Capítulo 16 — El crimen que parecía otro crimen #2
Con mucho cuidado.
Como si el orden todavía importara.
En el pasaje de St. Bride, la policía llegó antes que la versión completa del rumor, aunque no antes que algunos curiosos.
Eso fue un progreso.
Pembroke empujó a un vendedor de periódicos que intentaba acercarse demasiado y pasó bajo la cinta improvisada que dos agentes sostenían entre la pared y un poste. Delacroix lo siguió.
No preguntó quién era el muerto.
Ya lo sabía por la cara de Pembroke.
Henry Ashcombe yacía junto al muro, con el abrigo abierto, la carpeta roja caída a un lado y el sombrero cerca de la mano. No había horror visible en exceso. Esa contención, en Londres, empezaba a ser una firma más eficaz que la sangre.
El doctor Harcourt estaba de rodillas junto al cuerpo.
No debería haber estado allí tan rápido.
Pero lo estaba.
Eso también importaba.
—Doctor —dijo Pembroke.
Harcourt levantó la vista.
Su rostro era de una palidez irritada.
—Antes de que lo pregunte: me avisaron desde la comisaría más cercana. Estaba a dos calles, revisando un caso de agresión. Si eso me vuelve sospechoso, al menos agradezco la puntualidad de la desgracia.
Delacroix se acercó.
—¿La misma herida?
Harcourt lo miró.
—A primera vista, sí.
—¿Limpia?
—Sí.
—¿Única?
—Sí.
Pembroke cerró los ojos.
La palabra “cuarta” empezó a circular entre los agentes antes de que nadie la pronunciara en voz alta.
Delacroix miró alrededor.
El pasaje.
La farola.
El portón.
La entrada hacia Fleet Street.
La carpeta.
—¿Robo? —preguntó.
Pembroke revisó lo que un agente le entregaba.
—Cartera intacta. Reloj intacto. Anillo intacto.
—La carpeta.
Un agente dijo:
—Estaba junto a él, señor.
Delacroix se inclinó.
No la tocó.
La miró.
Papeles desordenados. Algunos recortes. Un sobre vacío. Notas con letra de Ashcombe. Pero había algo en el hueco entre dos grupos de documentos. Un espacio demasiado exacto. No prueba de robo. Más bien la impresión de que algo había sido retirado con prisa cuidadosa.
—¿Faltan papeles? —preguntó Pembroke.
—Probablemente.
—¿Lo sabe?
—No. Lo veo.
Harcourt se levantó.
—Eso suena a una diferencia demasiado elegante para una escena de crimen.
—Las escenas de crimen suelen ser menos torpes que quienes las interpretan —dijo Delacroix.
El forense lo aceptó con un gesto breve.
Pembroke se acercó a un agente.
—¿Testigos?
—Un muchacho vio a un hombre con gorra alejarse por el fondo. Una mujer oyó una discusión breve. Nadie vio el ataque.
—¿Descripción?
—Oscuro, común, prisa. La descripción favorita de Londres, señor.
Delacroix miró hacia el extremo del pasaje.
Un hombre con gorra.
Demasiado útil.
Demasiado simple.
—¿Alguien vio a Ashcombe llegar?
—Sí. Un repartidor. Dice que esperaba a alguien.
—¿A quién?
—No lo sabe.
Pembroke volvió junto a Delacroix.
—Mismo método. No hay robo. Niebla. Calle lateral. Otra víctima.
Delacroix siguió mirando la carpeta.
—No.
Pembroke lo miró.
—¿No?
—No es otra víctima.
—Delacroix…
—Es el primer muerto que nos dice demasiado sobre los vivos.
Harcourt bajó la voz:
—¿Lo conocía?
—Lo suficiente para saber que no caminaba con una carpeta roja por romanticismo.
Pembroke se pasó una mano por el rostro.
—La prensa…
—Ya viene —dijo Delacroix.
No fue una predicción.
Fue una constatación.
Al fondo de la calle, un grupo de hombres intentaba acercarse.
Entre ellos había dos reporteros, un dibujante y un muchacho con un paquete de hojas.
Un agente los contenía. La noticia corría más rápido de lo que permitían las piernas.
Alguien ya gritaba que el Cuchillo había matado a un hombre del Herald.
Pembroke maldijo.
—Dios.
Delacroix se acercó a la pared.
