Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 17 — El muerto que sí tenía enemigo #2
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Capítulo 17 — El muerto que sí tenía enemigo #2

—Y si lo acusamos mal, seguirá muerto y además será útil para su asesino.

La frase la hirió.

Pero también la detuvo.

Delacroix recogió los documentos y los ordenó con cuidado.

—Ashcombe es distinto.

—¿Por qué? —preguntó Clara, aunque ya intuía la respuesta.

—Porque Pritchard no tenía un enemigo claro. Beatrice tampoco. Frost tenía demasiados. Ashcombe tenía uno.

—Morrow.

—Morrow, al menos, tenía una razón para temerlo.

Pembroke añadió:

—Y Ashcombe fue asesinado de modo que pareciera otra víctima del Cuchillo.

—Exactamente —dijo Delacroix.

Clara se levantó.

—Entonces el Cuchillo no existe.

Delacroix no respondió de inmediato.

En la redacción, al otro lado de la mampara, alguien dejó caer una pila de papeles. El ruido fue seco, breve. Luego siguieron las voces, las prensas, el rumor continuo de una casa que fabricaba verdad, mentira y papel con la misma maquinaria.

—Existe algo —dijo al fin—. Un hombre con una hoja. Cuatro muertos. Eso existe. Pero el Cuchillo de la Niebla, tal como Londres lo imagina, quizá sea una comodidad.

—¿Para quién?

—Para el hombre que necesitaba que Henry Ashcombe fuera la cuarta víctima y no Henry Ashcombe.

Clara miró el sobre vacío.

—Lo convirtieron en un papel.

—Sí.

—Como a Beatrice.

—Sí.

—Como a Pritchard.

—Sí.

—Como a Frost.

—También, aunque Frost habría intentado cobrar por ello.

La broma fue mínima.

Clara no sonrió.

Delacroix no esperaba que lo hiciera.

La puerta del despacho se abrió.

Morrow estaba allí.

No entró.

Se quedó en el umbral, con una hoja en la mano.

—Interrumpo.

Pembroke recogió los documentos con rapidez, pero no demasiada. La prisa habría sido una confesión.

—Sí —dijo.

Morrow miró el escritorio.

Luego el rostro de Clara.

Luego a Delacroix.

—He escrito unas líneas sobre Henry. Pensé que quizá… —Alzó la hoja—. No sé. Quizá convenga que alguien las lea antes.

Clara se puso de pie.

—No.

Morrow la miró con una tristeza suave.

—Clara.

—No lo use.

—No uso a los muertos.

Delacroix dijo:

—Los corrige.

Morrow volvió hacia él.

La frase no le gustó.

—Monsieur Delacroix, incluso usted debería reconocer que Henry merece algo mejor que el silencio.

—El silencio, a veces, es lo único que los muertos conservan sin que se lo editemos.

Morrow bajó la hoja.

—Usted cree que yo lo odiaba.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

—El odio es vulgar. Usted parece más inclinado al resentimiento elegante.

Morrow sonrió.

Apenas.

—Henry era mi editor.

—Y estaba investigándolo.

La frase salió limpia.

Directa.

Sin adorno.

Morrow no se movió.

Clara sí. Muy poco. Como si el aire se hubiera vuelto más denso.

Pembroke observó al periodista.

—¿Lo sabía?

Morrow tardó un segundo en contestar.

—Henry investigaba muchas cosas. Algunas incluso relevantes.

—No ha respondido.

—No estoy seguro de que haya formulado una pregunta digna.

Pembroke dio un paso.

—¿Sabía que Ashcombe revisaba el caso Sayer?

Morrow miró a Clara.

Luego a Delacroix.

—Ah.

Una sílaba.

Pero contenía más reconocimiento que sorpresa.

—Entonces sí —dijo Delacroix.

Morrow entró despacio y cerró la puerta tras él.

—El caso Sayer fue una tragedia periodística, si quieren llamarlo así. Una historia difícil, con fuentes imperfectas, en una ciudad menos sentimental de lo que ahora pretende ser.

Clara parecía a punto de golpearlo.

—Destruyó a un hombre.

—No. Un incendio destruyó a dos personas. La sospecha destruyó a otra. Yo escribí sobre ambas cosas.

—Inventó una fuente.

