Capítulo 2 — El último titular #2
—No es un problema. Es el negocio.
Ashcombe lo miró con una mezcla de cansancio y lástima.
La lástima era una de las pocas cosas que Morrow perdonaba peor que la torpeza.
—Esta tarde —dijo Ashcombe— quiero revisar con usted sus últimas fuentes.
—No.
—No era una invitación.
—Mis fuentes son confidenciales.
—Su puesto no.
Morrow no apartó la mirada.
Afuera, detrás del cristal esmerilado, las sombras de los redactores se movían como peces en agua turbia.
—¿Está amenazándome?
—Estoy haciendo mi trabajo.
—Qué frase tan cómoda.
Ashcombe abrió la carpeta roja.
No sacó nada. Solo dejó que Morrow viera que dentro había papeles, recortes, cartas quizá. Suficiente para sugerir orden. Suficiente para sugerir paciencia.
—He empezado a revisar ciertas cosas —dijo—. Publicaciones antiguas. Casos anteriores. Personas citadas que nunca aparecen cuando uno las busca. Testigos que nadie recuerda. Documentos que llegan siempre a sus manos con demasiada oportunidad.
Morrow no cambió de expresión.
La inmovilidad, a veces, exige más esfuerzo que el movimiento.
—Suena a una tarea aburridísima.
—A veces la verdad es aburrida.
—Por eso necesita periodistas.
Ashcombe cerró la carpeta.
—No. Por eso necesita hombres que no la conviertan en teatro.
Morrow se levantó.
—¿Hemos terminado?
—Por ahora.
—Magnífico. Me espera la muerte. Es más puntual que usted.
Puso la mano en el picaporte.
Ashcombe habló antes de que abriera.
—A las cinco, Elias.
Morrow se detuvo.
—¿Perdón?
—A las cinco. Aquí. Con sus notas de las últimas tres semanas.
Morrow giró apenas la cabeza.
—¿Y si tengo otros compromisos?
—Cancélalos.
La puerta se abrió.
Morrow salió al ruido de la redacción con el rostro intacto.
Eso era importante.
En ciertos oficios, la cara de un hombre es una segunda edición.
Clara Fenwick seguía cerca de su mesa, corrigiendo una nota sobre un robo en una joyería de poca importancia. Al verlo, levantó los ojos.
—¿Sobrevivió?
—Los editores rara vez matan antes del almuerzo. Les estropea la digestión.
—Parecía serio.
—Todo parece serio cuando se dice en un despacho pequeño.
Morrow volvió a su mesa.
En la superficie había cartas de lectores, dos telegramas, un informe policial conseguido por medios que nadie había preguntado demasiado, una pluma, un tintero y una fotografía borrosa de la calle donde había muerto Beatrice Vane. Alguien había marcado con lápiz la ubicación del farol más cercano.
Morrow tomó la fotografía y la observó.
La imagen era mala. Oscura. Casi inútil. La niebla había convertido los bordes en manchas. Se distinguía una puerta, parte de una pared, el empedrado mojado y un rectángulo de luz débil donde debía de haber estado el farol.
La muerte, pensó, rara vez tenía buen encuadre si uno la dejaba en manos del azar.
—¿Va a escribir otra pieza? —preguntó Clara.
—Siempre.
—¿Sobre qué?
—Sobre lo que Londres necesita leer.
—Eso no es lo mismo que lo que Londres necesita saber.
Morrow dejó la fotografía sobre la mesa.
—Tiene usted una confianza conmovedora en la diferencia.
Clara se acercó un paso.
—Ashcombe está preocupado.
—Ashcombe nació preocupado. Algunos hombres tienen esa vocación.
—No por el asesino.
Morrow tomó la pluma.
—Entonces debería ordenar mejor sus prioridades.
Clara bajó la voz.
—¿Qué está pasando?
Morrow mojó la punta de la pluma en el tintero.
—Lo mismo que siempre. Una ciudad finge que quiere la verdad, un periódico finge que se la da y todos desayunan con una conciencia aceptable.
—Usted no cree en nada, ¿verdad?
Morrow empezó a escribir una línea.
