Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 8 — La muchacha del teatro
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Capítulo 8 — La muchacha del teatro

El teatro Marlowe tenía la tristeza de los lugares que prometen brillo solo cuando se apagan las luces de la sala.

De día, sin música, sin aplausos y sin damas inclinándose hacia los palcos con abanicos en la mano, el edificio parecía una maquinaria avergonzada de sí misma.

Los carteles de la entrada, humedecidos por la niebla, anunciaban una comedia ligera que nadie se sentía ya con ánimo de ver.

Una bailarina sonreía desde el papel con una alegría desteñida.

A su lado, alguien había pegado un titular recortado del Herald:

LA MUCHACHA DEL TEATRO Y EL CUCHILLO DE LA NIEBLA

La frase había atraído miradas.

Alguien la había arrancado a medias.

El papel seguía allí, colgando como una piel mal retirada.

Delacroix se detuvo ante el cartel.

—La muchacha del teatro —leyó.

Pembroke siguió su mirada.

—Beatrice Vane.

—No. Esa es la diferencia.

—¿Qué diferencia?

Delacroix tocó con el bastón el recorte pegado.

—Beatrice Vane era una mujer. “La muchacha del teatro” es una propiedad pública.

Pembroke no respondió.

Había frases que no necesitaban respuesta porque ya habían conseguido incomodar de sobra.

Entraron por una puerta lateral.

Dentro, el Marlowe olía a polvo, madera vieja, maquillaje, humedad y telas guardadas demasiado tiempo.

En el vestíbulo, un hombre barría con una lentitud que parecía más protesta que trabajo.

Desde algún punto del interior llegó el sonido de un piano desafinado, tres notas repetidas y luego silencio.

Los teatros de día tienen algo de cadáver amable: uno sabe que volverán a moverse por la noche, pero mientras tanto resulta difícil no verles las costuras.

Una mujer corpulenta apareció desde un pasillo, con una cinta métrica colgada del cuello y un acerico sujeto a la manga.

Era la misma que Delacroix había visto cerca del pasaje donde murió Beatrice.

Llevaba el cabello recogido con horquillas impacientes y la expresión de quien no había nacido para dejar pasar tonterías sin peaje.

—Otra vez ustedes —dijo a Pembroke.

—Buenos días, señora Garland.

—No veo qué tienen de buenos.

—Es una fórmula.

—Pues cámbienla.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Haremos lo posible por merecer una menos ofensiva.

La mujer lo miró con desconfianza, pero sus ojos se suavizaron apenas al reconocerlo.

—Usted es el que preguntó cómo parecía Beatrice.

—Sí.

—¿Y ya lo sabe?

—Sé que no parecía una muñeca rota.

La señora Garland apretó los labios.

—Eso ya es más de lo que saben algunos.

Los condujo por un pasillo estrecho hasta una sala de costura.

Había vestidos colgados, retales, sombreros, plumas, botas de escenario, cajas de botones y un maniquí sin cabeza cubierto por una chaqueta militar a medio ajustar.

Varias sillas rodeaban una mesa larga donde descansaban tijeras, hilos y una taza de té olvidada junto a un dedal.

En una esquina, una joven de rostro pálido doblaba una tela azul con movimientos torpes.

No tendría más de veinte años. Quizá menos. Vestía de luto, pero de un luto prestado o improvisado, como si la muerte hubiera llegado antes que el dinero necesario para respetarla con elegancia.

—Nell —dijo la señora Garland—, estos son de la policía.

La joven levantó la mirada.

Pembroke dio un paso adelante con cuidado.

—Señorita Vane.

La muchacha sostuvo la tela contra el pecho.

—Ya hablé con ustedes.

—Lo sé. No queremos hacerle pasar otra vez por lo mismo.

—Eso dicen todos.

Delacroix notó que la frase se repetía en Londres con demasiada frecuencia.

No la culpa de la gente.

La culpa del cansancio.

—No soy policía —dijo.

Nell Vane lo miró con una mezcla de sospecha y alivio insuficiente.

—¿Periodista?

—Tampoco.

—Entonces ¿qué es?

Delacroix pensó un instante.

—Un hombre que intenta llegar tarde a la mentira.

La muchacha frunció el ceño.

—No entiendo.

—Yo tampoco siempre. Pero ayuda.

La señora Garland soltó una especie de bufido que pudo haber sido una risa breve.

Pembroke intervino:

—Monsieur Delacroix me ayuda a revisar algunos aspectos del caso de su hermana.

Nell bajó los ojos hacia la tela.

—No era actriz.

La frase salió de ella sin introducción, como si llevara días esperando la oportunidad de escapar.

—Lo sabemos —dijo Pembroke.

—No lo saben. Lo escriben mal. Lo dicen mal.

Todos. Beatrice trabajaba aquí porque sabía coser, arreglar cierres, hacer bajos, remendar mangas a toda prisa y soportar a señoras que creían que un vestido se ajustaba rezándole.

Pero no era actriz. Salió una vez, una sola vez, porque una chica se torció el tobillo y necesitaban a alguien en el fondo, con un cesto. Ni siquiera habló.

La señora Garland asintió con orgullo sombrío.

—Y lo hizo mejor que muchas que sí hablan.

Nell apretó más la tela.

—Ahora todos dicen “la muchacha del teatro”, como si hubiera vivido para que la miraran.

Delacroix observó la sala.

Los vestidos.

Las agujas.

Los dedos de Nell, llenos de pequeñas marcas.

—Hay personas —dijo— que solo miran una vida cuando ya pueden convertirla en escena.

Nell lo miró.

