Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 9 — El prestamista y sus deudores
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Capítulo 9 — El prestamista y sus deudores

La casa de empeños de Gideon Frost era un museo de derrotas pequeñas.

Delacroix lo pensó apenas cruzó la puerta.

En los estantes había relojes detenidos, cuberterías incompletas, bastones con empuñaduras de plata, anillos de compromiso que ya no prometían nada, biblias familiares con nombres escritos en la primera página, medallones, gemelos, instrumentos musicales, abrigos de buena tela envejecidos por la necesidad y una hilera de objetos que no parecían haber sido vendidos, sino arrancados a la vida de alguien con una educación desagradable.

Todo tenía etiqueta.

Todo tenía precio.

Eso era lo más triste.

La miseria, cuando entra en una tienda, aprende deprisa a escribirse con números.

Pembroke permaneció junto a la puerta, hablando con un agente.

Delacroix avanzó despacio entre los mostradores.

El cristal estaba limpio, aunque uno de los bordes conservaba la marca de unos dedos.

En la pared del fondo había una caja fuerte.

Sobre el mostrador principal, una campanilla de bronce, un tintero seco y un libro de cuentas cerrado con una correa.

El lugar no olía a muerte.

Olía a polvo, metal viejo, humedad de lana y codicia administrada.

—Frost llevaba esa tienda como si fuese una iglesia —dijo Pembroke, acercándose.

—¿Adoraba algo en particular?

—El interés compuesto.

—Un dios severo.

Un hombrecillo de hombros estrechos y bigote ralo apareció desde la trastienda. Llevaba un chaleco marrón, gafas redondas y una expresión de disculpa permanente. Se frotaba las manos con tal constancia que parecía intentar borrarse los dedos.

—Señor inspector —dijo.

—Señor Crowe.

—No sabía que vendría otra vez.

—Tampoco yo.

Abel Crowe miró a Delacroix.

—¿Otro inspector?

—Algo peor —dijo Delacroix—. Un curioso con permiso.

Crowe no supo si sonreír.

Decidió no arriesgarse.

Pembroke explicó:

—El señor Crowe era empleado de Frost. Llevaba aquí doce años.

—Once y ocho meses —corrigió Crowe.

—Casi doce.

—Casi es lo que el señor Frost descontaba del salario cuando uno llegaba tarde.

La frase escapó de él antes de que pudiera vigilarla. Crowe se puso rojo.

—Perdón. No quise…

—Sí quiso —dijo Delacroix—. Solo que no pretendía hacerlo en voz alta.

Crowe bajó la mirada.

—El señor Frost era exigente.

—Una palabra amplia —dijo Pembroke.

—Era justo en sus cuentas.

—¿Y en lo demás?

El empleado hizo un gesto pequeño, casi invisible.

—No le interesaba lo demás.

Delacroix se detuvo ante un estante donde descansaban tres relojes de bolsillo. Uno tenía las iniciales de su antiguo dueño grabadas en la tapa. Las letras habían sido pulidas por años de uso, como si un pulgar las hubiera acariciado muchas veces antes de perder el derecho a hacerlo.

—¿Quién odiaba al señor Frost? —preguntó.

Crowe soltó una risa nerviosa.

Luego comprendió que la pregunta era seria.

—No sabría decir.

—Inténtelo.

—Clientes.

—Eso es una categoría, no una respuesta.

—Deudores.

—Otra categoría.

—Familiares de clientes. Esposas. Hijos. Hombres que habían perdido algo y venían después a culpar al señor Frost por haberlo aceptado.

—¿Y empleados?

Crowe abrió la boca.

La cerró.

Pembroke dijo:

—No está acusado de nada, señor Crowe.

—Eso suelen decir antes de acusar.

Delacroix lo miró con simpatía leve.

—En realidad, suelen decirlo después de haber decidido acusar. En su caso, todavía disfrutamos de cierta libertad.

