Capítulo 6 — La herida limpia
El doctor Lionel Harcourt trabajaba en una sala donde la muerte parecía haber sido obligada a comportarse.
No había desorden.
No había dramatismo.
No había cortinas negras, ni lámparas temblorosas, ni ese aire teatral que los novelistas mediocres suelen conceder a los lugares donde los cuerpos dejan de tener urgencia.
Había, en cambio, mesas limpias, instrumentos ordenados, armarios cerrados, frascos etiquetados con una caligrafía impecable y una ventana alta por la que entraba una luz gris, útil, sin imaginación.
Delacroix aprobó el lugar de inmediato.
La muerte, pensó, ya era suficientemente descortés sin necesidad de decorarla.
Harcourt los recibió sin levantarse.
Estaba sentado ante un escritorio lateral, escribiendo con una pluma fina sobre una hoja de informe.
Era un hombre delgado, de rostro anguloso, cabello claro y bigote recortado con una severidad casi matemática.
Sus ojos, de un azul pálido, tenían esa expresión de ciertas personas habituadas a mirar cosas que otros preferirían no ver.
No parecía cruel. Parecía exacto. Y la exactitud, en presencia del dolor ajeno, suele confundirse con crueldad por quienes necesitan que la compasión haga ruido.
—Inspector Pembroke —dijo, sin dejar la pluma—. Llega usted tarde.
—No habíamos acordado una hora.
—Entonces llega tarde de manera más grave.
Pembroke cerró la puerta con suavidad.
—Doctor Harcourt, monsieur Armand Delacroix.
Harcourt terminó la frase que estaba escribiendo, secó la tinta y solo entonces levantó la mirada.
—El francés.
—Depende de quién pregunte —respondió Delacroix.
—Pregunto yo.
—Entonces sí.
Harcourt lo observó un instante.
No con curiosidad social.
Con esa clase de mirada que mide antes de conceder espacio.
—Me habían dicho que vendría.
—Confío en que no hayan exagerado.
—Lo hacen con todo.
La respuesta gustó a Delacroix más de lo que dejó ver.
Harcourt señaló dos sillas sin entusiasmo.
—Siéntense, si eso les ayuda a hacer preguntas más breves.
Pembroke no se sentó.
Delacroix sí.
—Las preguntas breves suelen recibir mentiras breves —dijo.
Harcourt apoyó la pluma.
—Entonces quizá estemos condenados a una mañana larga.
Sobre el escritorio había tres carpetas.
Samuel Pritchard.
Beatrice Vane.
Gideon Frost.
Los nombres estaban escritos con tinta negra, sin adornos.
Delacroix se fijó en eso. Había hombres que, incluso ante los muertos, conservaban la necesidad de imponer estilo.
Harcourt no. En sus carpetas, los nombres eran nombres.
Nada más. Eso podía ser decencia o frialdad.
A veces costaba distinguirlas sin esperar un poco.
—El inspector me informa de que la prensa ha exagerado la naturaleza de las heridas —dijo Delacroix.
Harcourt soltó una risa seca.
No fue una risa alegre.
Fue el sonido breve de una puerta cerrándose.
—La prensa exageraría una indigestión si pudiera culpar a la sopa de conspirar contra el Imperio.
Pembroke dijo:
—Doctor.
—¿He sido inexacto?
—Ha sido usted innecesariamente pintoresco.
—Culpa del contagio. Llevo días leyendo a Morrow.
Delacroix se inclinó apenas hacia delante.
—¿Lo lee?
—Como quien inspecciona una infección.
—¿Y qué diagnóstico le merece?
Harcourt tomó una de las carpetas.
—Que el señor Morrow desconoce la diferencia entre una herida y una frase.
Abrió el expediente de Pritchard.
No lo empujó hacia Delacroix de inmediato. Primero pasó una página, luego otra, como si incluso el orden en que un extraño debía acercarse a los muertos fuera asunto suyo.
—La herida de Samuel Pritchard fue única.
Estrecha. Penetrante. Dirección ligeramente ascendente.
No hubo mutilación, no hubo ensañamiento, no hubo cortes secundarios.
El agresor actuó con rapidez y suficiente seguridad, pero eso no convierte el hecho en una carnicería. Lo convierte en un asesinato.
—La distinción parece molestar a los periódicos —dijo Delacroix.
—A los periódicos les molestan todas las distinciones que reducen el tamaño de un titular.
Harcourt abrió la segunda carpeta.
—Beatrice Vane. Misma zona, misma clase de lesión. No idéntica, pero semejante. Una mano firme. Una hoja estrecha. Nada que sugiera el furor que se ha descrito en la prensa.
—¿Conocimientos anatómicos?
Harcourt lo miró.
—¿Usted también?
—Yo solo colecciono posibilidades desagradables.
—Cualquier carnicero, soldado, cazador, médico, marinero, matarife, estudiante torpe de anatomía o hombre con mala suerte y buen pulso podría haberlo hecho.
—Una lista democrática.
—La muerte lo es con frecuencia.
Pembroke cruzó los brazos.
—El problema es que el público cree que buscamos a un cirujano.
—El público cree lo que se le sirve con suficiente tinta —dijo Harcourt—. Eso no debería influir en una investigación policial, aunque admito que últimamente mi confianza en las instituciones se encuentra algo resfriada.
Delacroix pasó los dedos por el borde de la carpeta sin abrirla del todo.
—¿Y Frost?
Harcourt abrió la tercera.
