Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 8 — La muchacha del teatro #2
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Capítulo 8 — La muchacha del teatro #2

—Sí, hablé con él. Después de lo de Beatrice. Fue muy atento.

—¿Le habló de la falda azul? —preguntó Delacroix.

La actriz parpadeó.

—¿La falda?

—La que Beatrice arreglaba la noche en que murió.

—Puede ser. Estaba muy afectada. Una dice muchas cosas cuando está afectada.

La señora Garland soltó un ruido breve.

—Usted estaba encantada de tener prensa gratis.

Lavinia se irguió.

—Eso es cruel.

—No tanto como cierto.

—Beatrice me apreciaba.

—Beatrice apreciaba que usted pagara los arreglos a tiempo, cosa que no siempre hacía.

Nell bajó la cabeza.

Pembroke intervino con rapidez:

—Por favor.

Delacroix no apartó los ojos de Lavinia.

—¿Morrow le preguntó por detalles de esa noche?

—Sí. Quería reconstruir sus últimas horas. Dijo que el público necesitaba conocer a Beatrice.

—Qué generoso por parte del público.

Lavinia frunció apenas el ceño.

—Él parecía sincero.

—La sinceridad es una de las mejores herramientas de los insinceros.

La actriz decidió no entender.

—Le dije que Beatrice había estado con la falda azul. Nada más. Si él escribió una cinta, supongo que necesitaba algún detalle bonito.

—Bonito —repitió Nell.

Lavinia pareció comprender tarde lo que había dicho.

—No quise decir…

—Sí quiso —dijo Nell—. Solo que no quiso oírse.

El silencio que siguió fue incómodo y justo.

Delacroix dio un paso hacia la mesa.

—Señorita Rowe, ¿Morrow estuvo aquí antes de la muerte de Beatrice?

—No que yo recuerde.

—¿Segura?

—No.

—Aprecio la honestidad.

—Recibimos a mucha gente. Representantes, proveedores, hombres que creen que una actriz desea oír cumplidos antes de cenar. Periodistas también, a veces. No podría jurar nada.

—¿Beatrice lo conocía?

Lavinia se encogió de hombros.

—Beatrice conocía a quien necesitaba conocer para trabajar. No era tonta.

Nell levantó la cabeza.

—No lo conocía.

Todos la miraron.

—¿Está segura? —preguntó Pembroke.

—Me hablaba de la gente que la irritaba. Si hubiera conocido a un periodista elegante, me lo habría contado para burlarse de él.

La señora Garland asintió.

—Eso sí es verdad.

Delacroix casi sonrió.

Cada muerto recuperaba una forma pequeña cuando alguien recordaba sus burlas.

—Gracias —dijo.

Lavinia pareció sentirse excluida de una escena que había empezado como propia.

—¿Eso es todo?

—Por ahora —respondió Pembroke.

—Si puedo ayudar…

—Ya ha ayudado —dijo Delacroix.

La actriz no supo si aquello era un cumplido.

Se retiró con dignidad suficiente para llegar hasta el pasillo.

Cuando se fue, la señora Garland murmuró:

—No la juzguen demasiado. Es idiota, no mala. Hay diferencia, aunque a veces dé el mismo trabajo.

Nell se secó una lágrima que parecía haberla sorprendido.

—Beatrice decía que Lavinia era una tragedia con espejo.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Su hermana tenía talento.

—Para insultar, sí.

—Es una forma legítima de literatura.

Por primera vez, Nell sonrió.

Fue una sonrisa mínima.

Suficiente.

Una voz masculina resonó desde la entrada del teatro.

—¿Señora Garland?

Pembroke giró.

Un empleado joven apareció en la puerta de la sala de costura.

—Hay una señorita de un periódico. Dice que tiene permiso para hablar con Nell.

Nell se tensó.

La señora Garland puso cara de ir a cometer una grosería necesaria.

—Dile que se vaya al infierno y que lleve sombrero, por si llueve.

—Es Clara Fenwick —dijo el muchacho—. No es del Herald.

Delacroix levantó la mirada.

El nombre le resultaba conocido por los recortes menores que había revisado. Notas discretas. Menos brillo. Menos veneno. Mejor oído.

