Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 4 — Scotland Yard bajo fuego
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Capítulo 4 — Scotland Yard bajo fuego

Scotland Yard no parecía una institución derrotada.

Ese era precisamente el problema.

Las instituciones rara vez tienen la cortesía de parecer lo que son en el momento exacto en que empiezan a resquebrajarse.

Sus paredes siguen en pie. Sus pasillos conservan el mismo olor a papel, lana húmeda y autoridad.

Los empleados entran y salen con carpetas bajo el brazo.

Los relojes continúan marcando horas que nadie puede permitirse perder.

Los hombres saludan, se quitan el sombrero, vuelven a ponérselo, murmuran apellidos, entregan notas, suben escaleras.

A simple vista, todo funciona.

Solo después se advierte lo demás.

Una puerta que se cierra con demasiada fuerza. Un silencio al pasar junto a una sala. Dos agentes que dejan de hablar cuando entra un superior. Un mapa consultado tantas veces que sus pliegues empiezan a romperse. Un cenicero lleno. Una taza olvidada. Un periódico doblado con violencia.

Delacroix observó esas cosas mientras seguía a Pembroke por el corredor principal.

—Nos miran —dijo.

Pembroke no giró la cabeza.

—Es usted francés.

—No tanto como para justificar ese interés.

—Y no lleva uniforme.

—Eso suele mejorar a los hombres.

—También viene a ayudarnos en un caso que oficialmente no requiere ayuda.

—Entonces oficialmente no estoy aquí.

Pembroke soltó una exhalación breve.

—Me temo que eso será difícil de sostener.

—Las ficciones difíciles son las únicas que merecen respeto.

Un agente joven pasó junto a ellos con una carpeta en la mano.

Miró a Delacroix apenas un segundo de más y luego siguió caminando con una prisa exagerada.

Al fondo, detrás de una puerta abierta, varios hombres discutían sobre turnos de patrulla.

Delacroix oyó palabras sueltas: “niebla”, “Whitechapel”, “faroles”, “testigo”, “Herald”.

La última fue pronunciada con una mezcla de ira y resignación.

Pembroke abrió una puerta sin llamar.

—Aquí.

La sala era amplia, pero estaba llena de objetos que parecían disputarse el aire.

Había una mesa central cubierta de papeles, mapas, fotografías, informes médicos, notas manuscritas y tres periódicos abiertos como heridas.

En una pared, un plano de Londres tenía clavados varios alfileres negros.

En otra, una pizarra mostraba nombres, horarios y signos de interrogación.

Demasiados signos de interrogación.

Delacroix dejó el sombrero sobre una silla.

No se acercó de inmediato al mapa.

Eso llamó la atención de Pembroke.

—¿No quiere verlo?

—Sí.

—Entonces…

—Entonces esperaré a que deje de intentar impresionarme.

Pembroke frunció el ceño.

Delacroix señaló con suavidad la pared, la mesa, los informes, los alfileres.

—Un mapa lleno de marcas es una forma muy respetable de admitir que uno no sabe dónde mirar.

El inspector lo miró unos segundos.

Luego sonrió con fatiga.

—Le he echado de menos menos de lo que recordaba.

—Eso también es amistad.

Pembroke cerró la puerta.

—He pedido que no nos interrumpan durante unos minutos. Blackthorne vendrá en cuanto sepa que ha llegado.

—¿No lo sabe?

—Lo sabrá dentro de poco.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Es una respuesta inglesa.

Delacroix se acercó entonces a la mesa.

Lo primero que tomó no fue un informe policial, sino un periódico.

The London Herald.

Otra crónica de Elias Morrow.

La leyó en silencio, de pie, con una mano apoyada en el respaldo de una silla.

Pembroke lo observó con impaciencia apenas disimulada.

—¿No prefiere empezar por los expedientes?

—Esto también es un expediente.

—Es un periódico.

—Exactamente.

Delacroix pasó la página.

El artículo describía a Scotland Yard como una maquinaria lenta, pesada, incapaz de perseguir a un asesino que parecía moverse entre callejones como una idea.

No había insultos groseros. Morrow no necesitaba insultar.

Prefería escoger verbos. La policía no investigaba: “tanteaba”.

No patrullaba: “se repartía por la ciudad como una disculpa”.

No pedía paciencia: “recomendaba a los vivos que esperaran mientras los muertos se acumulaban”.

—Es bueno —dijo Delacroix.

Pembroke hizo un gesto de disgusto.

—Es un canalla.

—Ambas cosas suelen viajar cómodamente juntas.

Dejó el periódico.

Luego tomó otro.

The Chronicle.

Allí el nombre preferido era El Carnicero de Londres. El tono era más brutal, menos elegante. Había una ilustración exagerada de una calle oscura y una figura embozada cuya sombra resultaba anatómicamente imposible.

Delacroix arqueó una ceja.

—Este periódico confunde el miedo con la mala decoración.

—Vende casi tanto como el Herald.

—La vulgaridad también tiene clientela fiel.

Por fin se volvió hacia los expedientes.

—Dígame qué saben.

Pembroke respiró hondo.

Era la respiración de un hombre que ha explicado demasiadas veces lo mismo sin entenderlo mejor.

—Primer muerto: Samuel Pritchard. Treinta y ocho años.

Empleado nocturno en una oficina de contabilidad vinculada a mercancías ferroviarias.

Casado. Sin hijos. Encontrado en una calle lateral cerca de King’s Cross, a las once y veinte de la noche.