—Gideon Frost presenta la misma clase general de herida. Pero si buscan una firma perfecta, no la encontrarán. Hay semejanzas suficientes para vincular los casos y diferencias suficientes para no jurar que la misma mano ejecutó todos los movimientos del mismo modo.
Pembroke frunció el ceño.
—Eso no es lo que dijo en su informe.
—Mi informe decía exactamente eso, solo que con palabras menos amables para los impacientes.
—El superintendent leyó que era probable un mismo autor.
—Probable no significa seguro. La lengua inglesa tiene esa virtud, inspector. Permite matices. Lástima que nadie los use cuando tiene prisa.
Delacroix observó al forense con renovado interés.
—¿Le molestan más los asesinos o los periodistas?
Harcourt no sonrió.
—Los asesinos suelen dejar de actuar cuando uno los atrapa. Los periodistas se reproducen.
Pembroke murmuró:
—Doctor.
—Otra vez: ¿inexacto?
Delacroix tomó la carpeta de Beatrice Vane, con permiso tácito de Harcourt. No miró las imágenes más de lo necesario. Le interesaban los informes, los horarios, las anotaciones marginales, las palabras que un médico elegía cuando aún no sabía que un periodista iba a convertirlas en paisaje.
—Aquí dice “herida limpia”.
—Sí.
—Morrow escribió “tajo cruel”.
Harcourt hizo una mueca casi imperceptible.
—Morrow escribe para personas que desayunan mejor si creen haber sufrido.
—También escribió que la víctima fue “abandonada bajo el farol como una advertencia”.
—No fue abandonada bajo el farol. Estaba a varios pasos.
—¿Cuántos?
—Siete u ocho.
Delacroix levantó la mirada.
—¿Siete u ocho pasos merecen una corrección pública?
—En una autopsia, sí. En un periódico, no. Allí la distancia entre un cuerpo y un farol depende del efecto literario.
Pembroke se acercó.
—¿Morrow pudo conocer la ubicación exacta?
—No por mí.
—¿Habló con él?
—Intentó hablar conmigo.
—¿Cuándo?
Harcourt cerró la carpeta con suavidad.
—Después de Pritchard. Después de Vane. Después de Frost. El señor Morrow posee una admirable capacidad para presentarse donde nadie lo ha invitado y comportarse como si el mundo le debiera una silla.
Delacroix dijo:
—Una cualidad útil en un periodista.
—Una cualidad pestilente en cualquier hombre.
—¿Le dio información?
—Le di una mirada. No supo interpretarla.
—¿Está seguro?
Harcourt ladeó apenas la cabeza.
—¿Me pregunta si el señor Morrow obtuvo de mí detalles médicos o si es posible que haya robado algo de mi expresión?
—Ambas cosas son distintas formas de información.
Por primera vez, Harcourt pareció aceptar que Delacroix podía resultarle tolerable.
—No le di detalles. Y si robó algo de mi expresión, espero que lo haya usado con faltas de ortografía.
Pembroke señaló los expedientes.
—Sin embargo, publicó datos que estaban en informes internos.
—Entonces sus informes internos tienen demasiadas puertas.
La frase cayó con precisión desagradable.
Pembroke no respondió.
Delacroix seguía leyendo.
Se detuvo en una anotación junto al informe de Frost.
—La mano izquierda cerrada.
Harcourt miró el documento.
—Sí.
—¿Sin objeto dentro?
—Sin objeto.
—¿Contracción?
—Posible. También pudo cerrarla al caer o antes de caer. No hay certeza.
—Morrow lo mencionó.
Harcourt juntó las manos sobre la mesa.
—Lo sé.
—¿Era importante?
—No.
—Entonces ¿por qué lo anotó?
—Porque mi trabajo consiste en anotar lo que está, no en adivinar si un periodista lo convertirá en símbolo.
Delacroix aceptó la respuesta.
—¿Quién más vio esa mano antes de que el cuerpo fuera retirado?
Pembroke contestó:
—El agente que llegó primero. El sereno que avisó. Dos vecinos desde la distancia, quizá. El médico local antes de Harcourt. Luego mis hombres.
—Y, al parecer, medio Londres al día siguiente —añadió Harcourt.
Delacroix cerró la carpeta.
Durante unos segundos, la sala quedó ocupada por el ruido lejano de un carro en la calle y por una gotera discreta en alguna parte del edificio. La muerte, cuando no se la molestaba, tenía un silencio administrativo.
—Hábleme del arma —dijo Delacroix.
Harcourt se levantó.
Fue hacia un armario y sacó una caja larga. La abrió sobre la mesa. Dentro no había un arma real, sino dibujos, medidas y varias láminas de referencia.
—No puedo decirles qué arma exacta se usó. Sí puedo decir qué no parece. No parece un cuchillo de carnicero. No parece un arma ancha. No parece un instrumento tosco. Hoja estrecha. Firme. Bien afilada. La profundidad varía levemente. La entrada es limpia.
—¿Un bisturí?
Harcourt lo miró con paciencia fría.
—Si quisiera matar a un hombre en la calle, de noche, con niebla, y tuviera la extravagancia de elegir un bisturí, merecería ser arrestado por incompetente antes que por homicida.
Delacroix casi sonrió.
—Entonces descartamos al cirujano romántico.
—Descartamos la tontería. El cirujano sigue siendo posible, como lo son muchos otros hombres con acceso a una hoja estrecha y a la firme decisión de usarla.
Pembroke dijo: