Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 24 — Después de la lluvia
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Capítulo 24 — Después de la lluvia

La lluvia terminó durante la noche.

No hubo un último trueno.

No hubo relámpago final ni ráfaga dramática contra los cristales. La tormenta, que había entrado en La Maison de l’Orage con vocación de sentencia, se fue como suelen irse casi todas las cosas terribles: sin pedir perdón, sin explicar demasiado, dejando charcos.

Al amanecer, la casa olía a madera mojada, cera apagada y café reciente.

Ese último olor fue casi obsceno.

Después de un asesinato, el mundo comete la indecencia de continuar con sus costumbres menores.

Las tazas vuelven a colocarse sobre los platillos.

Las cucharillas tintinean. Alguien barre barro del vestíbulo.

Alguien pregunta por pan. Un gallo, en alguna granja demasiado lejana para conocer la tragedia, decide anunciar el día como si el día lo mereciera.

Delacroix bajó al salón poco después de las siete.

No había dormido mucho.

Lo suficiente para recordar que el descanso seguía existiendo en teoría y que él había venido a buscarlo con una ingenuidad impropia de su edad.

El salón estaba distinto.

No porque alguien lo hubiera arreglado de verdad, sino porque las pruebas ya no ocupaban el centro de la mesa.

Los gendarmes se habían llevado lo esencial: las notas, el cable, el recibo, la copia de la orden de apertura, el guante marcado, la fotografía de Veyrac, la fotografía de Delacroix bajando del carruaje, los fragmentos chamuscados del registro y una cantidad humillante de declaraciones.

Quedaban marcas.

La mancha de cera en la alfombra.

El borde oscuro de una mesa quemada por una vela caída.

La silla donde Marchal había permanecido sentado durante horas.

El sitio vacío de Maud Vernet junto al ventanal.

Los lugares, pensó Delacroix, también recuerdan mal. Prefieren las manchas a las razones.

Victorine Arbel estaba junto a la chimenea, con un vestido oscuro y el cabello recogido con más severidad que de costumbre. Parecía haber envejecido una década y, al mismo tiempo, recuperado una parte de sí misma que la noche anterior se le había extraviado entre llaves, apagones y muertos.

—Monsieur Delacroix —dijo.

—Madame Arbel.

—El café está caliente.

—Una de las pocas frases que todavía pueden mejorar una mañana.

Ella casi sonrió.

Casi.

Había cafés que no merecían alegría, solo gratitud.

Delacroix aceptó una taza y se quedó de pie junto a la ventana.

Afuera, el paisaje tenía esa limpieza falsa que deja la lluvia después de ensuciarlo todo.

El camino principal seguía embarrado, pero ya era transitable para un carro ligero.

Dos gendarmes hablaban junto al portón. Félix Noiret, con una pala al hombro y el abrigo empapado, discutía con uno de ellos sobre la mejor manera de retirar una rama caída.

Félix discutía como quien necesitaba que alguna cosa simple volviera a depender de él.

Eso era saludable.

O lo más parecido.

—Se llevaron a Maud al amanecer —dijo Victorine.

—Lo sé.

—No hizo ruido.

—No.

—Tampoco lloró.

Delacroix bebió un sorbo de café.

—Hay lágrimas que no salen porque no encuentran una parte inocente por donde escapar.

Victorine miró hacia el ventanal.

—¿Cree que la condenarán?

—Sí.

—¿Y a Blanche?

—Dependerá de cuánto entiendan los hombres que escriban los informes.

—Eso no me tranquiliza.

—No era una frase tranquilizadora.

Victorine cerró los ojos un instante.

—Félix quiere acompañarla cuando la interroguen.

—Félix quiere muchas cosas.

—¿Debería impedírselo?

Delacroix miró al encargado por la ventana.

Félix había dejado la pala apoyada contra un muro y escuchaba a un gendarme con una paciencia feroz.

—No. Pero conviene que sepa que acompañar no significa salvar.

—No estoy segura de que Félix conozca esa diferencia.

—La aprenderá. De manera poco agradable, como casi todo lo importante.

Victorine asintió.

—Blanche está en la cocina.

—¿Sola?

—No. Con Oriane.

Delacroix arqueó apenas una ceja.

—Una combinación arriesgada para cualquier cocina.

—Madame Fauvel dijo que nadie debía quedarse solo con sus remordimientos antes de desayunar.

—Madame Fauvel mejora cuando no intenta ser amable.

—Creo que intentaba serlo.

—Entonces retiro parte del elogio.

Victorine sí sonrió esta vez.

Muy poco.

Pero lo bastante para demostrar que aún quedaba alguien vivo bajo la propietaria de la casa.

En ese momento, Anatole Bréval apareció en la puerta del salón con el sombrero entre las manos, la libreta bajo el brazo y una expresión de hombre que ha pasado la noche luchando contra su peor instinto y no está seguro de haber vencido.

—Monsieur Delacroix.

Delacroix cerró los ojos un instante.

—Monsieur Bréval.

—No escribiré sobre esto.

Victorine lo miró.

Delacroix también.

El escritor tragó saliva.

—No de inmediato —corrigió.

Oriane Fauvel, que entraba detrás con una bandeja de pan, dijo:

—Una mejora menor, pero verificable.

Bréval bajó la cabeza.

—Entiendo que sería indecente.

—Qué mañana tan llena de descubrimientos —dijo Oriane.

Bréval aceptó el golpe con humildad, lo cual resultó novedoso y hasta preocupante.

