Capítulo 3 — La carta de Pembroke #2
El viaje tuvo la incomodidad habitual de los viajes respetables: demasiadas esperas para tan poco movimiento, demasiadas conversaciones ajenas para tan pocas ideas propias, demasiadas maletas de personas convencidas de que su equipaje poseía derechos naturales sobre el espacio común.
Delacroix soportó todo con paciencia.
En el compartimento, un hombre de mejillas rosadas y sombrero alto intentó iniciar conversación sobre la situación inglesa.
—Terrible asunto el de Londres —dijo, levantando un periódico—. ¿Ha leído usted lo del Cuchillo de la Niebla?
Delacroix miró el titular.
Era del Chronicle.
Habían elegido “El Carnicero de Londres”.
Menos elegante.
Más rentable, probablemente.
—He leído algo —respondió.
—Dicen que la policía no tiene ni idea.
—La gente dice muchas cosas cuando no tiene que demostrarlas.
El hombre rió.
—También dicen que puede ser un médico.
—Los médicos tienen esa desgracia. Todo crimen con una herida limpia les cae encima como una vocación.
—¿Usted no lo cree?
—No tengo motivos para creer nada.
—Ah. Yo sí. Creo que esta ciudad necesita mano dura.
Delacroix lo observó con interés leve.
—¿Contra el asesino?
—Contra todos. Uno empieza por no saber quién es el criminal y termina sospechando de cualquiera.
—Una solución eficiente —dijo Delacroix—. Si se encierra a toda la ciudad, es probable que el asesino esté dentro.
El hombre lo miró, inseguro de si había sido objeto de burla.
Delacroix volvió a su libro.
No estaba leyendo.
Pensaba.
Al llegar a Londres, la primera impresión fue de humedad y ruido contenido.
La estación hervía de viajeros, mozos, maletas, silbatos y vapor, pero incluso allí había algo retraído. La gente miraba más de lo necesario. Nadie quería parecer asustado y casi todos lo conseguían de un modo que revelaba precisamente lo contrario.
Delacroix bajó al andén con un equipaje pequeño.
Vio dos agentes cerca de una columna.
Vio a un vendedor de periódicos con la garganta enrojecida.
Vio a una mujer sujetar del brazo a su hija cuando un hombre pasó demasiado cerca.
Vio, sobre todo, titulares.
Los periódicos estaban en todas partes. En manos, bancos, bolsillos, charcos, mostradores. Londres parecía haber amanecido envuelta no solo en niebla, sino en papel impreso.
Un muchacho ofreció un ejemplar a Delacroix.
—¿Quiere el Herald, señor? Trae lo último del Cuchillo.
Delacroix pagó.
—¿Lo último del asesino o lo último del periódico?
El muchacho frunció el ceño.
—¿No es lo mismo?
Delacroix dobló el periódico bajo el brazo.
—Eso veremos.
No había dado tres pasos cuando escuchó su nombre.
No en voz alta.
No de forma imprudente.
Apenas un murmullo.
—Monsieur Delacroix.
Arthur Pembroke lo esperaba junto a una columna, con abrigo oscuro, sombrero bajo y el aspecto de un hombre que había dormido lo justo para no desplomarse en público.
Delacroix se acercó.
Durante un instante, los dos se miraron sin hablar.
La amistad entre hombres discretos suele ahorrar afecto en público para no malgastarlo en gestos.
—Inspector —dijo Delacroix.
—Monsieur.
Pembroke le tendió la mano.
Delacroix la estrechó.
—Tiene mal aspecto —dijo.
—Londres está haciendo todo lo posible por acompañarme.
—Siempre me pareció una ciudad considerada.
Pembroke exhaló algo parecido a una risa.
Fue breve.
Casi accidental.
—Gracias por venir.
—Todavía no he decidido si he venido.
—Está en Londres.
—Eso prueba un desplazamiento, no una intención.
Pembroke lo miró.
Por primera vez en días, la fatiga de su rostro cedió el lugar a una sombra de alivio.
—Lo he echado de menos, Delacroix.
—Eso demuestra la gravedad del caso.
—Más de lo que imagina.
Delacroix observó la estación.
—He leído los periódicos.
—Entonces ya sabe la mitad de las mentiras.
—Y quizá una parte de la verdad.
Pembroke siguió la dirección de su mirada.
Un niño gritaba el titular del Herald con una energía que habría servido mejor a una causa más limpia.
—La prensa nos está destrozando —dijo el inspector.
—No, Arthur. La prensa les está contando a los londinenses cómo deben destrozarlos.
Pembroke giró hacia él.
—¿Ya tiene una opinión?
—Tengo una incomodidad.
—En usted suele ser más útil.
Delacroix desplegó el ejemplar recién comprado.
El titular de Morrow ocupaba la primera plana. Otra crónica. Otra vez la niebla. Otra vez Scotland Yard, la ciudad, el cuchillo, el miedo. Otra vez aquella prosa tan segura de sí misma.
Delacroix leyó la firma.
Elias Morrow.
—Hábleme de este hombre —dijo.
Pembroke siguió su mirada.
—Periodista. Inteligente. Incómodo. Bien informado.
—Tres virtudes que juntas suelen convertirse en una enfermedad.
—Tiene fuentes.
—Todos los periodistas dicen tener fuentes. Algunos tienen alcantarillas.
Pembroke bajó la voz.
—Sabe demasiado.
Delacroix dobló el periódico con cuidado.
—Entonces empecemos por averiguar si sabe demasiado porque alguien le habla o porque alguien no necesita hablarle.
Pembroke tardó un instante en comprender la insinuación.
Cuando lo hizo, su expresión se endureció.
—¿Cree que la prensa está implicada?
Delacroix miró hacia la salida de la estación.
La niebla se filtraba por las puertas abiertas como si Londres estuviera respirando hacia dentro.
—Creo —dijo— que cuando un hombre grita “fuego” antes de que otros huelan el humo, conviene preguntarse si tiene buen olfato o una cerilla en el bolsillo.
Pembroke no respondió.
Afuera, Londres los esperaba.
No con impaciencia.
Con hambre.