Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 19 — El último apagón
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Capítulo 19 — El último apagón

El recibo quedó sobre la mesa como una sentencia pequeña.

Honorarios complementarios — Veyrac.

Cobró dos veces.

La tinta azul del margen parecía más reciente que el papel. Eso no la hacía menos cruel. A veces una acusación nueva se alimenta de una culpa antigua y, por esa razón, entra mejor.

Marchal no tocó el documento.

No lo negó enseguida.

Ese fue su error.

O su primera forma de honestidad.

Achille Varenne sí se apresuró.

—Ahí está.

Nadie le respondió.

—Ahí está —repitió, más alto—. Quinientos francos. Lo dijo él mismo. Lo cobró. Y ahora aparece el recibo. ¿Qué más necesita esta casa para reconocer a un culpable?

Oriane Fauvel miró el papel.

—Menos entusiasmo, para empezar.

—¿También va a defenderlo?

—No. Solo intento que su alegría no contamine la prueba.

Varenne giró hacia Marchal.

—¿Es suyo?

Marchal seguía mirando el recibo.

—Sí.

La respuesta fue baja.

Suficiente.

Victorine Arbel cerró los ojos con un cansancio casi físico.

Blanche Servan se abrazó a sí misma junto a la chimenea.

Félix Noiret permanecía junto a la puerta, pero su atención iba y venía entre el recibo, el pasillo y las lámparas apagadas de la pared, como si la casa respirara mal en alguna parte.

Maud Vernet no miraba a Marchal.

Miraba la firma.

Delacroix se fijó en eso.

Una persona puede odiar a quien cobró.

Pero una viuda aprende a mirar las firmas.

—¿Es auténtico? —preguntó Delacroix.

Marchal levantó la vista.

—Sí.

—¿Está seguro?

—Es mi firma.

—Las firmas también viajan. Algunas sin permiso.

—Es mi firma —repitió—. Y el recibo es real.

Varenne soltó una risa seca.

—Por fin.

—No lo tenía yo —dijo Marchal.

—Claro que no.

—No lo escondí en el libro.

—Por supuesto.

—Lo vi asomar cuando ustedes estaban arriba. Iba a sacarlo.

—Qué noble.

Marchal se volvió hacia él.

—Varenne, no tengo fuerza para su desprecio ahora.

—Me alegra. Yo sí.

Delacroix levantó una mano.

—Monsieur Varenne, si continúa usted celebrando la miseria ajena con tanto fervor, terminaré pensando que la suya le parece insuficiente.

El comerciante apretó la mandíbula.

—Él cobró.

—Sí.

—Dos veces.

—Sí.

—La nota hablaba de eso.

—Sí.

—¿Entonces?

Delacroix tomó el recibo por una esquina y lo acercó a la vela.

—Entonces alguien sabía dónde dolería más.

Marchal se dejó caer en una silla.

No parecía derrotado por el recibo.

Parecía derrotado por no poder sorprenderse de verlo.

—Lo guardé durante años —dijo.

Maud levantó la vista.

—¿Lo guardó?

—Sí.

—¿Como recuerdo?

Marchal cerró los ojos.

—Como prueba.

—¿De qué?

—De que había aceptado dinero sucio.

La frase dejó un silencio denso.

No lo absolvió.

Pero tampoco sonó como defensa.

—Quería devolverlo —continuó Marchal—. Al principio. Luego no supe a quién. Después lo doné. Luego me pareció cobarde. Después dejé de practicar. Después fingí que dejar de ser médico era una forma de reparación. No lo era.

Varenne se inclinó hacia él.

—Mi hermano no caminó mejor porque usted se sintiera triste.

Marchal no se defendió.

—Lo sé.

Eso apagó a Varenne un poco.

No por perdón.

Por falta de resistencia.

El odio necesita que el otro empuje desde el otro lado para parecer fuerte.

Maud habló:

—¿Por qué trajo el recibo?

Marchal la miró.

—No lo traje.

—Entonces ¿quién lo tenía?

—No lo sé.

