Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 19 — El último apagón #2
80%

Capítulo 19 — El último apagón #2

El ruido del generador crecía con cada peldaño. La oscuridad se sacudía con vibraciones. Olía a metal caliente y polvo.

A mitad de la escalera, Delacroix puso una mano sobre el brazo de Félix.

—Espere.

—¿Qué?

—Escuche.

Félix escuchó.

Por debajo del generador había otro sonido.

Más leve.

Un roce.

Como cuerda deslizándose.

—Cable —susurró Félix.

Bajaron los últimos peldaños con más cuidado.

El sótano estaba casi a oscuras. La vela apenas alcanzaba a separar las formas: arcos de piedra, cajas, leña, mesa de trabajo, puerta del generador. El aparato golpeaba con un ritmo irregular detrás de la pared.

Pero el sonido de roce venía de la derecha.

Del depósito de herramientas.

Félix avanzó primero.

Delacroix lo siguió.

En el suelo, junto a la estantería donde antes faltaba el rollo de cable, había una línea oscura. Un cable fino, casi confundido con una grieta entre las losas, se deslizaba lentamente hacia un hueco bajo la pared.

No.

No se deslizaba solo.

Alguien tiraba desde el otro lado.

Félix dejó la vela en el suelo y se arrojó sobre el cable. Lo atrapó con ambas manos.

El tirón del otro lado se detuvo.

Luego aumentó.

Félix apretó los dientes.

—¡Lo tengo!

Delacroix se acercó al hueco.

Era una conducción vieja, quizá para ventilación o para cables antiguos, que subía hacia el muro de la galería o del pasillo norte. El cable desaparecía por allí.

Desde el otro lado, alguien tiró con violencia.

Félix resbaló.

Delacroix pisó el cable con el talón.

—Qué descortés.

El tirón cesó.

Durante un segundo no hubo nada.

Después se oyó una carrera arriba.

Pasos.

Rápidos.

No en el sótano.

En el pasillo de servicio.

Félix soltó el cable y quiso subir.

Delacroix lo detuvo.

—No.

—¡Está escapando!

—Y quiere que usted lo siga.

—¡Claro que quiere que lo siga porque lo estoy alcanzando!

—No. Porque aquí está lo que no quiere que veamos.

Félix respiró con rabia.

Pero se quedó.

La vela temblaba en el suelo.

El generador seguía tosiendo.

Delacroix se agachó junto al cable atrapado. Estaba húmedo en algunos tramos y seco en otros. Uno de los extremos, el que iba hacia la pared, tenía pequeñas marcas negras. No era el cable encontrado en la habitación de Maud.

Era más largo.

Más viejo.

Y estaba oculto.

Félix lo miró con una mezcla de horror técnico y satisfacción amarga.

—Este es el verdadero.

—¿El de la galería?

—O parte. Sí. Este podía conectar el panel viejo con el punto de contacto. El otro cable...

—El de la habitación de Maud.

—Era un trozo.

—Una muestra.

—Una acusación.

Delacroix asintió.

—Esta noche nos han dado migas. Aquí está el pan.

Félix siguió el cable con la mirada.

—Pasa por la conducción hacia el ala norte. Si alguien tiraba desde arriba, quería recuperarlo o esconderlo.

—O destruirlo antes de que lo encontráramos.

—¿Por qué ahora?

Delacroix miró hacia la escalera.

—Porque acabamos de reconstruir la casa como arma. El asesino comprendió que el mecanismo era más peligroso que las notas.

Félix tomó una herramienta y cortó el cable con cuidado, lejos del extremo activo. No había corriente en él, pero después de aquella noche nadie confiaba en nada que pareciera muerto.

El generador dio otro golpe.

Esta vez, más grave.

—Tengo que apagarlo —dijo Félix.

—Hágalo.

—Si se sobrecarga...

—Hágalo rápido y con la esperanza de no convertirnos en una nota al pie.

Félix corrió al cuarto del generador.

Delacroix levantó la vela.

Mientras el encargado trabajaba, vio algo junto a la pared.

Una mancha en el polvo.

No una huella completa.

Un roce bajo, alargado, como el borde de un vestido húmedo arrastrándose sobre la piedra.

Se agachó.

En el extremo de la mancha había un hilo.

Oscuro.

No cobre.

Tela.

Lo tomó con la pinza que llevaba todavía en el bolsillo.

Un hilo negro.

Fino.

Del tipo que podía desprenderse de un guante.

O de un vestido.

O de un chal.

El generador se apagó con un quejido final.

La oscuridad se volvió más pura.

Félix regresó con la respiración agitada.

—Listo.

—¿A salvo?

—Por ahora.

—Una frase modesta. La aprecio.

—¿Qué encontró?

Delacroix le mostró el hilo.

Félix acercó la vela.

—Tela.

—Sí.

—¿De quién?

—Esa es una pregunta con demasiadas ganas de llegar a Maud.

—¿No puede ser de ella?

