Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 7 — La viuda de Pritchard
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Capítulo 7 — La viuda de Pritchard

La casa de Samuel Pritchard no parecía preparada para haber pertenecido a un muerto célebre.

Era pequeña, estrecha, limpia con una obstinación casi dolorosa.

Había una mesa redonda con dos sillas, un aparador modesto, una lámpara de pantalla amarillenta y una repisa donde tres figurillas de porcelana miraban hacia la habitación con una serenidad estúpida.

Junto a la ventana, una planta inclinaba sus hojas hacia la luz gris como si no hubiera comprendido aún que Londres no tenía demasiada para ofrecer.

Todo estaba en orden.

Demasiado en orden.

Delacroix conocía ese tipo de orden. Era el orden que dejan algunas personas cuando ya no saben qué hacer con las manos.

Se limpia la mesa. Se endereza una silla.

Se coloca una taza en el sitio exacto. Se dobla un paño.

Se repite el gesto porque el gesto no devuelve a nadie, pero al menos impide pensar durante unos segundos en lo que falta.

La señora Edith Pritchard los recibió vestida de negro.

No era una mujer anciana, aunque el luto la había empujado varios años hacia delante.

Tendría poco más de treinta y cinco, quizá treinta y ocho.

El rostro delgado, la boca apretada, las manos unidas sobre el regazo como dos animales pequeños que se dieran calor entre sí.

No lloraba. Eso también lo conocía Delacroix.

Hay lágrimas que se agotan deprisa, no porque el dolor sea menor, sino porque el cuerpo comprende que necesitará agua para seguir viviendo.

Pembroke hizo las presentaciones con delicadeza.

—Señora Pritchard, este es monsieur Armand Delacroix. Colabora conmigo en ciertos aspectos de la investigación.

Ella miró a Delacroix.

—¿Es policía?

—No.

—¿Periodista?

—Tampoco.

La respuesta pareció aliviarla más que cualquier credencial.

—Entonces pase.

Ya estaban dentro, pero nadie corrigió la frase. A veces el verdadero umbral de una casa no es la puerta, sino la desconfianza.

Pembroke permaneció de pie al principio. Delacroix esperó a que la mujer señalara las sillas. Lo hizo después de unos segundos, con un gesto mínimo, casi avergonzado.

—No tengo té preparado —dijo ella.

—No hemos venido por té —respondió Pembroke.

—Los periodistas sí.

La frase no tuvo énfasis. Eso la volvió más amarga.

Delacroix se sentó frente a ella.

—¿Han venido muchos?

—Demasiados.

—¿Morrow?

La mujer no reconoció el nombre de inmediato, o fingió no hacerlo. Luego su boca se endureció.

—Uno elegante. Muy educado. Eso a veces es peor.

Pembroke anotó mentalmente el dato.

—¿Habló con usted?

—Quiso.

—¿Y lo hizo?

—Le cerré la puerta.

Delacroix observó la habitación.

—¿Y aun así escribió sobre su marido?

La señora Pritchard bajó la vista.

—Escribió sobre un hombre que no era mi marido.

Silencio.

En la calle, alguien gritó a un caballo. Las ruedas de un carro pasaron lentamente, aplastando agua contra el empedrado. La vida seguía afuera con la indecencia tranquila de las cosas que no han perdido a nadie.

—¿Qué escribió? —preguntó Delacroix.

Ella se levantó, fue hasta el aparador y sacó un periódico doblado. No lo tomó con rabia, sino con cuidado, como si el papel pudiera manchar más de lo que ya había manchado. Lo dejó sobre la mesa.

The London Herald.

Delacroix reconoció la firma de Morrow antes de leer la primera línea.

La viuda señaló un párrafo.

—Ahí.

Delacroix leyó.

Samuel Pritchard, hombre de costumbres grises y vida silenciosa, salió aquella noche sin saber que la niebla ya había escrito su nombre entre los condenados de Londres.

La prosa era buena.

Eso la hacía más indecente.

—Samuel no era gris —dijo la mujer.

Nadie respondió.

—No era importante, si eso es lo que quiso decir.

No era rico. No era brillante. No era un hombre de esos que entran en una sala y todos se vuelven.

Pero no era gris. Tenía sus cosas. Guardaba entradas viejas de conciertos a los que no podíamos volver.

Cortaba las tostadas en diagonal porque decía que así parecían más caras.

Le hablaba a esa planta como si fuera una tía enferma.

—La mujer señaló la maceta junto a la ventana—.

Y nunca salía sin comprobar tres veces si llevaba la llave, aunque en doce años no la olvidó ni una sola vez.

Delacroix escuchó sin moverse.

Pembroke bajó la mirada hacia su cuaderno, pero no escribió.

La señora Pritchard tragó saliva.

—Eso no cabe en un periódico, supongo.

—Cabe —dijo Delacroix—. Pero no vende miedo.

La mujer lo miró.

Por primera vez, pareció verlo de verdad.

—¿Usted cree que a la gente le gusta tener miedo?

—Creo que a la gente le gusta sentir que conoce la forma de su miedo. Es menos humillante.

Ella pensó en eso.

Luego volvió a sentarse.

—Samuel tenía miedo de muchas cosas pequeñas. De enfermar. De perder el trabajo. De que subiera el alquiler. De que yo caminara sola cuando oscurecía. Pero no era cobarde. Iba igual a trabajar. Todos los días. Hiciera frío, lloviera o estuviera enfermo.

Pembroke preguntó con suavidad:

—La noche en que murió, ¿notó algo distinto?

—No al salir. Sí antes.

