Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 20 — El nombre verdadero #2
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Capítulo 20 — El nombre verdadero #2

—Entonces no son iguales.

—No.

La conversación se hizo de nuevo pequeña dentro de la grande.

Varenne la interrumpió:

—¿Y qué importa si son dos voces o una? Renaudin sigue muerto.

Delacroix no apartó los ojos de Maud.

—Importa porque una de esas voces preparó una muerte perfecta y la otra empezó a cometer errores.

Maud sostuvo su mirada.

—¿Y cuál busca?

—La que sabe callar.

—Qué difícil.

—Mucho. Sobre todo cuando empieza a hablar por orgullo.

La viuda no respondió.

Pero en sus ojos hubo algo.

No miedo.

No todavía.

Reconocimiento.

Victorine se enderezó.

—¿Qué haremos ahora, monsieur Delacroix?

La sala escuchó el nombre otra vez.

Ya no como revelación.

Como cambio de autoridad.

Delacroix no pareció disfrutarlo. La autoridad, pensaba, era una carga que muchos buscan hasta que deben usarla con cuidado.

—Primero, revisaremos la torre con más detalle.

Félix asintió.

—Hay huellas.

—Las veremos. Luego, el pasillo de servicio y la conducción por donde intentaron retirar el cable. Después, las habitaciones.

Varenne reaccionó:

—¿Otra vez?

—Sí.

—Esto no acabará nunca.

—Se equivoca. Acabará bastante pronto. Esa es precisamente la razón de que alguien se haya asustado.

Bréval levantó la cabeza.

—¿Cree que resolverá el caso?

Oriane suspiró.

—No, monsieur Bréval. Ha revelado ser Armand Delacroix para mejorar el ambiente.

El escritor bajó la mirada.

Delacroix tomó la fotografía de su llegada.

—El asesino quería un testigo.

Maud lo miró.

—Eso dije.

—Sí.

—Y ahora ese testigo tiene nombre.

—Sí.

—¿Eso cambia la justicia?

—No.

—¿Cambia el miedo?

—Mucho.

Victorine se acercó al libro mayor.

—¿Debe quedar todo aquí?

—Sí.

—¿Incluso las llaves?

—Sobre todo las llaves.

La propietaria asintió.

—Entonces, en esta casa, hasta nuevo aviso, usted manda.

Félix la miró, sorprendido.

Varenne abrió la boca.

Maud no.

Oriane sí sonrió, apenas.

Delacroix miró a Victorine con cierta gravedad.

—No mande demasiado deprisa esa responsabilidad hacia mí, madame. Pesa más de lo que parece.

—Lo sé.

—No. Si lo supiera, no me la daría con tanta elegancia.

Victorine aceptó el golpe.

—La casa ya no me obedece.

—Las casas nunca obedecen. Solo disimulan cuando los vivos no les hacen preguntas.

Un sonido llegó desde fuera.

No trueno.

Ruedas.

O ramas.

Félix se volvió hacia la ventana.

—¿Qué fue eso?

Todos escucharon.

Nada.

Luego, un crujido largo, húmedo, pesado.

Félix se acercó al cristal.

—Un árbol cayó.

Victorine se llevó una mano al pecho.

—¿En el camino?

Félix miró lo que pudo entre la lluvia.

—No lo sé.

Delacroix se acercó.

La tormenta aflojaba, pero el mundo exterior seguía siendo una masa gris, embarrada, inestable. No se veía el camino principal desde aquella ventana. Solo una línea de árboles negros y el tejado bajo de las dependencias.

—Cuando haya luz suficiente, usted y yo iremos a comprobarlo —dijo Delacroix.

Félix negó.

—Será peligroso.

—Todo lo que hacemos desde ayer ha sido una descortesía hacia la prudencia.

—No me gusta dejar la casa.

—A mí tampoco. Por eso no iremos todavía.

Varenne soltó una carcajada.

—¡Otra vez todavía!

Delacroix se volvió hacia él.

—Monsieur Varenne, si la impaciencia fuera combustible, ya habría despejado el camino a Lyon.

Oriane miró al comerciante.

—Y habría incendiado la mitad del valle.

Félix volvió hacia la mesa.

—Si el camino está peor, la policía tardará más.

—Sí —dijo Delacroix.

Marchal habló bajo:

—Entonces estamos solos.

—No —dijo Delacroix.

Todos lo miraron.

—Estamos encerrados —continuó—. No solos. Hay una diferencia importante. La soledad permite imaginar monstruos. El encierro obliga a sentarse con ellos.

Blanche tembló.

Félix se acercó a ella.

Esta vez Delacroix no le dijo nada.

La protección también podía ser una prueba, pero no toda prueba debía usarse como cuchillo.

Maud volvió a hablar.

—Monsieur Delacroix.

—Sí.

—Usted dijo que la venganza mira hacia atrás pero despeja el camino para el próximo cadáver.

—Lo dije.

—¿Y si no hay próximo cadáver?

—Entonces la venganza habrá fracasado por falta de tiempo, no por virtud.

—¿Siempre piensa tan mal de quienes sufren?

Delacroix la miró.

La pregunta era real.

No teatral.

Eso la hizo más difícil.

—No. Pienso muy bien de quienes sufren. Precisamente por eso me irrita verlos convertirse en verdugos.

Maud bajó los ojos.

—A veces no queda otra forma de que alguien escuche.

—Sí queda.

—¿Cuál?

—Sobrevivir sin convertirse en aquello que nos destruyó.

