Capítulo 3 — La carta de Pembroke
Armand Delacroix no leía los periódicos por la mañana.
No por desprecio.
El desprecio, sostenía, exigía una energía que pocas instituciones merecían a diario.
Tampoco por indiferencia. Delacroix había dedicado demasiados años a observar las pequeñas desgracias humanas como para permitirse el lujo de ignorar las grandes.
Pero desconfiaba de las noticias recién servidas con el desayuno.
Tenían, decía, la temperatura equivocada.
Todavía estaban demasiado calientes. Y las cosas calientes rara vez permiten distinguir el sabor de la quemadura.
Prefería leerlas más tarde, cuando el mundo ya había cometido sus primeras exageraciones del día.
Aquella mañana, sin embargo, quebró su costumbre.
El sobre llegó antes de las nueve.
No era grande, pero sí pesado. Papel grueso. Letra firme. Sello londinense. En el reverso, un nombre que le hizo alzar apenas una ceja:
Arthur Pembroke.
Delacroix sostuvo el sobre unos segundos entre los dedos, como si el peso de una carta pudiera medirse mejor antes de abrirla.
La estancia estaba tranquila. Una luz de invierno entraba por la ventana y caía sobre la mesa con una suavidad pálida.
Había café, pan tostado, un huevo que había empezado a enfriarse y una pequeña pila de correspondencia que, hasta ese momento, no prometía nada peor que invitaciones, agradecimientos, molestias sociales y alguna petición de ayuda demasiado vaga para resultar honesta.
La carta de Pembroke no pertenecía a ese mundo.
Delacroix la abrió con un cortapapeles de marfil.
El primer pliego contenía una nota breve, escrita a mano.
El segundo, varios recortes de periódicos.
Delacroix leyó primero la nota.
No porque fuera más importante.
Porque venía de un amigo.
Mi querido Delacroix:
Le escribo sin autorización, sin respaldo y, si soy justo conmigo mismo, sin demasiado orgullo.
Londres tiene miedo. Scotland Yard tiene expedientes, patrullas, informes, opiniones, mapas y demasiados hombres hablando al mismo tiempo. Lo que no tiene, hasta donde alcanzo a ver, es una línea firme.
La prensa ha bautizado al asesino como El Cuchillo de la Niebla. Tres muertes, quizá más si no actuamos pronto. Las víctimas no se relacionan entre sí. El método parece semejante. El motivo, si existe, se nos escapa.
Mis superiores no desean ayuda externa. Menos aún ayuda extranjera. Por eso no se la pido en nombre de Scotland Yard. Se la pido en el mío.
Venga como amigo, si puede. Como turista, si le divierte la mentira. Como fantasma, si le resulta más cómodo.
No venga como celebridad. Bastantes problemas tenemos ya con los periódicos.
Suyo,
Arthur Pembroke.
Delacroix dejó la carta sobre la mesa.
Luego tomó los recortes.
Eran del The London Herald, del Chronicle y de otros periódicos menores que parecían haber competido no por informar mejor, sino por encontrar el adjetivo más alarmante. Los titulares formaban una pequeña procesión de ansiedad impresa.
EL CUCHILLO DE LA NIEBLA VUELVE A MATAR
SCOTLAND YARD SIN RESPUESTAS
¿UN NUEVO JACK EN LAS CALLES DE LONDRES?
LA CIUDAD QUE YA NO SE ATREVE A CAMINAR SOLA
Delacroix se detuvo en este último.
Sonaba bien.
Demasiado bien.
Leyó la crónica principal.
Era de Elias Morrow.
El nombre no le decía nada, pero la prosa sí. Tenía seguridad, ritmo, veneno. No era la escritura atropellada de un reportero que corre detrás de una noticia. Era la escritura de un hombre que sabía exactamente dónde colocar una pausa para que el lector respirara miedo antes de seguir leyendo.
Delacroix leyó dos párrafos.
Luego releyó el primero.
Después dejó el recorte junto a la carta de Pembroke y bebió un sorbo de café.
Estaba frío.
Lo aceptó como una consecuencia menor de la civilización.
—Curioso —murmuró.
No había nadie frente a él, pero Delacroix no necesitaba público para sus opiniones. En realidad, muchas de ellas mejoraban en ausencia de testigos.
Volvió al recorte.
El periodista describía una ciudad sitiada por su propia niebla.
Hablaba de faroles convertidos en islas, de puertas cerradas antes de tiempo, de pasos que se apresuraban al oír otros pasos.
Hablaba de Scotland Yard con una elegancia cruel.
No insultaba. Eso habría sido vulgar. Hacía algo más eficaz: concedía a la policía el beneficio de una dignidad que cada frase posterior le retiraba.
Delacroix no sonrió.
Pero sus ojos se afilaron levemente.
La mala prosa suele confesar sus intenciones a gritos. La buena prosa las esconde mejor.
Pasó al segundo recorte.
La primera víctima: Samuel Pritchard, empleado nocturno.
La segunda: Beatrice Vane, trabajadora vinculada a un teatro menor.
La tercera: Gideon Frost, prestamista.
Tres nombres.
Tres vidas.
Tres muertes agrupadas bajo un mismo cuchillo antes de que nadie hubiera demostrado que el cuchillo fuera el mismo.