—¿Antes?

—Durante la cena. Estaba callado.

—¿Por algún motivo?

La señora Pritchard juntó más las manos.

—Había leído algo.

Delacroix no apartó los ojos de ella.

—¿Un periódico?

—Sí. El de la tarde. No recuerdo cuál. Últimamente todos decían lo mismo con palabras distintas.

—Pero su marido fue la primera víctima atribuida al Cuchillo de la Niebla —dijo Pembroke.

—No hablo del Cuchillo. Todavía no. Hablo de otra cosa.

Pembroke frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—Un robo. O una agresión. No sé. Una mujer atacada cerca de una estación, creo. El periódico decía que la policía recomendaba evitar ciertas calles.

Pembroke miró a Delacroix.

La señora Pritchard siguió:

—Samuel empezó a preocuparse por las rutas. Decía que Londres estaba llena de sitios donde uno desaparecía un momento y nadie sabía decir después por qué no había vuelto a aparecer.

La frase pudo haber sido de Samuel.

O del periódico.

O de ambos.

Delacroix preguntó:

—¿Cambió su camino por eso?

—A veces. No siempre. Detestaba las calles llenas, pero también empezó a detestar las vacías. Decía que Londres no dejaba buenas opciones, solo opciones distintas.

—La noche en que murió no tomó el camino más corto —dijo Pembroke.

—Lo sé.

—¿Sabe por qué?

Ella negó despacio.

—Quizá por los carros.

—¿Qué carros?

—Los de reparto. Cerca de la estación, a veces, a esa hora, había mucho movimiento. Paquetes, periódicos, mercancías. Samuel decía que algunos muchachos corrían como si la ciudad se terminara en diez minutos.

Delacroix bajó la mirada hacia el periódico doblado.

—¿Traía el periódico a casa?

—Casi siempre.

—¿Dónde lo compraba?

—A un muchacho. No sé su nombre. Delgado. Pelirrojo, creo. Samuel decía que le gritaba los titulares antes de que pudiera decidir si quería leerlos.

Pembroke anotó esta vez.

—¿Siempre el mismo?

—Muchas noches. Cerca de la estación. Samuel tenía costumbres. Si una cosa le funcionaba una vez, la repetía hasta que dejara de funcionar o hasta que yo me burlara de él.

Una sombra de sonrisa le cruzó la cara.

Fue breve.

Dolió más que el llanto.

Delacroix no la interrumpió.

La casa tenía pequeños restos de Samuel Pritchard por todas partes.

Un sombrero en una percha. Un libro con una cinta marcando una página.

Un par de guantes remendados con hilo más oscuro que la tela.

Una pipa limpia, aunque no del todo vacía de olor.

En una esquina, una caja de madera contenía recibos, papeles domésticos y sobres atados con cuerda.

La vida ordenada de un hombre que nunca imaginó que otros ordenarían su muerte en columnas.

—¿Tenía enemigos? —preguntó Pembroke, aunque ambos sabían la respuesta del expediente.

La señora Pritchard negó.

—No de esos que matan.

—¿Y de los otros?

Ella miró hacia la ventana.

—Todos tenemos enemigos pequeños, inspector. Gente que no nos saluda. Un jefe que nos humilla. Un vecino que se queja. Un comerciante que nos cobra de más. Pero si los enemigos pequeños mataran, Londres estaría vacía desde hace años.

Delacroix se permitió una mínima inclinación de cabeza.

—Una observación excelente.

—No es excelente. Es cansancio.

—Las mejores observaciones suelen venir de ahí.

Pembroke preguntó:

—¿Su marido había recibido cartas extrañas? ¿Amenazas? ¿Algún aviso?

—No.

—¿Habló de alguien que lo siguiera?

—No.

—¿De un desconocido?

—No.

La mujer dudó.

Delacroix lo notó.

No se inclinó hacia ella. No cambió la voz. Las dudas, como los animales tímidos, huyen cuando se las llama demasiado fuerte.

—¿Hay algo más? —preguntó al fin.

—No sé si importa.

—Eso suele significar que importa.

Ella miró hacia el aparador.

—El día anterior a su muerte, Samuel se enfadó con un hombre.

Pembroke se enderezó.

—¿Dónde?

—Aquí cerca. Al volver del trabajo.

—¿Qué hombre?

—No lo sé. No lo vio bien. Me dijo que alguien lo había empujado al pasar y luego se había quejado, como si la culpa fuera de Samuel. Una tontería. Pero Samuel llegó nervioso.

—¿Cómo describió al hombre?

—Elegante. Eso dijo. No rico, no exactamente. Elegante. Con prisa. Y olía a tinta.

Pembroke miró a Delacroix.

La señora Pritchard se apresuró a añadir:

—Pero puede que lo dijera porque tenía un periódico en la mano. O porque venía de algún taller. Londres huele a mil cosas horribles. No quiero inventar nada.

Delacroix asintió.

—No está inventando. Está recordando con cuidado. Es mucho más raro.

—Samuel dijo que el hombre le manchó el puño.

—¿Con tinta?

—Eso creyó. Se quejó porque yo acababa de lavarle la camisa. —La mujer se detuvo—. Qué estupidez recordar eso ahora.

—No —dijo Delacroix—. Las estupideces son la forma que tienen los días importantes de disfrazarse cuando todavía parecen días normales.

Pembroke escribió:

Hombre elegante. Olor a tinta. Puño manchado.

—¿Conserva la camisa? —preguntó.

La señora Pritchard parpadeó.

—No. La lavé.

—Por supuesto.

—No sabía que…