Capítulo 16 — El crimen que parecía otro crimen
Henry Ashcombe no tomó un coche.
Esa fue la primera estupidez.
La segunda fue pensar que la primera no importaba.
Años de oficio le habían enseñado a desconfiar de los hombres que pedían discreción, de las citas sin membrete, de los mensajes entregados por muchachos que no sabían de quién venían y de las promesas escritas con frases demasiado breves.
Pero también le habían enseñado otra cosa, más peligrosa: que algunas fuentes solo hablan si uno acepta entrar un poco en su miedo.
Y Ashcombe llevaba demasiado tiempo entrando en miedos ajenos para fingir que no sabía cómo funcionaban.
La nota decía:
Si quiere saber qué guardaba Frost sobre Morrow, venga solo.
Cuatro y media.
Pasaje de St. Bride.
Traiga los papeles.
No informe a la policía.
No había firma.
No hacía falta.
Al menos eso se dijo Ashcombe.
Se lo dijo mientras bajaba la escalera del Herald.
Se lo dijo mientras cruzaba Fleet Street con la carpeta roja apretada bajo el brazo.
Se lo dijo mientras rechazaba el primer coche disponible porque un cochero recordaría mejor a un hombre que sube con una carpeta que a un hombre que camina entre decenas de hombres con prisa.
Se dijo muchas cosas.
Casi todas razonables.
Las decisiones peligrosas rara vez se presentan como locura. Vienen vestidas de necesidad, de urgencia, de último paso antes de hacer lo correcto.
La mañana se volvió tarde con lentitud. Londres tenía ese día una luz sucia, cansada, como si la ciudad no hubiera dormido y se hubiera limitado a cambiar de postura bajo la niebla.
Ashcombe caminó por calles que conocía lo bastante para no mirarlas y lo bastante poco para no sentirse seguro.
Cada vendedor de periódicos parecía gritar su propia culpa.
Cada titular le devolvía el nombre de Morrow, aunque Morrow no siempre lo firmara.
Cada esquina le recordaba que, en Londres, uno puede estar rodeado de gente y aun así avanzar solo hacia una trampa.
Se detuvo dos veces.
La primera, ante una oficina de telégrafos.
Pensó en enviar una nota a Pembroke.
No entró.
La segunda, junto a una cabina donde un agente hablaba con un cochero.
Pensó en acercarse y decir una frase sencilla: “Si no regreso, busquen a Elias Morrow”.
Tampoco lo hizo.
No por valor.
Por vergüenza.
La vergüenza profesional es una forma especialmente estúpida de orgullo. Ashcombe lo sabía. Eso no le impidió obedecerla.
Había permitido demasiado. Había corregido columnas brillantes sin preguntarse de dónde salía su brillo.
Había celebrado las ventas. Había tolerado exageraciones porque una exageración bien escrita parecía menos vulgar que una mentira torpe.
Había dejado que Morrow creciera dentro del Herald como una planta venenosa en un salón elegante: todos admirando la forma de las hojas, nadie queriendo preguntar qué pasaba con los animales que morían cerca de la maceta.
Ahora quería arreglarlo.
Y los hombres que quieren arreglar tarde una cobardía suelen aceptar riesgos que confunden con justicia.
El pasaje de St. Bride quedaba entre dos edificios de oficinas, no lejos de una imprenta menor y de una puerta trasera por la que entraban repartidores, aprendices, hombres con paquetes y muchachos que olían a tinta fresca.
No era un callejón miserable. Eso le dio cierta tranquilidad.
Había movimiento durante el día. Voces cercanas. Una farola. Ventanas altas. Un portón.
Nada demasiado oscuro.
Nada demasiado teatral.
Eso también era una forma de trampa.
Ashcombe llegó a las cuatro y veintidós.
La puntualidad, pensó, era una de las muchas supersticiones de los hombres que desean conservar cierta dignidad mientras hacen algo imprudente.
Se colocó junto al muro, bajo una cornisa que goteaba.
La carpeta roja le pesaba bajo el brazo más de lo que debía.
Dentro llevaba copias, no originales. Al menos eso sí lo había hecho bien.
Los originales importantes estaban en el sobre que había dejado a Clara.
Si le ocurría algo, ella sabría qué hacer. O eso esperaba.
La esperanza, en ese momento, le pareció una criada torpe pero necesaria.
A las cuatro y veintiocho pasó un muchacho con un paquete de periódicos.
No lo miró.
A las cuatro y treinta y uno, una mujer cruzó el pasaje con un cesto cubierto por un paño.
A las cuatro y treinta y cinco, Ashcombe empezó a sentir frío en los dedos.
A las cuatro y treinta y ocho, apareció un hombre al fondo del pasaje.
Llevaba gorra oscura y abrigo común. Caminaba con la cabeza baja, como si no quisiera que la niebla, las ventanas o Dios le vieran la cara. Ashcombe se enderezó.
El hombre se acercó.
No lo bastante.
—¿Señor Ashcombe? —preguntó.
La voz era ronca.
O fingía serlo.
—Sí.
—¿Trajo los papeles?
—Primero quiero saber quién es usted.
El hombre miró hacia la entrada del pasaje.
—Alguien que sabe que Frost guardaba más que relojes.
Ashcombe sintió un golpe de confirmación en el pecho.
—¿Qué guardaba?
—Cartas. Recibos. Nombres.
—¿De Morrow?
El hombre no respondió.
Dio un paso atrás.
—Aquí no.
