Capítulo 14 — La cuarta noche #2
—Quizá la ciudad la compró porque la necesitaba.
—Las ciudades necesitan muchas cosas. No todas son buenas para ellas.
Un grito nuevo llegó desde la otra esquina.
No era de miedo.
Era de vendedores.
—¡Intento de ataque en Holborn! ¡Un médico detenido! ¡El Cuchillo de la Niebla acorralado!
Pembroke giró.
—¿Qué diablos…?
Un muchacho corría con un paquete de hojas recién impresas. No eran periódicos completos, sino hojas sueltas, avisos rápidos, probablemente de algún taller menor o de una edición suplementaria improvisada. Los titulares habían nacido antes de que Mallory llegara siquiera a la comisaría.
Morrow miró la escena con una expresión que podía ser diversión o desprecio.
—No es mío —dijo.
Delacroix lo observó.
—No he preguntado.
—Pero iba a hacerlo.
—No. Esta vez no.
Morrow pareció intrigado.
—¿Por qué?
Delacroix señaló al vendedor.
—Porque cuando un método funciona, otros hombres mediocres intentan imitarlo. El miedo, señor Morrow, también tiene copistas.
Por primera vez, el periodista pareció sinceramente disgustado.
—Eso es basura.
—Sí.
—No hay estilo.
—Tampoco había verdad. Pero ha llegado igual de rápido.
Morrow miró al muchacho con evidente desagrado. No era compasión por Mallory, ni preocupación por la ciudad. Era otra cosa. Una ofensa estética. La vulgaridad ajena lo insultaba más que la injusticia.
Delacroix registró ese detalle.
—No le molesta la mentira —dijo.
Morrow volvió hacia él.
—¿Perdón?
—Le molesta que esté mal escrita.
La frase dio en alguna parte.
No lo suficiente para quebrar la máscara.
Sí para marcarla.
Pembroke, que seguía mirando la hoja volante, dijo:
—El doctor Mallory no está detenido.
—Para la calle, ya sí —respondió Delacroix.
—Su reputación…
—Llegará tarde a la verdad, como casi todas.
Morrow guardó definitivamente la libreta.
—Esta noche escribirá usted una opinión terrible sobre mí en su cabeza, monsieur.
—No escribo opiniones. Las dejo en borrador.
—Prudente.
—No. Higiénico.
Morrow sonrió, reconociendo la repetición.
—Me está tomando cariño.
—Me inquietaría más que usted me lo tomara a mí.
La tensión entre ambos quedó interrumpida por el regreso de Armitage. Venía rápido.
—Inspector.
Pembroke se volvió.
—¿Qué ocurre?
—Confirmado. El doctor Mallory venía de atender a una niña enferma. La familia lo espera de vuelta. La mujer se asustó al verlo detrás. No hay ataque.
El inspector cerró los ojos un instante.
—Bien.
—¿Lo soltamos?
—Por supuesto.
Armitage dudó.
—Hay gente frente a la comisaría.
Pembroke maldijo en voz baja.
Morrow, sin esconder interés, inclinó apenas la cabeza.
Delacroix dijo:
—Entró como testigo y saldrá como sospechoso si lo ven salir solo.
—¿Qué propone? —preguntó Pembroke.
—Que lo acompañe un agente conocido del barrio. Que la familia de la niña confirme públicamente que venía de allí. Y que alguien haga callar al vendedor de hojas antes de que convierta al doctor en monstruo con más eficacia que sus propias acciones.
Pembroke asintió a Armitage.
—Hágalo.
—Sí, señor.
El agente se fue.
Morrow observó a Delacroix con una expresión nueva.
—Tiene talento para apagar incendios pequeños.
—Me interesan más quienes venden fósforos.
—Qué obsesión.
—Qué oficio.
El periodista se inclinó con cortesía.
—Buenas noches, monsieur. Inspector.
—Morrow —dijo Pembroke.
El periodista se alejó sin prisa, perdiéndose poco a poco entre la niebla y los faroles. No parecía un hombre huyendo de una escena. Parecía un hombre saliendo de un teatro antes del aplauso.
Pembroke lo vio marcharse.
—Cada vez me gusta menos.
—No está aquí para gustarnos.
—¿Cree que vino porque sabía que pasaría algo?
Delacroix miró la calle.
Los curiosos empezaban a dispersarse, decepcionados por la inocencia de Mallory.
La mujer que había gritado lloraba ahora, no de miedo sino de vergüenza.
Los hombres de la taberna volvían a sus vasos con la incomodidad de quienes han estado a punto de cometer una brutalidad y preferirían culpar de ello a la noche.
—No —dijo Delacroix.
Pembroke lo miró.
—¿No?
—Creo que vino porque sabía que Londres ya estaba preparada para hacer algo.
—¿Y eso le basta?
—A él sí.
La niebla espesó un poco más.
Un farol parpadeó.
Desde lejos llegó el rumor de las prensas, o quizá solo el de un carruaje sobre el empedrado. En Londres, aquella noche, ambos sonidos empezaban a parecerse demasiado.
Pembroke caminó junto a Delacroix hacia la comisaría.
—No hubo cuarta muerte —dijo.
Delacroix miró a un grupo de hombres alejándose con bastones en la mano.
—No.
—Entonces hemos tenido suerte.
Delacroix no respondió enseguida.
A pocos metros, el vendedor de hojas seguía gritando, aunque ya con menos convicción:
—¡El médico detenido! ¡El Cuchillo acorralado!
Pembroke le hizo una seña a un agente para que lo apartara.
Delacroix observó al muchacho, luego a los curiosos, luego a las ventanas iluminadas donde la gente miraba sin salir.
—No, Arthur —dijo finalmente—. Esta noche no hubo cuarta muerte.
—¿Entonces?
Delacroix ajustó el cuello de su abrigo.
—Hubo ensayo.
Pembroke se quedó callado.
Londres volvió a cerrar puertas.
Y la ciudad, que no había conseguido un cadáver, se acostó con algo casi igual de útil para el miedo: un culpable que había estado a punto de serlo.