Capítulo 17 — El muerto que sí tenía enemigo
The London Herald publicó la muerte de Henry Ashcombe antes de saber cómo llorarla.
Eso, en cierto modo, lo decía todo.
La edición especial salió poco después del anochecer, cuando la noticia aún estaba caliente, incompleta y manoseada por rumores. En la primera plana, bajo una tipografía grave, se leía:
HENRY ASHCOMBE, EDITOR DEL HERALD, ASESINADO POR EL CUCHILLO DE LA NIEBLA
La prensa también sangra
Scotland Yard, otra vez sin respuestas
Delacroix leyó el titular en el coche, camino de Fleet Street, sentado junto a Pembroke. No dijo nada. No al principio.
La ciudad, afuera, parecía contener la respiración detrás de los cristales.
Los comercios cerraban. Los faroles temblaban en la niebla.
Un vendedor corría con ejemplares bajo el brazo, gritando la noticia como si el muerto hubiera sido suyo durante años.
Londres tenía esa habilidad desagradable: adoptaba los cadáveres célebres con más rapidez que los vivos discretos.
Pembroke miró el periódico en las manos de Delacroix.
—No han perdido tiempo.
—No suelen perder aquello con lo que ganan dinero.
—Morrow escribió algo.
—Lo sé.
—¿Lo leyó?
—Lo estoy evitando por higiene.
Pembroke apoyó la cabeza contra el respaldo.
Tenía los ojos rojos.
Ashcombe no había sido amigo suyo, pero era un hombre al que había visto vivo unas horas antes. Eso bastaba. El oficio policial obliga a ver muertos con demasiada frecuencia, pero no enseña a aceptar la indecencia con la que el mundo continúa organizándose alrededor de ellos.
Delacroix dobló el periódico.
—¿Qué ha dicho Blackthorne?
—Que oficialmente Ashcombe es la cuarta víctima del Cuchillo de la Niebla hasta que se demuestre lo contrario.
—Una frase cómoda.
—También dijo que usted diría eso.
—Empieza a comprenderme. Lamentable.
—Quiere respuestas.
—Todos quieren respuestas. La diferencia está en si aceptan que sean verdaderas.
El coche se detuvo frente al Herald.
La entrada estaba llena de gente.
Reporteros de otros periódicos, empleados, curiosos, policías, vendedores, hombres que decían haber conocido a Ashcombe y otros que probablemente solo querían decir que habían estado cerca de un muerto importante.
Un agente mantenía la puerta despejada con escaso éxito.
Cada vez que alguien salía del edificio, veinte ojos intentaban leerle la cara.
Pembroke bajó primero.
Delacroix lo siguió.
El murmullo creció.
—¡Inspector! ¿Es cierto que el Cuchillo atacó al Herald?
—¿Hay amenaza contra otros periodistas?
—¿Scotland Yard protegerá las redacciones?
—¿El doctor Harcourt sigue bajo sospecha?
La última pregunta hizo que Pembroke se detuviera.
—¿Quién dijo eso?
Nadie respondió.
O respondieron todos con más ruido.
Delacroix subió los escalones sin mirar atrás.
Dentro, el Herald parecía menos una redacción que una familia incapaz de decidir si organizar un funeral o cerrar la edición.
Los redactores hablaban en voz baja, lo cual resultaba más alarmante que cualquier grito.
Las máquinas seguían trabajando abajo. Ese detalle molestó a Delacroix.
No por inmoral. Por exacto. El periódico había perdido un editor, pero no podía perder una hora.
La muerte, allí, debía ajustarse al ritmo de imprenta.
Clara Fenwick los esperaba junto a la escalera.
Tenía el rostro pálido, el abrigo aún puesto y el sombrero en la mano. Parecía haber envejecido desde el pasaje de St. Bride, aunque no por los años, sino por la velocidad con que una sospecha puede convertirse en prueba de que uno no actuó a tiempo.
—Inspector —dijo.
Luego miró a Delacroix.
—Monsieur.
—Señorita Fenwick.
No dijo “lo siento”.
Había frases tan correctas que a veces resultaban inútiles.
Clara lo agradeció en silencio.
—Tengo el sobre.
Pembroke se tensó.
—¿El que dejó Ashcombe?
Ella asintió.
—No lo abrí.
—¿Dónde está?
—En su despacho.
Delacroix miró alrededor.
—¿Morrow?
Clara no necesitó buscarlo.
—En su mesa.
—¿Escribiendo?
—Sí.
Pembroke murmuró algo que no llegó a palabra.
Clara añadió:
—Dice que Henry merece una despedida digna.
Delacroix miró hacia la sala principal.
Elias Morrow estaba sentado junto a su escritorio, con la cabeza inclinada sobre una hoja. A su alrededor, el ruido parecía respetarlo más de lo debido. No lloraba. No fingía llorar. Escribía con una concentración tan pura que, en otro contexto, habría podido confundirse con dolor.
Delacroix lo observó apenas un segundo.
—Los hombres como Morrow —dijo— suelen considerar digna cualquier muerte que puedan redactar.
Clara bajó la mirada.
—Venga.
El despacho de Ashcombe seguía como lo había dejado, salvo por el hecho de que ya no podía pertenecerle.
Ese era uno de los efectos más crueles de la muerte: convertía en decorado lo que unas horas antes era intimidad.
La lámpara verde estaba encendida. La silla, ligeramente apartada.
Había un vaso con agua a medio beber, una pluma sin tapar, papeles corregidos, una mancha de tinta en el borde de la mesa y el retrato del fundador del periódico mirando con la misma desaprobación inútil de siempre.