—Que pase —dijo Nell, antes de que nadie pudiera protegerla de su propia decisión.

Clara Fenwick entró unos segundos después.

Llevaba el abrigo húmedo, un cuaderno en la mano y un gesto preparado para disculparse antes de pedir nada. Al ver a Pembroke, se detuvo. Al ver a Delacroix, se detuvo un poco más.

—Inspector.

—Señorita Fenwick.

—No sabía que estaba aquí. No quería interferir.

—Eso la distingue de la mayoría de sus colegas —dijo Delacroix.

Clara lo miró.

—Y usted debe de ser el hombre que hace preguntas con permiso del inspector.

La señora Garland soltó una risa seca.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Veo que mi reputación avanza con modestia.

—En este teatro, nada avanza con modestia. Solo con mala iluminación.

Clara se volvió hacia Nell.

—No publicaré nada que usted no quiera ver publicado.

Nell la observó con desconfianza.

—Eso dijo otro.

Clara asintió.

—Y por eso no espero que me crea.

La respuesta fue buena.

No por ingeniosa.

Por honesta.

Delacroix la registró.

Clara abrió su cuaderno, pero no escribió.

—Solo quería confirmar algo. En el Herald mencionaron una cinta azul. ¿Existía?

Nell negó.

—No.

Clara cerró los ojos un instante, como si aquello confirmara una sospecha desagradable.

Pembroke se acercó.

—¿Por qué le interesa?

Clara dudó.

Miró a Delacroix.

Luego a Nell.

—Porque esa cinta aparece también en una versión temprana de la crónica que circuló por la redacción.

—¿Versión temprana? —preguntó Delacroix.

—Una prueba. Antes de la edición final.

—¿Y?

—En esa versión no decía que la cinta estaba cerca del cuerpo.

Silencio.

—¿Qué decía? —preguntó Pembroke.

Clara bajó la voz.

—Decía que la cinta había quedado “en el taller donde la muchacha pasó sus últimas horas”.

La señora Garland se quedó inmóvil.

Delacroix no.

Pero sus ojos cambiaron.

Apenas.

—Una corrección curiosa —dijo.

—Sí —respondió Clara.

—¿Quién la hizo?

Clara no respondió de inmediato.

La respuesta estaba en su silencio.

Pembroke dijo:

—Morrow.

Clara cerró el cuaderno.

—No puedo probarlo.

Delacroix miró la tela azul sobre la mesa.

Una cinta que estaba en el taller.

Luego una cinta junto al cuerpo.

Un detalle trasladado de un lugar a otro por conveniencia literaria.

No era un crimen.

Aún no.

Pero era una mano moviendo objetos dentro del relato.

—Señorita Fenwick —dijo Delacroix—, ¿sabe usted por qué un periodista cambia de lugar una cinta inexistente?

Clara sostuvo su mirada.

—Para que la muerte parezca mejor escrita.

Delacroix asintió.

—Exactamente.

Nell miró de uno a otro.

—¿Eso ayuda?

Delacroix volvió hacia ella con suavidad.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque los hombres que mienten por belleza suelen mentir después por necesidad.

La muchacha no pareció entender del todo.

Quizá no hacía falta.

En el teatro Marlowe, el piano desafinado volvió a sonar desde algún punto lejano. Esta vez fueron cuatro notas. Luego una pausa. Luego la repetición torpe de una melodía que no conseguía levantarse.

Delacroix miró hacia el pasillo.

—Inspector, creo que ya hemos aprendido algo de Beatrice Vane.

Pembroke guardó el cuaderno.

—¿Qué?

Delacroix tocó suavemente el recorte pegado al cartel, visible desde la sala a través de la puerta entreabierta.

—Que su muerte no fue solo utilizada después de ocurrir. Fue corregida.

Clara bajó la mirada.

La señora Garland tomó la tela azul y la dobló con brusca ternura.

Nell permaneció quieta, como si acabara de comprender que su hermana no había sido arrebatada una sola vez.

Primero le habían quitado la vida.

Luego le habían corregido la escena.

Y de algún modo, en Londres, lo segundo había circulado más rápido que lo primero.