—Puede. Y precisamente por eso conviene desconfiar.

Félix se pasó una mano por la frente.

—Estoy empezando a odiar su manera de pensar.

—Eso significa que la entiende.

Desde arriba llegó un grito.

Victorine.

—¡Félix!

El encargado tomó la vela.

—Ahora sí subimos.

—Ahora sí.

Subieron con el cable enrollado parcialmente en el brazo de Félix. Pesaba poco para lo que significaba. Las pruebas verdaderas suelen ser así: modestas, casi feas, indignas del ruido que causan.

Al llegar a la cocina, encontraron el cesto de leña volcado tal como lo habían dejado. El aceite seguía extendido bajo la mesa.

—Eso habría prendido con una chispa —dijo Félix.

—Sí.

—¿Quería quemar la cocina?

—No. La cocina no.

—¿Entonces?

Delacroix señaló el pasillo.

—La distracción. El olor a humo habría traído a todos aquí. Mientras tanto, alguien tiraba del cable desde la conducción.

Félix miró hacia el sótano.

—Y yo habría bajado al generador.

—Solo.

—Maldita sea.

—Es una descripción adecuada.

Llegaron al salón.

La luz era escasa. Victorine había encendido dos velas más. Todos seguían en el centro, salvo Marchal, que estaba arrodillado junto a Blanche.

Delacroix se tensó.

—¿Qué pasó?

Blanche estaba sentada en el suelo, pálida, respirando con dificultad.

Marchal levantó la vista.

—Se mareó. Nada más.

Félix fue hacia ella.

—Blanche.

La muchacha intentó sonreír.

—Estoy bien.

—No lo parece.

—Nunca parezco bien cuando todos gritan.

Oriane, que estaba junto a la mesa con una vela en alto, habló:

—Alguien salió del salón durante el apagón.

Varenne reaccionó:

—¡Yo no!

—No había dicho usted.

—Pero lo pensó.

—Pienso muchas cosas mejores.

Delacroix miró a Oriane.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Vio?

—Oí.

—¿Dónde?

—Cerca de la ventana lateral. Luego hacia el pasillo de servicio.

Maud estaba de pie junto a la chimenea.

Demasiado quieta.

Varenne la señaló.

—Ella.

—No me moví —dijo Maud.

—Mentira.

—No.

—¡Siempre no!

—Monsieur Varenne —dijo Delacroix.

El comerciante se volvió.

—¿Qué?

Delacroix señaló el cable que Félix llevaba en el brazo.

La acusación quedó suspendida en la boca de Varenne.

—Encontramos el cable oculto en el sótano —dijo Delacroix—. El verdadero. Alguien intentaba retirarlo durante el apagón.

Victorine se llevó una mano al pecho.

—¿El cable de la muerte?

—Parte del montaje, sí.

Félix lo dejó sobre la mesa, lejos de las velas.

Todos lo miraron.

Era largo, oscuro, embarrado en algunos tramos, con el extremo ennegrecido.

No tenía la elegancia del pañuelo.

No tenía la teatralidad de una nota.

No tenía la tristeza de una fotografía.

Tenía la vulgaridad perfecta de lo real.

—Ese cable no estaba en la habitación de madame Vernet —dijo Delacroix.

Maud cerró los ojos.

No de alivio.

De cansancio.

Varenne tragó saliva.

—Pudo esconderlo ella.

—Pudo.

Oriane suspiró.

—Se aferra usted a la palabra como un náufrago a una silla.

—¡Porque es culpable!

—Quizá. Pero usted no está ayudando a demostrarlo. Solo a desearlo.

Varenne calló.

Marchal se levantó junto a Blanche.

—Si alguien intentaba retirar el cable durante el apagón, esa persona se movió mientras todos estábamos aquí.

—Casi todos —dijo Delacroix.

El médico se quedó rígido.

—Yo atendía a Blanche.

—Lo sé.

—No salí.

—No he dicho que saliera.

—Pero lo pensó.

—Doctor, no se apropie de todas las sospechas. Hay cola.

Maud se acercó a la mesa.

—¿De dónde venía?

Félix respondió:

—De una conducción vieja entre el sótano y el ala norte. Probablemente hacia la galería.

—¿Y quién podía saberlo?

—Alguien que conociera la casa. O los planos. O que hubiera visto la conducción antes.

Victorine cerró los ojos.

—La carpeta de reparaciones.

—Sí —dijo Delacroix—. Y alguien la movió al despacho.

Blanche susurró:

—Para que monsieur Varenne la encontrara.

—Quizá.

—Entonces todo vuelve a lo mismo —dijo Marchal—. Alguien está colocando cosas para que otros las encuentren.

—Sí.

—Y al mismo tiempo retirando las que no debemos encontrar.

—Exacto.

Oriane miró el cable.

—Eso significa que el asesino perdió el control.

Delacroix la miró.

—Empieza a perderlo.

—No es lo mismo.

—No. Pero es un principio agradable.

Victorine se volvió hacia él.