—Solo quería decir —continuó— que, si alguna vez se cuenta, no debería contarse como la muerte de Renaudin.

Delacroix lo miró con más atención.

—¿Ah, no?

—No. Debería contarse como Veyrac.

Oriane dejó la bandeja sobre la mesa y no dijo nada.

Eso, en ella, era una concesión enorme.

Delacroix inclinó apenas la cabeza.

—Tal vez, monsieur Bréval, todavía no esté perdido del todo.

El escritor pareció recibir una absolución.

Oriane lo arruinó enseguida:

—No se emocione. “No perdido del todo” sigue siendo una categoría muy baja.

—La acepto —dijo Bréval.

—Sabio de su parte.

Victorine sirvió más café.

Marchal bajó unos minutos después.

Ya no parecía médico retirado.

Parecía un hombre que hubiera decidido volver a serlo solo para poder declarar de qué forma había fallado.

Tenía la barba mal afeitada y los ojos hundidos. Llevaba bajo el brazo una carpeta de cuero.

—Me marcharé con los gendarmes —dijo.

Nadie preguntó por qué.

Él dejó la carpeta sobre la mesa.

—Son mis copias. Informes de Veyrac. Cartas. Algunos apuntes. Los guardé durante años sin saber si quería protegerme o acusarme.

Varenne apareció en el umbral justo a tiempo para oírlo.

Tenía el rostro menos rojo, la mirada menos furiosa y el vendaje más torcido que nunca.

—Siempre tan indeciso, Marchal.

El médico lo miró.

—Sí.

No hubo defensa.

Varenne se quedó incómodo.

La rendición ajena le quitaba las mejores armas.

—Voy a declarar todo —dijo Marchal—. Sobre el dinero. Sobre las marcas. Sobre lo que no escribí.

Varenne se acercó a la mesa.

—¿Y eso le devolverá las piernas a mi hermano?

—No.

—¿Le devolverá a Clara Ménard?

—No.

—¿Al padre de Blanche?

—No.

—¿A Adrien Vernet?

—No.

Marchal tragó saliva.

—Pero quizá impida que Renaudin sea recordado solo como víctima.

Varenne lo miró.

Durante un instante, pareció buscar otra herida donde clavar el dedo.

No la encontró.

O la encontró y decidió no tocarla.

—Eso —dijo al fin— no es poco.

Marchal bajó la cabeza.

—No.

Oriane observó aquel intercambio con una expresión inusualmente suave.

—Milagro menor —murmuró.

—¿Cuál? —preguntó Delacroix.

—Dos hombres diciendo algo verdadero sin intentar usarlo como garrote.

—La mañana avanza con extravagancias.

Blanche apareció en la puerta de la cocina.

Tenía el rostro pálido, los ojos hinchados y las manos todavía rojas de haber fregado algo que probablemente no necesitaba tanta limpieza. Félix entró por el vestíbulo al mismo tiempo, lleno de barro hasta las rodillas.

Al verla, se detuvo.

Ella también.

Nadie fue tan cruel como para mirar demasiado.

Salvo Bréval, que empezó a hacerlo y recibió un codazo casi invisible de Oriane.

—Hablaré con los gendarmes —dijo Blanche.

Su voz temblaba, pero no se rompió.

Victorine se acercó.

—Blanche...

—Diré lo que hice.

—Sí.

—Y lo que no hice.

—También.

Blanche miró a Delacroix.

—¿Eso importa?

—Mucho.

—Anoche parecía que todo era igual.

—Anoche estaba oscuro.

La muchacha asintió, aunque no parecía del todo convencida.

Félix se limpió las manos en el abrigo, un gesto inútil.

—Iré contigo.

Blanche negó.

—No al principio.

Él se quedó quieto.

—¿Por qué?

—Porque si estás, voy a querer parecer menos culpable.

Félix abrió la boca.

No dijo nada.

El silencio le costó.

Eso lo hizo mejor.

—Estaré fuera —dijo.

Blanche asintió.

—Eso sí.

Victorine la abrazó.

Fue un abrazo breve, torpe, de mujer que no sabía todavía si abrazaba a una empleada, a una muchacha culpable, a una hija prestada por la desgracia o a todo eso a la vez.

Blanche lloró sin ruido.

Félix miró hacia otro lado.

Delacroix también.

La discreción, a veces, era la única forma decente de compasión.

Poco después, los gendarmes entraron para tomar nuevas declaraciones. El mayor, que ya se había acostumbrado ligeramente a la presencia de Delacroix sin dejar de parecer incómodo, desplegó sus papeles sobre el escritorio pequeño del salón.

—Necesitaremos que permanezcan disponibles durante el día.

Varenne soltó un gruñido.

—No pensaba salir bailando.

Oriane lo miró.

—Se lo agradecemos todos.

El gendarme no supo si debía pedir silencio.

Decidió no entrar en una guerra para la que no había sido entrenado.

Maud no estaba.

Y, sin embargo, todo seguía girando alrededor de ella.

Delacroix se enteró de que había pedido escribir una declaración antes de partir.

No para exculparse. No para acusar a Blanche.

Para explicar Veyrac. Había entregado también una carta dirigida a Adrien Vernet, escrita años antes y nunca enviada, que llevaba en el baúl.

El gendarme no entendía por qué importaba.

Delacroix sí.

Algunas cartas no buscan destinatario.

Buscan que alguien deje de llevarlas encima.

Hacia media mañana, el cielo terminó de abrirse.

No salió el sol.