Capítulo 7 — La viuda de Pritchard #2
—Claro que no —dijo Pembroke—. No se preocupe.
Ella se preocupó igual.
El dolor tiene una facilidad cruel para convertir cualquier ignorancia en culpa.
Delacroix intervino:
—Señora Pritchard, si hubiera conservado la camisa, quizá nos habría servido de algo. Quizá no. Los objetos son menos generosos de lo que la gente cree. Su recuerdo, en cambio, ya nos ha servido.
La mujer respiró un poco mejor.
—¿De verdad?
—De verdad.
No explicó en qué.
A veces la gratitud necesita creer antes que comprender.
Pembroke pasó a otras preguntas: horarios, conocidos, hábitos, posibles cambios en el trabajo.
La señora Pritchard respondió con paciencia.
Samuel salía siempre a la misma hora, salvo cuando había cierre de cuentas.
No bebía. No jugaba. No tenía amantes, al menos ninguna que su esposa considerara plausible.
No guardaba secretos grandes. Secretos pequeños, quizá.
Todos los hombres guardan alguno para no sentirse completamente administrados por el matrimonio.
Delacroix escuchaba.
De vez en cuando miraba el periódico sobre la mesa.
La frase de Morrow seguía allí:
vida silenciosa.
Qué arrogancia, pensó.
Ninguna vida es silenciosa para quien duerme a su lado.
Cuando ya se disponían a marcharse, la señora Pritchard los acompañó hasta la puerta. Antes de abrir, se detuvo.
—Inspector.
—Sí.
—¿Fue rápido?
Pembroke tardó en responder.
Era una pregunta habitual.
Nunca era una pregunta sencilla.
—Sí —dijo.
No añadió nada.
La mujer asintió.
Luego miró a Delacroix.
—¿Usted cree que Samuel fue elegido?
Pembroke bajó ligeramente la cabeza.
La pregunta era más peligrosa de lo que parecía.
Delacroix sostuvo la mirada de la viuda.
—Creo que su marido fue usado.
Ella cerró los ojos un instante.
A veces la verdad duele menos que la incertidumbre, no porque sea más suave, sino porque al menos tiene bordes.
—¿Usado para qué?
Delacroix no respondió enseguida.
En la calle, un vendedor gritó algo sobre Scotland Yard. La voz llegó deformada por la distancia y la niebla.
—Para empezar una historia —dijo al fin.
La señora Pritchard abrió los ojos.
—¿Una historia?
—Una que Londres no ha dejado de leer desde entonces.
Ella miró el periódico sobre la mesa como si acabara de descubrir un insecto bajo el mantel.
—Entonces deje de leerla —dijo.
No fue una súplica.
Fue una orden.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Haré algo mejor, señora Pritchard.
—¿Qué?
—Intentaré leerla al revés.
Salieron.
La calle parecía más fría que antes.
Pembroke esperó a que estuvieran a cierta distancia antes de hablar.
—Hombre elegante. Olor a tinta.
—Sí.
—Puede no significar nada.
—Casi todo puede no significar nada.
—Y el muchacho de los periódicos.
—También.
—¿Quiere buscarlo?
—A su tiempo.
Pembroke se detuvo.
—¿Por qué no ahora?
Delacroix miró hacia el extremo de la calle, donde un niño corría con un paquete bajo el brazo.
—Porque si el muchacho es importante, alguien más podría recordarlo. Y si alguien más lo recuerda, tal vez alguien más quiera que no hable. Prefiero saber antes quién escucha nuestras preguntas.
Pembroke no respondió.
Siguieron caminando.
La niebla no era aún espesa, pero empezaba a colocarse entre las casas como una opinión insistente.
—Samuel Pritchard era el muerto perfecto para comenzar —dijo Delacroix.
—¿Perfecto?
—Común. Ordenado. Sin enemigos. Un hombre cuya muerte obliga a la ciudad a pensar que nadie está a salvo.
—¿Y Beatrice?
—Ella dará compasión.
—¿Frost?
—Frost dará confusión.
Pembroke se volvió hacia él.
—Está hablando como si alguien hubiera escogido sentimientos.
Delacroix no lo negó.
—Los periódicos lo hacen todos los días.
—Pero usted no cree que solo sean los periódicos.
Delacroix miró el ejemplar del Herald que Pembroke llevaba doblado bajo el brazo.
—Por ahora, Arthur, creo que hay un muerto que no era gris, una viuda que ha sido insultada con buena prosa y un hombre elegante que olía a tinta.
—¿Y eso basta?
—Para una acusación, no.
—¿Para qué entonces?
Delacroix siguió caminando.
—Para no aburrirnos.
Pembroke soltó una risa breve, involuntaria.
Era la primera desde la estación.
Duró poco.
Al doblar la esquina, encontraron a un vendedor de periódicos gritando el nombre del asesino con toda la fuerza de sus pulmones.
—¡El Cuchillo de la Niebla! ¡Scotland Yard promete nuevas medidas! ¡El Herald revela detalles exclusivos!
Delacroix se detuvo frente al muchacho.
No era pelirrojo.
—¿Vendéis siempre el Herald por aquí? —preguntó.
El niño lo miró con desconfianza profesional.
—Vendo lo que se compra, señor.
—Una filosofía muy londinense.
—¿Quiere uno?
Delacroix pagó.
El muchacho le tendió el periódico.
—Trae cosas nuevas.
—Eso dicen todos.
—Este sí.
—¿Por qué?
El niño señaló el titular con orgullo ajeno.
—Porque Morrow siempre sabe antes.
Delacroix miró a Pembroke.
Luego dobló el periódico con cuidado.
—Eso —dijo— es precisamente lo que empieza a preocuparme.
Siguieron andando.
Detrás de ellos, el muchacho volvió a gritar el nombre del asesino.
Y, por primera vez desde su llegada a Londres, Delacroix tuvo la impresión clara de que la ciudad no repetía un rumor.
Repetía una instrucción.