Crowe parpadeó.

—No maté al señor Frost.

—No se lo he preguntado.

—Pero iba a hacerlo.

—Quizá. Aunque, si todos los hombres que dijeron “no lo maté” antes de tiempo fueran culpables, la justicia sería mucho más sencilla.

Crowe se frotó las manos con más fuerza.

—Yo necesitaba el empleo.

—Eso no impide odiar al empleador.

—No.

—¿Lo odiaba?

El hombre miró hacia la caja fuerte.

Luego hacia el libro de cuentas.

Luego hacia la puerta, como si Frost pudiera regresar de pronto con una factura en la mano.

—A ratos —dijo al fin.

Fue una respuesta modesta y, por eso, creíble.

—¿Solo a ratos? —preguntó Delacroix.

—Uno se cansa de odiar todo el día. Hay que atender clientes.

Pembroke escribió algo en su cuaderno.

Delacroix señaló el libro de cuentas.

—¿Puedo?

Crowe dudó.

—El señor Frost no dejaba que nadie…

Se detuvo.

La muerte, entre otras cosas, vuelve ridículas algunas obediencias.

—Sí —dijo—. Supongo que sí.

Delacroix abrió el libro.

La caligrafía era minuciosa, inclinada, sin belleza. Nombres, fechas, objetos, cantidades, vencimientos, intereses. Un inventario de urgencias ajenas. Algunas líneas tenían marcas rojas. Otras, iniciales. Algunas, una cruz.

—¿Qué significa la cruz?

Crowe se acercó.

—Objeto perdido definitivamente. Vendido o trasladado.

—¿Trasladado?

—El señor Frost tenía otros compradores. Privados.

—¿Compradores de qué?

—De piezas buenas. Joyas, relojes, plata. Cosas con historia.

—La historia encarece lo que la necesidad abarata —dijo Delacroix.

Crowe lo miró sin entender del todo, pero con la sensación de que aquello era injusto para alguien.

—¿Frost chantajeaba? —preguntó Pembroke.

Crowe palideció.

—No.

—Ha respondido deprisa.

—Porque no.

Delacroix pasó una página.

—El chantaje es una palabra desagradable. Probemos otra. ¿Frost sabía cosas?

Crowe tragó saliva.

—Todos los prestamistas saben cosas.

—¿Y las usaba?

—A veces.

—¿Para cobrar?

—Para cobrar, para negociar, para obtener mejores precios, para evitar problemas. El señor Frost decía que una deuda no es solo dinero. Es información sobre cuándo una persona se quedó sin opciones.

Pembroke hizo una mueca.

—Un filósofo.

—No —dijo Crowe—. Un hombre horrible con buena memoria.

Delacroix encontró varias entradas señaladas con una pequeña letra M en el margen.

—¿Qué significa esto?

Crowe se inclinó.

—Mediación.

—Explíquese.

—Algunos objetos no pasaban directamente a venta. Había intermediarios. Personas que sabían dónde colocar una pieza sin preguntas.

—¿Nombres?

—No siempre.

—¿Y esta M?

Crowe ajustó las gafas.

—No es un nombre. Es una categoría.

—¿Podría significar Morrow?

El empleado levantó la vista, sorprendido.

—¿El periodista?

Pembroke también miró a Delacroix.

—¿Lo conoce? —preguntó el inspector.

—Como todo el mundo. Escribe sobre el Cuchillo.

—¿Venía aquí?

Crowe dudó.

Dudó lo bastante.

—Una vez.

Pembroke se enderezó.

—¿Cuándo?

—Hace meses. Quizá más. No lo sé.

—¿A ver a Frost?

—Sí.

—¿Por qué?

—No escuché toda la conversación.

Delacroix cerró el libro con suavidad.

—Entonces escuchemos la parte que sí escuchó.

Crowe se humedeció los labios.

—Preguntaba por un reloj.

—¿Un reloj empeñado?

