Capítulo 1 — La ciudad que cerraba temprano #2
—Londres no quiere saber si trabajamos. Londres quiere saber si puede caminar hasta su casa sin aparecer mañana en una columna del Herald.
Uno de los agentes bajó la vista.
Blackthorne tomó el periódico y leyó en voz alta, con una frialdad que volvía más cruel cada frase:
—“Mientras Scotland Yard pide paciencia, la ciudad entrega cadáveres. Mientras los funcionarios recomiendan prudencia, las calles recomiendan despedirse antes de salir.” —Bajó el papel—. ¿Les parece gracioso?
Nadie respondió.
—A mí tampoco. Pero a Londres le parece convincente, que es peor.
Pembroke se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz.
—Morrow no ayuda.
—Morrow no tiene obligación de ayudarnos. Tiene obligación de vender ejemplares. Nosotros, en cambio, sí tenemos una obligación. Y estamos fracasando de manera pública.
La palabra quedó ahí.
Fracaso.
No era una palabra frecuente en Scotland Yard. Se la rodeaba, se la vestía, se la convertía en “dificultad”, “proceso”, “complejidad” o “investigación en curso”. Pero aquella noche Blackthorne la había dejado caer desnuda sobre la mesa.
Pembroke volvió a mirar los alfileres.
—Necesito más tiempo.
—No lo tenemos.
—Entonces necesito más hombres.
—Tampoco.
—Entonces necesita usted un milagro.
Blackthorne dobló el periódico con una precisión irritante.
—Los milagros tienen mala reputación en esta oficina, Pembroke. Suelen venir acompañados de curas, charlatanes o franceses.
Pembroke no dijo nada.
Pero algo en su silencio hizo que Blackthorne entornara los ojos.
—No —dijo.
Pembroke guardó las gafas en el bolsillo.
—No he dicho nada, señor.
—Lo ha pensado.
—Pienso muchas cosas que no digo.
—Y algunas que más le valdría no pensar.
Durante unos segundos, el único sonido fue el de la lluvia fina contra el vidrio.
—Si este caso sigue creciendo —dijo Pembroke—, no bastará con proteger la reputación de la institución. Habrá que resolverlo.
Blackthorne se acercó un paso.
—Tenga mucho cuidado, inspector.
—Lo tengo. Por eso estoy preocupado.
Blackthorne miró de nuevo el mapa.
Los tres alfileres negros parecían insectos clavados.
—No quiero extranjeros en este caso.
—No se trataría de un extranjero.
—¿Ah, no?
Pembroke alzó la mirada.
—Se trataría de un amigo.
La respuesta no mejoró el humor de Blackthorne.
Mientras Scotland Yard discutía su orgullo, Londres seguía cerrando puertas.
En una casa de Bloomsbury, una criada atrancó la entrada con un pestillo que nunca se usaba.
En Kensington, una dama ordenó que el coche esperara pegado al portal, aunque la distancia hasta la acera fuera ridícula.
En un callejón del East End, dos niños jugaron a perseguirse fingiendo que uno era el Cuchillo de la Niebla, hasta que su madre les cruzó la cara de un grito.
En los clubes, los hombres se indignaban con comodidad.
—Pagamos impuestos —decía un comerciante de mejillas encendidas—. Pagamos tasas, licencias, contribuciones, multas por cualquier estupidez. Y cuando un asesino anda suelto, ¿qué recibimos a cambio? Consejos. Prudencia. Palabras.
—Y silbatos —añadió otro.
—Silbatos que llegan cuando uno ya está muerto.
La frase produjo un murmullo de aprobación.
Era injusta, pero eficaz. Como casi todas las frases que sobreviven a una conversación.
Un anciano sentado cerca de la chimenea bajó el periódico y dijo:
—No es la primera vez que Londres tiene miedo.
—No —respondió el comerciante—. Pero uno esperaría que aprendiéramos algo entre miedo y miedo.
