Capítulo 24 — Después de la lluvia #2
Pero la nube se levantó lo suficiente para que el valle reapareciera con sus árboles rotos, sus piedras brillantes, sus campos aplastados por el agua y esa belleza indecente de los lugares que no se sienten responsables de las desgracias humanas.
Un carro pudo llegar desde el pueblo.
Trajo a más gendarmes, mantas secas, un médico joven que miró a Marchal con respeto hasta saber demasiado poco y a Delacroix con respeto hasta saber demasiado.
También trajo noticias: el camino principal estaría abierto por la tarde; el puente pequeño había resistido; Saint-Auban sabía ya que en La Maison de l’Orage había ocurrido una muerte.
Victorine cerró los ojos al oírlo.
—Empezarán a hablar.
Delacroix estaba junto a ella en el vestíbulo.
—Sí.
—Dirán que mi hotel está maldito.
—La gente prefiere maldiciones a mantenimientos deficientes, cartas anónimas y culpas administrativas. Son más fáciles de pronunciar.
—Eso tampoco consuela.
—Hoy estoy teniendo poco éxito en ese apartado.
Victorine miró hacia la escalera.
—No sé si podré mantener la casa abierta.
—Tal vez no deba decidirlo hoy.
—¿Y mañana?
—Mañana tampoco. Las casas, como los cadáveres, se entienden peor con prisa.
Ella lo miró.
—Usted no sabe hablar sin parecer que está cerrando un caso.
—Tengo muy mala educación emocional.
—No. Tiene una forma incómoda de ser amable.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Lo siento.
—No lo parece.
—Es parte de la mala educación.
Victorine sonrió.
Luego se volvió hacia el libro mayor, que seguía sobre el mostrador de recepción. El mismo libro que había contenido nombres falsos, reservas falsas, llegadas anticipadas, manchas de humo y silencios administrativos.
—El registro —dijo.
Delacroix la siguió.
Victorine abrió el libro en la página correspondiente.
Allí estaba la línea:
Monsieur Alban Valcour — habitación 7.
La tinta parecía inocente.
Eso era lo irritante de la tinta.
—Debo corregirlo —dijo ella.
—¿Por qué?
—Porque no es su nombre.
—Hay muchas cosas en ese libro que no fueron del todo lo que parecían.
—Precisamente.
—Déjelo.
Victorine lo miró.
—¿Quiere que lo deje como Valcour?
—Sí.
—¿Por discreción?
—Por gratitud.
—¿A quién?
Delacroix observó el nombre falso.
Alban Valcour.
Un hombre que había venido a descansar y había durado menos de una cena.
—A ese pobre hombre. Fue huésped durante unas horas. No tuvo tiempo de cometer grandes errores.
—Salvo venir aquí.
—Ese lo compartimos.
Victorine apoyó la mano sobre la página.
—Pero Armand Delacroix estuvo aquí.
—Armand Delacroix termina estando en demasiados sitios. No necesita otro registro.
—Los gendarmes lo sabrán.
—Los gendarmes ya lo saben. El papel puede permitirse una pequeña ficción.
—¿Para qué?
Delacroix miró hacia el salón, donde Blanche hablaba con el gendarme, Félix esperaba en el umbral, Marchal ordenaba sus papeles, Varenne miraba la lluvia y Oriane impedía que Bréval escribiera con solo existir cerca de él.
—Para recordar que todos intentamos, alguna vez, entrar en una casa con otro nombre.
Victorine no respondió.
Cerró el libro.
No corrigió nada.
A primera hora de la tarde, el carruaje estuvo listo.
El mismo cochero que había dejado a Delacroix bajo la primera lluvia regresó con cara de hombre que preferiría no haber acertado tanto al marcharse de prisa.
—Le dije que esto empeoraba, monsieur.
Delacroix se ajustó los guantes.
—No especificó cuánto.
—Uno no quiere parecer pesimista.
—Una delicadeza fatal.
El cochero miró la casa.
—¿Es verdad lo que dicen?
—Casi nunca.
—¿Y esta vez?
—Esta vez quizá digan poco.
El hombre decidió no preguntar más.
Buena elección.
En el vestíbulo, Victorine acompañó a Delacroix hasta la puerta.
Félix estaba fuera, junto al carruaje. Blanche no salió. Delacroix la había visto por última vez sentada en la cocina, con una manta sobre los hombros y una taza intacta entre las manos. Había mucho camino por delante para ella. No todo sería legal. Buena parte sería más difícil.
Marchal partiría más tarde con los gendarmes.
Varenne se quedaría hasta poder conseguir transporte hacia el valle. Antes de que Delacroix saliera, se acercó a él en el salón.
—Monsieur Delacroix.
—Monsieur Varenne.
El comerciante pareció pelearse con una frase demasiado grande para su orgullo.
—Yo quería que fuera ella.
—Lo sé.
—Antes de saberlo, quiero decir.
—También lo sé.
—Porque si era ella, entonces alguien había hecho algo.
—Sí.
—Y eso era mejor que aceptar que nadie hizo nada durante años.
Delacroix lo miró con seriedad.
—Alguien hizo muchas cosas durante años, monsieur Varenne. Casi todas pequeñas. Por eso costó tanto verlas.
Varenne asintió.
—Mi hermano...