—¿Y ahora?

—Ahora nadie duerme.

Bréval soltó un lamento.

—¿Nadie?

Oriane lo miró.

—Algunos ya lo hacían muy poco de utilidad.

Delacroix continuó:

—Nadie abandona el salón salvo en grupos de tres.

Félix protegerá el cable. Madame Arbel guardará las llaves a la vista, sobre la mesa.

Las notas, los registros, el zapato, los documentos y la fotografía quedarán aquí.

Si alguien quiere robar algo, tendrá que hacerlo delante de todos, lo cual al menos mejorará la calidad del espectáculo.

Victorine dejó su aro de llaves en la mesa.

El gesto le dolió.

No por las llaves.

Por lo que significaba.

La casa ya no le pertenecía del todo.

Félix apagó una vela cercana al cable.

—No quiero fuego cerca.

—Sensato.

Maud habló:

—La persona que tiraba del cable pudo subir por la escalera de servicio.

—Sí.

—Pudo pasar por la cocina.

—Sí.

—Y volver al salón antes que ustedes.

—También.

—Entonces pudo ser cualquiera.

Delacroix la miró.

—No.

Ella alzó apenas la cabeza.

—¿No?

—No cualquiera pudo salir, llegar al punto de acceso, tirar del cable, abandonar el intento al notar resistencia, volver sin delatarse y conservar el pulso suficiente para parecer asustado, no agotado.

Varenne miró alrededor.

—¿Quién estaba agotado?

Nadie respondió.

Delacroix observó a todos.

Marchal tenía las manos temblorosas, pero había estado con Blanche.

Varenne respiraba fuerte, como siempre.

Bréval estaba sudoroso, pero su miedo trabajaba por él.

Oriane estaba demasiado entera, aunque había permanecido junto a la mesa.

Victorine tenía la palidez de quien ha perdido el control de una casa, no de quien acaba de correr por un pasillo.

Félix había estado con él.

Blanche estaba mareada de verdad.

Maud...

Maud tenía el rostro pálido, pero no la respiración agitada.

No lo bastante.

Tampoco demasiado poco.

Delacroix sintió una molestia intelectual.

El asesino era muy bueno en administrar efectos.

—¿Qué mira? —preguntó Maud.

—La respiración.

—¿Y qué le dice?

—Que todos están vivos. Es más de lo que esperaba hace diez minutos.

Ella no sonrió.

—Usted cree que fui yo.

—Creo que quiere saber si lo creo.

—Sí.

—Eso es distinto.

—No para mí.

—Para mí sí.

La conversación quedó cortada por un golpe en la puerta principal.

Uno solo.

Seco.

Todos se volvieron.

Félix levantó la lámpara.

Victorine susurró:

—¿La policía?

Delacroix no respondió.

El golpe se repitió.

Más débil.

No era una llamada formal.

Era algo empujado por el viento.

O alguien.

Félix avanzó hacia la puerta.

Delacroix lo acompañó.

—Cuidado.

—Lo sé.

—Me alegra comprobar que la noche no ha sido inútil.

Félix abrió apenas.

Una ráfaga de lluvia entró en el vestíbulo.

No había nadie.

Solo el camino oscuro, el barro, los árboles inclinados y el agua cayendo como si el mundo entero se hubiera puesto de acuerdo para impedir la salida.

En el umbral, clavado con un pequeño cuchillo de mango negro, había un papel.

Félix lo arrancó con cuidado.

Lo llevó a la mesa.

Delacroix lo abrió.

Esta vez la letra no intentaba ser elegante.

Era la misma de la amenaza de la torre.

Torpe.

Apurada.

La tormenta terminará antes que usted.

Victorine leyó por encima de su hombro.

—Eso es una amenaza.

—Sí.

—Para usted.

—Eso parece.

Varenne murmuró:

—Quizá alguien se cansó de sus preguntas.

Delacroix miró el papel.

Luego el cable.

Luego la fotografía de su llegada.

Luego las notas de Veyrac.

Había dos voces.

Ya no lo dudaba.

La voz que juzgaba.

Y la voz que amenazaba.

Podían pertenecer a la misma mano fingiendo dos almas.

O a dos personas dentro de la misma tormenta.

Eso cambiaba mucho.

Y explicaba demasiado.

—No —dijo Delacroix.

Oriane se acercó.

—¿No qué?

—No se cansó de mis preguntas.

—Entonces ¿qué?

Delacroix dobló la nota con cuidado.

—Se asustó de mis respuestas.

Nadie habló.

Afuera, la tormenta empezó a ceder por primera vez.

No mucho.

Lo justo para que el silencio entre los truenos se hiciera más largo.

Y en ese silencio, Delacroix comprendió que el último apagón no había sido el movimiento final del asesino.

Había sido el primero hecho con miedo.

Eso era bueno.

También era peligroso.

Porque un asesino asustado deja huellas.

Pero a veces, antes de dejarlas, decide no dejar testigos.