Capítulo 14 — La cuarta noche
La cuarta noche no empezó con un grito.
Empezó con demasiada gente esperando uno.
Eso fue lo que Delacroix encontró más inquietante.
Londres no caminaba aquella noche: aguardaba.
Las puertas estaban cerradas antes de tiempo.
Las ventanas conservaban una luz vigilante detrás de las cortinas.
Los cocheros miraban hacia las esquinas antes de detenerse.
Las mujeres caminaban acompañadas o no caminaban.
Los hombres que no tenían miedo fingían no tenerlo con una energía que los volvía sospechosos de inmediato.
La ciudad había leído durante días que el Cuchillo de la Niebla volvería.
Ahora parecía dispuesta a ayudar a que la frase se cumpliera.
Pembroke caminaba junto a Delacroix por una calle cercana a Holborn.
Dos agentes de paisano iban unos pasos por delante.
Otros dos se mantenían a distancia, apenas visibles entre la niebla y los faroles.
La orden de Blackthorne había sido reforzar los puntos “sensibles”, una expresión que podía significar casi cualquier cosa en una ciudad decidida a considerar sensible cada sombra.
—No me gusta esto —dijo Pembroke.
—Una opinión prudente.
—Demasiada gente en la calle para mirar y demasiado poca para vivir.
Delacroix observó a un grupo de hombres apostados frente a una taberna. No bebían. No hablaban casi. Solo miraban. Uno llevaba un bastón demasiado grueso. Otro sujetaba un paraguas como si esperara disculpas de la noche.
—La vigilancia civil —dijo Delacroix— suele ser la infancia del linchamiento.
Pembroke lo miró.
—Hoy está especialmente optimista.
—El optimismo, inspector, es una falta de información bien iluminada.
Pasaron frente a una tienda cerrada. El escaparate reflejó sus figuras alargadas, deformadas por el vidrio.
Un cartel interior anunciaba descuentos de invierno.
Alguien había pegado junto a la puerta un recorte del Herald con la columna de Morrow sobre el asesino “instruido”. La palabra estaba subrayada.
Instruido.
Delacroix se detuvo.
—Otra vez.
Pembroke siguió su mirada.
—Se está extendiendo.
—No. La están extendiendo.
—La gente repite lo que lee.
—Y luego cree que lo ha pensado.
Uno de los agentes de paisano, Michael Armitage, se acercó a ellos. Era joven, de rostro serio y ojos hundidos por la falta de sueño. Caminaba con la rigidez de quien ha recibido demasiadas órdenes contradictorias y está decidido a obedecerlas todas hasta romperse.
—Inspector —dijo en voz baja—. Hay grupos similares en tres calles más. Comerciantes, vecinos, algunos empleados de almacenes. Dicen que quieren proteger la zona.
—¿Armados?
—Bastones, navajas pequeñas, herramientas. Nada organizado.
Delacroix miró hacia la taberna.
—Eso rara vez tranquiliza.
Armitage pareció reconocerlo.
—Monsieur Delacroix.
—El hijo del señor Armitage.
El joven parpadeó.
—¿Conoce a mi padre?
—Lo escuché defenderlo sin pedir permiso.
Algo en el rostro del agente se aflojó.
—Eso habrá sido una experiencia.
—Breve, pero respetable.
Pembroke preguntó:
—¿Algún movimiento extraño?
—Demasiados. La mitad de Londres parece sospechosa de estar asustada. La otra mitad, de fingir valentía.
—Buena descripción —dijo Delacroix.
Armitage no supo qué hacer con el elogio.
Un silbato sonó a lo lejos.
No fue largo.
No fue claro.
Pero bastó.
La calle entera pareció contener la respiración.
Otro silbato respondió desde una esquina.
Luego llegó un grito.
—¡Allí! ¡Ese hombre!
Los grupos frente a la taberna se movieron antes que la policía.
Eso fue lo peligroso.
Los hombres que esperan una amenaza suelen sentirse autorizados a reconocerla primero.
Pembroke echó a correr. Armitage lo siguió. Delacroix avanzó más despacio, no por falta de urgencia, sino porque la prisa vuelve generosos a los errores.
Al doblar la esquina, vieron un tumulto junto a una calle lateral.
Tres hombres sujetaban a otro contra una pared.
Uno le había arrancado el sombrero. Otro intentaba quitarle un maletín negro.
Una mujer gritaba desde una puerta. Dos niños observaban con fascinación culpable.
Un agente uniformado empujaba a los curiosos sin conseguir abrirse paso.
—¡Lo vi! —gritaba un hombre de chaleco gris—. ¡Lo vi seguirla!
—¡Tenía un cuchillo!
—¡Tiene instrumentos!
—¡Es él!
—¡El cirujano!
La palabra estalló como si hubiera sido esperada.
El cirujano.
Delacroix vio a Pembroke endurecerse.
Los titulares habían llegado antes que ellos.
El hombre atrapado contra la pared tendría unos treinta años. Rostro pálido, bigote fino, abrigo oscuro. No parecía peligroso. Parecía aterrado. Su maletín había caído al suelo y se había abierto a medias. Dentro se veía una venda, frascos pequeños, tijeras, un estuche metálico.
Suficiente.
Para una ciudad asustada, suficiente.
—¡Atrás! —ordenó Pembroke—. ¡Scotland Yard!
El nombre de la institución aún conservaba cierta fuerza en las bocas adecuadas. Dos hombres retrocedieron. El tercero no.
—¡Lo llevamos nosotros, inspector! ¡No se preocupe!
Pembroke lo agarró del brazo.
—Suéltelo ahora.
—¡Tiene instrumentos!
