Capítulo 21 — La reconstrucción
Hay un momento, en toda investigación decente, en que las pruebas dejan de parecer objetos.
Hasta entonces, son trozos de mundo: un zapato, una llave, una nota, una fotografía, un cable, un recibo viejo, una mancha en un guante. Cosas. Cosas que pueden mentir por accidente o decir la verdad por descuido.
Luego, de pronto, empiezan a colocarse unas junto a otras.
Y entonces dejan de ser cosas.
Se convierten en una frase.
La frase, en La Maison de l’Orage, era todavía incompleta. Pero Delacroix ya veía su gramática.
El salón había cambiado desde la revelación de su nombre.
No físicamente. Seguía siendo la misma habitación de techos altos, chimenea cansada, muebles antiguos y lámparas apagadas.
Pero todos ocupaban ahora el espacio de otra manera.
Antes se movían alrededor de monsieur Valcour, el huésped incómodo.
Ahora se mantenían a distancia de Armand Delacroix, como si la fama fuese una forma de electricidad y también pudiera saltar de un cuerpo a otro con la humedad suficiente.
Victorine Arbel estaba de pie junto a la mesa, con las llaves a la vista.
Félix Noiret vigilaba el cable recuperado.
Blanche Servan seguía cerca de la chimenea, pálida pero más entera.
Théodore Marchal parecía un hombre que hubiera envejecido durante una sola noche y no hubiera terminado aún.
Achille Varenne respiraba por la nariz, impaciente, resentido y asustado de que el resentimiento ya no bastara para explicar nada.
Oriane Fauvel observaba como si estuviera en una clase extraña, una en la que el profesor podía acusarla en cualquier momento y ella, aun así, quisiera saber la respuesta.
Anatole Bréval no escribía.
Ese detalle, pensó Delacroix, merecía una pequeña nota de gratitud hacia el cielo, aunque el cielo hubiera colaborado poco en lo demás.
Maud Vernet —Maud Lenoir, Maud Vernet, hija de un muerto, viuda de otro— estaba junto al ventanal.
La tormenta seguía aflojando detrás del cristal.
Ella no.
Delacroix colocó sobre la mesa la fotografía de Veyrac, la de su llegada, el recibo de Marchal, las notas y el plano de la casa.
—Vamos a empezar de nuevo —dijo.
Varenne soltó una exclamación.
—¿De nuevo?
—Sí.
—¿Después de todo esto?
—Precisamente por todo esto. Las investigaciones que no empiezan de nuevo cuando creen haber avanzado suelen terminar obedeciendo al primer error.
Oriane cruzó los brazos.
—Eso suena casi humilde.
—No se alarme. Es pasajero.
Victorine miró la mesa.
—¿Qué sabemos?
—Menos de lo que parece. Más de lo que el asesino querría.
—Eso no es una respuesta.
—Es una respuesta honrada. Las otras suelen ser más breves y peores.
Delacroix tomó la primera nota.
Venga a la galería cuando la casa se quede a oscuras. Veyrac aún no ha terminado.
—Esta atrajo a Géraud Renaudin a la galería. No lo hizo con una amenaza vulgar, ni con dinero, ni con miedo a una persona concreta. Lo hizo con Veyrac. Eso es importante.
Maud no se movió.
Marchal cerró los ojos.
Varenne miró al suelo.
—Renaudin no era un hombre valiente —continuó Delacroix—. Era algo más peligroso: un hombre acostumbrado a administrar cobardías ajenas. Si recibió una nota así, no pidió ayuda porque pedir ayuda habría significado admitir que Veyrac seguía vivo. Y él había dedicado años a enterrarlo en papeles.
—Entonces fue solo —dijo Victorine.
—Sí. Y fue donde le indicaron.
—La galería.
—La galería, pero no cualquier punto de la galería. El asesino necesitaba que se detuviera en un lugar preciso.
Félix señaló el plano.
—El punto de contacto.
—Exacto. Bajo la alfombra había una pieza metálica, probablemente la arandela deformada que volvió a su caja.
Esa pieza estaba conectada al cable verdadero, el que encontramos en el sótano.
La humedad de la alfombra y el metal de la barandilla completaron el engaño.
Renaudin pisó con el pie izquierdo donde debía pisar.
Extendió la mano derecha hacia algo que el asesino colocó ante él.
—¿Qué cosa? —preguntó Oriane.
—Algo que no podía ignorar.
—Un documento —dijo Maud.
Todos la miraron.
Ella no retiró la palabra.
Delacroix asintió.
—Probablemente.
Varenne se inclinó hacia delante.
—La orden de apertura.
—Quizá.
—¿La encontró?
—No.
—Entonces quizá no existía.
Maud lo miró con frialdad.
—Existía.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque mi marido no inventaba documentos. Eso era trabajo de otros.
La frase rozó a Marchal como una hoja fina.
El médico no protestó.
Delacroix continuó:
—El asesino pudo colocar allí un sobre, una copia parcial, incluso una hoja en blanco con el membrete adecuado. Renaudin, al verla, se acercó. Pisó el punto preparado. Tocó o intentó tomar el objeto. La corriente atravesó su cuerpo. Murió casi de inmediato.
Victorine palideció.
—¿Y el trueno?
—El trueno ayudó. La tormenta cubrió el ruido, justificó el apagón, explicó el miedo. Pero la tormenta no entró en la galería. Alguien la invitó.
Nadie habló.
La frase parecía haber estado esperando desde la primera noche.
