Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 4 — Scotland Yard bajo fuego #2
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Capítulo 4 — Scotland Yard bajo fuego #2

—Voy a ser claro, monsieur Delacroix. Esta institución se encuentra bajo una presión considerable. Los periódicos exageran, los políticos se impacientan, la ciudadanía empieza a perder confianza y mis hombres trabajan día y noche.

—Entonces sería cruel pedirles que además acierten por orgullo.

Pembroke cerró los ojos.

Blackthorne apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No me agrada su presencia.

—Eso ya lo había entendido.

—No me agrada menos que lo entienda.

—Eso también.

—Pero el inspector Pembroke confía en usted. Y aunque la confianza del inspector no siempre coincide con mi paciencia, debo admitir que su historial resulta… singular.

Delacroix inclinó apenas la cabeza.

—Una palabra amable habría sido intolerable. Le agradezco la elección.

Blackthorne se irguió.

—No aparecerá en informes oficiales. No hablará con la prensa. No se presentará como asesor de Scotland Yard. No dará instrucciones directas a mis hombres sin autorización. Y si su intervención sale a la luz, negaré haberla consentido.

—Me parece un acuerdo muy razonable.

—¿De verdad?

—Sí. Todos conservamos nuestras mentiras favoritas.

Pembroke intervino antes de que Blackthorne pudiera responder.

—Monsieur Delacroix solo necesita revisar información y visitar algunos lugares.

—Con usted —dijo Blackthorne.

—Conmigo.

—Y quiero ser informado de cualquier conclusión.

Delacroix dejó la fotografía sobre la mesa.

—No saco conclusiones para tranquilizar superiores, superintendent.

—¿Y para qué las saca?

—Para molestar a los culpables.

Por primera vez, algo parecido a una sombra de interés cruzó el rostro de Blackthorne.

No simpatía.

Eso habría sido demasiado.

Interés.

—Entonces moleste deprisa.

Sacó de su bolsillo un ejemplar doblado del Herald y lo dejó sobre la mesa.

—Morrow ha publicado otra columna. Según él, “Londres ya no pregunta si el asesino volverá a matar, sino dónde leerá primero la noticia”. ¿Sabe qué significa eso?

—Que escribe mejor de lo que convendría a la salud pública —dijo Delacroix.

—Significa que mañana tendremos otra reunión con hombres que no distinguen entre seguridad y apariencia de seguridad. Significa que mis superiores exigirán una detención. Significa que si no entregamos un culpable pronto, otros elegirán uno por nosotros.

Delacroix miró el periódico.

—Eso es exactamente lo que haría el asesino si tuviera sentido del humor.

Blackthorne frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Que una ciudad impaciente es una herramienta. Solo hay que saber dónde empujarla.

Nadie habló.

Delacroix recogió las tres fichas y las colocó en forma de triángulo.

Luego puso el periódico de Morrow en el centro.

Pembroke siguió el gesto con atención.

Blackthorne también, aunque procuró que no se notara.

—Tres muertos —dijo Delacroix—. Tres vidas sin conexión aparente. Un método semejante. Una ciudad asustada. Una policía presionada. Un periodista que no solo informa del miedo, sino que le da forma.

—¿Insinúa que Morrow es el asesino? —preguntó Blackthorne.

—No.

—Entonces…

—Insinúo que, por ahora, Morrow es más útil que algunos testigos.

Pembroke se acercó.

—¿Por qué?

Delacroix tocó uno de los titulares.

—Porque los testigos dicen lo que creen haber visto. Los periodistas dicen lo que quieren que otros crean haber visto.

Blackthorne exhaló con impaciencia.

—No podemos investigar a un periodista solo porque escribe con dramatismo.

—Sería injusto —admitió Delacroix—. Londres se quedaría sin periódicos.

Pembroke se permitió una sonrisa mínima.

Blackthorne no.

—Morrow tiene fuentes dentro de la policía —dijo—. Eso no es un crimen.

—No. Pero saber demasiado pronto puede convertirse en una forma de presencia.

—¿Presencia?

—En un lugar, en un momento, ante un detalle que aún no debería tener testigos.

Blackthorne miró a Pembroke.

—¿Hay detalles filtrados?

El inspector tardó un poco en responder.

—Algunos.

—¿Algunos?

—Demasiados.

Blackthorne apretó los labios.

La palabra “filtración” parecía ofenderlo más que la palabra “asesinato”, aunque quizá solo porque una dañaba el honor de la institución y la otra pertenecía al mundo exterior, ese lugar incómodo donde la gente insistía en morir sin consideración por los protocolos.

—Quiero una lista —dijo.

—La tendrá —respondió Pembroke.

Delacroix se acercó por fin al mapa.

Los tres alfileres negros marcaban puntos separados.

A primera vista, no formaban figura reconocible.

Ni triángulo perfecto, ni línea, ni cruz, ni símbolo.

Eso habría decepcionado a un espíritu inclinado al teatro.

Delacroix, en cambio, siempre había desconfiado de los asesinos demasiado geométricos.

La realidad tenía modales menos elegantes.

Observó las calles.

Los barrios.

Las distancias.

Los posibles recorridos.

—¿Patrullas adicionales? —preguntó.

—En zonas de mayor riesgo —dijo Pembroke.

—¿Cómo definen mayor riesgo?

Pembroke y Blackthorne se miraron.

Fue una mirada breve.

