Capítulo 11 — El club de los contribuyentes
El club de los contribuyentes no se llamaba así.
Su nombre oficial era Sociedad Londinense para la Responsabilidad Cívica, lo cual demostraba que los hombres con dinero rara vez confían en una palabra breve cuando pueden esconderse detrás de cuatro.
Ocupaba una casa amplia en una calle discreta, con escalones de piedra, ventanas altas y un portero que parecía haber nacido ya juzgando sombreros.
En el vestíbulo olía a cera, cuero viejo, tabaco caro y calefacción bien financiada.
Los abrigos húmedos desaparecían en manos de criados silenciosos.
Los bastones eran colocados en un paragüero de bronce.
Las voces bajaban de volumen al entrar, no por respeto, sino porque en ciertos lugares los hombres aprenden a indignarse sin perder la compostura.
Delacroix se detuvo bajo un retrato de un alcalde antiguo que miraba hacia la escalera con la expresión de quien había cobrado impuestos con fervor religioso.
—Un lugar encantador —dijo.
Pembroke lo miró de reojo.
—No hemos venido a disfrutar.
—Es una de las muchas cosas que me preocupan de Londres.
—Blackthorne quiere que escuchemos.
—Blackthorne quiere que lo vean obedeciendo al miedo con dignidad.
—No se lo diga.
—No suelo quitarles a los hombres el placer de ignorar lo evidente.
Subieron al primer piso.
La reunión se celebraba en una sala larga, revestida de madera oscura, con cortinas pesadas y una chimenea encendida que parecía más decorativa que necesaria.
Había una mesa central con jarras de agua, vasos, papeles y ceniceros.
A lo largo de las paredes se agrupaban comerciantes, propietarios, abogados, banqueros menores, dos concejales, un diputado con ambición de parecer preocupado y varios hombres cuya principal ocupación parecía consistir en sentirse indispensables para el orden público.
En una mesa lateral, junto a una bandeja de vasos, descansaban ejemplares del Herald, del Chronicle y de otros periódicos. Algunos estaban doblados con violencia. Otros, subrayados. Uno tenía rodeado con lápiz el nombre de El Cuchillo de la Niebla.
Delacroix se acercó a los periódicos antes que a los hombres.
Era, a su juicio, una forma de cortesía hacia la verdad.
Blackthorne estaba junto a la chimenea, hablando con un hombre corpulento de barba blanca y chaleco demasiado ajustado. Al ver entrar a Pembroke, le hizo un gesto con la mano. Al ver a Delacroix, su expresión no cambió, lo cual exigió cierto mérito.
—Inspector —dijo—. Monsieur Delacroix.
—Superintendent —respondió Delacroix—. Veo que la ciudadanía ha conservado intacta su capacidad para reunirse en habitaciones cálidas y exigir valentía a quienes patrullan calles frías.
Pembroke cerró los ojos un instante.
Blackthorne no sonrió.
—Le ruego discreción.
—Siempre.
—También le ruego silencio.
—Eso ya es más ambicioso.
Antes de que Blackthorne pudiera replicar, el hombre de barba blanca se volvió hacia ellos.
—¿Este caballero es de Scotland Yard?
—No exactamente —dijo Blackthorne.
—Entonces quizá pueda decir algo útil.
—Sir Edmund Trelawney —presentó Blackthorne con rigidez—. Presidente de la Sociedad.
Trelawney estrechó la mano de Delacroix con energía suficiente para demostrar salud financiera.
—Monsieur…
—Delacroix.
—Francés.
—A veces lo mencionan.
—Bien. Los franceses saben algo de disturbios, supongo.
—Los ingleses también, solo que procuran servir té antes.
Trelawney soltó una risa breve, más por sorpresa que por gusto.
—Me cae bien.
—Espere un poco —murmuró Pembroke.
La reunión empezó sin que nadie anunciara formalmente el comienzo. En los clubes, como en ciertos entierros, bastaba con que los hombres importantes dejaran de hablar entre sí para que todos fingieran atención.
Trelawney ocupó la cabecera de la mesa.
Blackthorne y Pembroke se sentaron a un lado.
Delacroix eligió una silla algo apartada, desde la que podía ver los rostros, los periódicos y la puerta.
Eso último era una costumbre, no una inquietud.
Los hombres prudentes observan siempre por dónde puede entrar la verdad y por dónde intentará escapar la mentira.
—Caballeros —empezó Trelawney—, la ciudad atraviesa una situación intolerable.
Hubo murmullos de aprobación.
—No exagero al decir que Londres está perdiendo confianza.
Más murmullos.
Un hombre delgado, de nariz larga y dedos cargados de anillos, golpeó la mesa con dos nudillos.
—La ha perdido ya.
Trelawney levantó una mano.
—El señor Whitcomb tiene derecho a su indignación, como todos nosotros. Pero procuremos conservar orden.
—El orden es precisamente lo que pagamos —replicó Whitcomb—. Y no lo estamos recibiendo.
Otro hombre, de rostro rojizo y cuello apretado, intervino:
—Mis empleados se marchan antes del cierre. Mis clientas no salen después de las cuatro. He contratado a dos guardias para acompañar a las señoras hasta los coches. ¿Debo descontar eso de mis impuestos?
—Le recomiendo no intentarlo —dijo Delacroix en voz baja.
Pembroke le lanzó una mirada.
