Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 20 — El nombre verdadero
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Capítulo 20 — El nombre verdadero

La tormenta empezó a retirarse sin pedir disculpas.

No terminó de golpe. No tuvo la cortesía de cerrar una puerta y marcharse.

Simplemente fue alejando sus truenos, espaciando la lluvia, dejando que la casa escuchara otros ruidos: la madera que crujía, las respiraciones demasiado cuidadosas, el goteo constante de alguna cornisa herida, el roce de la vela al consumirse.

La Maison de l’Orage no parecía aliviada.

Parecía descubierta.

Delacroix dejó la última amenaza junto a las demás.

La tormenta terminará antes que usted.

Las palabras eran feas.

No por violentas.

Por torpes.

La primera voz escribía como quien se cree juez. La segunda escribía como quien ha perdido la paciencia. Eso podía significar dos personas, dos estados de ánimo o un mismo asesino empezando a descomponerse por los bordes.

Las tres opciones eran útiles.

Y ninguna tranquilizadora.

Victorine Arbel cerró la puerta principal con llave. Luego dejó la llave sobre la mesa, junto al aro completo. Ese gesto, más que cualquier grito, mostró hasta qué punto la casa había dejado de pertenecerle.

Félix Noiret depositó el cable largo al lado del zapato de Renaudin y lo cubrió con un paño.

—No quiero que nadie lo toque.

—Una frase que empieza a resumir nuestra convivencia —dijo Oriane Fauvel.

Félix no respondió.

Estaba mirando a Blanche.

La muchacha se había sentado junto a la chimenea, todavía pálida. El mareo se le había pasado, pero no el miedo. El miedo tenía más fondo que el mareo. Y, a diferencia del cuerpo, no obedecía bien a las órdenes de Marchal.

Anatole Bréval permanecía en un sillón, con la libreta cerrada sobre las rodillas. Delacroix sospechaba que aquel cierre le estaba costando más que a otros no gritar.

Achille Varenne caminaba en círculos cortos, como si la alfombra fuese una celda privada.

Théodore Marchal no se sentaba. No del todo. Se apoyaba en una silla, se apartaba, volvía a apoyarse. El recibo de los quinientos francos lo había devuelto a Veyrac con más fuerza que cualquier recuerdo.

Maud Vernet estaba junto al ventanal.

La lluvia resbalaba por el cristal detrás de ella.

No miraba hacia fuera.

Miraba el reflejo de la sala.

Eso le permitió ver a Delacroix sin mirarlo de frente.

—Hay dos manos —dijo Oriane.

Delacroix se volvió hacia ella.

—Quizá.

—Las notas de Veyrac son medidas, casi solemnes. Las amenazas contra usted son más torpes.

—Sí.

—Eso no parece casual.

—Pocas cosas lo parecen a estas alturas.

Varenne se detuvo.

—¿Por qué no dice ya lo que sabe?

—Porque todavía prefiero saberlo antes.

—Siempre lo mismo.

—No. Algunas veces prefiero callarlo después.

Victorine tomó aire.

—Monsieur Valcour.

La forma en que pronunció el nombre hizo que todos entendieran que ya no lo usaba como nombre.

Lo usaba como prueba pendiente.

—Sí, madame.

—Ha llegado el momento.

—De muchas cosas.

—De esa en particular.

Delacroix miró la fotografía de su llegada.

Luego la falsa reserva de A. Valmont.

Luego la amenaza clavada en la puerta.

Había retrasado la respuesta porque el asesino quería arrancársela en un momento determinado. Y Delacroix tenía una relación muy mala con la obediencia. Pero una verdad retrasada también podía convertirse en obstáculo. La noche ya había dado suficientes regalos al asesino.

—Tiene razón —dijo.

El silencio fue inmediato.

Incluso Varenne dejó de moverse.

Delacroix se acercó a la mesa. No hizo teatro. No se colocó junto al fuego. No esperó un trueno, lo cual habría sido vulgar y, además, la tormenta ya no colaboraba con tanta energía.

—Mi nombre no es Alban Valcour.

Bréval abrió la boca.

Oriane no.

Victorine cerró los ojos, como si hubiera esperado esa frase y la hubiera temido menos que su continuación.

Varenne dio un paso hacia él.

—Entonces ¿quién demonios es?

Delacroix miró al comerciante.

—La palabra “demonios” resulta ambiciosa. Mi fama no llega tan lejos.

Marchal se quedó rígido.

Fue el primero en entender.

O en empezar.

—No —murmuró.

Delacroix giró hacia él.

—¿No?

—Usted no puede ser...

—La experiencia me ha enseñado que puedo ser muchas cosas desagradables antes del desayuno.

Bréval se levantó tan rápido que la libreta cayó al suelo.

—No.

Oriane lo miró.

—La sala empieza a abusar de esa palabra.

El escritor tenía los ojos abiertos de par en par.

—Armand Delacroix.

El nombre cruzó la habitación como una corriente distinta.

No eléctrica.

Peor.

Eléctrica solo en su efecto.

Victorine Arbel palideció.

Blanche se llevó una mano a la boca.

Félix miró a Delacroix con una mezcla de sorpresa y ofensa, como si le hubieran ocultado una herramienta importante.

Varenne tardó dos segundos en reaccionar.

Luego soltó una risa seca.

—Esto es una broma.

—No de las mejores —dijo Oriane—, pero no parece broma.

Bréval recogió la libreta del suelo con manos temblorosas.

—Armand Delacroix. El caso de la abadía. El asesinato de la Rue Montfermeil. El asunto del relojero de Lyon. El crimen del invierno en...

—Monsieur Bréval —dijo Delacroix.

El escritor se quedó quieto.

