Capítulo 2 — El último titular
The London Herald olía a tinta antes que a verdad.
Era un olor espeso, caliente, ligeramente metálico, que trepaba desde la planta baja, donde las máquinas trabajaban con la violencia rítmica de un corazón industrial.
A ciertas horas, cuando la edición estaba en marcha, todo el edificio parecía respirar por sacudidas: las paredes vibraban, los cristales temblaban en sus marcos y las conversaciones se partían en frases breves, casi ladradas, porque nadie podía competir mucho tiempo con el rumor de las prensas.
A Elias Morrow siempre le había gustado ese sonido.
Otros periodistas lo encontraban insoportable.
Decían que no permitía pensar, que volvía a los hombres irritables, que aplastaba los nervios.
Morrow, en cambio, sentía en aquella maquinaria algo parecido a una promesa.
Cada golpe de metal contra metal significaba repetición.
Cada repetición, alcance. Cada alcance, influencia.
Una idea escrita en una mesa era apenas una idea.
Una idea impresa diez mil veces se convertía en clima.
Y Londres, aquella mañana, amaneció bajo el clima que él había ayudado a fabricar.
Los vendedores de periódicos salieron a la calle antes de que el día terminara de aclarar.
El cielo era de un gris sucio, bajo, como si alguien hubiese apoyado sobre la ciudad una manta húmeda.
En los puentes, la niebla seguía enredada a las barandillas.
En los mercados, los tenderos hablaban más bajo de lo habitual.
En las estaciones, los hombres compraban el Herald con el gesto de quien paga por una mala noticia que ya sospecha.
El titular de Morrow se repitió en esquinas, vagones, tabernas y desayunos familiares:
EL CUCHILLO DE LA NIEBLA ATACA DE NUEVO
La frase tenía la virtud de lo inevitable.
No explicaba nada, pero parecía explicarlo todo.
En la redacción, esa mañana, nadie fingía ignorar las cifras.
El Herald había vendido más que la semana anterior.
Mucho más. Los ejemplares se habían agotado en varios puntos antes de las ocho.
Un muchacho de distribución entró empapado, dejó sobre una mesa un informe torpemente escrito y anunció que en Fleet Street algunos vendedores estaban revendiendo ejemplares a precio doblado.
Hubo risas.
No muchas.
Pero las suficientes.
Morrow estaba de pie junto a la ventana, con una taza de café intacta en la mano.
Observaba la calle sin mostrar satisfacción, porque la satisfacción vulgar era patrimonio de los principiantes.
Él prefería una serenidad algo cansada, como si el éxito le resultara inevitable y, por tanto, apenas digno de comentario.
—Está usted insoportablemente tranquilo —dijo una voz a su lado.
Clara Fenwick había aparecido con una carpeta bajo el brazo y el sombrero todavía salpicado de humedad.
Tenía veintitantos años, un abrigo barato pero bien cepillado, ojos vivos y una expresión que alternaba entre el cansancio y la insolencia con una rapidez poco recomendable en una redacción llena de hombres.
No era hermosa de un modo que los demás pudieran usar contra ella con facilidad, pero sí tenía algo más peligroso: presencia. Cuando miraba, parecía registrar.
Morrow no apartó la vista de la calle.
—La tranquilidad es una forma de cortesía hacia los nerviosos.
—Curiosa definición. Yo habría dicho que es una forma de vanidad.
—También. Pero la vanidad, señorita Fenwick, es una falta solo cuando no está justificada.
Clara apoyó la carpeta sobre una mesa cercana.
—Entonces en esta sala estamos rodeados de santos.
Morrow sonrió.
No le disgustaba Clara Fenwick. Eso lo irritaba un poco.
Había en ella una inteligencia áspera, todavía sin domesticar por la necesidad de agradar a los jefes o por el miedo a quedarse sin columna.
Escribía piezas menores, notas sobre tribunales, sucesos de barrio, reuniones municipales y pequeñas miserias que el Herald colocaba en páginas interiores.
Lo hacía con precisión, a veces con más compasión de la necesaria.
Esa compasión, pensaba Morrow, terminaría pasando. O terminaría con ella.
—¿Ha leído mi crónica? —preguntó él.
—Medio Londres la ha leído.
—No he preguntado por medio Londres.
Clara lo miró.
—Sí. La he leído.
—¿Y?
—Es muy buena.
Morrow inclinó apenas la cabeza, aceptando el cumplido como quien acepta un abrigo.
—Pero —añadió ella.
—La juventud siempre tiene un “pero”. Es su manera de pedir permiso para no estar de acuerdo.
Clara tomó un ejemplar del periódico de una mesa y lo abrió por la primera plana.
—“La niebla ha vuelto a ofrecerle al asesino el anonimato que Scotland Yard no consigue arrancarle.” —Leyó la frase con una neutralidad que la volvió más acusatoria—. Es elegante.
—Gracias.
—Demasiado elegante, quizá.
Morrow dejó por fin la taza sobre el alféizar.
—¿La muerte exige mala prosa?
—No. Pero a veces agradecería menos decorado.
La sonrisa de Morrow permaneció en su sitio, aunque algo detrás de ella se enfrió.
—Las personas no compran periódicos para agradecer. Compran periódicos para sentir que han entrado en posesión de algo que otros todavía ignoran.