Suficiente.

—Niebla densa, calles mal iluminadas, zonas con menos tránsito, barrios donde ocurrieron los crímenes —respondió Pembroke.

—Es decir, protegen los lugares donde el asesino ya no necesita estar.

Blackthorne endureció el gesto.

—No podemos poner un agente en cada esquina de Londres.

—Desde luego. Sería desagradable para Londres y para las esquinas.

—Entonces, ¿qué propone?

Delacroix no apartó la mirada del mapa.

—Todavía nada.

—Eso no ayuda.

—Al contrario. Es el comienzo de toda ayuda razonable.

Señaló los tres alfileres.

—¿Qué tienen en común estos lugares?

Pembroke respondió de inmediato:

—Niebla, poca visibilidad, tránsito irregular, posibilidad de huida.

—Eso tienen en común para un policía.

—¿Y para usted?

Delacroix no contestó enseguida.

Se inclinó un poco sobre el mapa.

Había algo en la disposición que todavía no podía nombrar. No una figura. No una intención clara. Más bien una ausencia de intención demasiado cómoda. Como si los lugares hubieran sido escogidos para parecer escogidos por la oportunidad, no por el deseo.

—Para mí —dijo al fin—, de momento tienen en común que alguien se ha preocupado mucho por que no tengan nada en común.

Pembroke guardó silencio.

Blackthorne lo observó con una mezcla de irritación y atención.

—Eso no es una respuesta.

—No. Es una incomodidad.

—Usted parece confiar demasiado en sus incomodidades.

Delacroix se enderezó.

—Las certezas suelen llegar tarde. Las incomodidades, si uno las educa bien, tienen mejores horarios.

Un agente llamó a la puerta.

Blackthorne giró con fastidio.

—¿Qué ocurre?

El agente entró, visiblemente incómodo al encontrarse con más superiores de los deseados.

—Disculpe, señor. Hay un mensajero del Herald abajo. Trae una solicitud formal para entrevistar al inspector Pembroke.

Pembroke soltó una risa seca.

—Qué sorpresa.

Blackthorne tomó el papel que el agente le ofrecía.

Leyó apenas las primeras líneas.

—Morrow —dijo.

Delacroix miró hacia él.

—¿Pide entrevistar al inspector?

—Sí.

—¿Sobre qué?

Blackthorne leyó:

—“El estado actual de la investigación y las medidas concretas que Scotland Yard adoptará para impedir una cuarta muerte.”

La frase quedó en la sala como un vaso roto.

Pembroke dijo:

—Una cuarta muerte.

Blackthorne dobló la solicitud.

—Es una forma de presión.

Delacroix no dijo nada.

Se acercó a la mesa, tomó el último recorte de Morrow y leyó en silencio durante unos segundos.

Luego preguntó:

—¿Cuándo fue enviada esta solicitud?

El agente miró el encabezado.

—Esta mañana, señor.

—¿Antes o después de que se publicara la crónica?

—No lo sé.

Delacroix levantó la vista.

—Averígüelo.

El agente dudó y miró a Blackthorne.

Blackthorne tardó un instante.

Luego asintió.

—Hágalo.

El agente salió.

Pembroke se volvió hacia Delacroix.

—¿Qué ha visto?

—Nada.

—Delacroix.

—He leído una pregunta que aún no debería estar tan cómoda.

Blackthorne frunció el ceño.

—¿Se refiere a la cuarta muerte?

Delacroix dejó el recorte sobre la mesa.

—Un periodista puede preguntar si habrá otra víctima.

Eso es vulgar, pero comprensible. Puede incluso sugerir que la habrá.

Eso es irresponsable, pero habitual. Sin embargo, cuando un hombre formula una pregunta como si ya estuviera preparando el espacio de la respuesta, conviene no perderlo de vista.

Pembroke miró la solicitud del Herald.

—Morrow cree que habrá una cuarta.

—O la necesita.

El silencio fue más frío que la sala.

Blackthorne recogió los papeles con gesto brusco.

—No voy a ordenar vigilancia sobre un periodista por una frase.

Delacroix se puso los guantes.

—No se lo he pedido.

—Bien.

—Todavía.

Pembroke tomó su abrigo.

—¿Adónde vamos?

Delacroix miró las tres fichas.

Samuel Pritchard.

Beatrice Vane.

Gideon Frost.

Luego miró el mapa.

—A ver a los muertos donde dejaron de ser personas para convertirse en titulares.

Blackthorne se interpuso antes de que llegaran a la puerta.

—Recuerde nuestro acuerdo, monsieur Delacroix.

—¿Cuál de todos?

—Discreción.

Delacroix tomó su sombrero.

—Superintendent, he dedicado buena parte de mi vida a hacer preguntas sin que parezca que las hago.

—¿Y la otra parte?

Delacroix abrió la puerta.

—A escuchar respuestas que nadie sabía que estaba dando.

Salieron al pasillo.

Detrás de ellos, en la sala, el mapa de Londres quedó con sus tres alfileres negros y el periódico abierto en el centro.

Afuera, la ciudad seguía haciendo lo mismo que hacía desde hacía días: respirar miedo, comprar miedo, discutir miedo.

Y en alguna parte, quizá en una redacción, quizá en una calle todavía clara, alguien debía de estar sonriendo ante la idea de que Scotland Yard acababa de empezar a mirar en la dirección que le habían preparado.