Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 6 — La herida limpia #2
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Capítulo 6 — La herida limpia #2

—La prensa insiste en que buscamos a alguien con conocimiento del cuerpo.

—La prensa insiste en muchas cosas porque necesita escribir todos los días aunque la verdad sea perezosa.

Delacroix tomó una de las láminas.

—Una hoja que podría estar en un maletín médico.

—Sí.

—O en un escritorio.

Harcourt no respondió de inmediato.

Luego dijo:

—También.

Pembroke miró a Delacroix.

—¿Un escritorio?

Delacroix dejó la lámina sobre la mesa.

—Hay abrecartas más ambiciosos que algunos cuchillos.

—Un abrecartas no siempre tendría suficiente resistencia —dijo Harcourt.

—No todos. Algunos sí.

—¿Piensa en alguien que mate desde un escritorio?

—Pienso en una ciudad que está siendo asesinada en los periódicos y en tres personas que fueron asesinadas en la calle. Busco puntos de cortesía entre ambos hechos.

Harcourt estudió a Delacroix con una atención distinta.

—Eso es absurdo.

—Muchas cosas verdaderas tienen una primera juventud absurda.

—¿Y cuál sería la madurez de esa idea?

—Todavía no ha crecido.

Pembroke apoyó una mano en la mesa.

—Doctor, necesito saber algo. Si un hombre sin formación médica quisiera imitar la precisión de estas heridas, ¿podría?

—Sí.

—¿Con práctica?

—Con calma.

Delacroix levantó la vista.

—¿Calma?

Harcourt asintió.

—No veo furia en estas heridas. Veo decisión. La furia deja repeticiones, errores, exceso. Aquí no hay exceso. Eso no significa bondad, por supuesto. Solo economía.

—La economía también puede ser vanidad —dijo Delacroix.

Harcourt lo miró.

—Explíquese.

—Algunos hombres se enorgullecen de no desperdiciar.

—¿Sangre?

—Gestos.

El forense no respondió, pero tampoco apartó la mirada.

Pembroke caminó hasta la ventana. La niebla empezaba a pegarse al cristal con una paciencia desagradable.

—La ciudad cree que buscamos a un monstruo —dijo.

Harcourt cerró la caja.

—La ciudad siempre prefiere monstruos. Son más fáciles de odiar que los hombres con buenos zapatos.

Delacroix se levantó.

—En eso coincidimos.

—No me hace sentir mejor.

—La coincidencia rara vez consuela. Solo incomoda menos.

Harcourt guardó la caja en el armario.

—¿Quiere ver los cuerpos?

Pembroke miró a Delacroix.

Delacroix negó con suavidad.

—No todavía.

Harcourt pareció sorprendido.

—La mayoría de los hombres que vienen a mi sala quieren ver algo.

—La mayoría de los hombres confunden mirar con comprender.

—¿Y usted?

—Yo prefiero saber primero qué debería mirar.

El forense aceptó la respuesta con un gesto mínimo.

—Eso es menos estúpido de lo habitual.

—Celebro haber alcanzado un umbral tan generoso.

Pembroke recogió las carpetas.

—Necesitaremos copias de todo.

—Ya las tienen.

—Otras copias.

Harcourt señaló el escritorio.

—Llévense lo que quieran. La muerte tiene mala memoria, pero excelente archivo.

Delacroix tomó únicamente una hoja: el resumen comparativo de las tres heridas.

Harcourt lo notó.

—¿Solo eso?

—Por ahora.

—¿Por qué?

—Porque es la única página donde usted no intenta convencer a nadie.

El comentario pudo haber ofendido al forense.

No lo hizo.

Harcourt miró la hoja.

—No intento convencer en ninguna.

—Todos lo hacemos. Usted intenta convencer al mundo de que el cuerpo es más honesto que los vivos.

—¿Y no lo es?

Delacroix guardó la hoja.

—El cuerpo es honesto. Pero llega tarde. Los vivos, en cambio, mienten a tiempo.

Harcourt abrió la puerta.

—Entonces suerte con los vivos.

Pembroke salió primero.

Delacroix se detuvo un instante en el umbral.

—Doctor.

—¿Sí?

—Si tuviera que elegir una palabra para estas heridas, una sola, ¿cuál sería?

Harcourt no necesitó pensarlo mucho.

—Limpias.

—No “crueles”.

—No.

—No “feroces”.

—No.

—No “salvajes”.

—En absoluto.

Delacroix asintió.

—Gracias.

Harcourt hizo un gesto hacia los periódicos que Pembroke llevaba bajo el brazo.

—Si encuentra al hombre que escribió esas palabras, dígale que la imaginación no es una prueba.

Delacroix lo miró con calma.

—Quizá para él sí.

Harcourt se quedó inmóvil.

Por primera vez desde que habían entrado, el médico no respondió.

En el pasillo, Pembroke esperó a que la puerta se cerrara.

—¿Sospecha de Harcourt?

Delacroix caminó despacio, con la hoja doblada en la mano.

—Harcourt es desagradable, preciso, arrogante y capaz de hablar de cadáveres sin bajar la voz.

—Eso no responde.

—Al contrario. Responde bastante. Es el sospechoso que un periódico escribiría para nosotros.

Pembroke entendió.

—Demasiado adecuado.

—Demasiado.

—Pero podría serlo.

—Desde luego. Los culpables tienen la mala costumbre de no pedir permiso a la elegancia.

Bajaron la escalera.

En la planta inferior, un agente cruzó con un paquete de ejemplares del Herald. Iba a tirarlos o a repartirlos, era difícil saber qué gesto resultaba más humillante para Scotland Yard en ese momento.

Uno de los periódicos se deslizó al suelo.

Delacroix se agachó y lo recogió.

El titular volvía a ocupar media página.

EL CARNICERO O EL CIRUJANO

Nuevas dudas sobre el asesino que humilla a Scotland Yard

Delacroix leyó la línea.

Luego miró la hoja del informe médico.

Limpias.

No crueles.

No feroces.

No salvajes.

Limpias.

Devolvió el periódico al agente.

—Empiezo a pensar —dijo— que el asesino menos importante de Londres es el que lleva el cuchillo.

Pembroke se quedó helado.

—¿Qué significa eso?

Delacroix siguió caminando.

—Que alguien está asesinando los hechos con mayor entusiasmo que a las personas.

Afuera, la niebla había espesado.

Y en algún punto de la ciudad, quizá en una redacción cálida, una palabra equivocada seguía viajando más rápido que la verdad.