Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 1 — La ciudad que cerraba temprano
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Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21)

Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21)

Por Dorian Leblanc

© inepub.com

Capítulo 1 — La ciudad que cerraba temprano

A las seis de la tarde, Londres empezaba a cerrar como una casa enferma.

No cerraba de golpe.

No era una persiana bajando con estrépito ni una puerta atrancada de pronto por una mano nerviosa.

Era algo peor: un repliegue lento, vergonzoso, casi íntimo.

Primero se apagaban las risas en las aceras.

Luego los pasos se volvían más rápidos. Después, las miradas empezaban a medir las distancias entre un farol y otro, entre un portal y el siguiente, entre una sombra quieta y una sombra demasiado quieta.

A esa hora, semanas atrás, los comercios aún mantenían cierta dignidad.

Las carnicerías limpiaban sus mostradores con parsimonia.

Las sombrererías dejaban encendida la luz del escaparate para tentar a las últimas damas.

Los cafés conservaban en sus cristales un vaho amable, hecho de té, conversación y tabaco.

Los cocheros renegaban del tránsito y los vendedores de periódicos gritaban titulares con esa ferocidad infantil que tenían los niños de Londres cuando descubrían que una desgracia podía venderse por un penique.

Ahora, en cambio, la ciudad se encogía.

El señor Wilkes, dueño de una pequeña tienda de guantes en Holborn, llevaba tres días cerrando media hora antes de lo habitual.

El primer día se había dicho que era por prudencia.

El segundo, por consideración hacia su esposa.

El tercero, ya no se había dado ninguna explicación.

Había bajado la persiana con las manos algo torpes, mirando de reojo la calle, como si la niebla pudiera sentirse ofendida por su desconfianza.

—Todavía es temprano, señor Wilkes —le dijo un cliente rezagado, un hombre de bigote rubio y sombrero demasiado nuevo.

—Temprano era antes —respondió Wilkes.

El cliente sonrió con incomodidad.

No compró nada.

Nadie compraba mucho en aquellos días. La gente entraba en las tiendas para no estar en la calle, preguntaba precios que no le importaban, tocaba telas, observaba relojes, fingía interés por bastones, libros, cintas o frascos de colonia.

Luego miraba por la ventana, comprobaba que seguía habiendo niebla y se marchaba con la misma prisa con la que había entrado.

Londres siempre había tenido niebla.

Eso repetían los viejos, los médicos, los policías, los hombres serios que desconfiaban de toda forma de histeria.

Londres había tenido niebla antes de ellos y la tendría después.

La niebla entraba por las rendijas, manchaba los pulmones, amarilleaba las lámparas, borraba las esquinas y daba a los caballos un aspecto de animales aparecidos en sueños. No había nada nuevo en eso.

Pero ahora la niebla tenía nombre.

Y cuando una ciudad le pone nombre a su miedo, el miedo deja de ser clima y se convierte en vecino.

En la esquina de Fleet Street, un muchacho de no más de doce años agitaba un fajo de periódicos con los dedos enrojecidos por el frío.

—¡Otra víctima del Cuchillo de la Niebla! ¡Scotland Yard sin respuestas! ¡Lean el Herald! ¡El asesino vuelve a burlarse de la policía!

Un cochero le gritó que se callara.

El muchacho no se calló.

Había aprendido, como aprenden pronto los pobres, que la desgracia ajena puede calentar mejor que un abrigo si uno sabe venderla a tiempo.

—¡El Cuchillo de la Niebla! ¡La ciudad sitiada por el crimen! ¡La policía no protege a nadie!

Una mujer se detuvo junto al puesto improvisado. Llevaba el velo bajo, las manos hundidas en un manguito de piel gastada y ese gesto de quien preferiría no comprar el periódico, pero tampoco soporta no saber.

—Dame uno.

El niño se lo tendió.

—El Herald trae detalles nuevos, señora.

La mujer lo miró con una severidad cansada.

—Siempre trae detalles nuevos.

—Por eso se vende.

La mujer no respondió.

Pagó.

Se alejó deprisa.

El titular ocupaba casi media primera plana:

EL CUCHILLO DE LA NIEBLA ATACA DE NUEVO

Scotland Yard admite no tener una línea firme de investigación

Londres exige protección

Debajo, en letras más pequeñas, pero no menos crueles, se leía el nombre del periodista: Elias Morrow.

Había hombres que escribían sobre la muerte como quien levanta acta de una desgracia.

Elias Morrow escribía como quien descorre un telón.

Sus crónicas no se limitaban a informar. Respiraban. Gemían. Señalaban. Dejaban caer insinuaciones con la delicadeza de una gota de tinta sobre un mantel blanco. Londres las leía con horror y, aunque nadie lo habría admitido en voz alta, con una ansiedad casi obscena por conocer la siguiente frase.

Aquella tarde, en los cafés, en los clubes, en las cocinas de las casas pobres y en las salas tibias de las casas ricas, la crónica de Morrow pasó de mano en mano.

“Una vez más —escribía—, el asesino ha elegido la hora en que Londres deja de ser ciudad para convertirse en garganta. Una vez más, la niebla ha servido de cortina, de cómplice y quizá de confesionario. Una vez más, Scotland Yard llega tarde, mira mucho y dice poco.”

