Capítulo 12 — Una palabra antes de tiempo
Scotland Yard tenía archivos para casi todo.
Archivos de robos, de agresiones, de desapariciones, de estafas torpes, de estafas brillantes, de peleas domésticas, de cadáveres sin nombre, de nombres sin cadáver, de denuncias escritas con mala letra y de informes redactados con la esperanza de que la realidad aceptara parecerse a un formulario.
Pero no tenía, hasta esa noche, un archivo de frases.
Delacroix lo pidió poco después de regresar del club.
Blackthorne lo miró como si hubiera solicitado un carruaje tirado por avestruces.
—¿Un archivo de qué?
—Frases.
—Eso creí entender.
—Entonces vamos bien.
—No vamos a ninguna parte, monsieur Delacroix, si pretende convertir Scotland Yard en una biblioteca de ocurrencias.
Delacroix se quitó los guantes con calma.
La sala de investigaciones estaba más fría que por la tarde.
Afuera, la noche había terminado de caer sobre Londres con una puntualidad desagradable.
La niebla golpeaba los cristales sin sonido.
En los pasillos, los pasos de los agentes llegaban amortiguados, como si la propia institución hubiera aprendido a moverse con cautela.
Pembroke estaba de pie junto al mapa.
Tenía el rostro de un hombre que deseaba dormir y sospechaba que el sueño se había vuelto una frivolidad.
—Creo que sé lo que quiere —dijo.
Blackthorne se volvió hacia él.
—Eso me preocupa incluso más.
—Quiere ordenar las columnas de Morrow por fecha y hora de publicación. Compararlas con nuestros informes, telegramas internos, notas de los agentes y testimonios.
—Exactamente —dijo Delacroix.
Blackthorne parpadeó despacio.
—¿Para qué?
—Para saber cuándo supo cada cosa.
—Es periodista. Su oficio consiste en saber cosas.
—No. Su oficio consiste en publicarlas. Saberlas antes de que existan es otra profesión.
Pembroke tomó una carpeta.
—Podemos pedir ejemplares de todas las ediciones.
—No solo ejemplares —dijo Delacroix—. Galeradas si es posible. Pruebas corregidas. Horarios de imprenta. Horas de distribución. Notas enviadas desde la redacción. Todo.
Blackthorne soltó una risa sin humor.
—¿Y supone que el Herald nos abrirá sus entrañas porque se lo pidamos amablemente?
—No.
—Al menos conserva una relación saludable con la realidad.
—Por eso empezaremos con las nuestras.
Señaló la mesa.
—Quiero saber qué sabía Scotland Yard y a qué hora lo supo. Después veremos qué sabía Morrow y a qué hora lo imprimió.
Blackthorne guardó silencio.
No porque estuviera convencido.
Porque, por primera vez, no podía descartar la idea sin parecer negligente.
—Tiene hasta medianoche —dijo.
Pembroke lo miró.
—Eso es absurdo.
—También lo es perseguir adjetivos. Medianoche.
Delacroix inclinó la cabeza.
—La verdad, superintendent, suele tener menos respeto por los horarios que usted.
—Entonces enséñele disciplina.
Blackthorne salió de la sala.
La puerta se cerró con una sobriedad hostil.
Pembroke respiró hondo.
—A veces pienso que si encontráramos al asesino en el despacho de Blackthorne, junto a un cadáver y con el cuchillo en la mano, primero nos pediría completar tres formularios.
—Sería tranquilizador.
—¿Tranquilizador?
—Sí. Al menos sabríamos qué hacer mientras sangra la víctima.
Pembroke lo miró.
—Tiene una manera espantosa de animar una noche.
—No estoy animándola. Estoy impidiendo que muera de solemnidad.
Durante las siguientes horas, Scotland Yard se convirtió en una redacción involuntaria.
Agentes jóvenes trajeron periódicos. Un sargento de bigote imponente localizó registros de llamadas.
Un escribiente pálido, de apellido Morris, apareció con varios cuadernos de entradas y salidas, y con la expresión de quien sospechaba que la historia de Inglaterra dependía ahora de su capacidad para encontrar una nota mal archivada.
Delacroix organizó la mesa en tres columnas.
A la izquierda: hechos confirmados por Scotland Yard.
En el centro: momento de confirmación interna.
A la derecha: momento de publicación o mención en prensa.
Pembroke observó la disposición.
—Parece una contabilidad.
—Lo es.
—¿De qué?
—De la mentira.
El primer caso fue Samuel Pritchard.
El informe inicial había llegado a la comisaría local a las once y treinta y ocho.
Scotland Yard recibió comunicación formal poco después de medianoche.
El médico local hizo una primera descripción de la herida, pero el informe de Harcourt no se completó hasta la mañana siguiente.
El Herald publicó una edición especial a media mañana, con detalles generales correctos, algunos adornos y una frase curiosa:
“La niebla lo dejó tendido con el abrigo cerrado hasta la garganta, como si incluso muerto intentara protegerse del frío.”
Pembroke revisó la fotografía.
—El abrigo sí estaba cerrado.
—¿Se informó?
—En la primera nota del agente.
—Entonces no nos sirve.
Delacroix tachó suavemente la línea.
No con frustración.
Con paciencia.
El segundo caso fue Beatrice Vane.
La hora del hallazgo estaba clara. El informe inicial mencionaba el lugar, el bolso, la ausencia de robo, la posición aproximada del cuerpo. Nada de cinta azul. Nada de teatralidad. Nada de muñecas rotas.
