Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 10 — El hombre que nombró al monstruo #2
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Capítulo 10 — El hombre que nombró al monstruo #2

—Eso es lo ofensivo. Me han leído con atención y todavía no se atreven.

Delacroix tomó uno de los recortes.

Era la crónica de Beatrice Vane.

—La cinta azul —dijo.

Clara tensó los hombros.

Morrow no.

—Un detalle hermoso.

—Inexistente.

—Simbólico.

—Ah. Creí que hablábamos de periodismo.

El silencio que siguió fue pequeño, pero exacto.

Morrow inclinó la cabeza con una elegancia casi divertida.

—Touché.

—No quería herirlo.

—Entonces ha sido descuidado.

Ashcombe miró a Morrow.

—¿Inventaste la cinta?

—No inventé. Condensé.

—Elias.

—La muchacha había pasado sus últimas horas entre telas, agujas, cintas. El detalle era verdadero en espíritu.

Delacroix dejó el recorte.

—Los cadáveres no tienen espíritu literario, señor Morrow. Tienen posición, peso, heridas, horarios. El espíritu viene después, casi siempre de la mano de alguien que no los conocía.

Morrow lo observó en silencio.

Por primera vez, su sonrisa no acudió de inmediato.

—Usted cree que soy un carroñero.

—No.

—Qué alivio.

—Los carroñeros no suelen modificar el paisaje. Solo lo aprovechan.

Clara levantó la vista.

Ashcombe también.

Morrow soltó una risa suave.

—Es usted mucho más grosero de lo que promete su traje.

—Los trajes prometen por encima de sus posibilidades.

Pembroke intervino:

—Necesitamos saber quién le proporciona información interna.

—Y yo necesito conservar la confianza de mis fuentes.

—Sus fuentes pueden estar obstruyendo una investigación.

—O salvando al público de la incompetencia policial.

Pembroke dio un paso hacia él.

—Tenga cuidado.

Morrow no retrocedió.

—Usted también, inspector. La ciudad ha empezado a contar los muertos en voz alta.

—La ciudad cuenta lo que ustedes le enseñan a contar —dijo Delacroix.

Morrow se volvió hacia él.

—¿Y qué le enseñaría usted?

—A restar.

—¿Restar?

Delacroix señaló los tres recortes principales sobre la mesa.

—Restar adornos. Restar nombres. Restar miedo. Restar aquello que ha sido añadido después de la muerte. Quizá entonces quede algo que se parezca al crimen.

Morrow lo miró con interés renovado.

—Me encantaría verlo trabajar.

—No.

—¿No?

—No le encantaría.

La respuesta agradó a Ashcombe, que bajó la mirada para ocultarlo.

Clara no lo ocultó tanto.

Morrow recogió una hoja de su mesa y la dobló despacio.

—Puedo ayudarlo, monsieur Delacroix.

—Eso me preocupa menos que el hecho de que quizá ya lo haya hecho.

—¿Ayudarlo?

—No. Ayudar al asesino.

La sala pareció oír la frase aunque nadie hubiera levantado la voz.

Un redactor cercano dejó de escribir.

Otro fingió buscar algo en un cajón.

Clara permaneció inmóvil.

Morrow sostuvo la mirada de Delacroix.

—Si un asesino lee mi columna, la culpa será de su alfabetización.

—No si usted escribe para él.

—¿Cree que lo hago?

—Creo que algunos hombres no distinguen entre tener lectores y tener discípulos.

Morrow sonrió.

Esta vez con menos calidez.

—Qué peligroso debe de ser vivir viendo intenciones en cada frase.

—Más peligroso es escribir frases sin admitir que las tienen.

Ashcombe dio un paso al frente.

—Elias, basta.

—No, Henry. Por favor. Es la conversación más interesante que hemos tenido en semanas.

Delacroix señaló el mapa de distribución de la pared.

—¿Quién decide qué zonas reciben primero la edición?

Morrow pareció sorprendido por el cambio.

—Distribución.

—Una entidad fascinante. ¿Tiene nombre?

Clara respondió:

—Thomas Bell coordina parte de las rutas nocturnas. No todas. Es joven, pero conoce mejor la ciudad que la mayoría de nuestros redactores.

Pembroke tomó nota del nombre.

Morrow miró a Clara.

—Qué diligente.

—Usted siempre dice que los detalles importan.

—Solo cuando son míos.

La frase pudo ser broma.

No sonó del todo como una.

Delacroix caminó hasta el mapa.

Puntos de venta, rutas marcadas con líneas, horarios escritos en lápiz. Algunos barrios estaban rodeados. Otros tenían iniciales. No era un mapa de crímenes. Era un mapa de circulación.

Pero la circulación también puede ser una forma de presencia.

—¿Le interesa nuestra logística? —preguntó Morrow.

—Me interesa todo aquello que llega a un lugar antes que la policía.

Ashcombe dijo:

—En ese caso, tendrá que estudiar medio Londres.

—Empezaré por la parte que firma.

Morrow se acercó.

Quedaron uno junto al otro ante el mapa.

—¿Sabe qué me intriga de usted, monsieur Delacroix?