Delacroix apoyó un dedo sobre la mesa.
Luego volvió a la carta de Pembroke y leyó otra vez una frase:
Las víctimas no se relacionan entre sí.
Esa frase siempre le había parecido más peligrosa que tranquilizadora.
Cuando tres personas no se relacionan entre sí, caben dos posibilidades. La primera: en efecto, no se relacionan. La segunda: alguien se ha tomado muchas molestias para que eso parezca cierto.
El error habitual consistía en creer que la falta de vínculo era una ausencia.
A veces era una construcción.
Delacroix se levantó, caminó hasta la ventana y apartó apenas la cortina.
La calle, del otro lado, no tenía la grandeza oscura de Londres.
Era una calle más clara, más estrecha, más acostumbrada a la mañana que al mito.
Un vendedor acomodaba cajas. Una mujer discutía con un cochero.
Dos niños perseguían a un perro con una seriedad admirable.
La vida ordinaria, pensó Delacroix, era el escenario preferido de la muerte porque nadie mira demasiado cuando la rutina funciona.
Volvió a la mesa.
Leyó el resto de los recortes con paciencia.
No buscó el horror. El horror era evidente. Buscó la administración del horror.
Había detalles repetidos con insistencia: niebla, herida, oscuridad, silencio, fracaso policial. Había frases que parecían escritas no para describir un crimen, sino para enseñar a la ciudad cómo debía imaginar al criminal. Había una palabra que aparecía demasiado pronto: “leyenda”.
Delacroix la subrayó con la uña.
Los asesinos no nacen leyenda.
Alguien los escribe primero.
Una hora después, Delacroix había ordenado los recortes en tres grupos.
En el primero puso los textos que informaban.
Eran pocos.
En el segundo, los textos que exageraban.
Eran muchos.
En el tercero, los textos que parecían conducir.
Ese montón tenía un solo nombre repetido en la firma.
Elias Morrow.
Delacroix no sacó ninguna conclusión.
Sacar conclusiones demasiado pronto era una forma respetable de mentirse.
Tomó una hoja limpia y escribió tres preguntas.
La primera:
¿Qué sabe Scotland Yard?
La segunda:
¿Qué sabe la prensa?
La tercera:
¿Qué quiere que sepamos el asesino?
Se quedó mirando la tercera.
Luego añadió una cuarta:
¿Son la prensa y el asesino dos cosas distintas?
No se permitió responder.
Todavía no.
A media mañana mandó un telegrama breve a Londres.
Llego mañana.
No mencione mi nombre.
A.D.
Lo releyó.
Luego añadió una línea más.
Y no crea a los titulares.
Eso le pareció innecesario.
Lo tachó.
Pembroke ya lo sabía.
Precisamente por eso había escrito.
Durante el resto del día, Delacroix hizo preparativos con una calma que habría confundido a cualquier observador impaciente.
No parecía un hombre convocado por una ciudad aterrorizada.
Parecía un caballero organizando una visita algo incómoda a parientes lejanos.
Eligió ropa sobria, guardó una libreta de tapas oscuras, revisó varios documentos, rechazó una invitación a cenar con una excusa educada y pidió que le reservaran el trayecto más discreto posible.
La discreción, para Delacroix, no era modestia.
Era método.
La fama tenía un defecto fundamental: llegaba antes que uno a las habitaciones.
Se sentaba en las sillas, bebía el vino, conversaba con los sospechosos y les advertía que debían comportarse de un modo más interesante o más prudente.
Un detective famoso empezaba una investigación con la mitad de sus adversarios ya disfrazados.
Delacroix prefería entrar sin trompetas.
Las trompetas eran útiles para los reyes, los ejércitos y los hombres inseguros.
Al caer la tarde, recibió un segundo telegrama.
Era de Pembroke.
Agradecido.
Discreción absoluta.
Situación peor.
P.
Delacroix permaneció un momento con el papel entre los dedos.
Situación peor.
Los telegramas, por economía, tendían a decir la verdad con una crudeza que las cartas disimulaban mejor. Tres palabras podían arruinar una cena.
Buscó entre los recortes el último texto de Morrow y volvió a leerlo.
Había una frase que le interesaba:
“La ciudad espera una respuesta, pero quizá el asesino ya la ha dado tres veces.”
Delacroix apoyó el recorte sobre la mesa.
—No —dijo en voz baja—. Esa frase no espera una respuesta. La exige.
Y esa diferencia le pareció importante.
Esa noche, cenó poco.
No por preocupación, sino porque los viajes le incomodaban menos con el estómago ligero y la mente disponible.
Se acostó temprano, aunque no durmió de inmediato.
Pensó en Pembroke, en Scotland Yard, en los tres muertos, en la niebla transformada en firma y en aquel periodista que escribía como si el miedo fuera una sustancia que pudiera servirse en tazas calientes.
También pensó en una posibilidad desagradable.
Si el asesino había aprendido a matar dentro de un relato, quizá la policía estaba investigando no hechos, sino capítulos.
Y si eso era cierto, cada titular podía ser una escena del crimen.
A la mañana siguiente, antes del amanecer, Delacroix partió hacia Londres.