Herida única bajo las costillas. Sin robo. Reloj, cartera y anillo intactos.

Delacroix tomó la ficha.

Había una fotografía pequeña. Mala, como todas las fotografías que pretenden fijar una tragedia después de que la tragedia ya se ha retirado. Un hombre de rostro común, bigote fino, cabello peinado con disciplina modesta.

—¿Testigos?

—Un vendedor ambulante lo vio salir de su trabajo. Un cochero cree haberlo visto caminar solo. Una mujer oyó pasos rápidos, pero no gritos.

—¿Niebla?

—Densa.

—Londres es una ciudad que ha convertido el clima en coartada.

Pembroke continuó:

—Segunda víctima: Beatrice Vane. Veintiséis años.

Costurera ocasional en un teatro menor, aunque también hacía recados y pequeños trabajos para compañías de gira.

Encontrada cerca de Drury Lane, poco después de la medianoche.

Misma clase de herida. Bolso intacto. No hay indicios de agresión sexual. No hay robo.

Delacroix levantó la mirada.

—¿La prensa mencionó eso?

—No.

—Por una vez, tuvo pudor.

—No. Tuvo conveniencia. Insinuar es más rentable que aclarar.

Delacroix aceptó la corrección con un leve gesto.

—Siga.

—Tercera víctima: Gideon Frost. Cincuenta y seis años. Prestamista. Dueño de una casa de empeños y de varias deudas ajenas. Encontrado en una calle estrecha cerca de Holborn. Misma herida. Sin robo. La niebla, otra vez, nos dejó media ciudad por sospechosa y ningún testigo útil.

—¿Enemigos?

Pembroke soltó una risa seca.

—Si arrestáramos a todos los que deseaban ver muerto a Frost, vaciaríamos tres calles y llenaríamos cuatro comisarías.

—Un hombre querido, entonces.

—Por Dios, no.

—Me refería por el asesino.

Pembroke lo miró.

Delacroix ordenó las tres fichas sobre la mesa.

Pritchard.

Vane.

Frost.

Tres nombres alineados.

Tres vidas que no pedían estar juntas.

—¿El arma? —preguntó.

—No ha aparecido.

—¿Tipo?

—Hoja estrecha. Precisa. El doctor Harcourt cree que no fue un cuchillo común de cocina ni una navaja barata. Tampoco necesariamente un instrumento quirúrgico, aunque la prensa se empeñe en sugerirlo.

—¿Mano diestra?

—Probablemente. Harcourt no se compromete del todo.

—Los hombres inteligentes rara vez se comprometen con los cadáveres más de lo que el cadáver permite.

Pembroke apoyó una mano sobre la mesa.

—No hay vínculo familiar. No hay vínculo laboral. No hay sociedad común, club, parroquia ni acreedor. No hay testigo repetido. No hay carta, símbolo, amenaza previa ni confesión.

—Hay un nombre.

—¿Cuál?

Delacroix tocó el periódico con un dedo.

—El Cuchillo de la Niebla.

Pembroke negó con cansancio.

—Ese nombre lo puso Morrow.

—Por eso me interesa.

Antes de que Pembroke pudiera responder, la puerta se abrió.

Reginald Blackthorne entró sin pedir permiso, lo cual era una de sus formas de recordar a los demás que los permisos, en última instancia, dependían de él.

Vestía un traje oscuro, impecable, con una rigidez que parecía menos elegancia que advertencia. Su rostro, alargado y severo, no reveló sorpresa al ver a Delacroix. Eso significaba que alguien le había avisado y que había tenido tiempo de preparar su desaprobación.

—Monsieur Delacroix —dijo.

—Superintendent Blackthorne —respondió Delacroix.

—Veo que el inspector Pembroke ha decidido actuar con rapidez en al menos una cosa.

Pembroke endureció la mandíbula.

—Señor…

Blackthorne levantó una mano.

—No todavía, inspector.

Se acercó a la mesa, miró las fichas y luego a Delacroix.

—Debo entender que su presencia aquí responde a una visita privada.

—Debe entenderlo si le resulta conveniente —dijo Delacroix.

Blackthorne parpadeó una vez.

—La conveniencia no altera los hechos.

—No, pero ayuda a tolerarlos.

Pembroke miró al techo con resignación.

Blackthorne no se dejó provocar del todo. Tenía demasiada práctica en convertir la irritación en protocolo.

—Scotland Yard agradece cualquier interés extranjero por nuestros asuntos, siempre que dicho interés no interfiera en una investigación activa.

—Comparto su prudencia.

—Me alegra.

—La prudencia es muy útil cuando uno sabe qué está protegiendo.

El silencio posterior duró un poco más de lo cortés.

Blackthorne se volvió hacia Pembroke.

—¿Le ha mostrado ya todos los expedientes?

—Estábamos empezando.

—Excelente. Entonces aún estamos a tiempo de recordar que estos documentos son internos.

Delacroix tomó una de las fotografías y la observó con calma.

—Los muertos también eran internos de algo antes de que el asesino los hiciera públicos.

Blackthorne lo miró de nuevo.

—Tiene fama de ingenioso.

—Procuro no abusar. La fama es una enfermedad contagiosa.

—Aquí no necesitamos ingenio. Necesitamos resultados.

—El ingenio, cuando está bien educado, puede llegar a presentarse como resultado.

Pembroke tosió discretamente.

Blackthorne ignoró la interrupción.