—Al contrario. Creo en muchas cosas. En la circulación, por ejemplo. En el miedo. En la vanidad de los funcionarios. En el hambre de los lectores. En la memoria breve de la gente decente. En la utilidad de una buena frase.
—Eso no son creencias.
—Son cosas que funcionan. La diferencia es irrelevante.
Clara lo miró unos segundos más.
Luego se marchó.
Morrow continuó escribiendo.
La sala se movía alrededor de él con la torpeza febril de todos los organismos que ignoran estar enfermos.
Un redactor juraba porque le habían perdido una nota.
Un corrector discutía una coma como si de ella dependiera la monarquía.
Un mensajero preguntaba por una dirección.
Alguien reía demasiado fuerte cerca de los archivos.
Alguien tosía. Alguien decía que Scotland Yard estaba acabada.
Alguien respondía que Scotland Yard siempre estaba acabada hasta que dejaba de estarlo.
Morrow escribió:
“Londres ha empezado a mirar hacia atrás al caminar. Esa es la primera victoria del asesino.”
Se detuvo.
No estaba mal.
Continuó:
“Scotland Yard insiste en que no existe razón para el pánico. Pero quizá la pregunta que deba hacerse esta ciudad no sea si hay razón para temer, sino cuántas razones necesita un hombre muerto.”
Demasiado florido.
Tachó “cuántas razones necesita un hombre muerto”.
Escribió:
“cuántos cadáveres necesita una institución para admitir su fracaso.”
Mejor.
Mucho mejor.
A media mañana, el propietario del Herald bajó de su despacho.
Sir Malcolm Redgrave era un hombre grueso, rosado, siempre vestido como si fuera a ser retratado por alguien a quien despreciaba. Felicitó a dos redactores equivocados, preguntó por las ventas, fingió pesar por las víctimas y terminó junto a la mesa de Morrow con una sonrisa satisfecha.
—Extraordinario trabajo, Morrow.
—La palabra extraordinario siempre me parece excesiva antes del mediodía, sir Malcolm.
—No sea modesto. No se le da bien. La ciudad habla de nosotros.
—La ciudad habla del asesino.
—Gracias a nosotros.
Sir Malcolm bajó la voz, aunque no demasiado. Los hombres poderosos solían confundir discreción con el placer de ser escuchados a medias.
—Necesitamos mantener el pulso. Sin caer en vulgaridades, por supuesto.
—Por supuesto.
—El Chronicle está intentando empujar el nombre de “El Carnicero de Londres”.
Morrow hizo un gesto de desagrado.
—Burdo.
—Pero eficaz.
—También es eficaz caerse por una escalera. No por eso lo llamaría estilo.
Sir Malcolm rió.
—Entonces mantendremos su Cuchillo de la Niebla.
—No es mío.
—No sea ingenuo. Claro que lo es.
Morrow no respondió.
Sir Malcolm apoyó dos dedos sobre la mesa.
—Quiero otra columna para la edición de la tarde.
—Quizá no haya novedades.
—La falta de novedades también puede escribirse con alarma.
—Eso es casi una definición del oficio.
—Es una definición del éxito.
Sir Malcolm se alejó satisfecho, dejando atrás un olor a colonia cara y digestión pesada.
Morrow lo observó marcharse.
Luego miró hacia el despacho de Ashcombe.
La puerta estaba cerrada.
La carpeta roja seguía allí dentro.
A las cinco, había dicho.
Con sus notas de las últimas tres semanas.
Morrow apoyó la pluma en la mesa.
No sentía miedo.
El miedo era una emoción desordenada, útil en los lectores y lamentable en quienes sabían manejarla. Lo que sentía era otra cosa. Una forma de cálculo. Una concentración limpia, casi agradable. La misma que lo visitaba cuando una frase encontraba por fin su lugar exacto en la página.
A las cinco.
El día tenía, de pronto, una estructura.
Eso siempre ayudaba.
A primera hora de la tarde, Clara Fenwick fue enviada a cubrir una reunión de comerciantes que exigían mayor presencia policial. Regresó con las botas manchadas, las mejillas coloradas por el frío y tres páginas de notas que nadie leería completas.
Morrow la vio entrar y sacudirse la humedad del abrigo.
