Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 13 — El forense conveniente
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Capítulo 13 — El forense conveniente

A la mañana siguiente, Londres despertó con un médico en la garganta.

No un nombre.

Todavía no.

Los periódicos no siempre necesitaban nombres para fabricar culpables. A veces bastaba una silueta.

El Herald publicó una columna de Elias Morrow en la que no acusaba a nadie, lo cual le permitía insinuarlo todo con mayor comodidad.

Hablaba de una mano firme, de una herida precisa, de conocimientos “quizá no profesionales, pero sí cultivados”, de un hombre capaz de acercarse a la muerte sin temblar.

No decía “médico”. Decía “caballero instruido”.

No decía “forense”. Decía “alguien familiarizado con la anatomía del silencio”.

No decía “Scotland Yard protege a uno de los suyos”.

Decía “las instituciones, cuando tienen miedo, suelen mirar hacia fuera antes de atreverse a mirar sus propios pasillos”.

Era una columna excelente.

Eso fue lo primero que enfureció a Pembroke.

—Es un miserable —dijo, dejando el periódico sobre la mesa.

Delacroix, sentado frente a él en una sala lateral de Scotland Yard, leyó el artículo por segunda vez.

—Sí.

—Y está señalando a Harcourt.

—Sí.

—Sin mencionarlo.

—La cobardía, cuando tiene talento, se llama prudencia.

Pembroke caminó hasta la ventana.

Afuera, la mañana tenía un color amarillento, de lámpara vieja. La niebla no se había ido. Solo se había hecho más fina, como si no quisiera perderse nada.

—Blackthorne ha pedido que revisemos los movimientos del doctor —dijo.

—Natural.

—¿Natural?

—Morrow abre una puerta, la ciudad mira dentro y Blackthorne siente la obligación de demostrar que no le teme a la habitación.

Pembroke se volvió.

—¿Cree que Harcourt es inocente?

—No.

—¿Culpable?

—Tampoco.

—Delacroix.

—Creo que Harcourt es conveniente.

El inspector apretó los labios.

—Eso ya lo dijo.

—Y empieza a gustarme menos cada vez que lo repito.

Sobre la mesa estaban los informes, los recortes y una lista de personas con acceso a información médica: Harcourt, el médico local que vio a Frost, dos auxiliares, agentes presentes durante el traslado, personal de morgue, escribientes, mensajeros.

La lista era larga. No tanto como para ser inútil, pero sí lo bastante para permitirle a Blackthorne escoger a un culpable respetable si la paciencia se agotaba.

Harcourt encabezaba la lista sin que nadie lo hubiera puesto allí expresamente.

Eso también preocupaba a Delacroix.

Los nombres tienden a subir solos cuando alguien ha inclinado la página.

—El superintendent quiere interrogarlo formalmente —dijo Pembroke.

—¿Como testigo?

—Como algo menos amable.

—Entonces deberíamos estar presentes.

—¿Para proteger a Harcourt?

—Para proteger la investigación.

Blackthorne los recibió en su despacho con el Herald abierto sobre la mesa. Había subrayado varios párrafos con lápiz. Lo había hecho con tanta fuerza que en algunos puntos el papel estaba casi roto.

—Esto no puede continuar —dijo.

Delacroix miró los subrayados.

—Los lápices agradecen su entusiasmo.

Blackthorne no estaba de humor.

—Morrow está alimentando una hipótesis que ya circulaba en ciertos sectores.

—Morrow no alimenta hipótesis, superintendent. Las engorda hasta que nadie recuerda de qué animal procedían.

—No necesito metáforas.

—Entonces está en el periódico equivocado.

Pembroke intervino:

—Señor, Harcourt es desagradable, pero no hay nada que lo vincule directamente con las muertes.

—Tiene acceso a información.

—También veinte personas más.

—Conoce las heridas.

—Porque las examinó.

—Tiene la frialdad necesaria.

Delacroix levantó la mirada.

—La frialdad necesaria para hablar con muertos no siempre coincide con la frialdad necesaria para producirlos.

Blackthorne se apoyó en el respaldo de su silla.

—¿Le cae bien el doctor?

—No particularmente.

—Entonces ¿por qué se esfuerza en apartarlo del centro?

—Porque no se aparta. Lo han colocado ahí.

Blackthorne miró el periódico.

—Morrow.

—O alguien que sabe usarlo.

—Siempre deja esa salida abierta.

—Las puertas abiertas son molestas, pero útiles en incendios.

Blackthorne golpeó el Herald con los dedos.

—La ciudad exige que investiguemos todas las posibilidades.

—No. La ciudad exige que investiguen la posibilidad que esta mañana le parece más satisfactoria.

—¿Y debemos ignorarla?

—No. Deben investigarla sin obedecerla.

El superintendent guardó silencio.

Era evidente que odiaba la frase.

También era evidente que no podía descartarla por completo.

—Harcourt está abajo —dijo al fin—. Lo he citado.

Pembroke se tensó.

—¿Sin avisarme?

—Usted no es mi superior, inspector.

—No. Pero soy quien lleva el caso.

—Lleva parte del caso.

Delacroix se levantó.

—Entonces no lo hagamos esperar. Los hombres inocentes se irritan con la espera. Los culpables también, pero con mayor control.

Blackthorne lo miró.

—Su presencia no es necesaria.

—Pocas cosas agradables lo son.

—No he dicho agradable.

—Por eso he venido.

