vendedores. No muchos aún. Suficientes. Entre ellos, varios sombreros conocidos. Hombres del Herald, del Chronicle, del Gazette. Muchachos con hojas listas. Miradas hambrientas.
—Qué puntualidad —dijo Delacroix.
Blackthorne se acercó también.
Su rostro se endureció.
—No he informado a nadie.
—No directamente, quizá.
—¿Insinúa que alguien de esta institución…?
—Insinúo que Londres ya sabe leer sus gestos. Y que hay hombres que han convertido esa lectura en oficio.
Pembroke dijo:
—No puede traer a Harcourt por la entrada principal.
Blackthorne dudó.
Ese segundo de duda le costó caro.
Abajo, un coche se detuvo.
La multitud se movió como un solo animal.
Delacroix vio bajar a Lionel Harcourt.
El forense llevaba el sombrero en la mano, el abrigo abrochado y la expresión de un hombre que ha decidido no concederle al mundo la satisfacción de verlo apresurado. Dos agentes lo acompañaban. No lo sujetaban, pero caminaban demasiado cerca.
La multitud lo entendió antes que nadie pudiera corregirla.
—¡Es él!
—¡El médico!
—¡Lo tienen!
—¡El cirujano de la niebla!
Los periodistas se abalanzaron.
Los agentes formaron una barrera improvisada.
Harcourt levantó la vista hacia la ventana.
Por un instante, sus ojos encontraron los de Delacroix.
No había súplica en ellos.
Solo una cólera fría y una frase muda:
Ya han encontrado el cuello.
Delacroix se volvió hacia Blackthorne.
—Acaba de detenerlo ante Londres.
—No está detenido.
Abajo, alguien gritó:
—¡Scotland Yard arresta a uno de los suyos!
El vendedor repitió la frase con entusiasmo profesional.
Blackthorne cerró la cortina.
Demasiado tarde.
Harcourt fue conducido a una sala interior.
No a una celda.
No todavía.
Esa diferencia, sin embargo, pertenecía al lenguaje de Scotland Yard. En la calle, ya se había perdido.
Delacroix y Pembroke entraron pocos minutos después.
El forense estaba sentado con las manos sobre la mesa. No parecía cansado. Parecía afilado.
—Inspector —dijo—. Monsieur. Superintendent. Qué alivio ver que la farsa ha reunido a sus mejores actores.
Blackthorne cerró la puerta.
—Doctor Harcourt, falta un instrumento de su estuche.
—No falta.
—No está.
—Es distinto.
—Explíquelo.
—Se rompió.
—¿Cuándo?
—Hace meses.
—¿Dónde está?
—Probablemente en la basura de un taller de afilado, si el basurero local no ha desarrollado una pasión por la conservación histórica.
Blackthorne se sentó frente a él.
—¿Tiene recibo?
—No.
—¿Testigo?
—El hombre que lo afilaba, si recuerda un instrumento roto entre cientos.
—Nombre.
—Barnaby Kells. Taller en Clerkenwell.
Pembroke anotó.
Delacroix observó a Harcourt.
—¿Por qué no lo registró?
Harcourt lo miró con irritación.
—Porque, hasta esta semana, no sabía que la posteridad exigiría una biografía documental de cada hoja desechada.
—Una omisión desafortunada.
—No. Una omisión normal que ahora parece desafortunada porque alguien la ha iluminado con mala intención.
Delacroix no respondió.
Harcourt entendía demasiado bien su propia situación.
Eso no lo volvía inocente.
Pero lo volvía menos cómodo de usar.
Blackthorne abrió otra carpeta.
—Sus movimientos la noche de Beatrice Vane.
—Ya los entregué.
—Hay un espacio de dos horas.
—Cené.
—Solo.
—Los hombres desagradables suelen hacerlo.
—¿Dónde?
—En mi casa.
—¿Puede probarlo?
—Mi criada dejó la cena y se marchó. No la obligué a observarme masticar.
—La noche de Frost, estuvo cerca de la zona.
—Estuve en una consulta forense a tres calles. Consta en el registro.
—La noche de Ashcombe, también estaba cerca.
—Fui llamado por una agresión. También consta.
Blackthorne se inclinó hacia él.
—Siempre cerca de la muerte.
Harcourt sonrió sin alegría.
—Soy forense. Sería más alarmante que estuviera cerca de bautizos.
Pembroke se cubrió la boca con la mano.
No por risa.
Por cansancio.
Blackthorne no disfrutó el comentario.
—Doctor, ¿mató usted a Henry Ashcombe?
Harcourt no parpadeó.
—No.
—¿A Gideon Frost?
—No.
—¿A Beatrice Vane?
—No.
—¿A Samuel Pritchard?
—No.
—¿Es usted el Cuchillo de la Niebla?
Harcourt apoyó la espalda en la silla.
—Superintendent, si alguna vez adoptara un alias criminal, le aseguro que tendría más dignidad literaria.
Blackthorne golpeó la mesa.
—¡Esto no es una broma!
—No. Es peor. Es una mala conclusión con público.
Delacroix intervino:
—Doctor, ¿dónde estaba su maletín de instrumentos entre el primer crimen y hoy?
Harcourt giró hacia él.
—En mi sala, bajo llave.
—¿Quién tenía acceso?
—Yo. Mi asistente. Personal de limpieza. Dos agentes asignados en ocasiones. Medio Scotland Yard, si uno cree en la capacidad inglesa para extraviar llaves.
—¿Falta algo más?
—No.
—¿Está seguro?
—Más seguro que cómodo.
—¿Alguna prenda manchada, pérdida, reemplazada?
—No.
Blackthorne dijo:
—Revisaremos su casa.
—Por supuesto. Si encuentran algo incriminatorio, espero que tenga al menos buen gusto.
—Doctor —advirtió Pembroke.
Harcourt lo miró.
—Inspector, cuando la injusticia se vuelve inevitable, uno agradece que no sea además aburrida.
Delacroix se puso de pie.
—Me gustaría hablar con el doctor a solas.
Blackthorne negó.
—No.
—Entonces con Pembroke presente.
—¿Para qué?
—Para hacer una pregunta que quizá no convenga a la dignidad de su interrogatorio.
Blackthorne lo sostuvo con la mirada.
Luego hizo un gesto brusco.