—¿Qué quería el comercio londinense? —preguntó.
—Seguridad, renuncias y aparecer citado por su nombre.
—Una agenda amplia.
—Uno de ellos dijo que la policía cobra para llegar tarde.
Morrow levantó la mirada.
—Eso es bueno.
—No era un aforismo. Era rabia.
—La rabia también tiene derecho a una buena construcción.
Clara dejó sus notas sobre la mesa.
—¿Todo es material para usted?
Morrow la miró con una paciencia amable.
—Sí.
La respuesta fue tan simple que Clara no encontró de inmediato cómo atacarla.
—Incluso nosotros —dijo ella al fin.
—Sobre todo nosotros.
En ese momento, Ashcombe salió de su despacho con el abrigo puesto y la carpeta roja bajo el brazo.
Morrow frunció apenas el ceño.
—Creí que nuestra cita era a las cinco.
Ashcombe se ajustó los guantes.
—Lo era.
—¿Ya no?
—He decidido hacer antes una visita.
—¿A quién?
Ashcombe lo miró.
—A alguien que quizá pueda confirmar una historia.
La redacción, con su ruido habitual, pareció no escuchar. Pero Morrow escuchó cada palabra como si hubiera sido impresa en mayúsculas.
—Qué clase de historia —preguntó.
—Una vieja.
—Las viejas historias suelen oler mal.
—Solo cuando alguien las dejó pudrirse.
Ashcombe se dirigió hacia la salida.
Clara lo observó pasar.
—¿Quiere que lo acompañe, señor Ashcombe?
El editor se detuvo.
Dudó.
Por un instante pareció estar a punto de aceptar. Luego miró a Morrow, o quizá miró la redacción entera, y negó con la cabeza.
—No será necesario, señorita Fenwick.
—La niebla está bajando otra vez.
—Entonces caminaré deprisa.
Morrow sonrió.
—Procure no convertirse en titular, Henry.
Ashcombe sostuvo su mirada.
—Eso depende de quién lo escriba.
Salió.
La puerta de la redacción se cerró tras él.
Durante unos segundos nadie dijo nada. Luego el edificio recuperó su pulso. Las voces volvieron, las máquinas siguieron golpeando abajo, un teléfono sonó en alguna mesa lejana, un corrector maldijo un apellido imposible.
Clara se acercó despacio a la ventana.
Desde allí se veía a Ashcombe cruzar la calle con la carpeta bajo el brazo. La niebla lo recibió sin teatralidad, como recibe Londres a todos los hombres: borrándole primero los contornos.
—No me gusta esto —dijo ella.
Morrow ya estaba escribiendo.
—A nadie le gusta la niebla.
—No hablo de la niebla.
—Entonces debería ser más precisa.
Clara se volvió.
—¿Qué hay en esa carpeta?
Morrow no levantó la vista.
—Papel, supongo.
—No le pregunté de qué está hecha.
—Y yo no respondí lo que quería saber. Todos decepcionados.
Clara permaneció quieta un momento más.
Después regresó a su mesa.
Morrow siguió escribiendo hasta que la frase estuvo completa.
No era para la edición de la tarde.
Todavía no.
Era solo una línea posible, una de esas líneas que convenía guardar porque tarde o temprano el mundo encontraba la forma de merecerlas.
“La tragedia de Londres no es que sus calles estén vacías, sino que cada hombre que las cruza parece estar ensayando su propia desaparición.”
La leyó dos veces.
Sonrió apenas.
Fuera, la tarde empezaba a cerrarse sobre la ciudad.
A las cuatro y veinte, el cielo ya parecía de noche.
A las cuatro y media, los primeros comerciantes miraron hacia sus puertas.
A las cinco menos cuarto, un vendedor de periódicos gritó en Fleet Street que Scotland Yard seguía sin respuestas.
A las cinco, Henry Ashcombe no había regresado.
A las cinco y media, Clara Fenwick preguntó si alguien sabía dónde estaba.
A las seis, Londres empezó a cerrar otra vez.
Y Elias Morrow, sentado ante su mesa, ordenó sus papeles con una calma impecable, como si el día avanzara exactamente según la disposición secreta de una página que él ya había escrito.