Capítulo 9 — El prestamista y sus deudores #2
—¿Por qué?
—Porque si una matara a cada hombre que merece morir, no le quedarían fuerzas para hacer la cena.
Pembroke bajó la mirada para ocultar una reacción.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Una respuesta razonable.
—Además —añadió ella—, yo quería mi medallón. Muerto, Frost no puede devolver nada.
—A veces los muertos devuelven más de lo que dieron en vida —dijo Delacroix.
—Pues este todavía no empezó.
La señora Larkin fue escoltada fuera con menos autoridad de la que había usado para entrar. Antes de salir, miró el escaparate.
—No era un hombre —dijo—. Era una puerta cerrada.
Luego se marchó.
Durante un rato nadie habló.
La tienda pareció más llena después de ella. Como si todos los objetos hubieran recordado de pronto que no eran mercancía, sino pérdidas con etiqueta.
Pembroke cerró su cuaderno.
—Podríamos llenar páginas enteras con personas como ella.
—Lo sé.
—Eso vuelve a Frost una víctima difícil.
—No. Lo vuelve una víctima conveniente.
Crowe levantó los ojos.
—¿Conveniente?
Delacroix se volvió hacia él.
—Cuando un hombre es odiado por demasiados, su muerte no apunta en una dirección. Se expande.
—¿Y eso ayuda al asesino?
—Si el asesino necesita confusión, sí.
Pembroke caminó hacia la trastienda.
—Frost salió a las diez y cuarto. Según Crowe, dijo que tenía una cita.
—Yo no dije exactamente cita —corrigió Crowe.
—Dijo que “iba a ver a un hombre por un asunto rentable”.
—Eso era casi todo para el señor Frost.
Delacroix miró al empleado.
—¿Usó la palabra hombre?
Crowe pensó.
—Sí.
—¿No cliente?
—No.
—¿No deudor?
—No.
—Hombre.
—Sí.
—¿Y rentable?
—Sí.
—¿Parecía contento?
Crowe se frotó las manos.
—Parecía Frost. En él, la felicidad siempre parecía un cálculo que salía a favor.
—¿Llevaba algo?
—Su bastón. El abrigo. El sombrero. Un sobre, creo.
Pembroke levantó la vista.
—No mencionó un sobre.
—No estaba seguro.
—¿Ahora sí?
—No. Pero creo que sí. Marrón. Delgado.
—¿Lo encontraron? —preguntó Delacroix.
Pembroke negó.
—No había sobre entre sus pertenencias.
—Entonces quizá era rentable para alguien más.
Crowe se puso pálido otra vez.
—No quiero problemas.
Delacroix lo observó.
—Señor Crowe, trabaja en una casa de empeños cuyo dueño ha sido asesinado, ha admitido que lo odiaba a ratos, acaba de recordar un sobre que no figura en el inventario y conoce a suficientes personas desesperadas como para llenar una sala de tribunal. Los problemas han llegado antes que su deseo.
Crowe tragó saliva.
—No sé nada más.
—Todavía.
—De verdad.
—Eso no lo dudo. La memoria es una oficina perezosa. Suele abrir después de que uno se ha ido.
Pembroke entregó una tarjeta al empleado.
—Si recuerda algo, avise.
Crowe la tomó como si pesara demasiado.
—¿Van a encontrar al que lo hizo?
La pregunta, en su boca, no tenía dolor.
Tenía miedo.
Delacroix lo notó.
—¿Quiere que lo encontremos?
Crowe miró hacia la caja fuerte.
—Quiero saber si mataron al señor Frost por ser el señor Frost o por estar en el camino de algo peor.
Pembroke pareció sorprendido por la lucidez de la frase.
Delacroix no.
Los hombres que pasan años cerca de la codicia aprenden a oler cuando una transacción no está completa.
—Una pregunta excelente —dijo.
—No me consuela.
—Las buenas preguntas rara vez tienen modales.
Salieron de la tienda poco después.
La niebla todavía no había bajado del todo, pero la luz empezaba a perder confianza. En la puerta, el cartel de cierre golpeaba suavemente contra el cristal cada vez que una corriente de aire se colaba por el marco.
Pembroke se puso los guantes.
—Frost habló con Morrow hace meses.
—Sí.
—Puede no significar nada.
—Está desarrollando una admirable afición por esa frase.
—Porque en esta investigación todo parece significar algo hasta que deja de hacerlo.
Delacroix miró la calle donde Frost había sido encontrado.
—Eso ocurre cuando un crimen tiene demasiadas entradas.
—¿Y Frost?
—Frost es una casa con demasiadas puertas abiertas.
—¿Entonces?
—Entonces conviene preguntar quién eligió esa casa precisamente por eso.
Caminaron hacia la esquina.
Un grupo de curiosos se había formado frente al lugar donde el prestamista había muerto.
Un hombre contaba algo a otros dos, gesticulando con entusiasmo.
Probablemente no había visto nada. Eso no le impedía mejorar el relato.
Una mujer señaló el suelo. Un niño intentó acercarse y fue apartado por su madre.
La muerte de Frost no había provocado compasión.
Había provocado discusión.
Delacroix observó a los curiosos.
—Mire —dijo.
—¿Qué?
—Pritchard dejó miedo. Beatrice dejó tristeza. Frost deja opiniones.
Pembroke siguió su mirada.
—¿Y eso importa?
—Mucho. Una ciudad que opina sobre un muerto se olvida de preguntarse por qué murió.
Un vendedor de periódicos apareció al final de la calle.
—¡Nuevas sospechas en el caso Frost! ¡El Cuchillo de la Niebla o venganza de deudores! ¡El Herald trae todos los detalles!
Pembroke cerró los ojos.
—Ya lo han convertido en debate.
—No. Lo han devuelto a su función.
—¿Cuál?
Delacroix tomó un ejemplar del muchacho y pagó.
El titular era más pequeño que en días anteriores, pero más hábil.
EL PRESTAMISTA MUERTO: ¿JUSTICIA, VENGANZA O EL CUCHILLO?
Debajo, Elias Morrow planteaba con elegancia la pregunta que la ciudad ya quería hacerse: si Gideon Frost era una víctima como las otras o si, en su caso, Londres debía permitirse una secreta indiferencia.
Delacroix leyó unas líneas.
Luego dobló el periódico.
—Frost era perfecto —dijo.
Pembroke lo miró.
—¿Para morir?
—No. Para dividir a los vivos.
La frase quedó entre los dos.
A su alrededor, Londres seguía mirando la puerta cerrada de la casa de empeños como se mira un animal muerto que quizá mordió a demasiadas personas mientras estuvo vivo.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Pembroke.
Delacroix miró el periódico.
Luego la tienda.
Luego la calle.
—Ahora, inspector, quiero conocer al hombre que logra que cada cadáver diga exactamente lo que Londres está dispuesta a escuchar.
Pembroke no necesitó preguntar el nombre.
Ambos pensaron en Elias Morrow.
Y, por primera vez, el periodista dejó de parecer una molestia alrededor del caso.
Empezó a parecer parte de su arquitectura.