Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 18 — Monsieur Valcour hace una pregunta #2
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Capítulo 18 — Monsieur Valcour hace una pregunta #2

—La casualidad es una palabra muy cómoda —continuó Delacroix—. Los culpables la aman. Los inocentes la usan mal. Y los detectives la detestan porque suele llegar antes que la explicación.

Oriane alzó la vista.

Algo en esa última palabra le interesó.

Maud también lo notó.

—¿Detectives? —preguntó.

Delacroix sonrió apenas.

—Era una categoría general.

—Usted no habla en general cuando quiere decir algo preciso.

—Me ha observado.

—Usted también.

—Es mi único vicio verdaderamente constante.

—Lo dudo.

—Hace bien.

La habitación siguió la conversación como quien mira dos cuchillos moverse en una mesa sin saber cuál cortará primero.

Maud se levantó.

No fue un gesto dramático.

Pero el salón pareció ajustarse a su altura.

—Usted me mira como culpable —dijo.

—La miro como posibilidad.

—Eso es peor.

—Solo para quien prefiere una condena rápida.

—No la prefiero.

—Entonces no se queje de mi lentitud.

Maud bajó la vista hacia la fotografía de Veyrac.

—Renaudin merecía morir.

Victorine soltó una exclamación ahogada.

Félix se tensó.

Marchal cerró los ojos.

Varenne sonrió con una amargura casi triunfal.

Delacroix no se movió.

—Esa frase rara vez ayuda a una persona sospechosa.

Maud volvió a mirarlo.

—No intentaba ayudarme.

—Empieza a convertirlo en costumbre.

—Renaudin merecía morir —repitió—. Eso no significa que yo lo haya matado.

—No. Solo significa que, si lo hizo, eligió una justificación antes que una coartada.

Ella encajó el golpe con dignidad.

—Hay hombres que viven demasiado porque todos los demás son demasiado correctos.

—Y hay asesinos que confunden la corrección ajena con una invitación.

—¿Cree que la ley habría hecho algo?

—No.

La respuesta sorprendió a todos.

Maud también se quedó quieta.

Delacroix continuó:

—La ley, en ocasiones, llega tarde, mal vestida y con las manos limpias porque no ha tocado nada útil.

—Entonces ¿por qué defenderla?

—No la defiendo a ella.

—¿A quién?

—A los muertos futuros.

Maud frunció el ceño.

—No entiendo.

—Lo sé. La venganza siempre cree que mira hacia atrás, pero casi siempre está despejando el camino para el próximo cadáver.

El silencio fue profundo.

Maud tardó en responder.

—Algunos hombres merecen que el cielo los recuerde.

La frase pareció volver a llenar la habitación de tormenta.

Delacroix la miró con atención.

No por la belleza.

Por la elección.

El cielo.

Otra vez.

—El cielo es un testigo pésimo —dijo—. Hace ruido con demasiada facilidad.

—Pero todos lo escuchan.

—Sí. Ese es el problema.

Maud sostuvo su mirada.

Durante unos segundos, no hubo nadie más en la casa.

Solo ella, él y una frase que podía ser confesión, desafío o dolor.

—¿Sabe qué decía mi padre? —preguntó Maud.

—Imagino que lo sabré aunque no responda.

—Decía que, cuando un puente cae, no mata el río. Mata la mano que cobró por mirar hacia otra parte.

Marchal bajó la cabeza.

Varenne dejó de sonreír.

Blanche cerró los ojos.

—Y su marido —dijo Delacroix—, ¿qué decía?

La pregunta fue suave.

Demasiado suave para ser inocente.

Maud no respondió enseguida.

—Adrien decía que la verdad no cae. La empujan.

—¿Y usted?

—Yo aprendí que a veces hay que empujar de vuelta.

Victorine susurró:

—Maud.

La viuda no apartó la vista de Delacroix.

—Eso tampoco significa que matara a Renaudin.

—No —dijo él—. Pero empieza a significar que entiende demasiado bien a quien lo hizo.

Maud sonrió.

Una sonrisa pequeña, agotada.

—Usted también.

—Yo entiendo muchas cosas. Procuro practicar pocas.

—Qué afortunados sus enemigos.

—No suelen describirse así.

Oriane se acercó a la mesa y tomó una de las notas, sin tocarla directamente. La miró desde arriba.

—Hay algo que no entiendo.

Delacroix no se volvió.

—Solo una cosa. Qué optimismo.

—Las notas hablan como si quisieran juzgar. Castigar. Devolver. Pero la fotografía de monsieur Valcour no encaja en Veyrac. Es distinta.

—Sí.

—¿Por qué introducirlo a él en la obra?

—Porque la obra necesitaba espectador —dijo Bréval de pronto.

Todos lo miraron.

Él se encogió, preparado para la agresión de Oriane.

Pero esta no llegó.

Delacroix lo observó.

—Esta vez, monsieur Bréval, ha dicho algo útil antes de adornarlo. No se mueva.