—¿Incluso si lo que ignoran es el modo en que murió una mujer?
—Especialmente entonces.
Clara sostuvo el periódico entre las manos.
En la primera plana, debajo del titular, había un grabado de la calle donde había sido encontrada la última víctima conocida.
La ilustración exageraba la oscuridad, inclinaba los edificios, alargaba los faroles y convertía la niebla en una especie de telón fantasmal.
No se veía sangre. No se veía cuerpo. Pero se veía miedo. Y eso bastaba.
—Beatrice Vane tenía una hermana —dijo Clara.
Morrow tardó un segundo en responder.
—Muchas personas tienen hermanas.
—La suya vino ayer al teatro. Nadie quería hablar con ella. Todos tenían miedo de decir algo que terminara en un periódico.
—Una prevención razonable.
—Lloraba.
—También razonable.
—Tenía diecinueve años.
Morrow suspiró, no con tristeza, sino con una fatiga casi pedagógica.
—Señorita Fenwick, si pretende ejercer este oficio sin que nadie llore cerca de usted, le recomiendo la crítica de jardinería.
Clara cerró el periódico.
—No pretendo que nadie llore. Pretendo no escribir como si las lágrimas fueran tinta gratis.
Por primera vez, Morrow la miró de frente.
Fue una mirada breve, educada y afilada.
—Tenga cuidado con esa superioridad moral. En los jóvenes resulta simpática durante unos meses. Después empieza a parecer pobreza.
Clara abrió la boca para responder, pero Henry Ashcombe apareció desde el pasillo central con dos galeradas en la mano y el gesto de quien lleva horas sin una conversación agradable.
—Morrow —dijo—. A mi despacho.
El tono no admitía réplica.
Morrow se separó de la ventana.
—¿Ahora?
—Ahora.
Clara observó a ambos.
Ashcombe también la miró, pero sin verla del todo. O quizá viéndola demasiado. Había dormido poco. Las ojeras le marcaban la cara con un gris parecido al del cielo.
Morrow recogió su cuaderno de notas, aunque no lo necesitaba.
—¿Debo llevar abogado o basta con mi modestia?
—Con que lleve silencio me conformo.
Algunos redactores fingieron no escuchar.
En una redacción, fingir no escuchar era una de las formas más refinadas de la atención.
El despacho de Henry Ashcombe estaba al fondo, separado por una mampara de cristal esmerilado.
No era grande, pero sí ordenado con una severidad que casi equivalía a una acusación.
Había pilas de papeles sujetas con cuerdas, una lámpara verde, dos sillas incómodas, un perchero y un retrato del fundador del periódico mirando hacia abajo con el aire de quien desaprueba la época presente.
Ashcombe cerró la puerta.
Morrow se sentó sin que lo invitaran.
—Adelante —dijo—. Me gustan los fusilamientos breves.
Ashcombe permaneció de pie.
—Ha vuelto a incluir detalles que no constan en los informes públicos.
—Mis lectores se lo agradecen.
—Yo no.
—Usted no compra el periódico. Lo corrige.
Ashcombe dejó las galeradas sobre el escritorio.
—¿Quién es su fuente?
Morrow levantó las cejas con fingida sorpresa.
—Qué pregunta tan poco elegante.
—Es una pregunta profesional.
—Entonces debería saber que no voy a responderla.
—Si esa fuente forma parte de Scotland Yard, está poniendo en peligro una investigación.
—Si Scotland Yard tuviera una investigación, quizá podría ponerla en peligro.
Ashcombe no se movió.
En otros tiempos, esa clase de respuesta habría arrancado una sonrisa seca en el despacho. Ashcombe no era un hombre sin humor. Pero algo había cambiado. Algo que Morrow había notado desde la noche anterior, cuando vio la carpeta cerrada con cinta roja en su mano.
La carpeta estaba allí.
Sobre el escritorio.
No demasiado visible.
Tampoco escondida.
—Elias —dijo Ashcombe.
El uso del nombre de pila fue peor que cualquier reprimenda.
Morrow cruzó las piernas.
—Henry.
—Esto está yendo demasiado lejos.
—Londres tiene un asesino suelto. Diría que es el asesino quien ha ido demasiado lejos.
—No hablo del asesino.
—Entonces procure no hacerlo tan cerca de una ventana. Podría decepcionar a la ciudad.
Ashcombe apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No sé qué cree que está haciendo, pero sí sé lo que parece.
Morrow guardó silencio.
—Parece que disfruta.
La frase quedó flotando entre ambos con una insolencia casi física.
Morrow sonrió muy despacio.
—Qué decepción. Creí que íbamos a hablar de periodismo y resulta que vamos a hablar de sentimientos.
—Vamos a hablar de límites.
—Los límites son líneas que trazan los hombres que no saben llegar más lejos.
—No. Los límites son lo que separa una noticia de una explotación.
Morrow se inclinó hacia delante.
—¿Y quién decide esa frontera? ¿Usted? ¿Desde este despacho? ¿Con su lámpara verde y su retrato de muerto ilustre? La ciudad está leyendo, Henry. La ciudad quiere saber.
—La ciudad quiere ser asustada y consolada al mismo tiempo. Ese es precisamente el problema.