El hombre no lo oyó.
O prefirió no hacerlo.
Un concejal llamado Percival Leighton, pequeño, calvo y brillante como una moneda usada, se puso de pie con un papel en la mano.
—Señores, el punto es simple. La ciudadanía cumple. Paga, obedece, colabora, informa, soporta restricciones, acepta patrullas, soporta interrogatorios y mantiene la calma en la medida de lo posible. A cambio, espera protección.
—Exactamente —dijo Whitcomb.
—No pedimos milagros —continuó Leighton, con la voz de quien sí los pide pero desea parecer razonable—. Pedimos resultados.
Blackthorne se irguió.
—Scotland Yard está dedicando todos los recursos disponibles a la investigación.
—Con respeto, superintendent —dijo Leighton—, eso es una descripción de esfuerzo, no una garantía de eficacia.
Un murmullo recorrió la sala.
La frase era buena.
Demasiado buena para haber nacido allí por primera vez.
Delacroix tomó uno de los periódicos de la mesa lateral y lo abrió.
La encontró casi de inmediato.
Elias Morrow, dos días antes:
“El ciudadano no vive protegido por el esfuerzo de la policía, sino por su eficacia. Lo demás es correspondencia interna de una institución que se escribe disculpas a sí misma.”
Delacroix cerró el periódico.
—Interesante —murmuró.
Pembroke se inclinó hacia él.
—¿Qué?
—Londres empieza a hablar en columnas.
La reunión siguió.
Un banquero propuso aumentar la iluminación en ciertas calles.
Un comerciante exigió patrullas permanentes.
Un abogado sugirió recompensas.
Un propietario pidió revisar pensiones, tabernas y alojamientos sospechosos.
Un hombre con voz nasal recomendó detener “preventivamente” a vagabundos, extranjeros, obreros sin domicilio fijo y personas “de costumbres nocturnas”.
Delacroix lo miró con atención.
—Si detienen a todos los hombres de costumbres nocturnas —dijo—, Londres tendrá que cerrar sus periódicos, sus teatros, sus tabernas, sus hospitales y buena parte de sus matrimonios.
Esta vez sí lo oyeron.
Varios hombres se volvieron.
El de voz nasal enrojeció.
—¿Quién es este caballero?
Blackthorne respondió antes que Pembroke:
—Un observador.
—¿De qué?
—De momento, de imprudencias.
Trelawney soltó otra risa breve.
Leighton, en cambio, miró a Delacroix con interés calculador.
—¿Y usted qué propone, monsieur Delacroix?
—Nada.
La respuesta produjo un pequeño desconcierto.
—¿Nada? —repitió Leighton.
—No propongo soluciones a problemas que todavía no han sido comprendidos.
Whitcomb golpeó la mesa.
—El problema es claro. Hay un asesino suelto.
—Eso es un hecho, no una comprensión.
—Tres muertos.
—Tres hechos.
—¿Y qué más necesita?
Delacroix dejó el periódico sobre la mesa.
—Saber si todos pertenecen a la misma pregunta.
El silencio fue breve, pero real.
Blackthorne tensó los labios.
Pembroke observó a Delacroix con una mezcla de admiración e inquietud. Aquella frase no convenía en una sala llena de hombres que habían venido a exigir certezas, no a oír que el miedo tal vez había sido mal redactado.
Leighton entrecerró los ojos.
—¿Sugiere usted que Scotland Yard ni siquiera sabe qué investiga?
—Sugiero que una ciudad asustada suele preferir una explicación equivocada a la paciencia necesaria para encontrar una verdadera.
Whitcomb se inclinó hacia delante.
—Con todo respeto, monsieur, eso suena muy cómodo cuando uno no tiene una tienda abierta hasta la noche.
Delacroix aceptó la objeción.
—Tiene razón.
El hombre pareció desconcertado.
—¿La tengo?
—Sí. El miedo práctico merece respeto. La tienda que cierra, la mujer que vuelve acompañada, el empleado que toma otra calle. Eso es real. Mi comentario no iba dirigido contra el miedo, sino contra quienes lo convierten en argumento antes de convertirlo en pregunta.
El concejal Leighton sonrió apenas.
—Habla usted como filósofo.
—Una acusación grave.
—O como detective.
—Peor aún.
Trelawney intervino:
—Caballeros, no perdamos el propósito. Necesitamos que Scotland Yard ofrezca garantías concretas.
Blackthorne respondió con voz medida:
—Habrá aumento de patrullas en zonas sensibles, coordinación con comisarías locales, vigilancia de puntos de tránsito y revisión de testimonios.
—Eso ya lo han dicho —protestó Whitcomb.
—Y lo haremos.
—Mientras tanto, ¿qué? ¿Esperar el cuarto cadáver?
La frase cayó sobre la mesa.
Nadie la rechazó.
Porque todos la habían pensado.
Delacroix miró alrededor.
Ahí estaba, pensó. El verdadero centro de la reunión.
No querían solo protección. Querían que el futuro tuviera una forma anticipada.
Querían saber si habría una cuarta muerte, dónde ocurriría, qué calle evitar, a quién mirar, qué sombrero temer.
Y como nadie podía darles esa certeza, estaban dispuestos a aceptar otra: un culpable.
Cualquiera que pudiera ser nombrado con suficiente autoridad.
Leighton alzó el papel que llevaba en la mano.