—Usted me citó aquí.
—Me siguieron.
Ashcombe miró hacia la calle.
Nada.
O demasiado.
En Londres, a esas horas, la diferencia entre nada y demasiado podía ser cuestión de niebla.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Entonces dígame lo que sabe y váyase.
—¿Tiene el papel de Sayer?
Ashcombe se quedó inmóvil.
El nombre fue suficiente.
Edwin Sayer.
No era un dato público. No aún. No en relación con Morrow. No en esa investigación.
—¿Quién le dijo ese nombre? —preguntó.
El hombre de la gorra retrocedió otro paso.
—Usted no entiende con quién se mete.
—Empiezo a entenderlo.
—No. Cree que sí.
Un ruido leve llegó desde detrás de Ashcombe.
No un paso completo.
Más bien el roce de una suela contra el empedrado húmedo.
Ashcombe se volvió.
Tarde.
No vio primero el rostro.
Vio el brillo breve de algo estrecho.
Luego sintió una presión limpia, casi educada, bajo las costillas.
El dolor no fue inmediato.
Eso lo sorprendió.
Lo primero fue incredulidad.
Después, frío.
Después, una debilidad súbita en las piernas, como si alguien hubiera cortado discretamente los hilos que lo sostenían.
La carpeta cayó al suelo.
El hombre de la gorra desapareció por el extremo del pasaje.
O quizá nunca había importado.
Ashcombe apoyó una mano en la pared.
Vio una manga oscura.
Un puño impecable.
Una silueta demasiado cercana.
Intentó decir un nombre.
No pudo.
O no quiso.
A veces, incluso al borde de la muerte, los hombres conservan la absurda cortesía de no terminar una frase peligrosa.
Cayó de lado.
La niebla bajó hasta él con una suavidad indecente.
Durante unos segundos, oyó el mundo como si lo estuvieran imprimiendo en otra habitación: ruedas, voces, una campanilla, pasos que se alejaban, un vendedor gritando algo sobre Scotland Yard.
La carpeta roja fue recogida.
No toda.
Solo algunas hojas.
El resto quedó junto a su cuerpo, abierta lo bastante para parecer desordenada y cerrada lo bastante para no parecer robada.
Alguien le colocó el sombrero cerca de la mano.
Alguien comprobó sus bolsillos sin llevarse la cartera.
Alguien hizo del crimen una escena.
Eso, por supuesto, Henry Ashcombe ya no pudo verlo.
En la redacción del Herald, a las cinco, Elias Morrow llegó al despacho de Ashcombe con un fajo de notas bajo el brazo.
—Puntual —dijo Clara Fenwick desde su mesa.
Morrow se detuvo.
—La puntualidad es una forma menor de superioridad moral. Conviene practicarla cuando uno ha sido convocado por un editor.
—No ha vuelto.
Morrow miró hacia el despacho vacío.
—¿Henry?
—No.
—Qué descortés.
Clara no respondió.
Desde que Ashcombe había salido, había mirado el reloj más veces de las que podía justificar sin admitir miedo.
A las cuatro y media había intentado concentrarse en una nota sobre la reunión de comerciantes.
A las cinco menos cuarto había releído la misma línea seis veces.
A las cinco en punto, al ver llegar a Morrow, había sentido una esperanza absurda: si Morrow estaba allí, quizá Ashcombe no estaba en peligro.
Luego recordó que el peligro no siempre necesita estar presente.
—¿Sabe dónde fue? —preguntó Morrow.
—No.
—Curioso. Parecía tan decidido esta mañana.
—Usted también.
—Yo suelo estarlo. Es uno de mis defectos menos rentables.
Clara miró las notas que llevaba.
—¿Trajo lo que le pidió?
Morrow levantó el fajo.
—Mis entrañas profesionales. Espero que las revise con guantes.
—Usted no esperaba revisarlas.
—No. Esperaba discutirlas.
La puerta del despacho de Ashcombe seguía abierta.
El sobre lacrado permanecía en el cajón, donde Clara lo había visto guardarlo. No lo había tocado. Todavía no eran las siete. Todavía no podía permitirse convertir una instrucción en presagio.
Morrow se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Está preocupada?
—Sí.
—Qué honesta.
—No todo el mundo considera la honestidad una imprudencia.
—Solo quienes han sobrevivido a ella.
Clara se levantó.
—Voy a buscarlo.
—¿A Londres entera?
—A la calle.
—Qué método tan amplio.
—Al menos es un método.
Morrow la observó.
—Henry es adulto. Y testarudo. Y algo melodramático cuando cree haber encontrado una causa. Volverá con cara de mártir y una carpeta llena de polvo.
—Usted sabía que tenía una carpeta.
—Clara, esta redacción entera sabe que Henry tiene una carpeta. La lleva como si fuera el Santo Grial administrativo.
Ella no pudo responder.
Porque en ese momento, desde la planta baja, llegó un grito.
No un grito de miedo.
Uno peor.
Un grito de noticia.
—¡Ashcombe! ¡Han encontrado al señor Ashcombe!
La redacción se detuvo.
No por completo.
Una redacción nunca se detiene del todo.
Pero se abrió un silencio irregular, lleno de respiraciones, sillas movidas a medias y plumas suspendidas.
Clara cruzó la sala antes de saber que se había movido.
Morrow no la siguió de inmediato.
Primero miró el reloj.
Cinco y diecinueve.
Luego dejó sus notas sobre la mesa de Ashcombe.