—Si continúa usted enumerando mis desgracias profesionales como si fueran títulos de folletín, lo arrojaré personalmente a la tormenta antes de que termine de retirarse.

Bréval cerró la boca.

Oriane lo miró con verdadero agrado.

—Por favor, no lo amenace con cosas que todos podríamos desear.

Victorine se acercó un paso.

—Usted es Armand Delacroix.

—Sí.

—Y se registró con nombre falso en mi hotel.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quería descansar.

Nadie dijo nada.

La respuesta era tan absurda, después de todo lo ocurrido, que casi parecía la única verdad posible.

Varenne golpeó la mesa.

—¿Descansar? ¿Usted? ¿Aquí?

—Reconozco que el plan ha tenido defectos.

—¡Nos mintió!

—Sí.

—¿Desde el principio?

—Desde la firma.

—¿Y espera que confiemos en usted?

Delacroix lo miró con suavidad.

—Monsieur Varenne, usted no ha confiado en nadie desde antes de llegar. No convierta su carácter en una consecuencia de mi conducta.

El comerciante se quedó sin frase.

Marchal se apoyó en la silla.

—Entonces todo lo que hizo... las preguntas, la escena, la galería...

—Fue exactamente lo que parecía.

—Una investigación.

—Una investigación incómoda. La mejor clase.

Victorine parecía dividida entre enfadarse y derrumbarse de alivio.

Eligió enfadarse.

Era más digno.

—Debió decirlo.

—No.

—¡Hay un hombre muerto en mi hotel!

—Y por eso no debía decirlo demasiado pronto.

—¿Por qué?

—Porque hasta ahora el asesino creía estar manipulando a un huésped curioso. Alguien molesto, pero no peligroso. Eso me permitía observar.

Oriane cruzó los brazos.

—Y ahora sabe que manipulaba a Armand Delacroix.

—Sí.

—Eso lo hará cometer errores.

—Ya los está cometiendo.

Maud Vernet no se movió.

Su rostro no cambió demasiado.

Pero el reflejo en el cristal sí mostró algo: un parpadeo más lento, una tensión nueva en la mandíbula, la comprensión de que algunas frases dichas antes de saber quién escuchaba no podían volver a guardarse.

Delacroix lo vio.

Ella supo que lo había visto.

—Monsieur Delacroix —dijo Maud.

La primera en usar el nombre con naturalidad.

Eso también era una elección.

—Madame Vernet.

—O monsieur Valcour. ¿Cuál prefiere?

—El que le resulte menos cómodo.

—Entonces Delacroix.

—Una elección prudente.

Varenne miraba a Maud, luego a Delacroix.

—¿Usted sabía quién era?

—No —dijo ella.

—¿Seguro?

Maud lo miró con cansancio.

—Si lo hubiera sabido, monsieur Varenne, habría mentido mejor.

La frase produjo un silencio fino.

Delacroix no sonrió.

Estuvo cerca.

Pero no.

—Eso —dijo— es probablemente cierto.

Victorine se apoyó en el respaldo de una silla.

—¿Y la fotografía?

—Tomada desde la torre.

—¿Por alguien que sabía quién era usted?

—No necesariamente.

—Pero la amenaza sí.

—La amenaza sabe que hago preguntas. No necesita saber mi biografía.

Bréval, incapaz de contenerse, susurró:

—Aunque ahora...

Delacroix lo miró.

—Aunque ahora usted intentará convertirla en biografía. Lo sé. Luche contra ello. Será bueno para su alma y malo para su carrera. Una combinación saludable.

Bréval se sentó.

Félix habló por fin:

—Entonces la persona que dejó esa amenaza no quería matar a Valcour.

—No.

—Quería detener a Delacroix.

—Eso parece.

—¿Después de saberlo?

—Quizá después de sospecharlo.

Oriane se acercó a la mesa y miró la nota torpe.

—¿Cuándo pudo sospecharlo?

—Cuando dejé de comportarme como un huésped curioso y empecé a comportarme como un hombre con método.

—Eso ocurrió bastante pronto.

—Sí. Es uno de mis defectos.

—¿Y quién lo notó primero?

Delacroix miró la sala.

Victorine, al permitirle revisar la galería.

Félix, al verlo observar el panel.

Marchal, al sentir que le exigía mirar lo que no quería ver.

Oriane, desde mucho antes de admitirlo.

Varenne, por irritación.

Maud, por precisión.

Blanche, por miedo.

Bréval, por hambre de personaje.

Todos lo habían notado.

Pero no todos habían sabido qué significaba.

—La identidad no importa tanto como el momento en que importó —dijo.

Marchal frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que el asesino empezó escribiendo para Veyrac. Luego empezó a escribir para mí. Ese cambio no ocurrió al principio. Ocurrió cuando el mecanismo dejó de parecer invisible.

Félix miró el cable largo.

—Cuando encontró el cable verdadero.

—Un poco antes.

—¿Cuándo?

Delacroix señaló la mesa.

—Cuando distinguimos las dos voces.

Oriane se quedó pensativa.

—La voz que juzga y la voz que amenaza.

—Sí.

—¿Cree que la voz que amenaza apareció para proteger a la primera?

—O para silenciarla.

Victorine levantó la cabeza.

—¿Silenciarla?

—Si hay dos personas, una sabe demasiado de la otra. Si hay una sola, está fingiendo un desdoblamiento para confundirnos. En ambos casos, la segunda voz apareció cuando la primera empezó a exponerse.

Maud seguía junto al ventanal.

—La primera voz no amenaza.

Delacroix se volvió hacia ella.

—No directamente.

—Juzga.

—Sí.

—Devuelve.

—Sí.

—Nombra.

—Sí.

—La segunda tiene miedo.

—Sí.