En una taberna de Whitechapel, un hombre golpeó la mesa con el periódico abierto.

—Eso es verdad. Llegan tarde. Siempre llegan tarde.

—Tú tampoco llegas nunca temprano al trabajo, Bill —dijo otro.

Hubo algunas risas.

Pocas.

Las bromas duraban menos desde el tercer cadáver.

El primer muerto había sido un empleado nocturno llamado Samuel Pritchard.

Había aparecido cerca de una calle lateral, no muy lejos de una estación, con el abrigo abrochado hasta el cuello y una expresión de sorpresa tan limpia que algunos dijeron que ni siquiera había tenido tiempo de comprender su propia muerte.

El segundo había sido una mujer joven, Beatrice Vane, vinculada a un teatro menor.

La prensa la convirtió de inmediato en una flor arrancada por la sombra, aunque quienes la conocían aseguraban que Beatrice no había sido una flor, sino una muchacha de lengua rápida, de risa fuerte y de pies cansados.

Eso no importó demasiado. La ciudad prefería a sus víctimas decorativas.

El tercero había sido Gideon Frost, prestamista de carácter venenoso y fortuna pequeña.

Con él, por un momento, Londres respiró con cierta indecencia.

Había demasiada gente dispuesta a creer que Frost había recibido, si no justicia, al menos una forma de compensación poética.

Pero esa comodidad duró poco. Porque si el Cuchillo de la Niebla podía matar a una muchacha, a un empleado y a un hombre odiado, entonces no elegía.

O elegía de un modo que nadie entendía.

Eso era lo que más asustaba.

El crimen con motivo permite dormir, aunque sea mal. El crimen sin motivo entra en la habitación antes que uno.

En Scotland Yard, los pasillos tenían esa noche un olor a lana mojada, tabaco frío y paciencia agotada.

El inspector Arthur Pembroke llevaba diecisiete minutos observando un mapa de Londres extendido sobre una mesa. Había tres alfileres negros clavados en tres puntos distintos. Los miraba como si esperara que, de pronto, uno de ellos se disculpara y se moviera hacia un lugar más razonable.

No ocurrió.

A su espalda, dos agentes discutían en voz baja sobre horarios, patrullas y testigos que no habían visto nada, salvo niebla, sombras y, en un caso particularmente inútil, “un caballero con sombrero”.

En Londres, un caballero con sombrero era casi una especie animal.

—No hay línea —dijo uno de los agentes.

Pembroke no se volvió.

—Siempre hay una línea.

—Con el debido respeto, señor, esta vez no parece.

Pembroke apoyó ambas manos sobre el borde de la mesa.

Era un hombre de rostro ancho, bigote oscuro y ojos cansados.

No tenía aspecto de genio ni de mártir. Tenía más bien el aire de quien ha pasado demasiados años intentando que el mundo no se desmorone antes de la hora de la cena.

Era honesto, metódico, terco. Cualidades excelentes para un policía y pésimas para un caso que se alimentaba precisamente de burlar métodos.

—Pritchard no conocía a Vane —dijo—. Vane no conocía a Frost. Frost tenía enemigos suficientes para llenar una parroquia, pero ninguno relacionado con los otros dos. Tres barrios. Tres vidas. Tres horarios distintos.

—La misma herida —apuntó el agente.

Pembroke cerró los ojos un instante.

La misma herida.

Esa era la cuerda de la que todos tiraban. Una herida estrecha, precisa, bajo las costillas. Limpia, según el doctor Harcourt. Casi económica. La clase de herida que la prensa había transformado en carnicería porque una sola palabra sobria no vende periódicos.

—La misma herida no siempre significa el mismo asesino —dijo Pembroke.

El agente lo miró con inquietud.

—¿Cree que puede haber más de uno?

Pembroke no contestó enseguida.

A través de las ventanas altas, la luz exterior parecía enferma. La niebla se pegaba a los cristales con una insistencia casi animal. Del otro lado de la calle, una farola ardía como si estuviera al fondo de un vaso sucio.

—Creo —dijo al fin— que alguien quiere que creamos algo. Todavía no sé qué.

En ese momento se abrió la puerta.

Entró el superintendent Reginald Blackthorne.

No necesitaba levantar la voz para imponer silencio.

Era uno de esos hombres que habían aprendido a convertir la desaprobación en temperatura ambiente.

Alto, seco, con patillas grises y una mirada hecha para encontrar manchas en uniformes ajenos, Blackthorne avanzó hasta la mesa y observó los alfileres con una expresión de desprecio contenido.

No hacia los muertos. Hacia el desorden.

—Los periódicos vuelven a despedazarnos —dijo.

Pembroke no se molestó en preguntar cuáles. Todos lo hacían.

Blackthorne dejó un ejemplar de The London Herald sobre el mapa. El papel cayó justo entre los tres alfileres.

—Morrow —murmuró Pembroke.

—Morrow vende. Nosotros sangramos.

—Las víctimas sangran más, señor.

Blackthorne lo miró.

—No necesito lecciones de humanidad, inspector. Necesito resultados.

Pembroke sostuvo la mirada.

Había una clase de cansancio que se parecía mucho al valor.

—Estamos trabajando.