Varenne soltó un sonido amargo.

—Qué bonito.

Delacroix no lo miró.

—No he dicho que sea bonito. He dicho que queda.

Maud respiró despacio.

—Mi padre sobrevivió y se rompió. Mi marido sobrevivió y se murió por dentro antes que por fuera. Yo sobreviví y vine aquí. ¿Cuál de esas formas prefiere?

La sala no se movió.

Esa pregunta no era solo para Delacroix.

Era para todos.

Blanche bajó la cabeza.

Marchal cerró los ojos.

Varenne dejó de parecer furioso y empezó a parecer viejo.

Oriane miró el fuego.

Delacroix respondió con suavidad:

—Prefiero la que no deja otro cadáver en la galería.

Maud sostuvo su mirada.

—Qué respuesta tan fácil.

—No. Solo breve. Las respuestas difíciles no siempre necesitan más palabras.

Ella casi sonrió.

Casi.

—Ahora entiendo por qué lo fotografiaron.

—¿Por mi brevedad?

—Por su manera de no apartarse.

Delacroix no respondió.

Había cumplidos que podían ser trampas. También había trampas que elegían parecer cumplidos para no aburrirse.

Félix tomó la lámpara.

—Revisaré la torre otra vez.

—No —dijo Delacroix.

El encargado cerró los ojos.

—Monsieur Delacroix...

—Ahora que todos saben quién soy, sería una pena morir por una vieja costumbre.

—¿Cuál?

—La de ir primero al lugar donde el asesino quiere que miremos.

—Entonces ¿dónde?

Delacroix señaló el libro mayor.

—Al nombre falso.

Victorine frunció el ceño.

—¿Valmont?

—Sí.

—¿Por qué ahora?

—Porque mi falso nombre era Valcour. El falso huésped era Valmont. La fotografía me convierte en pieza del juego. Pero la reserva de Valmont preparó la habitación siete antes de que yo llegara. Ese nombre es anterior al miedo del asesino hacia mí.

Oriane se acercó.

—Pertenece a la primera voz.

—Exacto.

Maud bajó la mirada.

Delacroix lo vio.

—Madame Vernet.

Ella alzó la vista.

—¿Conoce el apellido Valmont?

—No.

La respuesta fue rápida.

No perfecta.

—¿Segura?

—Sí.

—Entonces tendré que preguntarlo de otra forma.

—Hágalo.

Delacroix tomó la fotografía de Veyrac.

La colocó junto al libro mayor.

—¿Había alguien en Veyrac con un nombre parecido? Valmont, Valmorin, Valmer, Val...

Maud lo interrumpió.

—Valmer.

La sala entera se tensó.

Ella cerró los ojos, como si hubiera contestado antes de decidir.

—Henri Valmer —dijo—. Trabajaba en la administración de obra. No era importante.

Delacroix la observó.

—Las personas “no importantes” suelen ser muy útiles cuando sobreviven a las importantes.

Varenne frunció el ceño.

—Valmer.

Marchal levantó la cabeza.

—Sí. Recuerdo ese nombre.

Oriane también.

—Aparecía en alguna nota de Clara. Su padre lo mencionó.

Blanche susurró:

—Mi padre lo odiaba.

Victorine miró a todos.

—¿Quién era?

Maud respondió:

—El hombre que llevaba los avisos de Adrien a la oficina central. O decía llevarlos.

Delacroix sintió que la habitación acababa de ofrecerle una llave verdadera.

No de metal.

De sentido.

—¿Sobrevivió a Veyrac?

Maud asintió.

—Sí.

—¿Dónde está ahora?

—No lo sé.

—¿Renaudin lo conocía?

—Todos lo conocían.

—¿Pudo tener documentos?

—Sí.

—¿Pudo saber quién recibió cartas, quién cobró, quién calló?

Maud no respondió.

No hacía falta.

Marchal murmuró:

—Valmer podía haberlo sabido todo.

Varenne dio un paso hacia la mesa.

—¿Está aquí?

Nadie respondió.

El nombre quedó suspendido.

Valmer.

Valmont.

Valcour.

Un hueco en el registro.

Una habitación preparada.

Una fotografía desde la torre.

Delacroix sintió que algunas piezas empezaban a rozarse en el lugar correcto.

No encajaban todavía.

Pero ya dejaban de parecer una colección de accidentes.

—No —dijo al fin.

Varenne lo miró.

—¿No qué?

—No creo que Valmer esté aquí.

—¿Entonces?

Delacroix cerró el libro mayor.

—Creo que alguien usó su nombre como una sombra.

Maud Vernet seguía muy quieta.

Demasiado.

—Y las sombras —añadió Delacroix— solo sirven cuando alguien sabe de dónde viene la luz.

La viuda apartó la mirada.

Tarde.

Muy tarde.

Delacroix no dijo nada más.

No aún.

Pero ella comprendió.

Y él comprendió que ella comprendía.

El nombre verdadero ya no era solo el suyo.

La casa había empezado a devolver nombres.

Valcour.

Delacroix.

Vernet.

Lenoir.

Valmont.

Valmer.

Cada uno quitaba una máscara.

Y, debajo de todas, había una mujer junto a un ventanal que acababa de descubrir que el hombre al que había tomado por testigo podía terminar siendo juez.

Afuera, la tormenta cedió un poco más.

Dentro, nadie se movió.

El caso, por fin, había dejado de buscar accidentes.

Y empezaba a buscar nombres.