—Renaudin —dijo Oriane.

Delacroix asintió.

—Probablemente.

—En su carpeta vacía.

—O en el bastón.

—O entre los documentos quemados.

—Quizá.

Victorine miró la mesa.

—Alguien lo puso en el libro mayor mientras ustedes estaban en la torre.

—Sí.

—Eso significa que alguien se movió en el salón.

Todos miraron a los que habían permanecido abajo: Maud, Marchal, Varenne, Blanche, Bréval.

También a Victorine, aunque ella acababa de regresar.

También a Delacroix, porque la fotografía de la torre aún ensuciaba su llegada.

La sospecha, cuando se cansa, deja de elegir.

Se reparte.

—Yo vi a Marchal con la mano en el libro —dijo Varenne.

—Y yo he dicho que vi el papel —respondió Marchal.

—Mentira.

—Puede ser.

La respuesta sorprendió a todos.

Marchal miró el recibo.

—Puede ser mentira. Puede ser verdad. Esta casa ha usado ambas cosas con tanta eficacia que ya no estoy seguro de cómo suenan en mi boca.

Nadie supo qué hacer con aquella confesión.

Delacroix sí.

La dejó respirar.

Luego preguntó:

—¿Cuándo vio el papel?

—Un minuto antes de que bajaran ustedes.

—¿Quién estaba cerca del libro?

Marchal cerró los ojos para reconstruir.

—Blanche estaba junto a la chimenea. Bréval en el sillón. Varenne caminaba. Maud estaba de pie, cerca de la ventana.

—¿Cerca de la mesa?

—Todos estábamos cerca de la mesa.

—Respuesta inútil, pero honesta.

Bréval habló con voz débil:

—Yo no lo puse.

Oriane, desde el umbral del salón, respondió:

—Nadie lo había pensado con tanta claridad hasta que usted lo dijo.

Bréval se hundió.

Victorine tomó aire.

—Basta. Esto no puede seguir así. La policía...

—La policía no llegará hasta que Félix despeje el camino —dijo Delacroix.

—Entonces que lo despeje.

Félix miró hacia la ventana.

—Con esta lluvia, no llegaré ni al primer árbol.

—Cuando aclare.

—No está aclarando.

Era cierto.

La mañana gris se había convertido en una tarde prematura. La tormenta había cambiado de forma, no de intención. Afuera, el mundo seguía cortado.

La Maison de l’Orage continuaba sola.

El primer parpadeo llegó sin trueno.

Una lámpara del salón, que había permanecido apagada desde la descarga, encendió un hilo de luz amarilla y murió enseguida.

Félix se volvió.

—Eso no debería pasar.

Delacroix miró la lámpara.

—Naturalmente.

Otra lámpara parpadeó.

Luego otra.

No con luz estable.

Con un pulso enfermo.

Como si alguien, en algún punto de la casa, estuviera tocando un corazón equivocado.

Victorine se puso de pie.

—Félix.

—Lo sé.

El encargado ya caminaba hacia la puerta.

Delacroix lo alcanzó antes de que saliera.

—No.

—El generador.

—Sí.

—Tengo que ir.

—Lo sé. Pero esta vez no iremos donde la casa grita.

Félix se detuvo.

—¿Qué?

Las luces parpadearon otra vez.

Bréval soltó un gemido.

Oriane miró el techo.

Maud cerró los ojos.

Marchal se levantó, por instinto, como un hombre que espera heridos.

—El generador está siendo manipulado —dijo Félix.

—Probablemente.

—Entonces...

—Entonces quieren que vaya al generador.

Félix lo miró.

La idea le molestó porque tenía sentido.

—¿Y si no voy, explota algo?

—El generador no explota con tanta cortesía narrativa.

—Puede quemarse.

—Sí.

—Puede prender la casa.

—Sí.

—Puede dejar todo a oscuras.

Delacroix miró las lámparas.

—Eso ocurrirá de todos modos.

Como si la casa hubiera esperado la frase, la luz se apagó.

Toda.

De golpe.

