Capítulo 12 — Una palabra antes de tiempo #2
Pembroke le ofreció una síntesis. Blackthorne la escuchó de pie, sin interrumpir, lo cual en él equivalía casi a una prueba de afecto institucional.
—Tiene filtraciones —dijo al terminar.
—Sí —respondió Pembroke.
—Eso ya lo sabíamos.
—No con esta precisión.
Blackthorne miró a Delacroix.
—¿Y usted cree que esa precisión señala a Morrow?
—No.
—Entonces hemos dedicado dos horas a confirmar que los periodistas son desagradables.
—Eso tampoco necesitaba dos horas.
—Monsieur Delacroix.
—Creo que Morrow no se limita a recibir información. La transforma siguiendo una dirección constante.
Blackthorne suspiró.
—Otra vez la literatura.
Delacroix tomó tres recortes y los colocó en fila.
—Pritchard no era solo un muerto. Era “el hombre común”. Beatrice no era solo una mujer asesinada. Era “la muchacha del teatro”. Frost no era solo un prestamista muerto. Era “el usurero que reclama una deuda hasta después de morir”.
—¿Y?
—Y esas no son descripciones. Son funciones.
Blackthorne guardó silencio.
Pembroke añadió:
—Cada muerte produce una reacción distinta.
—Eso es inevitable —dijo Blackthorne.
—No si alguien las escoge por eso —respondió Delacroix.
La frase se quedó entre ellos.
Morris volvió, algo agitado.
—Señor.
Pembroke se giró.
—¿Qué pasa?
—La edición temprana del Herald empezó a prepararse antes de la una y media. Pero la columna de Morrow fue entregada a imprenta a la una y doce.
Delacroix miró el reloj de pared.
—¿A la una y doce?
—Sí, señor.
—El informe de Harcourt llegó a la una y diez —dijo Pembroke.
—A Scotland Yard —corrigió Delacroix.
Pembroke entendió.
—Pero Morrow no podía haberlo leído en dos minutos.
Blackthorne tomó el papel de manos de Morris.
—Pudo recibir la información antes, desde el médico local.
—La mano aparece en el informe del médico local a las once y treinta y dos —dijo Morris—. Eso le da tiempo, señor.
Blackthorne lo miró.
—Entonces no hay imposibilidad.
Morris pareció desinflarse.
Delacroix dijo:
—No. No hay imposibilidad.
Pembroke lo miró con cierta decepción.
—¿Entonces?
Delacroix tomó la hoja donde figuraba la frase.
—La imposibilidad no está en que supiera lo de la mano. Está en otra palabra.
Blackthorne frunció el ceño.
—¿Qué palabra?
Delacroix leyó en voz alta:
—“La mano izquierda del prestamista, cerrada en un puño vacío…”
Pembroke esperó.
Morris también.
Blackthorne no.
—¿Y?
Delacroix levantó la vista.
—Vacío.
Silencio.
—El informe del médico local menciona la mano cerrada —dijo Delacroix—. No menciona que estuviera vacía.
Pembroke revisó el documento.
Luego otro.
Luego el informe de Harcourt.
—Tiene razón.
Blackthorne se acercó.
—¿Cuándo se comprobó que no había nada dentro?
Morris buscó con rapidez.
—Cuando Harcourt examinó el cuerpo. Una y diez.
—Y Morrow entrega su columna a la una y doce —dijo Pembroke.
—Demasiado justo.
—No imposible —insistió Blackthorne.
Delacroix asintió.
—No imposible. Solo descortés con la casualidad.
Blackthorne le quitó el papel a Pembroke y lo leyó él mismo.
—Pudo verlo en la escena.
—Sí.
—Pudo saberlo por alguien que abrió la mano antes.
—Sí.
—Pudo inventarlo.
—También.
—Entonces no tenemos nada.
Delacroix tomó de nuevo el periódico.
—Tenemos una palabra antes de tiempo.
—Una palabra no condena a nadie.
—No. Pero a veces señala dónde empezar a leer.
Blackthorne dejó el papel sobre la mesa.
—No puedo actuar contra un periodista por la palabra “vacío”.
—No se lo pido.
—¿Qué pide?
—Que no permita que la próxima palabra de Morrow decida por usted.
Pembroke apoyó las manos en la mesa.
—Necesitamos hablar con Armitage. Y con el médico local. Y con quien estuviera presente cuando abrieron esa mano.
—Sí —dijo Delacroix.
—También con Morrow.
—Todavía no.
Pembroke lo miró sorprendido.
—¿Por qué no?
—Porque si le preguntamos por esa palabra, nos dará una fuente.
—Quizá sea verdad.
—Quizá. Pero, verdadera o falsa, estará preparada.
Blackthorne dijo:
—¿Entonces qué propone?
Delacroix ordenó los recortes.
—Esperar su próxima frase.
—Eso es absurdo.
—No. Es desagradable. Lo absurdo sería creer que un hombre que ha aprendido a dirigir la atención de Londres dejará de hacerlo porque nosotros hemos empezado a sospechar en voz baja.
Pembroke miró el periódico.
—¿Cree que escribirá algo más?
Delacroix señaló la ventana.
Afuera, la niebla borraba los faroles uno por uno.
—No lo creo, Arthur. Lo necesita.
La medianoche llegó con un golpe del reloj.
Morris, pálido de cansancio y excitación, seguía copiando horarios. Pembroke guardaba los documentos en carpetas separadas. Blackthorne permanecía junto a la puerta, irritado por no poder desestimar del todo lo que acababa de oír.
Delacroix recogió la hoja con la palabra subrayada.
Vacío.
Una palabra pequeña.
Una palabra limpia.
Una palabra que cabía en cualquier frase sin hacer ruido.
Precisamente por eso importaba.
Cuando salieron al pasillo, Pembroke caminó junto a Delacroix en silencio.
Solo al llegar a la escalera dijo:
—Si Morrow inventó la palabra, tuvo suerte.
—La suerte es una excelente coartada cuando se usa una vez.
—¿Y si la usa dos?
Delacroix guardó la hoja doblada en el bolsillo interior del abrigo.
—Entonces empieza a parecer talento.
—¿Y si la usa tres?
Delacroix se detuvo en el primer escalón.
—Entonces, inspector, deja de ser suerte y empieza a ser método.
En algún lugar de Londres, las prensas del Herald volvieron a ponerse en marcha.
El edificio de Scotland Yard no tembló.
Pero Delacroix, al oír a lo lejos el rumor metálico de la ciudad imprimiéndose a sí misma, tuvo la impresión de que la próxima pista quizá no aparecería junto a un cadáver.
Aparecería en una palabra.