Nadie supo qué responder.
Afuera, un vendedor volvió a gritar el nombre del asesino.
El Cuchillo de la Niebla.
La frase entraba bien en la boca. Tenía ritmo. Tenía imagen. Tenía promesa.
Eso la hacía peligrosa.
No todos los nombres describen.
Algunos nombres convocan.
En la redacción de The London Herald, Elias Morrow apoyó la pluma junto al tintero y leyó por tercera vez el párrafo final de su columna.
Era un hombre de unos cuarenta años, aunque se esforzaba por parecer algo más joven y lo conseguía solo en habitaciones mal iluminadas.
Tenía el cabello oscuro peinado hacia atrás, una boca fina y unos ojos que rara vez descansaban sobre una persona sin calcular su utilidad.
Vestía con elegancia discreta, casi severa, como si quisiera que nadie pudiera acusarlo de vanidad y todos tuvieran que reconocerle buen gusto.
A su alrededor, la redacción hervía.
Hombres que entraban y salían. Papeles. Voces. Tazas olvidadas. Un corrector dormido sobre una prueba de imprenta. Un muchacho manchado de tinta corriendo con una galerada en la mano. El mundo, pensó Morrow, siempre parecía más verdadero antes de imprimirse. Después ya solo parecía inevitable.
—Buen cierre —dijo una voz a su espalda.
Morrow no se sobresaltó.
No le gustaba concederle a nadie esa satisfacción.
Henry Ashcombe, subeditor del Herald, estaba de pie tras él. Era un hombre delgado, de barba cuidadosamente recortada y mirada fatigada. Tenía en la mano una carpeta cerrada con una cinta roja.
Morrow cubrió la última línea con naturalidad.
—No sabía que ahora leía por encima del hombro.
—Solo cuando el hombro ocupa media portada.
—La ciudad está interesada.
—La ciudad está asustada.
Morrow sonrió apenas.
—La diferencia es comercialmente irrelevante.
Ashcombe no sonrió.
Durante un instante, el ruido de la redacción pareció apartarse de ellos.
—Mañana quiero hablar con usted —dijo Ashcombe.
—Habla conmigo todos los días.
—No sobre columnas.
Morrow miró la carpeta.
—Qué misterioso.
—No tanto como cree.
La sonrisa de Morrow no desapareció, pero perdió temperatura.
—¿Debo preocuparme?
Ashcombe tardó un segundo en contestar.
—Yo, en su lugar, dormiría poco.
Luego se alejó entre las mesas.
Morrow permaneció quieto.
Solo cuando Ashcombe desapareció detrás de una puerta, levantó la mano y corrigió una palabra del párrafo final.
Había escrito:
“Londres espera una respuesta.”
Tachó “espera”.
Escribió encima:
“Londres exige una respuesta.”
Mucho mejor.
Más limpio.
Más justo.
Más vendible.
Esa noche, cuando los primeros ejemplares salieron a la calle húmedos todavía de tinta, Londres ya estaba casi cerrada.
Los periódicos viajaron en carros, bajo lonas oscuras, atravesando calles donde los faroles parecían mirar sin ayudar. Los paquetes cayeron en esquinas, estaciones, cafés, puestos y manos ansiosas. La noticia se multiplicó antes de que la ciudad pudiera defenderse de ella.
En una comisaría menor, un agente leyó el titular y apretó los labios.
En una pensión, una mujer escondió el periódico para que su hija no lo viera.
En un club, un diputado lo dobló con furia teatral y anunció que pediría explicaciones.
En una cocina, una criada leyó en voz baja cada línea y luego se santiguó sin saber muy bien por quién.
A medianoche, Londres ya no parecía una capital.
Parecía una habitación inmensa llena de gente que fingía dormir.
Y en alguna parte, detrás de una ventana encendida, un hombre sonrió al comprobar que la ciudad había entendido exactamente lo que él quería que entendiera.