No sonrió.

Pero algo en su postura cedió un poco.

—Beatrice odiaría todo esto.

—¿La atención?

—La tontería. La atención quizá le habría gustado un poco.

La señora Garland hizo un sonido de acuerdo.

—Tenía vanidad. La justa. No como otros.

—¿Tenía miedo? —preguntó Delacroix.

La pregunta no fue brusca.

Aun así, la sala pareció encogerse.

Nell bajó la vista.

—Últimamente, sí.

—¿Del Cuchillo?

—No. Eso fue después.

—¿De qué entonces?

La muchacha miró a la señora Garland.

La mujer corpulenta respondió por ella:

—De volver sola. De los hombres que esperan cerca de las puertas. De los que creen que, porque una trabaja en un teatro, el cuerpo le pertenece un poco menos. De Londres. De lo de siempre.

Pembroke escribió una nota.

Delacroix no.

No quería que Nell sintiera que cada frase suya se convertía en expediente antes de terminar de salir de su boca.

—La noche de su muerte —dijo—, ¿Beatrice salió sola?

—Sí —respondió Nell.

—¿Era habitual?

—No siempre. A veces caminaba con otras. Esa noche quiso terminar un arreglo y se quedó más tarde.

La señora Garland se volvió hacia una mesa.

—La falda azul.

—¿Perdón? —dijo Pembroke.

La mujer señaló la tela que Nell sostenía.

—Estaba arreglando esto. Una falda de la señorita Lavinia Rowe. La estrella de nuestra humilde calamidad.

—Señora Garland —murmuró Nell.

—¿Qué? Es verdad. Si esa mujer tuviera menos voz y más puntualidad, Beatrice seguiría viva.

Nell cerró los ojos.

La frase había salido como salen ciertas culpas: buscando un culpable más manejable que la muerte.

Delacroix se acercó a la tela azul.

—¿Beatrice llevaba esto?

—No —dijo la señora Garland—. Lo estaba arreglando. Cortó un trozo de cinta, hizo un dobladillo, dejó el resto aquí.

—La prensa mencionó una cinta azul —dijo Pembroke.

La señora Garland se volvió lentamente.

—¿Qué?

Pembroke abrió su cuaderno.

—En una de las crónicas. Decía que “una cinta azul, quizá desprendida de algún traje, había quedado cerca del cuerpo, como último rastro de la muchacha del teatro”.

Nell palideció.

—Eso no es verdad.

Delacroix miró a Pembroke.

—¿Había una cinta?

—No en el informe.

La señora Garland dejó las tijeras sobre la mesa con demasiada fuerza.

—No había ninguna cinta. Yo fui a reconocer sus cosas. Lo que llevaba encima era suyo. Su bolso. Sus guantes. Una aguja rota en el bolsillo, porque jamás tiraba nada. Pero no había una cinta azul.

—¿Quién sabía lo de la falda? —preguntó Delacroix.

La señora Garland abrió la boca.

La cerró.

Nell respondió:

—Los de aquí.

—¿Alguien más?

—No sé.

—¿Algún periodista vino antes de que se publicara eso?

La señora Garland se cruzó de brazos.

—Vinieron después. Como ratas con sombrero.

—¿Morrow?

Nell miró a la mujer.

La señora Garland respondió:

—Sí. Él también.

—¿Habló con usted?

—Lo intentó.

—¿Y con alguien del teatro?

La mujer torció la boca.

—Con Lavinia, seguro. Esa mujer hablaría con un incendio si creyera que la ilumina bien.

Pembroke anotó el nombre.

—¿Lavinia Rowe?

—Actriz principal —dijo Nell, sin entusiasmo.

Delacroix observó la tela azul.

Una cinta inexistente había servido para escribir una escena.

No era una prueba.

Era algo más interesante: una mentira decorativa.

Las mentiras decorativas suelen parecer inofensivas. En realidad son una forma de ensayo. Un hombre que aprende a cambiar un detalle pequeño puede terminar cambiando la forma entera de una muerte.

En ese momento se oyó una voz desde el pasillo.

—Señora Garland, ¿ha visto mi chal verde? El bueno, no el que parece una cortina enferma.

La mujer corpulenta murmuró algo poco caritativo.

Una actriz apareció en la puerta.

Lavinia Rowe tenía la clase de belleza que exige testigos.

No era joven, aunque había aprendido a situarse en la luz como si la luz tuviera modales.

Llevaba una bata de seda algo gastada, el cabello recogido con intención y una mano apoyada en el marco de la puerta de una manera que habría sido natural en un escenario y absurda en cualquier otra parte.

Al ver a Pembroke, cambió de expresión.

—Inspector.

—Señorita Rowe.

—¿Hay novedades? ¿Han encontrado al monstruo?

La palabra monstruo hizo que Nell apretara la tela.

Delacroix observó a la actriz.

—Aún estamos decidiendo si Londres ha elegido bien el sustantivo.

Lavinia lo miró, interesada de inmediato por todo aquello que no comprendía del todo.

—¿Y usted es?

—Delacroix.

—Francés.

—A veces.

—Qué misterioso.

—Muy poco práctico, en realidad.

Lavinia sonrió.

La señora Garland puso los ojos en blanco.

Pembroke preguntó:

—Señorita Rowe, ¿habló usted con Elias Morrow?

La actriz se llevó una mano al pecho.

—He hablado con muchos periodistas, inspector. Una no siempre recuerda todos los nombres.

—Morrow escribe para el Herald.

—Ah. El elegante.

Nell murmuró:

—Todos son elegantes cuando quieren algo.

Lavinia la ignoró.