No fue una oscuridad lenta.

No fue un parpadeo.

Fue una mano cerrándose.

Blanche gritó.

Bréval también, aunque intentó disimularlo con un sonido masculino y fracasó.

Victorine ordenó:

—¡Nadie se mueva!

Por una vez, todos obedecieron.

Casi todos.

Delacroix oyó el movimiento.

No a su derecha.

No en el centro del salón.

En el pasillo.

Un roce leve.

Una puerta.

Un paso.

Luego otro.

Alguien había esperado la oscuridad no para huir del salón, sino para que todos creyeran que alguien huía del salón.

—Félix —dijo en voz baja.

—Aquí.

—¿Oyó?

—Sí.

—Pasillo de servicio.

—Sí.

—No encienda la lámpara todavía.

—No tengo lámpara encendida.

—Por eso me cae mejor en este momento.

En la oscuridad, la voz de Varenne sonó tensa:

—¿Qué ocurre?

—Silencio —dijo Oriane.

—No me ordene...

—Silencio.

Esta vez Varenne obedeció.

Delacroix se movió sin luz.

Conocía ya parte de la habitación. Mesa a la izquierda. Sillón. Alfombra. Puerta al pasillo. Una silla mal colocada cerca del aparador. Los muebles, como los testigos, siempre estorbaban más cuando uno empezaba a fiarse de ellos.

Félix se acercó a él.

—Si vamos a oscuras, nos romperemos el cuello.

—Solo si la casa tiene mala puntería.

—No me tranquiliza.

—No era mi mejor esfuerzo.

Avanzaron hacia el pasillo de servicio.

Detrás, Victorine seguía hablando con voz baja pero firme:

—Todos al centro. Manos visibles. Blanche, conmigo. Monsieur Marchal, no se mueva. Monsieur Varenne, si da un paso lo oiré. Monsieur Bréval, respire menos fuerte.

Oriane añadió:

—Y si no puede, al menos respire con menos literatura.

La oscuridad casi permitió una sonrisa.

Delacroix y Félix salieron al pasillo.

Allí la oscuridad era más densa. Sin chimenea, sin velas, sin ventanas cercanas, el pasillo de servicio parecía haber dejado de pertenecer a la casa. Olía a humedad, aceite y pan frío.

Un ruido.

Al fondo.

Metal contra piedra.

Félix se tensó.

—Sótano.

—No. Cocina.

—¿Está seguro?

—No. Pero sería elegante que esta noche la certeza se repartiera un poco.

Avanzaron.

Al pasar junto a la puerta de la cocina, Delacroix notó algo más que un sonido.

Un olor.

Aceite aromático.

Muy leve.

Lavanda.

O almendra.

El mismo perfume discreto del incendio del registro.

Félix también lo percibió.

—¿Lo huele?

—Sí.

—Eso no viene del generador.

—No.

La cocina estaba a oscuras. Una ventana pequeña dejaba entrar un gris miserable. Lo suficiente para ver sombras grandes: mesa, estantes, sartenes colgadas, sacos de harina, el cesto de leña.

El cesto estaba volcado.

No por accidente.

Delacroix se agachó.

Tocó el suelo junto a los troncos.

Húmedo.

No de lluvia.

Aceite.

—Alguien quería fuego —dijo.

Félix maldijo en voz baja.

—¿Aquí?

—O quería que creyéramos que aquí.

Otro sonido.

Esta vez sí.

Desde abajo.

El sótano.

Un golpe seco.

Después, el generador tosió.

No era un zumbido.

Era un animal atrapado.

Félix se enderezó.

—Ahora sí tengo que bajar.

—Ahora sí.

—¿Con luz?

Delacroix tomó una vela apagada de una repisa.

—Con poca.

Félix encontró un fósforo en una caja junto al fogón. Lo encendió protegiéndolo con ambas manos. La llama iluminó su rostro durante un segundo: furioso, atento, joven de una manera que no se notaba cuando estaba callado.

Encendieron la vela.

Bajaron por la escalera de servicio.