Había una mancha leve de tinta cerca del borde de un ladrillo.
No sangre.
Tinta.
O suciedad.
O la huella de un papel húmedo apoyado allí.
No la tocó.
Solo la miró.
—Inspector.
Pembroke se acercó.
—¿Qué?
Delacroix señaló.
—Haga que la protejan.
—¿Tinta?
—Quizá.
—Hay imprentas en tres calles.
—Por eso mismo.
Harcourt observó la marca.
—Podría ser antigua.
—Muchas cosas antiguas se vuelven oportunas al lado de un muerto.
La multitud aumentaba.
Un hombre gritó:
—¡El Cuchillo ha atacado al Herald!
Otro respondió:
—¡Ni los periodistas están a salvo!
Delacroix cerró los ojos un instante.
Ya podía ver el titular.
No necesitaba leerlo.
El crimen venía escrito antes de llegar a imprenta.
Clara Fenwick apareció diez minutos después, sin sombrero y con el abrigo mal abrochado. Un agente intentó detenerla. Pembroke la reconoció y le hizo una seña para que la dejaran pasar hasta cierto punto, no más.
Ella vio el cuerpo.
No gritó.
Eso habría sido más fácil.
Se quedó quieta, tan quieta que Delacroix temió por un instante que la quietud fuera una forma de caída.
—No —dijo ella.
Solo eso.
No fue una negación de la muerte.
Fue una protesta contra el orden del mundo.
Pembroke se acercó.
—Señorita Fenwick…
—Me dejó un sobre.
La frase salió de ella como si hubiera atravesado una puerta cerrada.
Delacroix giró.
—¿Dónde?
—En su despacho. Dijo que, si no volvía antes de las siete, debía entregárselo a usted o al inspector.
—¿Lo tiene?
—No. Vine cuando avisaron.
Morrow apareció detrás de ella.
Más lento.
Más compuesto.
Su rostro mostraba conmoción, pero no desorden. El desorden, en él, parecía una vulgaridad que jamás se permitiría en público.
—Henry —dijo.
La palabra fue baja.
Correcta.
Quizá incluso sincera.
Ese era el problema con los hombres como Morrow: la sinceridad, cuando aparecía, llegaba demasiado tarde para ser absuelta.
Pembroke se interpuso.
—No se acerque.
Morrow levantó ambas manos.
—No pensaba hacerlo.
—Entonces retroceda.
El periodista miró a Delacroix.
—El Cuchillo ha llegado a nuestra puerta.
Delacroix sostuvo su mirada.
—No, señor Morrow.
La respuesta pareció sorprenderlo.
—¿No?
Delacroix miró el cuerpo de Ashcombe.
Luego la carpeta roja.
Luego la calle que ya empezaba a llenarse de versiones.
—Esta vez alguien ha llevado la puerta hasta el cuchillo.
Morrow no dijo nada.
Clara lo miró.
Pembroke también.
Harcourt, desde el cuerpo, siguió trabajando en silencio.
Un vendedor de periódicos logró abrirse paso hasta la esquina, agitando hojas que aún no podían contener todos los hechos y que, sin embargo, ya contenían una interpretación.
—¡El Cuchillo ataca a la prensa! ¡Muerto un editor del Herald! ¡La niebla no perdona a nadie!
La frase se elevó sobre la calle.
Perfecta.
Demasiado perfecta.
Delacroix miró a Pembroke.
—¿Ve, Arthur?
—¿Qué?
—Ni siquiera han esperado a saber quién era Henry Ashcombe.
—Todos saben quién era.
—No. Saben qué papel acaba de recibir en la historia.
Pembroke tragó saliva.
—Otra víctima.
Delacroix negó despacio.
La niebla se cerraba sobre el pasaje de St. Bride, volviendo suaves los bordes de la escena, disimulando la pared, la farola, el portón, los rostros de los curiosos. Londres hacía lo que llevaba días haciendo: ayudar a que todo pareciera parte de lo mismo.
Pero ya no lo era.
O quizá nunca lo había sido.
—No, inspector —dijo Delacroix—. Si no me equivoco, hasta ahora hemos visto los crímenes que escondían este crimen.
Nadie respondió.
Ni siquiera Morrow.
Por una vez, la ciudad tuvo que esperar un segundo antes de encontrar el siguiente titular.