El escritor parpadeó.

—Gracias.

—No era elogio. Era prevención.

Oriane miró a Delacroix.

—Un espectador.

—Sí.

—¿Usted?

—Quizá.

Varenne bufó.

—¿Y por qué él? ¿Qué tiene de especial monsieur Valcour?

La pregunta quedó suspendida.

Era peligrosa.

No porque Delacroix no pudiera responderla.

Porque había decidido no hacerlo todavía.

Maud fue quien habló:

—Tal vez no lo eligieron por quien es.

Delacroix giró hacia ella.

—¿No?

—Tal vez lo eligieron por quien parecía ser.

—Explíquese.

—Un hombre solo. Educado. Observador. Sin vínculos aparentes con nosotros. Alguien que podía escuchar sin despertar defensas. Alguien a quien todos subestimamos un poco.

Oriane murmuró:

—Algunos menos que otros.

Maud siguió:

—Si el asesino quería que la historia fuera entendida, necesitaba a alguien que mirara. Si quería que fuera mal entendida, también.

Delacroix asintió despacio.

—Excelente.

—No me felicite.

—Entonces no diga cosas excelentes.

Maud bajó la mirada.

—Quizá la fotografía no lo acusa. Quizá lo reclama.

—¿Como qué?

—Como testigo.

Delacroix miró la frase del dorso.

Usted tampoco llegó por azar.

Testigo.

No víctima.

No cómplice.

No investigador.

Testigo.

Aquella idea tenía una elegancia desagradable.

El asesino quería ser visto.

No necesariamente detenido.

Visto.

Comprendido.

Quizá incluso admirado por la forma de haber convertido una casa en una sentencia.

A Delacroix le molestó.

La vanidad criminal siempre le parecía una de las corrupciones más vulgares de la inteligencia.

—Si soy testigo —dijo—, alguien ha cometido un error.

Maud inclinó apenas la cabeza.

—¿Cuál?

—Creer que los testigos obedecen a la escena.

Félix se acercó desde la puerta.

—No me gusta esto.

—Sea más específico. La frase cubre demasiada noche.

—La torre. Si alguien reveló la fotografía allí, pudo dejar más cosas. Y si no revisamos pronto...

—Lo haremos.

—¿Ahora?

Delacroix miró a Victorine.

—Ahora sí.

La propietaria tomó la llave del aro que llevaba en el bolsillo.

—La torre está cerrada desde dentro del pasillo oeste. Pero la escalera exterior...

—También la revisaremos.

Varenne se puso de pie.

—Voy.

—No.

—No me dará órdenes.

—No, monsieur Varenne. Le daré una consecuencia. Si viene, se desmayará, gritará, tocará algo o acusará a la pared de haberle robado dinero. Ninguna de esas opciones mejora la investigación.

Oriane bajó la vista.

—Está siendo generoso. Podría hacer las cuatro.

Varenne la fulminó con la mirada.

Victorine decidió:

—Iremos Félix, monsieur Valcour y yo.

—Y yo —dijo Oriane.

Delacroix iba a negarse.

Ella se adelantó:

—Alguien debe observar al observador.

La frase le gustó menos de lo que habría querido.

—Está bien.

Maud habló:

—Yo también.

Todos se volvieron hacia ella.

Varenne casi rió.

—Claro.

—No —dijo Delacroix.

Maud no se enfadó.

—¿Por qué?

—Porque si la torre contiene una prueba contra usted, dirán que la puso. Si contiene una prueba a su favor, dirán que la buscó. Y si no contiene nada, dirán que tuvo tiempo de retirarlo. Su presencia allí solo empeoraría la calidad de las mentiras.

Maud lo miró.

—Qué considerado.

—No lo soy.

—Lo sé.

—Me alegra que avancemos.

Subieron hacia el ala oeste.

El pasillo que llevaba a la torre era más estrecho, menos cuidado, con paredes donde la humedad había levantado el papel pintado en pequeñas ampollas.

Allí la casa perdía parte de su elegancia y mostraba su edad sin maquillaje.

Félix iba delante con la lámpara. Victorine caminaba detrás, llave en mano. Oriane seguía a Delacroix con una vela.

—¿Cree que Maud lo hizo? —preguntó ella en voz baja.

—Creo que Maud podría haberlo hecho.

—No es lo mismo.

—Por eso he usado más palabras.

—¿Y cree que no lo hizo?

—Creo que Maud está rodeada de pruebas que la entienden demasiado bien.

Oriane aceptó la frase.

—Y usted está rodeado de una fotografía que tampoco entiende.

—Sí.

—Eso le molesta.

—Las fotografías en general no me favorecen.

—No era eso.

—No.

Llegaron a la puerta de la torre.

Victorine introdujo la llave.

No giró.

Félix se inclinó.

—Está abierta.

La propietaria palideció.

—No puede ser.