—Todavía no.

—Que parece desconfiar de las palabras y, sin embargo, vive de hacer preguntas.

—Las preguntas son palabras que todavía no han elegido bando.

Morrow asintió, como si acabara de recibir un regalo.

—Esa sí voy a robarla.

—Entonces tendré que volver a pensarla.

Pembroke recibió una mirada de uno de los empleados desde la entrada. El agente que lo acompañaba le hizo un gesto discreto. El inspector salió unos segundos al pasillo.

Delacroix no se movió.

Morrow bajó la voz.

—Lo han traído porque están desesperados.

—Me han traído porque Pembroke es mi amigo.

—La amistad es una forma elegante de desesperación.

—Habla como un hombre que la conoce por referencias.

Morrow lo miró.

—Cuidado, monsieur. Esa frase casi tiene compasión.

—No se preocupe. Fue un accidente.

Morrow apoyó un dedo sobre el mapa, cerca de Holborn.

—No encontrará un patrón.

—¿No?

—No. Eso es lo terrible. Un empleado, una costurera, un prestamista. Londres quiere que exista una explicación porque la alternativa resulta insoportable.

—¿Y usted qué quiere?

—Yo quiero que Londres siga mirando.

—¿Hacia dónde?

Morrow levantó los ojos.

—Hacia donde ocurre la verdad.

—No. Esa es una respuesta profesional. Le he preguntado hacia dónde quiere que mire Londres.

Durante un segundo, Morrow no respondió.

Luego dijo:

—Hacia la incompetencia de quienes prometieron protegerla.

Delacroix asintió lentamente.

—Eso sí parece más sincero.

—Scotland Yard ha fallado.

—Quizá.

—¿Quizá?

—A veces una institución falla porque no ve. Otras porque alguien la obliga a mirar demasiado.

Morrow sonrió.

—Es usted poético cuando quiere acusar sin pruebas.

—Y usted es prudente cuando quiere confesar sin hacerlo.

La puerta del despacho de Ashcombe se cerró de golpe.

Ambos giraron.

Ashcombe había regresado a su despacho con la carpeta roja.

La figura de Clara quedó entre la redacción y el pasillo, observando a Morrow con una preocupación que ya no intentaba disfrazar.

Pembroke volvió junto a Delacroix.

—Debemos irnos.

—¿Alguna novedad?

—Blackthorne exige que regresemos. Han llegado quejas formales de dos miembros del consejo municipal y una carta del Ministerio.

Morrow abrió las manos.

—Londres despierta.

—No —dijo Delacroix—. Londres está siendo despertada a golpes.

El periodista inclinó la cabeza.

—Vuelva cuando quiera, monsieur Delacroix. Le abriré mis archivos, mis columnas y, si insiste, mi vanidad.

—Empezaré por los archivos.

—Prudente.

—No. Higiénico.

Clara bajó la vista para ocultar una sonrisa.

Morrow no lo hizo.

Acompañó a Delacroix y Pembroke hasta la salida de la redacción como si fuera el anfitrión de un salón literario y no un periodista rodeado de sospechas. Antes de que se marcharan, tomó un ejemplar recién impreso y se lo ofreció a Delacroix.

—Para el camino.

Delacroix lo aceptó.

—Gracias.

—Me interesa su opinión.

—La tendrá si resulta útil.

—¿Para mí?

—No necesariamente.

Morrow sonrió.

—Entonces estamos en el mismo oficio.

Delacroix lo miró.

—No, señor Morrow. Usted escribe para que las cosas parezcan inevitables. Yo investigo para averiguar quién se beneficia de esa inevitabilidad.

La sonrisa de Morrow se mantuvo.

Pero ya no llegó a los ojos.

Delacroix y Pembroke salieron a la calle.

La niebla esperaba afuera, más densa que al entrar, como si hubiera aprovechado el tiempo para acercarse a las puertas del periódico.

Un vendedor pasó corriendo con un paquete de ejemplares bajo el brazo.

Al otro lado de la acera, un agente discutía con un cochero.

Londres seguía moviéndose, pero con la torpeza de un animal que ha empezado a desconfiar de sus propios pasos.

Pembroke se puso el sombrero.

—¿Y bien?

Delacroix miró el ejemplar que Morrow le había dado.

—Es inteligente.

—Eso ya lo sabíamos.

—Vanidoso.

—También.

—Disfruta de la presión sobre Scotland Yard.

—Eso lo sabe media ciudad.

—Y corrige la realidad cuando la realidad no tiene suficiente forma.

Pembroke guardó silencio.

—¿Culpable?

Delacroix dobló el periódico.

—Todavía no.

—Pero…

—Pero si el Cuchillo de la Niebla fuera una obra de teatro, Arthur, acabamos de conocer al hombre que no puede soportar que otro escriba el final.

A sus espaldas, en la redacción del Herald, Elias Morrow volvió a su mesa.

Tomó la pluma.

Miró durante unos segundos la puerta por donde Delacroix había salido.

Luego escribió una sola línea en el margen de una hoja:

El francés resta adornos.

La leyó.

La tachó.

Escribió otra:

El francés empieza a leer.