Morrow publicó al día siguiente:
“Una cinta azul, quizá desprendida de algún traje, había quedado cerca del cuerpo, como si el escenario se negara a abandonarla.”
Pembroke apretó la mandíbula.
—Inventado.
—Corregido —dijo Delacroix.
—¿Hay diferencia?
—Sí. Inventar es crear de la nada. Corregir es tomar algo verdadero y colocarlo donde produce más efecto.
—Eso es peor.
—Casi siempre.
El escribiente Morris, que llevaba un rato escuchando con el pudor mal disimulado de los empleados atentos, levantó una mano tímida.
—Señor.
Pembroke se volvió.
—¿Sí?
—Hay una nota sobre la cinta.
Delacroix giró hacia él.
—¿Dónde?
Morris revisó un papel.
—No en el expediente policial. En una reseña teatral del mismo Herald, publicada dos días antes de la muerte. Mencionan que la señorita Lavinia Rowe estrenaría una falda azul en el segundo acto.
Pembroke miró a Delacroix.
—Morrow pudo leerlo ahí.
—Pudo.
—Entonces no necesitaba saber nada del taller.
—No necesitaba saberlo para imaginar la cinta. Pero Clara Fenwick dijo que en una versión temprana la cinta permanecía en el taller. Eso significa que alguien supo después dónde convenía colocarla.
Morris tragó saliva.
—¿Quiere que busque esa versión temprana?
—Sí.
—No la tenemos.
—Entonces busque quién podría tenerla.
El escribiente parpadeó.
—¿En Scotland Yard?
—No. En su imaginación burocrática, señor Morris. Suele ser más extensa que los archivos.
Morris miró a Pembroke, inseguro.
—Quiere decir que haga una lista de personas que podrían haber visto pruebas de imprenta —tradujo el inspector.
—Ah. Sí, señor.
Se alejó casi agradecido por recibir una orden comprensible.
El tercer caso fue Gideon Frost.
Ahí la mesa empezó a adquirir otra temperatura.
El hallazgo se produjo a las diez y cincuenta y dos de la noche.
Primer agente en la escena: Michael Armitage.
Informe verbal en comisaría: once y diecisiete.
Nota escrita: once y cuarenta. Llegada del médico local: once y veinticinco.
Comunicación a Scotland Yard: medianoche y seis minutos.
Informe preliminar de Harcourt: una y diez.
Morrow publicó en la edición temprana de la mañana una descripción que incluía:
“La mano izquierda del prestamista, cerrada en un puño vacío, parecía reclamar hasta el último instante una deuda que nadie iba ya a pagarle.”
Delacroix leyó la frase dos veces.
No por belleza.
Por horario.
—¿Cuándo cerró esa edición? —preguntó.
Pembroke buscó en una nota.
—Según distribución, empezó a imprimirse poco antes de las dos.
—Eso le da tiempo.
—Sí.
—Demasiado poco, pero tiempo.
—Pudo recibirlo de alguien de la comisaría.
—Pudo.
—De Armitage.
—Pudo.
—Del médico.
—Pudo.
—De un vecino.
—Pudo.
Pembroke dejó el papel sobre la mesa.
—Me irrita cuando todas las posibilidades siguen vivas.
—Entonces no se dedique al crimen.
—Llegó tarde para ese consejo.
Delacroix señaló la frase de Morrow.
—Lo interesante no es solo que conociera la mano cerrada.
—¿No?
—Es cómo la interpreta.
Pembroke leyó.
—“Parecía reclamar hasta el último instante una deuda…”
—Exacto.
—Frost era prestamista. Es una imagen obvia.
—Tan obvia que casi parece preparada para que Londres la acepte sin preguntar por qué estaba cerrada la mano.
Pembroke se inclinó sobre el informe.
—Harcourt dijo que podía no significar nada.
—Y probablemente no significaba nada.
—Entonces…
—Entonces Morrow convirtió una insignificancia en símbolo. Otra vez.
Pembroke caminó hacia el mapa.
—Pritchard: hombre común. Beatrice: muchacha del teatro. Frost: prestamista que muere reclamando deuda. Los convirtió en tipos.
—Sí.
—No en personas.
—Las personas incomodan. Los tipos circulan mejor.
El escribiente Morris regresó con otro fajo de documentos.
—Señor, encontré algo sobre Armitage.
Pembroke tomó el papel.
—¿Qué?
—Su informe inicial no menciona la mano cerrada.
El inspector levantó la vista.
—¿Está seguro?
—Sí, señor. La nota verbal tampoco. Solo dice “cuerpo hallado junto al muro, bolso y pertenencias intactas, herida visible, sin testigos inmediatos”. La mano aparece por primera vez en el informe del médico local.
Delacroix preguntó:
—¿A qué hora?
Morris revisó.
—Once y treinta y dos, aproximadamente.
—¿Y la edición del Herald?
—No sé la hora de cierre exacta, señor.
—Averigüe.
Morris asintió y volvió a salir.
Pembroke se frotó la frente.
—Pudo hablar con el médico.
—Sí.
—O con alguien que oyó al médico.
—Sí.
—O pudo estar cerca.
Delacroix no respondió.
Pembroke lo miró.
—Eso es lo que piensa.
—Pienso que la información se movió muy deprisa.
—Londres se mueve deprisa cuando huele sangre.
—No. Londres se mueve deprisa cuando alguien sabe dónde colocarla.
Poco antes de las once, Blackthorne regresó a la sala.
Traía el abrigo puesto y el humor aún peor.
—¿Y bien?