Capítulo 5 — Tres cadáveres en la niebla
La primera muerte había ocurrido en una calle que no parecía capaz de sostener una leyenda.
Eso fue lo primero que pensó Delacroix al detenerse junto a la esquina donde Samuel Pritchard había sido encontrado casi dos semanas atrás.
La calle era estrecha, húmeda, mediocre.
Una hilera de fachadas oscuras, ventanas con cortinas cansadas, una farola que incluso de día conservaba un aire enfermo y un empedrado irregular donde se acumulaba agua sucia.
Había un almacén cerrado, una puerta lateral, dos escalones desgastados y un tramo de pared ennegrecida por años de humo. Nada más.
Ni grandeza.
Ni teatralidad.
Ni esa clase de belleza siniestra que los periódicos parecían necesitar para que un cadáver justificara una primera plana.
Delacroix miró alrededor.
—Es decepcionante —dijo.
Pembroke se subió el cuello del abrigo.
—¿La escena?
—La literatura.
El inspector siguió su mirada.
—Morrow la describió como “un corredor de niebla entre dos muros vencidos por la noche”.
—Un corredor de niebla entre dos muros vencidos por la noche —repitió Delacroix con delicadeza—. Qué forma tan trabajosa de decir calleja.
—Vende más.
—La fatiga también vende, si se imprime en letra grande.
Un carro pasó cerca, levantando una salpicadura oscura.
El caballo resopló, irritado por el frío.
Un hombre que descargaba cajas desde una puerta los observó un momento y luego fingió que no lo hacía.
Desde que la prensa había convertido aquel punto en parte del recorrido del horror, los vecinos habían aprendido a mirar sin parecer curiosos.
La curiosidad era natural. Que se notara, imprudente.
Pembroke señaló el suelo junto a la pared.
—Pritchard fue hallado aquí. De espaldas. El abrigo cerrado. El sombrero a unos pasos. La cartera intacta. Reloj en el bolsillo. Alianza en la mano. No hubo pelea evidente.
Delacroix se agachó.
No esperaba encontrar nada. La lluvia, los días, los pies y los agentes habían borrado cualquier delicadeza que el crimen pudiera haber dejado atrás.
Pero los lugares hablan incluso cuando ya no conservan pruebas.
Hablan de luz, de distancia, de comodidad, de riesgo.
Hablan de lo que un hombre pudo hacer sin ser visto y de lo que habría sido absurdo intentar.
—¿Venía de trabajar? —preguntó.
—Sí. Salió de la oficina poco antes de las once. Caminaba hacia su casa. No era su ruta más corta.
—¿Por qué tomó esta?
—Su esposa cree que quiso evitar una avenida con mucho tránsito. Pritchard detestaba las multitudes incluso antes de que Londres se asustara de sí misma.
Delacroix observó la farola.
—Mala elección para un hombre prudente.
—Eso pensamos.
—No. No mala por peligrosa. Mala por visible.
Pembroke frunció el ceño.
—¿Visible?
Delacroix señaló la calle.
—Una calle estrecha, sí. Pero no completamente escondida. Esa puerta, esa ventana, aquel almacén, la esquina de allí. Un asesino que busca seguridad absoluta escoge peor luz, no mejor sombra.
—La niebla era densa.
—La niebla favorece al asesino, pero también lo vuelve torpe si confía demasiado en ella.
Pembroke miró alrededor con renovada atención.
—¿Cree que fue elegido por el lugar?
—Todavía no creo nada.
—Ya empezamos.
—Creer es un lujo posterior. Por ahora solo me permito desconfiar.
Delacroix se levantó.
Un niño de unos diez años apareció al otro lado de la calle con un pequeño paquete bajo el brazo. Caminaba deprisa, mirando a los dos hombres con la mezcla de miedo y desafío que Londres enseñaba temprano a sus niños. Pasó junto a ellos sin hablar y desapareció por una esquina.
—¿Reparto? —preguntó Delacroix.
Pembroke siguió al niño con la vista.
—Probablemente.
—¿Periódicos?
—Puede ser.
Delacroix no dijo nada.
Volvió a mirar el lugar donde Pritchard había muerto.
—¿Quién encontró el cuerpo?
—Un sereno. Llamó a un agente. El agente llamó a la comisaría. La noticia llegó al Herald antes de que el informe completo llegara a mi mesa.
—Admirable eficiencia.
—No use esa palabra.
—¿Cuál? ¿Admirable?
—Eficiencia.
Siguieron caminando.
La segunda escena estaba más cerca del teatro que de la casa de Beatrice Vane, y eso había permitido a los periódicos construir una pequeña tragedia con decorados prestados.
Drury Lane tenía otra clase de ruido. Aunque la mañana estaba avanzada, aún quedaban restos de la noche anterior: carteles húmedos pegados en las paredes, una pluma rota cerca de una puerta, colillas aplastadas, olor a cerveza vieja y perfume barato.
En una esquina, un hombre barría la entrada de un local con el entusiasmo de quien ya sabe que la suciedad volverá antes de que termine el día.
La muerte de Beatrice había ocurrido en un pasaje lateral, no en la avenida principal.
Delacroix se detuvo antes de entrar.
El pasaje era angosto, pero no miserable. Tenía una pared de ladrillo a un lado y la fachada trasera de un edificio al otro. Una escalera de servicio bajaba hacia una puerta. Un farol colgaba inclinado, como si hubiera perdido la fe en su propia utilidad.