Delacroix dejó la nota sobre la mesa.
—Después, el asesino retiró el cable visible y la pieza de contacto.
Rompió o terminó de romper la ventana. Quemó el marco para imitar el paso del rayo.
Alteró el panel. Dejó una escena lo bastante clara para que todos pensaran en accidente y lo bastante confusa para que nadie quisiera mirar demasiado.
Marchal bajó la vista.
—Yo no miré demasiado.
—No.
—Pero eso no me convierte en asesino.
—No. Lo convierte en algo más común.
—¿Qué?
—Un hombre que prefirió una explicación cómoda a una verdad insoportable.
Marchal recibió aquello sin defenderse.
Varenne murmuró:
—Qué generoso.
Delacroix se volvió hacia él.
—No crea. La comodidad moral es una enfermedad muy extendida. Usted también la padece cuando cree que su odio basta para convertir a otro en culpable.
El comerciante enrojeció.
—Yo tenía motivos.
—Muchos. Por eso era tan útil.
—¿Útil?
—Sí. Usted fue convocado para que pareciera capaz de matar.
Su carta le prometía un recibo. El despacho lo atrajo.
Allí apareció un documento real de Veyrac, junto a la carpeta de reparaciones.
Demasiado oportuno. Luego fue golpeado, no para eliminarlo, sino para convertirlo en una víctima ruidosa y un sospechoso más interesante.
Varenne abrió la boca.
No encontró respuesta.
Era difícil indignarse cuando alguien acababa de describirlo con precisión.
Delacroix tomó el pañuelo con iniciales.
—Además, apareció un pañuelo con A. V. en la habitación de madame Vernet. Podía señalarlo a usted. Podía señalar a Adrien Vernet. Incluso podía señalar a su hermano. Una prueba que señala en tres direcciones no acusa: distrae.
Oriane murmuró:
—Y obliga a todos a elegir la dirección que ya preferían.
—Exacto.
Varenne se sentó.
Esta vez sin ruido.
Delacroix miró a Félix.
—Usted, monsieur Noiret, fue usado de otra manera.
Félix se tensó.
—Como técnico.
—Como explicación. La casa era su territorio. Las llaves, los paneles, el generador, los cables, la galería. Todo aquello que hacía posible el crimen parecía pasar por usted. Un investigador perezoso lo habría detenido antes del amanecer.
—¿Y usted?
—Yo soy perezoso solo en asuntos sociales.
Félix casi sonrió.
Casi.
—¿Entonces me descarta?
—Como asesino, sí. Como hombre que conocía la casa lo bastante para haber impedido algunas negligencias, no tanto.
Félix aceptó el golpe.
—Eso es justo.
Victorine lo miró con dolor.
Delacroix se volvió hacia ella.
—Madame Arbel, usted también era una sospechosa excelente. La propietaria. Las llaves. El registro. El deseo de proteger la reputación de la casa.
—Y el miedo a perderlo todo.
—Sí.
—No maté a nadie.
—Lo sé.
La respuesta fue tan sencilla que Victorine pareció más afectada que si la hubiera acusado.
—¿Lo sabe?
—Sí. Usted ha intentado controlar el desastre desde que empezó, pero nunca dirigirlo.
Es una diferencia visible. Las personas que organizan un crimen suelen moverse antes de que la casa las necesite.
Usted llega siempre medio segundo tarde.
Eso, en una propietaria, es trágico. En una asesina, sería incompetente.
Oriane bajó los ojos.
—Un consuelo extraño.
Victorine soltó aire.
—Pero consuelo al fin.
Delacroix tomó la fotografía de Veyrac y señaló a Léon Servan.
—Blanche.
La muchacha levantó la cabeza.
Félix se tensó.
—Su padre trabajó en Veyrac. Usted no lo dijo. Recibió la primera nota y se la entregó a Renaudin porque ese apellido despertó algo que llevaba años dormido a medias. Mintió por miedo, por vergüenza y por lealtad a una memoria rota.
Blanche tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Sí.
—Pero no preparó el crimen. No escribió las notas. No entendía la arandela, ni el cable, ni el panel. Alguien usó su silencio como usa una corriente de aire: sin pedir permiso.
Félix bajó la vista.
Blanche lloró.
No mucho.
Lo suficiente para quedar más liviana.
—Monsieur Bréval —dijo Delacroix.
El escritor se sobresaltó.
—Sí.
—Usted vino porque le prometieron una historia.
Bréval bajó la cabeza.
—Sí.
—Y la obtuvo.
—No de la manera...
—No termine esa frase. Le hará daño incluso a usted.
Bréval cerró la boca.
—Usted no mató a Renaudin. Es demasiado dependiente de la escena como para haberla construido. Los hombres como usted no preparan tormentas; esperan que otros se mojen y luego describen la lluvia.
Oriane miró a Bréval.
—Una descripción casi amable.
El escritor pareció no estar seguro de poder soportarla.
Delacroix se volvió hacia ella.
—Madame Fauvel.
Oriane levantó la barbilla.
—Por fin.
—No se muestre tan complacida. Podría confundirme.
—Haré lo posible.
—Usted recibió una carta sobre Clara Ménard. Vino por una herida que no exhibe. Observa mejor que la mayoría. Miente menos, quizá porque desprecia demasiado a los demás para molestarse en engañarlos con entusiasmo.
—Eso sí parece un elogio.
—No abuse.
—No maté a Renaudin.
—Lo sé.
—¿Por qué?