—Eso dice una mujer que lleva años buscando una razón para culpar a alguien de la ruina de su marido.

Pembroke dijo:

—¿La inventó?

Morrow dejó la hoja sobre el escritorio de Ashcombe.

—No responderé una acusación vieja en una habitación llena de duelo nuevo.

Delacroix observó su mano.

No temblaba.

—Una frase magnífica.

—Gracias.

—Demasiado preparada.

Morrow lo miró.

—Empieza a cansarme, monsieur.

—Lo entiendo. A los hombres acostumbrados a ser leídos les incomoda ser releídos.

La tensión creció.

Morrow se volvió hacia Clara.

—Henry estaba preocupado. Culpable, quizá. Pero eso no lo convierte en mártir.

—No —dijo ella—. Lo convierte en muerto.

Morrow bajó la mirada.

Por un segundo, pareció sinceramente tocado.

O quizá era una imitación tan buena que la diferencia dejó de importar.

—Lo siento —dijo.

Clara no respondió.

Delacroix tomó la hoja que Morrow había traído.

Era una nota necrológica.

La leyó por encima.

Había frases hermosas. Demasiado hermosas. Ashcombe aparecía como un hombre prudente, severo, reservado, guardián de la calidad del Herald, víctima del mismo terror que había intentado narrar con responsabilidad. Morrow había hecho lo que hacía siempre: encontrar la forma que mejor podía circular.

Delacroix se detuvo en una línea.

“Henry Ashcombe murió como vivió: sosteniendo papeles que otros quizá no se atrevieron a leer.”

Levantó la vista.

—¿Cómo sabe que sostenía papeles?

Morrow no parpadeó.

—Lo dijeron en la redacción.

—¿Quién?

—No recuerdo.

—Curioso. Los periodistas suelen recordar fuentes cuando les conviene.

—Y olvidarlas cuando deben protegerlas.

—No si la fuente está en una habitación cerrada con cuatro personas.

Morrow sostuvo su mirada.

—Había una carpeta junto al cuerpo, monsieur. Media calle lo vio.

—No he preguntado por la carpeta. He preguntado por “sosteniendo”.

El silencio fue mínimo.

Pero estuvo.

Pembroke lo percibió.

Clara también.

Morrow tomó la hoja de manos de Delacroix.

—Es una imagen.

—Otra.

—La muerte necesita imágenes.

—No. Usted las necesita.

Morrow dobló la hoja.

—No publicaré la nota, si tanto les molesta.

—Sí la publicará —dijo Delacroix.

Morrow se detuvo.

—¿Perdón?

—La publicará porque ya la ha escrito y porque cree que el dolor sin su frase queda incompleto.

Por primera vez, Morrow no sonrió.

—Henry era mi editor.

—Y usted ha empezado a editar su muerte antes de que termine el día.

El periodista se acercó a la puerta.

—Tengan cuidado. La pena vuelve imprudentes a los mediocres y crueles a los inteligentes.

—¿Eso es un consejo? —preguntó Pembroke.

Morrow abrió la puerta.

—Es una observación.

Salió.

La redacción lo recibió como se recibe a un hombre cuyo dolor todos quieren medir sin atreverse a tocarlo.

Clara se dejó caer otra vez en la silla.

—Lo mató.

Pembroke no dijo nada.

Delacroix miró la puerta cerrada.

—Quizá.

—¿Quizá?

—Señorita Fenwick, si Morrow mató a Henry Ashcombe, no lo hizo solo para impedir que hablara.

—¿No?

—No. Lo hizo para convertir su silencio en parte de una historia que ya estaba contando.

Pembroke miró los papeles.

—Y esa historia es el Cuchillo de la Niebla.

—Sí.

—Entonces Ashcombe era el motivo.

Delacroix recogió el memorando incompleto.

La línea siete seguía allí:

Si existe patrón, quizá no une a los muertos, sino a las reacciones.

—No solo el motivo, Arthur.

—¿Qué más?

Delacroix dobló el papel.

—El error.

Afuera, las prensas volvieron a ponerse en marcha.

El Herald necesitaba salir.

Londres necesitaba leer.

Y Henry Ashcombe, que había muerto intentando ordenar una verdad, estaba a punto de ser entregado a la ciudad como una frase más.