Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 5 — Tres cadáveres en la niebla #2
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Capítulo 5 — Tres cadáveres en la niebla #2

—Pero lo vuelve innecesario.

Pembroke cruzó los brazos.

—¿Cree que Frost puede ser un crimen distinto?

Delacroix miró el muro.

—Creo que Frost es una víctima útil.

—¿Útil para quién?

—Para cualquiera que quiera confundir odio con patrón.

El inspector pensó en eso.

—Si alguien quería matarlo, no necesitaba disfrazar el crimen de serie. Bastaba con matarlo. Habríamos tenido veinte sospechosos.

—Justamente.

—No lo sigo.

Delacroix se volvió hacia él.

—Un hombre con veinte enemigos es un mal cadáver para una investigación sencilla, pero un excelente cadáver para una investigación confusa. Frost aporta ruido. Pritchard aporta azar. Beatrice aporta emoción.

Pembroke guardó silencio.

Delacroix señaló los tres puntos en el aire, como si el mapa estuviera frente a ellos.

—Un empleado sin enemigos. Una mujer convertida en símbolo. Un prestamista con demasiados. Tres muertes que obligan a la policía a buscar tres clases distintas de explicación. Eso no es necesariamente desorden. Podría ser una colección.

—¿Colección?

—De efectos.

Pembroke miró hacia la tienda cerrada.

—¿Está diciendo que las víctimas fueron elegidas por lo que harían pensar?

—No lo estoy diciendo.

—Pero lo está pensando.

—Pensar en voz alta sería descortés con los hechos.

El inspector resopló.

—Tiene una manera muy irritante de no acusar a nadie.

—Acusar demasiado pronto es una forma de ayudar al culpable.

Un hombre delgado, con abrigo raído y sombrero hundido, se detuvo frente al escaparate de Frost. Miró los objetos empeñados durante varios segundos. Luego escupió al suelo y siguió caminando.

—Uno de sus clientes —dijo Pembroke—. O uno de sus deudores. O un hombre que solo disfruta de escupir frente a negocios cerrados.

—No desprecie las vocaciones pequeñas.

Pembroke estuvo a punto de sonreír, pero se contuvo.

El frío empezaba a morder.

La niebla, que por la mañana se había mantenido como una amenaza discreta, volvía a espesarse entre las calles. No llegaba de golpe. Se insinuaba primero a ras del suelo, luego trepaba por las ruedas de los carros, después por los bajos de los abrigos. En Londres, la niebla no caía: ocupaba.

Delacroix miró a ambos lados de la calle.

—¿Cuánto tardó la prensa en llegar?

—A Frost, menos que a nosotros.

—¿Antes que ustedes?

Pembroke apretó la boca.

—Uno de los agentes avisó a la comisaría. Otro salió a buscar al médico. Cuando llegó el primer inspector, ya había dos reporteros intentando hablar con los vecinos.

—¿Morrow?

—No. Al menos no aquí. Pero su crónica apareció a la mañana siguiente con detalles que no deberían haber salido de esta calle.

—¿Qué detalles?

—La posición del sombrero. La mano izquierda cerrada. La hora aproximada.

Delacroix volvió hacia él lentamente.

—¿La mano izquierda cerrada?

Pembroke asintió.

—No había nada dentro.

—¿Y por qué era importante?

—No lo era.

—Entonces ¿por qué lo escribió Morrow?

—Porque sonaba importante.

Delacroix observó el lugar en silencio.

La mano izquierda cerrada.

El sombrero.

La hora.

Detalles pequeños.

Detalles de escena.

Los periodistas aman los detalles pequeños porque permiten fingir intimidad con la verdad. Pero un detalle pequeño tiene una virtud adicional: cuando aparece antes de tiempo, delata el camino por el que llegó.

—Necesitaré ver los informes originales —dijo.

—Los tiene en Scotland Yard.

—Y las crónicas completas de Morrow, en orden.

—También.

—No solo las publicadas.

Pembroke lo miró.

—¿Quiere borradores?

—Quiero todo lo que haya sido escrito antes de que alguien decidiera qué debía leer Londres.

—Eso no será fácil.

—Si fuera fácil, Arthur, no habría hecho usted un viaje moralmente incómodo hasta mi correspondencia.

Pembroke aceptó el golpe con dignidad.

—Haré lo que pueda.

—No. Hará algo mejor.

—¿Qué?

—Lo que no conviene.

La tarde seguía cerrándose.

Los dos hombres permanecieron un momento junto a la calle donde Gideon Frost había muerto.

Ninguno habló. Al otro lado, el escaparate de la casa de empeños reflejaba sus figuras deformadas entre relojes, cubiertos y objetos abandonados.

Parecían dos sospechosos dentro de una vitrina de cosas perdidas.

Pembroke fue el primero en romper el silencio.

—¿Qué ve?

Delacroix tardó en responder.

—Tres cadáveres.

—Eso ya lo teníamos.

—No. Tenían tres asesinatos. Es distinto.

Pembroke esperó.

Delacroix miró hacia la niebla que empezaba a desdibujar la esquina.

—Un asesinato es un hecho. Un cadáver es una consecuencia. La policía, la prensa y la ciudad están mirando los hechos. Quizá convenga mirar las consecuencias.

—¿Y qué consecuencias ve?

—Pritchard produjo incertidumbre. Beatrice produjo compasión. Frost produjo confusión moral. Tres efectos muy distintos bajo un mismo nombre.

—El Cuchillo de la Niebla.

—Sí.

—¿Cree que alguien eligió esos efectos?

Delacroix se abrochó el abrigo.

—Creo que alguien ha tenido la amabilidad de darnos una historia demasiado útil.

Pembroke lo miró con cansancio.

—Usted desconfía de las historias.

—No. Desconfío de quienes las necesitan.

Empezaron a caminar de regreso hacia la avenida.

Un vendedor de periódicos pasó corriendo, con un paquete de ejemplares bajo el brazo. Gritaba el titular de la tarde, aunque la niebla se tragaba la mitad de las palabras.

—¡Scotland Yard promete actuar! ¡El Cuchillo sigue suelto! ¡Últimas noticias del Herald!

Delacroix se detuvo.

Pembroke también.

El niño dobló la esquina y desapareció.

Durante unos segundos, solo quedó el eco del grito.

Delacroix dijo:

—Interesante.

—¿Qué cosa?

—Hemos visitado tres lugares donde la muerte llegó de noche.

—¿Y?

Delacroix miró hacia la calle por donde el niño se había ido.

—Los periódicos llegan a todos de día.

Pembroke frunció el ceño.

—No entiendo.

—Todavía no hay nada que entender.

—Otra incomodidad.

—Una pequeña.

—¿Y qué hacemos con ella?

Delacroix continuó caminando.

—La guardamos. Las pequeñas incomodidades, si no se las asusta, suelen crecer.

A sus espaldas, la casa de empeños de Gideon Frost quedó cerrada, silenciosa, llena de objetos que alguna vez habían pertenecido a alguien.

La niebla avanzó un poco más.

Londres, que llevaba días preguntándose dónde atacaría otra vez el Cuchillo de la Niebla, no sabía aún que quizá la pregunta correcta era otra.

No dónde.

Para qué.