Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 23 — La diferencia entre justicia y venganza #2
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Capítulo 23 — La diferencia entre justicia y venganza #2

—La justicia acepta no quedarse satisfecha —continuó él—.

La venganza exige satisfacción aunque deba fabricar más daño para conseguirla.

La justicia mira al culpable y dice: esto debe saberse.

La venganza mira al culpable y dice: esto debe sentirse.

Y cuando uno empieza a matar para que otro sienta, termina pareciéndose demasiado a aquellos que hicieron sufrir primero.

Maud habló con un hilo de voz:

—No me parezco a Renaudin.

—No en su dolor. Sí en su método.

Ella bajó la mirada.

Aquello, más que cualquier confesión, pareció derribarla.

Varenne murmuró:

—Yo habría querido matarlo.

Delacroix se volvió hacia él.

—Sí.

—Si hubiera sabido cómo.

—Probablemente.

—¿Y eso qué me hace?

—Honesto. No inocente de espíritu, pero honesto.

Varenne dejó escapar una risa rota.

—Gran consuelo.

—Los consuelos grandes suelen ser falsos.

Marchal se acercó a la mesa.

—Entregaré mi recibo. Y declararé lo que hice.

Varenne lo miró.

—¿Ahora?

—Sí.

—Qué conveniente.

—No.

Marchal sostuvo su mirada.

—Conveniente habría sido morir antes de tener que decirlo.

Varenne no encontró respuesta.

Maud miró al médico.

—¿Declarará sobre las marcas de los cuerpos de Veyrac?

Marchal tragó saliva.

—Sí.

—¿Sobre los informes suavizados?

—Sí.

—¿Sobre el dinero?

—Sí.

—¿Aunque lo destruya?

Marchal la miró con una tristeza sin defensa.

—Ya me destruyó. Solo faltaba que alguien lo supiera.

Maud cerró los ojos.

Por primera vez, no pareció odio lo que sentía hacia él.

Pareció un cansancio común.

Eso era peor.

Los enemigos son más fáciles de soportar cuando no comparten ruinas.

A lo lejos, desde el exterior, se oyó un sonido.

No trueno.

Voces.

Victorine se levantó.

Blanche también.

Delacroix se acercó a la ventana.

Entre la lluvia fina y los árboles inclinados, distinguió dos figuras que subían por el camino embarrado.

Félix delante, empapado, con la linterna.

Oriane detrás, con el vestido manchado de barro y una expresión que prometía castigar a la naturaleza por su falta de modales.

Tras ellos venían otros dos hombres con capas oscuras.

Gendarmes.

Victorine se llevó una mano a la boca.

—Han llegado.

Nadie pareció aliviado.

La llegada de la autoridad no borra lo ocurrido.

Solo le pone forma.

Félix abrió la puerta principal minutos después. Entró mojado hasta los huesos, respirando fuerte.

—El camino inferior sigue mal, pero encontramos al guardia rural y dos gendarmes en el cruce. Vendrán más cuando puedan pasar el carro.

Oriane entró detrás, sacudiéndose una gota de la manga.

—Si alguien vuelve a invitarme a una casa con nombre meteorológico, lo consideraré una agresión personal.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Me alegra verla ilesa.

—No se acostumbre. Soy mucho más interesante en peligro.

Félix fue directamente hacia Blanche.

Se detuvo frente a ella.

No la abrazó.

Todavía no.

Pero le tomó la mano.

Blanche rompió a llorar.

Esa vez él no la soltó.

Los gendarmes entraron con esa mezcla de autoridad y desconcierto que tienen los hombres llamados a una tragedia cuando la tragedia ya ha sido explicada por otra persona.

El mayor de los dos, un hombre ancho, de bigote húmedo y botas llenas de barro, miró el salón, las pruebas sobre la mesa, el rostro de Maud, el cadáver indicado al fondo de la galería y finalmente a Delacroix.

Tardó un segundo.

