Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 10 — El hombre que nombró al monstruo
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Capítulo 10 — El hombre que nombró al monstruo

The London Herald no parecía un periódico.

Parecía una ciudad más pequeña, encerrada dentro de la ciudad grande.

Tenía sus calles en forma de pasillos, sus plazas alrededor de escritorios, sus tabernas disfrazadas de rincones donde los redactores bebían café frío, sus cárceles en los despachos con puertas cerradas y su propia forma de clima, hecha de humo, tinta caliente, papel húmedo y urgencia.

Delacroix entró detrás de Pembroke sin mostrar más curiosidad que la estrictamente necesaria.

Eso no significaba que no mirara.

Miró todo.

La escalera gastada por demasiadas botas.

El muchacho que subía con galeradas en una mano y pan en la otra.

El corrector que discutía con un redactor sobre una coma como si estuvieran negociando una frontera.

Las mesas cubiertas de papeles. El sonido de las prensas abajo, constante, profundo, casi animal.

Los sombreros colgados en perchas. Las tazas olvidadas.

Los abrigos húmedos. Los mapas de Londres clavados en una pared, no muy distintos de los mapas de Scotland Yard, aunque aquí los alfileres no señalaban crímenes, sino zonas de venta.

Eso le interesó.

Se detuvo apenas ante el mapa.

Pembroke lo notó.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Cada vez que dice nada, alguien termina arrestado.

—Entonces rece para que esta vez exagere.

El inspector siguió su mirada.

—Rutas de distribución.

—Sí.

—Todos los periódicos las tienen.

—Desde luego.

Delacroix no añadió nada.

A veces las cosas importantes no deben ser tocadas demasiado pronto, como ciertas heridas.

Un empleado de recepción los condujo hacia la sala principal. Al reconocer a Pembroke, varios redactores levantaron la cabeza. Algunos fingieron seguir trabajando. Otros no se tomaron siquiera esa molestia. Scotland Yard, dentro del Herald, era menos una autoridad que una fuente de material.

—Inspector —dijo alguien desde una mesa—. ¿Trae por fin al Cuchillo en el bolsillo?

Pembroke no respondió.

Delacroix miró al redactor.

—Si lo trajera, monsieur, imagino que habría elegido un bolsillo menos concurrido.

Hubo alguna risa.

Pembroke murmuró:

—No ayude.

—Estoy siendo diplomático.

—Me preocupa que lo crea.

Al fondo de la sala, Clara Fenwick estaba de pie junto a una mesa, corrigiendo una nota con el ceño fruncido. Al verlos, dejó la pluma. La sorpresa le duró poco. La preocupación, algo más.

Se acercó.

—Inspector.

—Señorita Fenwick.

Clara miró a Delacroix.

—Monsieur.

—Señorita Fenwick. Veo que hoy la niebla ha decidido trabajar bajo techo.

Ella siguió la dirección de su mirada: humo, papeles, tinta, ruido.

—Aquí siempre hay niebla. Solo que la llamamos edición.

Delacroix aceptó la frase con una inclinación mínima.

—Una definición precisa.

Pembroke preguntó:

—¿Está el señor Morrow?

Clara no respondió de inmediato.

Fue una vacilación breve, pero Delacroix la vio.

—Sí —dijo ella—. Está en su mesa.

—¿Y el señor Ashcombe?

—En su despacho.

—¿Volvió anoche? —preguntó Delacroix con suavidad.

Clara lo miró.

—Tarde.

—¿Preocupado?

—Más que antes de irse.

—Interesante.

—Aquí esa palabra suele significar que alguien se va a arrepentir de algo.

—En todas partes, señorita Fenwick.

Antes de que Clara pudiera responder, una voz se elevó desde la mesa central.

—Inspector Pembroke. Qué honor. Scotland Yard visita el infierno y todavía trae sombrero.

Elias Morrow estaba sentado junto a la ventana, con una pluma en la mano y un periódico doblado a un lado.

No se levantó de inmediato. Dejó que su presencia se asentara en la sala, como hacen los hombres que conocen el valor de un pequeño retraso.

Luego se puso de pie con elegancia y caminó hacia ellos.

De cerca, parecía menos joven que en sus columnas y más peligroso que en las conversaciones ajenas.

Vestía con sobriedad cara. La corbata perfectamente anudada, los puños impecables, el cabello oscuro peinado hacia atrás.

Tenía ojos atentos, una sonrisa breve y una cortesía tan controlada que casi parecía un arma sin desenfundar.

—Morrow —dijo Pembroke.

—Inspector. ¿Viene a detenerme por sinceridad excesiva?

—Todavía no está tipificada.

—Una negligencia del Parlamento.

Morrow se volvió hacia Delacroix.

El reconocimiento no apareció en su rostro, pero sí algo mejor: interés.

—Y usted debe de ser monsieur Armand Delacroix.

Pembroke tensó la mandíbula.

Delacroix no.

—Una deducción audaz.

—No tanto. El inspector Pembroke no trae desconocidos a mi redacción por placer. Y usted tiene el aire de un hombre a quien han intentado presentar demasiadas veces con admiración.

—La admiración es un ruido que suele impedir escuchar.

Morrow sonrió.

—Entonces estamos de acuerdo. Yo prefiero provocarla por escrito, donde no molesta.

—Al contrario. Allí dura más.

La mirada de Morrow brilló con diversión genuina.

—Magnífico. ¿Scotland Yard lo ha contratado para investigarme o para corregir mi estilo?

—No trabajo para Scotland Yard.