Harcourt no estaba en una sala de interrogatorios, sino en un despacho pequeño, probablemente para evitar que el gesto pareciera demasiado formal. La diferencia era puramente decorativa. Había una mesa, tres sillas, una ventana alta, una jarra de agua y un ambiente que ya olía a acusación.

El forense estaba sentado con la espalda recta y el sombrero apoyado sobre las rodillas.

No parecía nervioso.

Parecía ofendido.

—Superintendent —dijo cuando entraron—. Inspector. Monsieur Delacroix. Qué concurrida se ha vuelto mi mañana.

Blackthorne cerró la puerta.

—Doctor Harcourt, gracias por venir.

—No me dio usted la impresión de que tuviera opción.

—Eso es porque no la tenía.

Harcourt asintió.

—Aprecio la honestidad cuando llega tarde.

Delacroix se sentó en una esquina.

Pembroke quedó junto a la pared.

Blackthorne ocupó la silla frente al forense.

—Necesitamos revisar algunos puntos de su participación en la investigación.

—Mi participación consiste en examinar cadáveres y escribir informes que luego todos leen mal.

—También tuvo acceso a información que fue publicada por la prensa.

—Como muchos.

—Pero usted la tuvo antes que muchos.

—Por desgracia para mi desayuno, sí.

Blackthorne abrió una carpeta.

—La mano izquierda de Gideon Frost.

Harcourt miró a Delacroix.

—Ah. La palabra.

Delacroix no se mostró sorprendido.

—¿Cuál?

—Vacío. Supuse que llegarían a ella. Tarde, pero llegarían.

Blackthorne se inclinó hacia delante.

—¿Informó usted a alguien de que la mano estaba vacía antes de entregar su informe?

—No.

—¿A nadie?

—A nadie con forma humana. Es posible que haya murmurado algo frente al cadáver, pero no suelo considerar a los muertos filtradores activos.

—Doctor —dijo Pembroke.

—Inspector, me han traído aquí porque un periodista ha decidido perfumar mi profesión con sospecha. Permítame al menos conservar la mala educación.

Blackthorne preguntó:

—¿Vio a Morrow esa noche?

—No.

—¿En algún momento posterior?

—Sí.

—¿Cuándo?

—La mañana siguiente.

—¿Dónde?

—En la entrada de mi sala. Pretendía que le explicara si el asesino podía ser un médico.

—¿Y qué le dijo?

—Que un médico podía matar, como puede matar un zapatero, un diputado o un obispo, pero que solo a un periodista se le ocurriría considerar la profesión una confesión.

Delacroix bajó la mirada para ocultar una sombra de aprobación.

Blackthorne no disfrutó la frase.

—¿Le dio algún detalle?

—Le di una negativa.

—¿Él insistió?

—Naturalmente. Es periodista.

—¿Y usted?

—Le cerré la puerta.

—¿Lo amenazó?

Harcourt parpadeó.

—¿Morrow?

—Sí.

—No con palabras útiles para un tribunal.

—¿Con cuáles?

Harcourt pensó un momento.

—Dijo que los hombres que se niegan a hablar terminan pareciendo hombres con algo que ocultar.

Pembroke miró a Delacroix.

Blackthorne anotó.

—¿Y usted qué respondió?

—Que los hombres que hablan demasiado terminan pareciendo periódicos.

—¿Eso fue todo?

—No. Lo llamé sepulturero gramatical.

Delacroix no pudo evitarlo.

Sonrió.

Muy poco.

Harcourt lo vio.

—Me alegra que alguien en esta sala conserve criterio.

Blackthorne dejó la pluma.

—Doctor Harcourt, ¿dónde estuvo usted las noches de los tres asesinatos?

El silencio cambió.

Hasta entonces, la conversación había sido áspera.

Ahora se volvió peligrosa.

Harcourt no se movió.

—Trabajando, leyendo o durmiendo, según la noche. Tendría que consultar mi agenda.

—Hágalo.

—La traeré.

—La necesito ahora.

—No viajo con mi vida entera en los bolsillos, superintendent. Esa costumbre pertenece a los ladrones y a los recién casados.

Blackthorne apretó la mandíbula.

—¿Puede alguien confirmar sus movimientos?

—Mi criada. Un colega. Un cochero, quizá. Otra vez, según la noche.

—Necesitaremos nombres.

—Los tendrá.

—Y sus instrumentos.

Harcourt se quedó quieto.

—¿Mis instrumentos?

—Una revisión.

—¿Busca el arma del crimen en mi maletín?

—Busco descartar posibilidades.

—No. Busca obedecer al Herald con modales administrativos.

Pembroke intervino:

—Doctor, colabore.

Harcourt lo miró.

—He colaborado con esta institución durante años.

He examinado muertos en condiciones que harían vomitar a la mitad de los caballeros que ahora leen sobre “el cirujano de la niebla” junto a sus tostadas.

He escrito informes precisos, he corregido estupideces, he soportado agentes que pisaban pruebas y superiores que querían certezas donde solo había probabilidades.

Y ahora debo entregar mis instrumentos porque un columnista con talento ha descubierto que el público teme más a un asesino educado que a un borracho con navaja.

Nadie habló.

La furia de Harcourt no era ruidosa.

Era quirúrgica.

Delacroix se inclinó hacia delante.

—Doctor, ¿odia usted a Morrow?

Harcourt giró hacia él.

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Blackthorne levantó la mirada.

—¿Lo admite?

—La pregunta era sencilla. Procuro recompensar la claridad cuando aparece.

—¿Lo odiaba antes de esta columna?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque convierte muertos en muebles de salón.

Delacroix asintió.