—Aquí —dijo Pembroke.
No hizo falta que señalara.
Aun sin manchas, aun sin cuerpo, aun sin agentes, ciertos lugares conservan una pequeña obediencia al suceso que los volvió importantes.
Delacroix avanzó unos pasos.
—¿Volvía del teatro?
—Eso creemos. Había terminado un trabajo de costura para una compañía. No era actriz, aunque el Herald prefirió sugerirlo.
—Las actrices venden más que las costureras.
—Y las costureras muertas venden más que las vivas.
Delacroix lo miró.
Pembroke se encogió de hombros.
—Londres también enseña cinismo a los policías.
—Solo a los que aún no se han rendido.
El inspector aceptó la frase en silencio.
Delacroix observó la escalera.
—¿Se defendió?
—No. O no lo bastante como para dejar señales claras. El bolso estaba intacto. Una vecina oyó algo parecido a un golpe, pero no gritos. Dijo que con la niebla los sonidos parecían venir de otra calle.
—La niebla tiene una reputación muy trabajadora.
—Aquí sí había menos visibilidad.
—Y más motivo para escogerla, si uno desea parecer un fantasma.
Pembroke lo miró.
—¿Parecer?
Delacroix se inclinó para examinar el farol.
—Un asesino prudente quiere no ser visto. Un asesino teatral quiere que todos comprendan por qué no fue visto.
—¿Y este?
—Aún no sé si es prudente o teatral.
—¿Puede ser ambas cosas?
Delacroix se volvió hacia él.
—Eso sería lo preocupante.
Una mujer salió por la puerta trasera del teatro con un cubo en la mano. Era corpulenta, de rostro rojizo y mirada defensiva. Al ver a Pembroke, se detuvo.
—Ya vinieron demasiados —dijo.
Pembroke se quitó el sombrero.
—No queremos molestarla, señora.
—Eso dicen todos antes de molestar.
Delacroix inclinó la cabeza con cortesía.
—En ese caso, procuraremos ser breves y decepcionarla poco.
La mujer lo miró, desconcertada.
—¿Quién es usted?
—Un hombre que hace preguntas con permiso del inspector.
—Pues ya respondí a todo.
—Eso espero. Las preguntas nuevas suelen ser un abuso contra las personas cansadas.
La mujer pareció no saber si le estaban tomando el pelo. Decidió que no, por cansancio o por instinto.
—Beatrice era buena chica —dijo, sin que nadie se lo hubiera preguntado.
Delacroix guardó silencio.
—No como escribieron. No era ninguna pobre criatura delicada ni una flor de teatro ni esas tonterías. Tenía genio. Y hambre. Y se reía demasiado fuerte. Eso no sale en los papeles.
—Rara vez sale lo importante —dijo Delacroix.
La mujer apretó el asa del cubo.
—Dijeron que parecía una muñeca rota.
Pembroke bajó la mirada.
Delacroix no.
—¿Y usted qué diría?
La mujer tragó saliva.
—Que parecía cansada.
La palabra fue peor que cualquier imagen.
Cansada.
No hermosa. No simbólica. No trágica.
Cansada.
Beatrice Vane había muerto como viven muchas personas: sin tiempo de convertirse en lo que otros escriben sobre ellas.
Delacroix asintió con suavidad.
—Gracias.
—¿Van a atraparlo?
Pembroke respondió antes:
—Eso intentamos.
La mujer miró a Delacroix.
—No le pregunté a usted.
Pembroke no se ofendió.
Delacroix sostuvo la mirada de la mujer.
—Primero habrá que averiguar si estamos persiguiendo al hombre correcto.
—¿Y si no?
—Entonces Londres habrá perdido tiempo teniendo miedo de una máscara.
La mujer frunció el ceño.
—A mí me da igual la máscara. Quiero al que la mató.
—También yo.
No era una promesa.
Pero sonó mejor que una.
La tercera escena tenía un olor distinto.
La casa de empeños de Gideon Frost estaba cerrada, aunque no por falta de negocio. Un cartel en la puerta informaba que el establecimiento permanecería sin atención hasta nuevo aviso. Alguien había escrito debajo, con tiza: Buen viaje, viejo buitre.
Pembroke lo vio y suspiró.
—Lo borramos dos veces.
—La opinión pública es persistente cuando encuentra una pared.
La tienda estaba encajada entre un comercio de telas y una oficina de préstamos menores que, según explicó Pembroke, Frost también poseía a través de un socio.
El escaparate mostraba relojes, anillos, instrumentos musicales, cubiertos de plata, dos pistolas viejas, un rosario, una muñeca sin un ojo y una hilera de objetos cuya tristeza no provenía de su estado, sino de la prisa con la que alguien debió de venderlos.
—Aquí no lo encontraron —dijo Pembroke—. Pero salió de aquí poco antes de morir.
Caminaron hasta la calle lateral.
Era más amplia que las otras dos, aunque peor iluminada.
Había un muro alto, una entrada de servicio y, al fondo, una esquina que daba a una avenida con tránsito.
A esas horas, varios curiosos se detenían al reconocer el lugar.
Algunos miraban con morbo. Otros con la satisfacción secreta de estar vivos justo donde otro no lo estuvo.
—Frost tenía enemigos —dijo Pembroke—. Muchos. Demasiados. Hemos interrogado a deudores, familiares, empleados, socios, clientes. La mitad lo odiaba. La otra mitad mentía.
—Eso no excluye al Cuchillo de la Niebla.
—No.