—Eso lo hace más interesante.

—Y menos útil para una crónica.

—Nada es inútil para una crónica, monsieur Delacroix. Solo hay materiales que aún no han encontrado su frase.

Clara, detrás de ellos, bajó la mirada hacia sus papeles.

Ashcombe apareció en la puerta de su despacho.

No dijo nada.

Pero observó.

Morrow extendió una mano hacia una mesa lateral.

—¿Café? Es malo, pero democrático. Maltrata por igual a redactores, visitantes y propietarios.

Pembroke dijo:

—No hemos venido a tomar café.

—Qué lástima. Las visitas de la policía resultan más tolerables con algo amargo en la boca.

Delacroix se acercó al escritorio de Morrow.

Había papeles ordenados con una pulcritud que no correspondía al resto de la redacción.

Recortes, cuadernos, cartas, un tintero, una lupa pequeña, un abrecartas de mango oscuro y varias galeradas marcadas con correcciones.

En un rincón, una fotografía de la calle donde murió Beatrice Vane. En otro, un mapa con anotaciones.

Morrow no le impidió mirar.

Al contrario.

Los hombres seguros de sí mismos suelen confundir la exhibición con la inocencia.

—Ha seguido el caso con gran atención —dijo Delacroix.

—Es mi trabajo.

—No todos hacen su trabajo con tanta devoción.

—No todos tienen trabajo digno de devoción.

Pembroke señaló los recortes.

—Ha publicado detalles que no estaban autorizados.

—Inspector, si la verdad necesitara autorización, los periódicos serían boletines parroquiales.

—La posición de la mano de Frost.

—Un detalle.

—No público.

Morrow tomó el abrecartas y lo giró entre los dedos, sin intención aparente. Era estrecho, elegante, más decorativo que práctico, pero lo bastante firme para abrir sobres gruesos.

Delacroix lo observó.

Morrow lo notó.

Sonrió.

—Un regalo de mi madre. Para que, según ella, al menos una cosa cortante en mi vida tuviera buen gusto.

—Una madre previsora.

—Mucho. Murió convencida de que yo terminaría siendo sacerdote o estafador.

—Eligió una profesión intermedia.

Clara hizo un movimiento mínimo, casi una risa contenida.

Morrow la miró sin perder la sonrisa.

—La señorita Fenwick desaprueba el periodismo cuando se practica con demasiado éxito.

—Lo desapruebo cuando se practica con demasiada hambre —dijo ella.

—La diferencia, querida Clara, es que usted aún cree que la verdad alimenta.

Delacroix intervino antes de que la tensión se volviera demasiado visible.

—Usted nombró al asesino.

Morrow devolvió el abrecartas a la mesa.

—¿Nombré?

—El Cuchillo de la Niebla.

—Yo no maté a nadie con una metáfora.

Pembroke dijo:

—Nadie ha dicho eso.

—Pero monsieur Delacroix lo ha pensado de un modo muy elegante.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Los nombres no matan. Pero orientan.

—También ayudan a comprender.

—A veces ayudan a obedecer.

Morrow ladeó la cabeza.

—Qué idea tan sombría.

—La sombra pertenece a Londres. Yo solo la señalo.

El periodista apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.

—Escuche, monsieur Delacroix. La ciudad tenía tres muertos y ninguna explicación. Scotland Yard tenía tres expedientes y ninguna respuesta. Yo le di al público una forma de entender su miedo.

—Qué generoso.

—Necesario. El miedo informe es peor.

—¿Peor para quien lo siente o para quien intenta venderlo?

Morrow sonrió otra vez.

—Empiezo a comprender por qué lo llaman peligroso.

—Confío en que no lo impriman.

—¿No le gusta la notoriedad?

—La notoriedad es una criada indiscreta. Entra antes que uno y habla con quien no debe.

—Una frase excelente.

—No es publicable.

—Todo es publicable.

Delacroix miró hacia el despacho de Ashcombe.

El subeditor seguía observando desde la puerta. Tenía el rostro serio, ojeroso. En una mano sostenía la carpeta roja.

Morrow siguió la mirada.

—Ah, Henry. Nuestro severo guardián de las buenas costumbres. ¿Quiere unirse a esta pequeña ejecución?

Ashcombe avanzó lentamente.

—Si fuera una ejecución, Elias, habría menos público y más justicia.

—Siempre tan municipal.

Pembroke saludó con un gesto.

—Señor Ashcombe.

—Inspector.

Ashcombe miró a Delacroix.

—Monsieur Delacroix. He oído hablar de usted.

—Lamento el inconveniente.

—No siempre fue un inconveniente.

La frase tenía cortesía, pero también peso.

Delacroix lo registró.

Morrow también.

—Henry cree que los detectives son más respetables que los periodistas —dijo—. Yo le digo que eso depende del cadáver.

Ashcombe no le respondió.

Miró a Pembroke.

—Si han venido por filtraciones, les deseo suerte. Esta redacción recibe rumores de agentes, funcionarios, vecinos, médicos, criadas, cocheros, sepultureros, borrachos y hombres que jamás han visto nada pero saben contarlo con convicción. Londres entera filtra cuando tiene miedo.

—Y algunos filtran mejor que otros —dijo Delacroix.

Ashcombe aceptó la observación.

—Sí.

Morrow se apoyó contra su mesa.

—Esta conversación empieza a parecer una acusación que ha perdido el valor de pronunciar su apellido.

—Nadie lo acusa, señor Morrow —dijo Pembroke.