Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 23 — La tinta en el cuchillo #2
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Capítulo 23 — La tinta en el cuchillo #2

—¿Puede comprobarlo?

—Puedo compararlo. No de modo milagroso, inspector. No espere que la ciencia se ponga una capa y salga a patrullar. Pero puedo decir si el residuo de la camisa se parece al de esta hoja y al de la tinta de la orden.

Blackthorne señaló la puerta.

—Hágalo.

Harcourt se puso de pie.

—Qué alivio. He sido restituido a mi condición natural de hombre útil y desagradable.

Tardó casi una hora.

Una hora en la que nadie habló demasiado.

Blackthorne fue y volvió dos veces. Pembroke caminó hasta que la habitación pareció quedarle pequeña. Clara permaneció sentada, con las manos entrelazadas, mirando el arma envuelta como si fuera un animal dormido. Delacroix leyó de nuevo la nota anónima.

El cirujano guarda lo que usó.

No decía Harcourt.

Decía cirujano.

La palabra pública.

La palabra de Morrow.

No la palabra de un testigo.

No la palabra de un policía.

La palabra impresa durante días hasta volverse pensamiento ajeno.

Cuando Harcourt regresó, traía tres pequeños vidrios y una expresión de satisfacción contenida, que en su rostro equivalía a júbilo.

—Bien —dijo—. El residuo de la camisa de Ashcombe no es solo suciedad. Contiene tinta. Muy poca. En el borde del corte, no en otra parte del tejido.

Pembroke cerró los ojos un instante.

—¿La misma?

—No diré misma como si fuera un notario químico. Diré compatible. Tono, densidad, comportamiento al humedecer. Y, si me permiten una observación menos científica pero más honesta: demasiado parecida para tranquilizar a nadie.

Blackthorne miró a Delacroix.

—Ahora sí.

Delacroix tomó uno de los vidrios.

—Ahora sabemos que la hoja que hirió a Ashcombe llevaba tinta. Y que el arma encontrada llevaba tinta. Y que esa tinta se parece a la de Morrow.

—¿Qué falta? —preguntó Clara.

Delacroix no respondió de inmediato.

Miró el abrecartas.

Luego la nota.

Luego los papeles de ruta.

—Falta que Morrow se vea obligado a negar una cosa antes de saber que la sabemos.

Pembroke lo miró.

—Quiere tenderle una trampa.

—No. Quiero permitirle que elija la mentira equivocada.

Blackthorne se cruzó de brazos.

—Eso suena a trampa.

—Solo para quien miente.

Harcourt apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Y mi situación?

Blackthorne evitó su mirada.

—Será liberado formalmente.

—Qué palabra tan generosa para describir que dejarán de retenerme por un crimen que no cometí.

—Doctor…

—No se disculpe, superintendent. Una disculpa suya podría manchar mi reputación.

Delacroix se volvió hacia Harcourt.

—Necesitaremos que siga pareciendo sospechoso unas horas más.

El forense lo miró.

—Ah. Mi reputación vuelve a ser sacrificada en el altar de la estrategia.

—Temo que sí.

—¿Debo parecer más culpable o solo conservar mi encanto habitual?

—Conserve el habitual. Bastará.

Harcourt inclinó la cabeza.

—Por fin una tarea a mi altura.

Clara miró a Delacroix.

—¿Qué hará Morrow si cree que Harcourt sigue siendo la cabeza ofrecida?

—Escribirá.

—Siempre escribe.

—Sí. Pero esta vez intentará cerrar la historia.

Pembroke entendió.

—La última crónica.

Delacroix asintió.

—Morrow no soportará que el final lo escribamos nosotros.

Blackthorne miró el arma.

—¿Y qué hacemos con esto?

—Nada público.

—¿Nada?

—Nada. Si Morrow sabe que encontramos el abrecartas, elegirá otra mentira. Si cree que la policía sigue mirando a Harcourt, puede intentar asegurar el relato.

—¿Cómo?

Delacroix miró a Clara.

Ella entendió antes de que él lo dijera.

—Conmigo.

Pembroke se volvió.

—No.

Clara sostuvo la mirada de Delacroix.

—Cree que intentará usarme.

—Creo que usted se ha convertido en la persona más peligrosa del Herald para Morrow.

—Eso no responde.

—Sí responde.

Pembroke negó.

—No la pondremos en riesgo.

Clara soltó una risa breve.

—Inspector, ya estoy en riesgo. La diferencia es si ustedes lo admiten o no.

Blackthorne se mostró incómodo.

—No utilizaremos a una periodista como cebo.

Delacroix lo miró.

—No. Utilizaremos la vanidad de Morrow como cebo. La señorita Fenwick solo debe hacer lo que ya está haciendo: dudar donde él pueda verlo.

—Qué reconfortante —dijo Clara.

—No pretendía serlo.

Harcourt señaló el abrecartas.

—Mientras ustedes organizan teatro psicológico, sugiero custodiar esto mejor que mi armario.

Blackthorne llamó a un agente y dio instrucciones precisas.

El arma fue guardada.

La nota, también.

Los vidrios de Harcourt quedaron separados.

Delacroix conservó una copia de la orden de ruta manchada con la tinta de Morrow. La dobló con cuidado y la guardó en el bolsillo interior.

Cuando salieron de la sala, Clara caminó junto a él.

—¿Cree que Morrow sabe que encontramos algo?

—Sabe que encontramos una dirección.

—¿Pero no cuál?

—Todavía no.

—¿Y si lo sospecha?

Delacroix miró el pasillo largo de Scotland Yard.

A esas horas, el edificio olía a café viejo, humedad, tinta y nervios. En algún despacho, Blackthorne hablaba con voz baja y furiosa. En otro, un escribiente copiaba informes. Afuera, Londres seguía creyendo que el Cuchillo de la Niebla quizá tenía rostro de forense.

—Entonces escribirá más rápido —dijo.

—¿Y eso nos ayuda?

—A los hombres como Morrow, señorita Fenwick, no se los descubre cuando callan. Se los descubre cuando no resisten la tentación de corregir la página.

Clara respiró hondo.

—Henry decía que Elias no soportaba perder el control de una historia.

—Henry tenía razón.

—Y murió por eso.

Delacroix se detuvo.

—No solo por eso.

Clara lo miró.

—¿Por qué más?

Delacroix pensó en Pritchard, Beatrice, Frost. Pensó en Ashcombe. En Harcourt. En Thomas. En la ciudad entera repitiendo frases ajenas.

—Murió porque descubrió que el asesino no buscaba cadáveres.

—¿Qué buscaba?

Delacroix miró hacia una ventana opaca, detrás de la cual Londres seguía esperando su siguiente edición.

—Titulares.

Clara no respondió.

No hacía falta.

La tinta en el cuchillo había empezado a secarse.

Y, por primera vez, la hoja que había escrito la niebla podía cortar también la mano que la sostenía.