Capítulo 11 — El club de los contribuyentes #2
—Propongo que esta Sociedad emita una declaración pública solicitando al Ministerio una supervisión directa de las acciones de Scotland Yard y, si fuera necesario, la designación de una comisión extraordinaria.
Blackthorne se puso de pie.
—Eso sería una interferencia política.
—Sería control ciudadano.
—Sería ruido.
Leighton sonrió.
—El ruido parece ser lo único que obtiene respuestas en estos días.
Delacroix miró los periódicos.
Otra frase que podría haber escrito Morrow.
Quizá lo había hecho.
Quizá no.
Eso era lo inquietante: sus columnas ya no necesitaban estar presentes para hablar por boca de otros.
Un hombre mayor, hasta entonces callado, levantó la mano. Tenía rostro de cansancio antiguo y llevaba un bastón apoyado entre las rodillas.
—Mi hijo es agente —dijo.
La sala se calmó.
—Patrulla desde hace doce noches. Vuelve con los zapatos empapados, los ojos rojos y la ropa oliendo a niebla.
Dice que la gente lo mira como si fuera culpable de seguir vivo cuando otros han muerto.
—Hizo una pausa—. No digo que Scotland Yard no falle.
Todos fallamos. Pero tengan cuidado con pedir una cabeza.
Las cabezas que se entregan deprisa rara vez pertenecen al cuerpo correcto.
La frase no gustó.
Por eso fue importante.
Pembroke bajó la vista.
Blackthorne, por primera vez en la reunión, pareció menos rígido.
Delacroix observó al anciano con interés.
—¿Cómo se llama su hijo? —preguntó.
—Michael Armitage.
—¿Dónde patrulla?
—Cerca de Holborn, últimamente.
—Dígale que cambie de calcetines al llegar a casa.
El anciano parpadeó.
—¿Perdón?
—La justicia es incierta. La neumonía, no.
El hombre lo miró.
Luego sonrió con una tristeza inesperada.
—Se lo diré.
Trelawney carraspeó, incómodo ante cualquier emoción que no pudiera convertirse en acta.
—Agradecemos el comentario, señor Armitage. Pero la cuestión permanece.
La cuestión permanecía, en efecto.
Y se volvió más áspera.
Se habló de recompensas privadas. De patrullas costeadas por comerciantes.
De contratar vigilantes. De publicar listas de calles peligrosas.
De exigir al Herald y a otros periódicos que revelaran sus fuentes si tenían información relevante.
Esa última propuesta produjo un murmullo incómodo.
Muchos de aquellos hombres despreciaban a la prensa, pero la leían con devoción.
Odiaban ser manipulados casi tanto como temían quedarse sin material para su indignación.
Delacroix se levantó y caminó hacia la ventana.
Afuera, la niebla empezaba a espesar el vidrio. La calle, vista desde el club, parecía menos real. Un criado encendía una lámpara en la entrada. Dos mujeres pasaron deprisa, acompañadas por un hombre que miraba a ambos lados con una exageración que no protegía a nadie, pero demostraba intención.
Pembroke se acercó.
—No debería haber hablado.
—Eso me ocurre con frecuencia.
—Blackthorne está furioso.
—Blackthorne ya estaba furioso antes de entrar. Solo he renovado el mobiliario.
—Esta gente tiene influencia.
—Lo sé.
—Pueden hacer daño.
Delacroix señaló la sala con una mirada.
—Ya lo están haciendo.
—¿A Scotland Yard?
—A la investigación.
Pembroke siguió su mirada.
Los hombres discutían. Papeles. Titulares. Vasos. Dedos golpeando madera. Frases repetidas. El miedo vestido de administración.
—Quieren seguridad —dijo el inspector.
—No. Quieren alivio.
—¿Hay diferencia?
—Enorme. La seguridad exige verdad. El alivio se conforma con un nombre.
Pembroke guardó silencio.
En la mesa, Leighton empezaba a redactar la declaración pública con dos hombres inclinados sobre su hombro.
Blackthorne discutía en voz baja con Trelawney.
Whitcomb hablaba de contratar guardias privados.
Otro insistía en que la policía debía publicar más detalles para que los ciudadanos se protegieran.
Cada propuesta parecía razonable si se la miraba sola. Juntas formaban una máquina de presión.
Delacroix volvió a tomar el Herald.
Leyó otra vez una línea de Morrow:
“La ciudad no pide venganza. Pide una prueba de que todavía es gobernada por hombres capaces de protegerla.”
Leighton acababa de decir casi lo mismo.
—Arthur —dijo Delacroix.
—¿Sí?
—Necesito todas las columnas de Morrow desde la primera muerte.
—Ya las tiene.
—No. Necesito saber qué frases han empezado a circular después.
Pembroke frunció el ceño.
—¿Quiere rastrear citas?
—Quiero saber si Londres está pensando por sí misma o si alguien le está prestando pensamientos.
—Eso es imposible.
—No. Solo desagradable.
Trelawney golpeó la mesa con una campanilla pequeña.