Se detuvo.
No continuó.
Delacroix no lo ayudó.
Algunos nombres necesitaban ser dichos por quien aún temía decirlos.
—Mi hermano se llama Achille Étienne Varenne —dijo al fin—. No solo Achille. No solo una inicial en un pañuelo.
—Lo recordaré.
Varenne bajó la cabeza.
—Gracias.
Fue todo.
Más de lo que parecía.
Oriane Fauvel salió al vestíbulo cuando Delacroix ya estaba poniéndose el abrigo.
—Se marcha sin despedirse.
—Me estaba despidiendo de manera eficiente.
—Qué forma tan triste de llamar a la cobardía social.
—Madame Fauvel, la echaré de menos durante aproximadamente tres minutos.
—Me halaga la exageración.
Ella le tendió algo.
Una tarjeta.
—Mi dirección.
Delacroix la miró.
—¿Debo temer una carta?
—No. Debe esperar una.
—Eso es peor.
—Probablemente. Si alguna vez necesita a alguien que observe una sala llena de mentirosos sin fingir simpatía por ellos, escríbame.
—Una oferta muy específica.
—Las generales son vulgares.
Delacroix guardó la tarjeta.
—Lo tendré en cuenta.
Oriane inclinó apenas la cabeza.
—Y, monsieur Delacroix...
—Sí.
—No deje que Bréval escriba esto como si la tormenta hubiera matado a Renaudin.
—Haré lo posible.
—No. Haga más.
Delacroix la miró.
—Lo haré.
Oriane aceptó la promesa sin agradecerla.
Era su manera de hacerlo.
Victorine abrió la puerta.
El aire exterior era frío, limpio y cruelmente luminoso bajo el cielo todavía gris.
El camino brillaba de barro. Las ramas rotas se amontonaban a un lado.
La torre lateral, desde abajo, parecía menos siniestra y más vieja.
Solo vieja. Como si la noche le hubiera prestado una importancia que el día ya no estaba dispuesto a sostener.
Delacroix se detuvo en el umbral.
Miró una última vez La Maison de l’Orage.
Había llegado allí para descansar de los crímenes.
Se marchaba con otro en la memoria.
Eso no era sorpresa.
Era casi una falta de imaginación del destino.
Victorine habló detrás de él:
—¿Cree que la casa volverá a estar en silencio?
Delacroix miró las ventanas.
La galería del norte.
La torre.
El salón.
—Sí.
Ella pareció aliviarse.
Él añadió:
—Pero no será el mismo silencio.
Victorine asintió despacio.
—No.
—Los silencios, cuando aprenden nombres, cambian de peso.
Ella cerró los ojos un instante.
—Adiós, monsieur Delacroix.
—Adiós, madame Arbel.
Bajó los escalones.
Félix le abrió la portezuela del carruaje.
—Monsieur.
—Monsieur Noiret.
El encargado dudó.
—Blanche...
—Dirá la verdad.
—Eso no responde.
—Es la única respuesta que no empeora las cosas.
Félix miró hacia la casa.
—La quiero.
—Lo sé.
—Eso tampoco ayuda.
—Ayuda a estar cerca. No a borrar.
Félix apretó la mandíbula.
—Odio sus respuestas.
—Hoy está en excelente compañía.
El encargado casi sonrió.
—Gracias.
—No lo he consolado.
—No. Por eso.
Delacroix subió al carruaje.
El cochero sacudió las riendas.
Las ruedas comenzaron a avanzar por el barro, con un sonido húmedo y trabajoso. La Maison de l’Orage quedó atrás poco a poco: primero la puerta, luego el vestíbulo, luego las ventanas altas, luego la torre.
En la curva del castaño, el carruaje pasó por el mismo lugar donde alguien lo había fotografiado bajo la lluvia.
Delacroix miró hacia arriba.
Desde allí se veía la ventana de la torre.
Oscura.
Cerrada.
Inofensiva, si uno era lo bastante ingenuo.
El cochero preguntó:
—¿Va a Saint-Auban, monsieur?
Delacroix no respondió enseguida.
Sacó del bolsillo la tarjeta de Oriane, la miró sin leerla realmente y luego volvió a guardarla.
—Sí —dijo—. Saint-Auban.
—¿A descansar?
Delacroix miró el camino abierto, el cielo bajo, los charcos donde la mañana se reflejaba sin culpa.
—No abusemos del optimismo.
El cochero soltó una risa breve, sin entender del todo.
El carruaje siguió avanzando.
Atrás quedaban una casa, una tormenta, una mujer detenida, una muchacha culpable de haber querido salvar una culpa que no era suya, un médico dispuesto al fin a decir lo que había callado, un comerciante que acababa de recuperar el nombre completo de su hermano, una institutriz con una dirección escrita en una tarjeta y un escritor que, con suerte, tardaría unos días en arruinarlo todo con adjetivos.
También quedaba Géraud Renaudin.
Víctima.
Culpable.
Muerto.
Las tres cosas podían convivir en el mismo hombre.
Esa era una de las razones por las que el mundo resultaba tan cansado y las novelas tan necesarias.
Delacroix cerró los ojos.
La tormenta no había matado a nadie.
El cielo solo había hecho ruido.
El crimen, como casi siempre, había ocurrido más cerca del suelo.