Delacroix miró la cerradura.

—Qué frase tan joven todavía.

Félix empujó la puerta.

La torre olía a polvo, humedad y productos químicos viejos.

Subieron por una escalera circular de piedra. El aire era más frío allí. Arriba, una pequeña estancia redonda se abría bajo el tejado, con tres ventanas estrechas, una mesa, un trípode antiguo, cajas de placas, bandejas de revelado, botellas oscuras y telas negras colgadas de un cordel.

Un cuarto oscuro improvisado.

No abandonado.

Usado.

Muy recientemente.

Sobre la mesa había una cubeta con líquido. A un lado, pinzas. Un trapo húmedo. Varias tiras de papel fotográfico arruinadas. Y, junto a una botella, otra copia de la fotografía de Delacroix.

Sin frase al dorso.

Victorine se llevó una mano a la boca.

Félix maldijo.

Oriane se acercó.

—No la toque —dijo Delacroix.

Ella se detuvo.

—No pensaba hacerlo.

—Lo sé. Era para darme tranquilidad.

Sobre la mesa había algo más.

Un trozo de papel doblado.

Delacroix lo abrió con la punta de una pinza.

La letra era distinta.

No la de las notas.

Más torpe.

Más rápida.

Solo decía:

Si pregunta demasiado, el siguiente no será un trueno.

Oriane leyó por encima de su hombro.

—Eso parece para usted.

—Sí.

Victorine miró hacia las ventanas.

—¿Quién pudo subir aquí?

Félix revisó el suelo.

—Hay barro.

Delacroix se acercó.

Huellas.

Varias.

Una de bota de trabajo, quizá antigua.

Otra más estrecha.

Otra casi borrada.

Y junto a la ventana que daba al camino, una marca clara en el polvo: el trípode había sido movido hacia allí.

Delacroix observó la segunda copia de la fotografía.

Luego la amenaza.

Luego la ventana.

El asesino había cambiado de tono.

Las notas anteriores juzgaban.

Esta advertía.

Menos teatro.

Más prisa.

Eso lo interesó mucho.

—No es la misma mano —dijo Oriane.

—No.

Victorine se volvió.

—¿Qué significa?

Delacroix miró la amenaza.

—Que alguien más acaba de entrar en la conversación.

Félix levantó la lámpara hacia una de las telas negras.

—O que el asesino está cansándose de escribir bonito.

—También.

Delacroix no descartó ninguna de las dos opciones.

Todavía.

Se acercó a la ventana desde la que se veía la curva del camino. La vista era exacta. El carruaje habría quedado perfectamente encuadrado desde allí.

Alguien había esperado su llegada.

O había esperado cualquier llegada.

Pero después, al verlo actuar, había decidido convertirlo en parte del juego.

Abajo, desde el salón, llegó un grito.

No de Blanche.

No de Victorine.

De Varenne.

—¡Marchal!

Félix corrió hacia la escalera.

Delacroix lo siguió.

Oriane detrás.

Bajaron con la torpeza inevitable de una escalera circular y el miedo acumulado de una casa demasiado llena.

Al llegar al salón, Marchal estaba de pie junto a la mesa, pálido, con una mano apoyada en el borde.

Varenne lo señalaba.

—¡Lo vi!

Maud estaba de pie junto a la chimenea.

Blanche lloraba.

Bréval miraba a todos, aterrorizado.

Delacroix entró.

—¿Qué vio?

Varenne respiraba con dificultad.

—Marchal tenía la mano en el libro mayor.

Victorine dio un paso.

—¿Qué?

Marchal negó.

—No estaba...

—¡Lo estaba cerrando! —gritó Varenne—. ¡Y había algo debajo!

Delacroix miró la mesa.

El libro mayor seguía allí.

Pero ahora, entre sus páginas, asomaba una esquina de papel que antes no estaba.

Delacroix se acercó.

Abrió el libro.

Dentro había una hoja doblada.

No era una nota.

Era una copia de un recibo.

En la parte superior se leía:

Honorarios complementarios — Veyrac

Debajo:

Théodore Marchal — 500 francos

Y al margen, escrita con tinta azul, una frase breve:

Cobró dos veces.

Marchal se quedó blanco.

Varenne sonrió con odio.

Maud cerró los ojos.

Delacroix miró el recibo.

Luego al médico.

Luego a la amenaza encontrada en la torre.

El asesino había vuelto a mover una pieza mientras ellos miraban otra.

Y esta vez, la pieza no apuntaba a Maud.

Apuntaba al hombre que había visto demasiado poco.

Delacroix dejó el recibo sobre la mesa.

—Monsieur Marchal —dijo—, creo que alguien acaba de hacerle una pregunta en mi lugar.

El médico no respondió.

No podía.

Afuera, la tormenta, disminuida pero persistente, siguió cayendo con una paciencia casi profesional.

Y Delacroix entendió que el próximo apagón no sería un susto.

Sería una decisión.