Capítulo 15 — Henry Ashcombe #2
—Llevo semanas teniendo cuidado. Meses, quizá.
Años, si soy honesto. Cuidado con las ventas, cuidado con los propietarios, cuidado con tu vanidad, cuidado con el modo en que los lectores devoran tus columnas y luego piden más.
Y mira dónde estamos. Una ciudad asustada por un asesino y educada por un periodista que disfruta demasiado de su propio eco.
La sonrisa de Morrow desapareció.
No del todo.
Lo justo.
—Eso es una acusación muy fea.
—Todavía no es una acusación.
—¿Y qué es?
Ashcombe tocó la carpeta.
—Un prólogo.
Clara sintió que algo se rompía en la habitación.
No un objeto.
Una cortesía.
Morrow miró la carpeta roja.
Luego a Ashcombe.
Luego a Clara.
—A las cinco, entonces —dijo.
—A las cinco.
Morrow tomó su columna y se dirigió a la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Henry.
—¿Sí?
—Los prólogos tienen una virtud.
—¿Cuál?
—A veces nadie llega al primer capítulo.
Se marchó.
Clara cerró los ojos.
Ashcombe permaneció de pie, inmóvil, como si la frase hubiera atravesado la habitación y se hubiera clavado en la pared opuesta.
—Debe hablar con Delacroix ahora —dijo ella.
—No puedo.
—No sea idiota.
—Agradezco la sutileza.
—No estoy para sutilezas.
Ashcombe abrió la carpeta, sacó dos papeles y los metió en un sobre.
—Tengo que confirmar una cosa primero.
—¿Qué cosa?
—Una fuente.
—¿Quién?
—Alguien que trató con Frost. Alguien que puede vincular esos papeles con Morrow sin dejarme solo con una carta y una sospecha.
—Eso puede esperar.
—No. Si voy a acusar a Elias, necesito algo más que incomodidad moral.
—Tiene a Delacroix.
—Delacroix no puede declarar por mis remordimientos.
Clara lo miró con desesperación contenida.
—¿Adónde va?
—A ver a un hombre.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que puedo darle.
—Entonces voy con usted.
—No.
—Henry.
—No. Si me equivoco, no quiero arrastrarla a una vergüenza. Si acierto, no quiero arrastrarla a algo peor.
Clara dio un paso hacia él.
—Eso suena noble. Y estúpido. Suele ser una combinación muy masculina.
Ashcombe sonrió apenas.
—Quizá.
—Dígame al menos el nombre.
Él dudó.
Luego negó.
—Cuando vuelva.
—Ha dicho “cuando”.
—Me corrijo: si tardo, hablará con Pembroke.
—No.
—Clara.
—No me use como archivo de emergencia.
La frase le hizo daño.
Ashcombe lo aceptó.
—Tiene razón.
Sacó una llave pequeña del bolsillo y abrió el cajón lateral del escritorio. Dentro había otro sobre, más grueso, lacrado con cera oscura.
—Si no he regresado antes de las siete, entregue esto al inspector Pembroke. No a Blackthorne. A Pembroke. Y si no lo encuentra, a Delacroix.
Clara miró el sobre como si le estuviera ofreciendo un animal vivo.
—¿Qué hay dentro?
—Lo suficiente para empezar.
—Eso tampoco es una respuesta.
—Hoy todos estamos escasos de respuestas.
Clara no tomó el sobre.
—No haga esto.
Ashcombe lo dejó sobre la mesa, entre ambos.
—Ya lo hice. Hace años, cuando permití que Elias escribiera como si su talento lo absolviera de toda decencia. Hoy solo estoy intentando llegar tarde de la manera menos cobarde posible.
Clara, que solía tener una respuesta preparada para casi todo, no encontró ninguna.
Ashcombe cerró la carpeta roja, se puso el abrigo y guardó los dos papeles en el bolsillo interior.
En la redacción, el ruido había aumentado. Las máquinas empezaban a sacudir el edificio desde abajo. Alguien gritaba por una corrección. Alguien reía demasiado fuerte. Alguien preguntaba por Morrow. Alguien maldecía un titular.
El periódico seguía vivo.
Eso era lo terrible.
Podía devorar a sus propios hombres sin dejar de salir a la calle puntualmente.
Ashcombe salió de su despacho.
Clara lo siguió hasta la puerta.
—Henry.
Él se volvió.
—¿Sí?
—Si esto es por orgullo, vuelva.
Ashcombe la miró con tristeza.
—Si fuera por orgullo, habría empezado antes.
Atravesó la redacción.
Morrow, desde su mesa, lo vio pasar.
No dijo nada.
Solo bajó la mirada hacia su hoja y escribió una palabra.
Clara no alcanzó a verla.
Ashcombe descendió la escalera del Herald con la carpeta roja bajo el brazo y el sombrero inclinado contra la llovizna.
En la calle, Fleet Street hervía de voces, ruedas y vendedores.
Un niño ofrecía la última edición. Una mujer discutía con un cochero.
Dos hombres leían el mismo titular bajo un farol todavía apagado.
La niebla de la mañana no era densa, pero sí persistente. Se pegaba a las fachadas, suavizaba los bordes, convertía la distancia en una promesa poco fiable.
Ashcombe se detuvo un instante en la acera.
Miró hacia Scotland Yard.
Luego hacia el este.
Dudó.
Por un momento pareció a punto de regresar.
Luego un hombre con gorra oscura se acercó y le entregó una nota doblada.
Ashcombe la abrió.
Leyó.
Su rostro no cambió.
Eso fue lo peor que podía haberle ocurrido a su rostro: no cambiar.
Guardó la nota en el bolsillo.
Ajustó la carpeta contra su costado.
Y echó a caminar.
Desde la ventana del segundo piso, Clara Fenwick lo vio perderse entre la gente.
No vio a Morrow detrás de ella.
No al principio.
—Preocupada por nuestro querido Henry —dijo él.
Clara se volvió.
—No se burle.
—No me burlo. La preocupación sincera siempre me ha parecido conmovedora. Inútil, pero conmovedora.
—¿Qué escribió? —preguntó ella.
Morrow ladeó la cabeza.
—¿Cuándo?
—Cuando él salió. Escribió una palabra.
Él sonrió.
—La curiosidad le sienta bien.
—¿Qué palabra?
Morrow volvió a su mesa.
Tomó la hoja.
La dobló.
La guardó en el bolsillo.
—Una palabra antes de tiempo, quizá.
Clara sintió que el frío de la calle entraba en la redacción sin necesidad de abrir ninguna ventana.
Morrow tomó su sombrero.
—No se preocupe, Clara. Henry siempre ha sido un hombre cuidadoso.
—Usted no cree eso.
—No.
—¿Entonces por qué lo dice?
Morrow la miró con una amabilidad insoportable.
—Porque las mentiras pequeñas ayudan a pasar la mañana.
Se marchó sin prisa.
Clara quedó sola junto a la ventana.
Abajo, Londres seguía moviéndose.
Y, por primera vez desde que empezó aquella serie de muertes, Clara Fenwick no sintió miedo por la ciudad.
Sintió miedo por un hombre concreto.
Eso, aunque todavía no lo sabía, significaba que Delacroix tenía razón.
El crimen verdadero empezaba cuando el miedo dejaba de ser general.