Clara abrió el cajón lateral con una llave que le tembló un poco en la mano.
Sacó el sobre lacrado.
No era grande, pero sí grueso.
En el frente, con la letra firme de Ashcombe, se leía:
Para el inspector Arthur Pembroke.
Si no fuera posible, para monsieur Armand Delacroix.
Pembroke lo tomó.
Durante un instante, ninguno de los tres habló.
Luego Delacroix dijo:
—Ábralo usted, Arthur.
—¿Por qué yo?
—Porque Ashcombe escribió primero su nombre.
Pembroke rompió el lacre.
Dentro había varios documentos, una carta, recortes antiguos, dos notas manuscritas y un pequeño memorando sin terminar.
El primer papel que cayó sobre la mesa fue una carta con letra inclinada y temblorosa.
Pembroke leyó el encabezado.
—Margaret Sayer.
Clara cerró los ojos.
—La mujer del caso de Stepney.
Delacroix la miró.
—¿Lo conoce?
—Todos en el Herald lo conocen. O creíamos conocerlo. Incendio en una pensión. Dos muertos. Un maestro acusado por las crónicas de Morrow antes de que hubiera acusación formal. No fue condenado, pero quedó destruido.
Pembroke empezó a leer.
No toda la carta.
Bastaron algunos fragmentos.
Margaret Sayer afirmaba que el testigo citado por Morrow nunca existió.
Que su marido había sido señalado por una declaración fabricada.
Que años después un hombre relacionado con Gideon Frost le había insinuado que había papeles capaces de probarlo.
Que Frost guardaba “deudas de dinero y de vergüenza”.
Que Morrow había visitado a Frost meses atrás.
Que Ashcombe había aceptado escucharla después de años de silencio.
Clara estaba muy quieta.
Delacroix tomó otro documento.
Era una nota de Ashcombe:
Si Morrow fabricó una fuente en el caso Sayer, no solo destruyó a un inocente. Demostró un método: crear una figura útil para que el público deje de buscar la verdad.
Delacroix leyó la frase dos veces.
Luego la dejó sobre la mesa.
—Interesante.
Pembroke lo miró.
—Eso es más que interesante.
—Todavía no. Pero empieza a tener forma.
El siguiente papel era una copia parcial de una página del libro de Gideon Frost. Una anotación con iniciales, una fecha de hacía meses y una referencia a un reloj empeñado por alguien vinculado al caso Sayer. En el margen, Ashcombe había escrito:
Crowe confirma visita de E.M. a Frost. Motivo: papeles antiguos. Frost pidió dinero por discreción.
Pembroke levantó la vista.
—E.M.
Clara dijo:
—Elias Morrow.
Nadie la corrigió.
No hacía falta.
Delacroix tomó el memorando incompleto.
El título estaba escrito en mayúsculas:
SObrE ELIAS MORROW Y LA CONSTRUCCIÓN DE CULPABLES
Debajo, Ashcombe había empezado a ordenar ideas:
Sayer: fuente anónima dudosa.
Frost: posible depositario de documentos.
Morrow visita a Frost antes de los asesinatos.
Pritchard: víctima sin enemigo, útil para generar azar.
Beatrice: víctima sentimental, útil para generar compasión.
Frost: víctima odiada, útil para generar confusión.
Si existe patrón, quizá no une a los muertos, sino a las reacciones.
Delacroix se quedó inmóvil.
La séptima línea no era suya.
Pero casi.
Pembroke lo notó.
—Pensó lo mismo que usted.
—No —dijo Delacroix—. Pensó cerca.
Clara se acercó.
—¿Eso ayuda?
Delacroix miró el memorando.
—Sí.
—¿Mucho?
—Lo suficiente para que lo mataran.
La frase no fue cruel.
Fue exacta.
Clara se sentó en la silla de Ashcombe como si las piernas hubieran dejado de pertenecerle.
—Entonces Henry tenía razón.
—Quizá en parte.
—No haga eso.
Delacroix la miró.
—¿Qué?
—No lo reduzca. No diga “en parte” como si eso lo protegiera de estar muerto.
Delacroix guardó silencio un segundo.
—Tiene razón. Me disculpo.
Clara respiró hondo.
—Gracias.
Pembroke seguía revisando los papeles.
—Faltan cosas.
Delacroix se volvió hacia él.
—Sí.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque Ashcombe no era un hombre que escribiera un memorando así sin adjuntar la prueba más fuerte.
—La llevaba encima.
—Probablemente.
—Y el asesino la tomó.
Clara levantó la cabeza.
—¿Qué prueba?
Delacroix señaló el sobre.
—Lo que falta.
—Eso no es una respuesta.
—Aún no sabemos qué falta. Pero sabemos que algo falta. Y en una carpeta revisada por un asesino, el hueco suele ser más honesto que el papel que queda.
Pembroke tomó la nota manuscrita de Ashcombe sobre Crowe.
—Debemos volver a la casa de empeños.
—Sí.
—Y hablar con Crowe.
—También.
—Y con Morrow.
Delacroix negó.
—No todavía.
Pembroke golpeó la mesa con dos dedos.
—Delacroix, esto ya no es una palabra antes de tiempo. Ashcombe estaba investigando a Morrow y apareció muerto.
—Lo sé.
—Eso es motivo.
—Sí.
—Oportunidad no lo sabemos.
—No.
—Pero esto…
—Esto es peligroso, Arthur, precisamente porque parece suficiente.
Pembroke se quedó callado.
Clara lo miró con incredulidad.
—¿Está defendiendo a Morrow?
—No. Estoy protegiendo la verdad de nuestra impaciencia.
—Henry está muerto.