—Creo que sí. O por la persona que lo había empeñado. El señor Frost le dijo que la discreción tenía precio. Morrow se rió. Dijo que la discreción siempre tenía precio y que por eso nadie debía confundirla con virtud.

Pembroke anotó.

—¿Discutieron?

—No. El señor Frost parecía… entretenido.

—¿Entretenido?

—Le gustaban los hombres que creían poder engañarlo. Decía que eran más caros.

Delacroix caminó hasta el escaparate.

La calle se veía deformada a través del cristal. Una mujer pasó con la cabeza baja. Dos hombres discutían bajo un paraguas. Un vendedor de periódicos se detuvo en la esquina y luego siguió adelante.

—¿Morrow volvió?

Crowe negó.

—No que yo viera.

—¿Y Frost habló de él después?

—Una vez.

—¿Qué dijo?

Crowe bajó la voz, aunque no había nadie más en la tienda.

—Que los periodistas y los prestamistas se parecían.

—¿En qué?

—En que ambos vivían de lo que otros necesitaban ocultar.

Delacroix no sonrió.

Pero la frase quedó guardada.

Gideon Frost, pensó, quizá había sido un hombre despreciable. Eso no lo volvía tonto. Y los hombres despreciables suelen tener una intuición aguda para reconocer a los de su especie.

Un golpe en la puerta interrumpió la conversación.

El agente que permanecía afuera abrió apenas.

—Inspector, hay una mujer que insiste en entrar.

—Dígale que no es buen momento.

—Ya se lo dije.

—¿Y?

—Dijo que si la policía puede cerrar una tienda, también puede devolver lo que no es suyo.

Antes de que Pembroke respondiera, una mujer menuda, de unos cincuenta años, se coló bajo el brazo del agente con una decisión que no correspondía a su tamaño. Llevaba un abrigo negro muy gastado y un sombrero torcido por la lluvia. En una mano sujetaba un papel arrugado.

—Quiero mi medallón —dijo.

Crowe se puso rígido.

—Señora Larkin…

—No me hable usted, señor Crowe. Usted miraba mientras ese buitre me cobraba intereses por recordar a mi hija.

Pembroke se interpuso.

—Señora, estamos en medio de una investigación.

—Mi medallón también.

Delacroix la observó con interés.

La señora Larkin no parecía histérica. Parecía algo mucho más poderoso: una persona que ha repetido la misma injusticia tantas veces en su cabeza que ya la pronuncia sin temblar.

—¿Qué medallón? —preguntó Delacroix.

Ella le mostró el papel.

—De plata. Con un mechón de pelo. Era de mi niña. Lo empeñé cuando mi marido enfermó. Iba a recuperarlo. Frost subió el interés. Luego dijo que el plazo había pasado. Luego dijo que quizá podía hacer una excepción si yo aceptaba limpiar aquí tres noches por semana. Viejo cerdo.

Crowe murmuró:

—El contrato era claro.

La señora Larkin giró hacia él.

—También las tumbas tienen nombres claros y no por eso una las visita con gusto.

Crowe se calló.

Delacroix tomó el recibo.

—¿El medallón sigue aquí?

Crowe dudó.

—No lo sé.

—Doce años en la tienda y no sabe dónde están las cosas.

—El señor Frost se ocupaba de las piezas delicadas.

—Una palabra amplia —repitió Delacroix, recordando a Pembroke.

La señora Larkin miró a la caja fuerte.

—Si está ahí, quiero verlo.

Pembroke negó.

—No podemos abrir nada sin autorización.

—El muerto no va a quejarse.

—La ley sí.

—La ley siempre tiene más tiempo que los pobres.

La frase cayó con una precisión que ni Morrow habría mejorado.

Delacroix devolvió el recibo.

—¿Odiaba usted al señor Frost?

La mujer lo miró sin miedo.

—Sí.

—¿Lo suficiente para matarlo?

—No.