Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 13 — El forense conveniente #2
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Capítulo 13 — El forense conveniente #2

—¿Lo odiaba lo suficiente para matarlo?

Harcourt lo miró con una calma glacial.

—No sea vulgar.

—Le ruego que responda.

—No.

—¿Lo odiaba lo suficiente para parecer culpable de algo que no hizo?

Esa pregunta sí lo desconcertó.

Harcourt tardó un poco en responder.

—Eso no depende de mí.

—Exactamente.

Blackthorne observó a Delacroix con irritación.

—¿Adónde quiere llegar?

—A una distinción.

—Cómo no.

Delacroix se volvió hacia Harcourt.

—Usted es frío. Preciso. Antipático para los sentimentales. Tiene acceso a cuerpos, a informes y a palabras que otros no comprenden. Desprecia a la prensa. Desprecia la estupidez institucional. Y carece del talento social necesario para ocultar cualquiera de esas cosas.

Harcourt lo miró.

—Empiezo a arrepentirme de haberle parecido menos estúpido que los demás.

—Eso lo convierte en un sospechoso perfecto.

—Qué honor.

—No perfecto para el crimen. Perfecto para el relato.

Pembroke respiró despacio.

Blackthorne se quedó callado.

Harcourt fue el único que no apartó la mirada.

—¿Está diciendo que alguien me está escribiendo?

—Estoy diciendo que alguien podría haber descubierto que usted ya venía casi redactado.

Por primera vez, la ofensa abandonó un poco el rostro del forense.

En su lugar apareció una incomodidad más inteligente.

—Morrow —dijo.

—Tal vez.

—¿Tal vez?

—No me gusta conceder certezas a hombres vanidosos, estén presentes o no.

Blackthorne cerró la carpeta con brusquedad.

—Doctor Harcourt, entregará una lista de sus movimientos y permitirá revisar sus instrumentos. Es una orden.

Harcourt se levantó.

—Por supuesto.

—Y no hablará con la prensa.

—Preferiría hablar con una infección.

—Me basta.

El forense tomó su sombrero.

Antes de salir, se detuvo junto a Delacroix.

—Monsieur.

—Doctor.

—Si alguien me ha colocado en una página, sáqueme de ella.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Lo intentaré.

—No por mi reputación.

—¿Por qué entonces?

Harcourt miró hacia la puerta.

—Porque si la policía empieza a investigar al sospechoso que la prensa le entrega con un lazo, el asesino tendrá tiempo de escribir otro capítulo.

La puerta se cerró tras él.

Durante unos segundos, nadie dijo nada.

Luego Blackthorne habló:

—No me gusta.

—Es comprensible —dijo Delacroix—. Harcourt hace poco esfuerzo por merecer otra cosa.

—No me refiero a él.

—Lo sé.

Pembroke se acercó a la mesa.

—La columna de Morrow empuja hacia el médico. La ciudad empuja hacia la policía. Blackthorne empuja hacia Harcourt.

—Gracias por narrar mi conducta como si yo no estuviera presente —dijo Blackthorne.

—Lo siento, señor.

—No lo suficiente.

Delacroix tomó el periódico y lo volvió a leer.

La columna era hábil. Cada frase podía defenderse como una reflexión general. Ninguna mencionaba nombres. Ninguna cruzaba por completo la línea. Pero juntas formaban un camino. Y al final de ese camino, con su bata limpia y su frialdad intolerable, esperaba Lionel Harcourt.

—No debemos descartar al doctor —dijo Delacroix.

Blackthorne alzó una ceja.

—Al fin una frase sensata.

—Pero debemos desconfiar de lo cómodo que resulta no descartarlo.

—Eso vuelve a ser menos sensato.

—La verdad suele oscilar.

Pembroke se sentó.

—¿Qué hacemos?

Delacroix dobló el Herald.

—Vigilen a Harcourt.

Blackthorne se sorprendió.

—¿Ahora sí?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque si es culpable, conviene saberlo. Y si no lo es, quizá alguien intente convertirlo en algo peor que sospechoso.

Pembroke entendió primero.

—En víctima.

—O en culpable público. A veces se parecen.

Blackthorne caminó hasta la ventana.

Afuera, un grupo de hombres esperaba junto a la entrada de Scotland Yard.

Algunos llevaban periódicos. Otros, libretas.

Periodistas, probablemente. Uno de ellos señalaba hacia el edificio mientras hablaba con un vendedor ambulante.

La noticia de que Harcourt había sido citado aún no podía ser oficial.

Pero Londres, últimamente, parecía enterarse de algunas cosas antes de que terminaran de ocurrir.

—¿Cómo saben que está aquí? —preguntó Blackthorne.

Pembroke se acercó a la ventana.

—Dios.

Delacroix no necesitó mirar mucho.

Entre los hombres de la calle reconoció el sombrero elegante de Elias Morrow.

No estaba intentando entrar.

No gritaba.

No hacía preguntas.

Solo esperaba.

Eso era peor.

Blackthorne se volvió hacia Delacroix.

—¿Lo hizo seguir?

—No.

—¿Entonces cómo…?

Delacroix observó al periodista desde la ventana.

Morrow alzó la mirada en ese preciso instante, como si hubiera sentido el peso de los ojos sobre él.

No saludó.

Solo sonrió.

Una sonrisa pequeña, paciente, casi cordial.

—Superintendent —dijo Delacroix—, ¿cuántas personas sabían que Harcourt había sido citado?

Blackthorne no respondió.

Pembroke palideció.

—Demasiadas —dijo.

Delacroix siguió mirando a Morrow.

—No. Esa es la respuesta cómoda.

—¿Cuál es la incómoda?

El periodista, abajo, sacó una libreta del bolsillo.

Todavía sonriendo.

Delacroix dejó caer la cortina.

—Que quizá solo necesitaba saber qué frase había escrito por la mañana para adivinar qué haríamos por la tarde.

Blackthorne no dijo nada.

Por una vez, no porque estuviera irritado.

Sino porque empezaba a entender.