Luego se irguió.

—Monsieur Delacroix.

Bréval casi se desmayó de felicidad literaria.

Oriane lo notó y le puso una mano en el hombro.

—No.

Él no se movió.

El gendarme se quitó el sombrero.

—No esperaba encontrarlo aquí.

—Yo tampoco.

El hombre dudó, sin saber si debía sonreír.

Decidió que no.

Buena elección.

—¿Qué ha ocurrido?

Delacroix miró a Maud.

La viuda dio un paso adelante.

—Yo maté a Géraud Renaudin.

El gendarme se volvió hacia ella.

—Madame...

—Maud Lenoir Vernet —dijo ella—. Y entregaré una declaración.

La forma en que pronunció su nombre completo hizo que la habitación entera sintiera el peso de las dos vidas que cargaba.

Lenoir.

Vernet.

Padre.

Marido.

Veyrac.

Renaudin.

El gendarme miró a Delacroix, como pidiendo confirmación.

Delacroix asintió.

—Madame Vernet preparó la muerte de Renaudin usando la instalación eléctrica de la galería.

Mademoiselle Servan no participó en el asesinato, pero alteró pruebas después.

Hay documentos vinculados al desastre de Veyrac que deberán ser protegidos y enviados a una autoridad competente que no haya cenado jamás con Renaudin.

El gendarme parpadeó.

—Entiendo.

—Lo dudo, pero es un comienzo.

Oriane volvió a sonreír.

El gendarme decidió no escuchar esa parte.

Maud extendió las manos.

No había esposas todavía.

El gesto bastó para vaciar el salón.

Blanche lloró con más fuerza.

Félix cerró los ojos.

Varenne se puso de pie, pero no dijo nada.

Marchal bajó la cabeza.

Victorine se apoyó en el respaldo de una silla.

El gendarme se acercó a Maud.

—Vendrá con nosotros.

—Sí.

Antes de moverse, Maud miró a Delacroix.

—¿Dirá que Renaudin era culpable?

—Sí.

—¿Dirá que Adrien tenía razón?

—Sí.

—¿Dirá que mi padre existió?

Delacroix la miró con una seriedad absoluta.

—Sí.

La respuesta la desarmó.

No la absolvió.

Pero le quitó, por un instante, la necesidad de seguir peleando.

—Entonces —dijo ella—, quizá la verdad sirva para algo.

—A veces llega tarde.

—Siempre.

—No. Solo demasiado a menudo.

Maud casi sonrió.

Luego se volvió hacia Blanche.

—No cargues con lo mío.

Blanche negó con la cabeza, llorando.

—No sé cómo.

—Aprende.

Fue la última orden de Maud en La Maison de l’Orage.

Después caminó junto al gendarme hacia la puerta.

Al cruzar el vestíbulo, la luz gris de la tarde le tocó el rostro. No parecía absuelta. No parecía vencida. Parecía, simplemente, una mujer que había llevado durante años una tormenta dentro y que, al soltarla, había descubierto que también podía destruir la casa que quería iluminar.

La puerta se cerró detrás de ella.

Nadie habló durante un largo rato.

La lluvia seguía cayendo.

Pero ya no mandaba.

Delacroix miró la mesa.

El documento de Veyrac seguía allí.

Marchal se acercó y puso su recibo junto a él.

Varenne, tras unos segundos, sacó de su bolsillo una carta arrugada y la dejó también.

Oriane añadió la fotografía de Clara Ménard, pequeña, gastada, doblada por una esquina.

Blanche, temblando, puso la fotografía donde aparecía Léon Servan.

Una a una, las pruebas dejaron de ser armas y empezaron a parecer lo que debieron haber sido desde el principio.

Testimonios.

Delacroix observó la mesa sin tocar nada.

La justicia, pensó, no siempre repara.

A veces solo impide que la mentira herede todos los muebles.

Era poco.

Pero había noches en que poco era la única forma decente de empezar.