—Caballeros. Someteremos la declaración a voto.
Blackthorne miró a Pembroke con fastidio impotente.
La declaración fue aprobada casi por unanimidad.
El anciano del hijo agente se abstuvo.
Delacroix lo notó.
Cuando la reunión terminó, los hombres se dispersaron en grupos pequeños. Algunos se acercaron a Blackthorne para exigir garantías privadas. Otros a Pembroke para ofrecer teorías propias, todas ellas inútiles con una convicción admirable. Leighton se acercó a Delacroix con una sonrisa pulida.
—Monsieur, no he entendido si nos considera cobardes o manipulados.
—No son excluyentes.
Leighton rió como si la frase hubiera sido más amable.
—Usted no cree en la presión ciudadana.
—Creo mucho en ella. Por eso me preocupa quién aprende a dirigirla.
—La dirige el miedo.
—El miedo rara vez se dirige solo. Es un caballo fuerte y estúpido. Siempre hay alguien que tira de las riendas.
Leighton lo estudió.
—¿Y quién tira de ellas?
Delacroix miró hacia la mesa de periódicos.
—Esa es una de las pocas preguntas útiles que he escuchado esta tarde.
Leighton siguió su mirada.
—Morrow.
—No he dicho eso.
—Pero lo ha pensado.
—Pensar sigue siendo legal en Londres, espero.
—Por ahora.
El concejal se alejó.
Pembroke apareció junto a Delacroix con el abrigo en la mano.
—Blackthorne quiere verlo.
—Qué generoso. ¿A solas?
—No. Conmigo presente, para evitar una desgracia diplomática.
—La diplomacia inglesa depende de usted más de lo que imaginaba.
Se acercaron a Blackthorne, que los esperaba junto a la chimenea. El superintendent tenía el rostro tenso.
—Ha sido imprudente —dijo.
Delacroix respondió:
—He sido moderado.
—No lo han traído para irritar a media ciudad.
—No. Solo para ayudar a entender por qué media ciudad está dispuesta a irritarse en la dirección correcta para el asesino.
Blackthorne bajó la voz.
—Explíquese.
—La presión que hemos visto aquí no nació únicamente del miedo. Fue organizada por frases. Repetían ideas publicadas. Reproducían imágenes impresas. Pedían respuestas usando el lenguaje de quienes les han enseñado a exigirlas.
—La prensa influye. Eso no es un descubrimiento.
—No. Pero puede ser un instrumento.
Blackthorne miró hacia los periódicos.
—Volvemos a Morrow.
—Nunca nos fuimos del todo.
—No tengo pruebas contra Morrow.
—Yo tampoco.
—Entonces deje de rodearlo como si fuera un cadáver fresco.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Superintendent, cuando una ciudad exige una cabeza, el asesino solo necesita señalar un cuello. Si Morrow no es culpable de nada más que escribir bien, sigue siendo peligroso. Si es culpable de algo peor, entonces ya ha empezado a elegir por ustedes cómo debe terminar este caso.
Blackthorne no respondió.
El fuego chisporroteó en la chimenea.
Afuera, un carruaje se detuvo frente al club. Varias voces subieron desde la calle.
Pembroke miró por la ventana.
Un vendedor de periódicos acababa de llegar con ejemplares nuevos. Algunos socios salían del club y compraban el Herald antes incluso de abrocharse el abrigo.
Uno de ellos leyó el titular en voz alta.
—“Londres exige una cabeza.”
Delacroix cerró los ojos un instante.
No por cansancio.
Por confirmación.
Blackthorne se acercó a la ventana.
—Dios mío.
Pembroke murmuró:
—La declaración todavía no ha salido.
Delacroix abrió los ojos.
El titular, impreso ya en la calle, parecía responder a una reunión que apenas acababa de terminar.
Blackthorne giró hacia él.
—¿Cómo diablos…?
Delacroix tomó el periódico de manos de uno de los socios, que protestó demasiado tarde.
Miró la firma.
No hizo falta.
Ya la conocía.
Elias Morrow.
—No ha respondido a la reunión —dijo Delacroix.
Pembroke se puso pálido.
—La ha anticipado.
Delacroix dobló el periódico con cuidado.
—No exactamente.
Blackthorne lo miró.
—¿Entonces?
Delacroix observó la sala, los hombres, la chimenea, los vasos, la declaración recién aprobada, las bocas que aún repetían frases ajenas.
—La ha escrito antes de que ellos terminaran de obedecerla.
Nadie habló.
Afuera, el vendedor gritó el titular con una alegría feroz:
—¡Londres exige una cabeza! ¡El Herald lo cuenta todo! ¡Scotland Yard contra las cuerdas!
El club de los contribuyentes, que no se llamaba así, guardó silencio por primera vez en toda la tarde.
Y Delacroix comprendió que el asesino, fuera quien fuese, no necesitaba correr por Londres con un cuchillo para sentirse poderoso.
Le bastaba con llegar primero a la imprenta.