—También los tiene un dentista y no por eso le entregamos la justicia a un carnicero con bastón.
Delacroix se acercó al maletín.
Armitage apartó a la mujer que seguía gritando.
—Señora, ¿la atacó?
—Me siguió.
—¿La tocó?
—No, pero me siguió.
—¿Le habló?
—No. Pero caminaba detrás.
—Media ciudad camina detrás de alguien esta noche —dijo Delacroix.
La mujer lo miró con ira y miedo.
—Usted no estaba aquí.
—No. Por eso pregunto.
El hombre del maletín intentó hablar.
—Soy médico.
Los curiosos rugieron.
La palabra no lo salvó.
Lo hundió.
—¡Médico!
—¡Lo dije!
—¡El Herald tenía razón!
Pembroke levantó la voz:
—¡Silencio!
No hubo silencio.
Hubo menos ruido.
Eso ya era una victoria.
Delacroix recogió el maletín y lo apoyó sobre un cajón vacío. Revisó el contenido sin tocar más de lo necesario.
—Nombre —dijo.
El hombre tragó saliva.
—Edward Mallory.
—Profesión.
—Médico. Asistente del doctor Bellamy, en Gray’s Inn Road.
—¿Por qué llevaba el maletín?
—Venía de atender a un paciente. Una niña con fiebre. Puedo dar la dirección.
—¿Por qué caminaba detrás de la señora?
—Porque iba en la misma dirección.
La mujer protestó:
—¡Me miró!
El médico, desesperado, dijo:
—Porque usted se volvió tres veces.
Delacroix cerró el maletín.
—Eso tiene cierta lógica.
Uno de los hombres de la taberna señaló el estuche metálico.
—¡Ahí puede estar el cuchillo!
Delacroix lo miró.
—También puede estar la salvación de alguien con un corte en la mano. Pero admito que eso produce menos entusiasmo.
El hombre apretó la mandíbula.
—Usted no entiende. Estamos hartos de tener miedo.
—Lo entiendo muy bien. Lo que no entiendo es por qué creen que el miedo mejora la vista.
Pembroke ordenó a Armitage:
—Lleve al doctor Mallory a la comisaría. No como detenido. Como testigo. Y que alguien confirme su historia.
—Sí, señor.
Los curiosos protestaron.
—¡Se lo llevan para soltarlo!
—¡Siempre protegen a los suyos!
—¡Por eso siguen muriendo!
La última frase atravesó la calle con una fuerza desagradable.
Pembroke se volvió.
—¿Quién ha dicho eso?
Nadie respondió.
En una multitud, la cobardía tiene muchas gargantas y ningún rostro.
Delacroix vio entonces a un hombre en el borde del grupo.
Sombrero oscuro.
Abrigo elegante.
Libreta en mano.
Elias Morrow no intentaba ocultarse.
Tampoco intervenía.
Observaba.
No como quien presencia un accidente.
Como quien comprueba una hipótesis.
Delacroix cruzó la calle hacia él.
Morrow sonrió antes de que llegara.
—Monsieur Delacroix. Londres ofrece noches instructivas.
—Parece usted satisfecho.
—Parece usted injusto.
—A veces ambas cosas se parecen.
Morrow guardó la libreta.
—No he provocado esto.
—No he dicho que lo hiciera.
—Lo ha pensado.
—También he pensado que su sombrero le queda bien. No todo pensamiento merece acta.
Morrow miró hacia el tumulto. Armitage y otro agente conducían a Mallory lejos de la multitud. La mujer que había gritado era atendida por una vecina. Los hombres de la taberna discutían entre ellos, molestos por no haber tenido razón de un modo más completo.
—La ciudad está nerviosa —dijo Morrow.
—La ciudad está obedeciendo.
—¿A quién?
—Buena pregunta.
—No pretenderá que yo cargue con cada estupidez que cometa un lector.
Delacroix observó la libreta.
—No. Solo con las estupideces que le ha enseñado a pronunciar.
La sonrisa de Morrow se afinó.
—El hombre llevaba instrumental médico.
—Y la señora llevaba miedo. Ninguno de los dos basta para un diagnóstico.
—Eso no detendrá a la gente.
—No. Pero puede detener a quienes la alimentan.
Morrow levantó una ceja.
—¿Es una amenaza?
—Es una esperanza. Las amenazas son menos civilizadas.
Pembroke llegó junto a ellos.
Su rostro no escondía la irritación.
—Morrow.
—Inspector. Me alegra ver que Scotland Yard ha impedido que la ciudadanía resuelva el caso por ustedes.
—Cuidado.
—Todos dicen eso últimamente. Debe de ser la frase oficial de la policía.
Pembroke dio un paso.
Delacroix lo detuvo apenas con un movimiento de la mano.
—¿Cuánto lleva aquí? —preguntó.
Morrow miró su reloj.
—Lo suficiente para ver que la ciudad ya no confía en esperar.
—¿Cómo supo que habría algo que ver?
—Siempre hay algo que ver donde Scotland Yard coloca demasiados hombres y demasiado miedo.
—Una respuesta razonable.
—Gracias.
—No he dicho verdadera.
Morrow soltó una pequeña risa.
—Me acusa de tener buen instinto.
—Lo observo por tener demasiada puntualidad.
—Los periodistas impuntuales escriben obituarios tarde.
—Y los demasiado puntuales a veces los preparan antes.
La mirada de Morrow se sostuvo un instante más.
Luego se apartó hacia la calle.
—¿Sabe cuál es su problema, monsieur Delacroix?
—La lista varía según quien la redacte.
—Quiere quitarle a Londres su historia.
—No. Quiero averiguar quién se la ha vendido.
Morrow volvió a sonreír.